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¡No me detendré hasta recuperarte, mi luna!

¡No me detendré hasta recuperarte, mi luna!

Autor: : Eclipse soleil
Género: Hombre Lobo
-¡¡¡Los cachorros son míos!!! ¡Y tú aún eres mi compañera! -Eso es imposible porque ambos firmamos los papeles del divorcio que me arrojaste en la cara y yo te rechacé. -Nunca acepté tu rechazo. ¡Me perteneces! -¿La misma compañera y Luna que solo era tu juguete sexual, la que se estaba siendo consumida por llamas, mientras estaba celebrando un gran banquete con tu amante, a la que enviaste asesinos porque querías deshacerte de ella solo para poder disfrutar de tu vida con otra mujer? -Por favor, dame una oportunidad. Eres mía, Agnes. Desde el momento en que me acerqué a ti, fuiste mía... -No soy tuya -dijo juntando el coraje para hablar. -No me detendré ante nada hasta recuperarte.

Capítulo 1 Su compañera Su juguete !

AGNES

-Necesito repetir? -susurró con frialdad.

Su voz fue suficiente para dejarme sin aliento. Mi cuerpo se congeló en el acto, como si obedecer o desobedecer fueran igual de peligroso.

No me moví. Ni siquiera me atreví a respirar.

Esta era su forma de torturarme, la intimidad se había reducido a esto.

Alfa Rastus inclinó la cabeza apenas, y ese gesto tan mínimo hizo que el corazón me subiera a la garganta. El miedo se apoderó de mí como una garra invisible.

-¿No me escuchaste, hembra? -gruñó-. Te di una orden.

Su tono frio no solo me golpeó; me atravesó.

Mi esposo nunca me veía en mirada justa, ni mencionar me veia como su compañera. Aunque ante la manada fuera su esposa, su luna, era un mero chiste.

¿¡Por qué me hacía esto!?

Lo sabía. Siempre lo había sabido. Y aun así, escucharlo era como sentir una daga bañada en ácido hundirse en mi pecho.

Estaba furioso por tener que compartir su vida con la loba más baja de la manada.

Estaba atrapado conmigo. Una huérfana sin nombre. Sin familia. Sin fuerza. Una que ni siquiera tenía una loba. Y aun así, el vínculo lo obligaba a tenerme a su lado.

Aunque quisiera formar algo más fuerte conmigo, no lo lograría. Yo no podía sentirlo. No podía corresponderle como una Luna verdadera. Era débil. Incompleta.

Lo sabía.

Y me odiaba por ello más de lo que él jamás podría odiarme, más que cualquier otro miembro de la manada que me miraba con desprecio.

-¿No me escuchaste? -repitió, a ver que no le contesté a tiempo, el alfa perdió su paciencia.

No podía soportar mirarlo.

No podía enfrentar esas despiadadas esferas grises que prometían mi destrucción sin necesidad de tocarme.

-L... lo siento -susurré. Mi voz apenas fue audible, incluso para mí misma.

¿De qué me disculpaba? ¿De existir? ¿De no ser suficiente?

Tal vez de todo eso. Y aun así, sabía que mi disculpa no cambiaría nada.

-Quédate aquí. -ordenó, como dijo a su mascota.

La calma en su voz me aterrorizó más que un grito.

Sin decir una palabra más, obedecí. Mis rodillas tocaron el suelo frente a él, y sentí cómo la humillación me quemaba por dentro.

-Pon las manos en el suelo.

Su voz espesa resonó en la habitación oscura, llenándola por completo.

Mientras luchaba por contener el nudo que se formaba en mi garganta, apoyé las palmas en el suelo frío. El contacto me hizo estremecer.

No levanté la mirada. No podía.

-Recuerda bien tu lugar -añadió-. No olvides quién eres aquí.

Mi cuerpo se tensó por completo. Cada palabra suya me reducía un poco más, me borraba.

Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas, salpicando el suelo de baldosas y nublando mi visión.

Mi lugar.

Eso era todo lo que quería enseñarme.

Que no era una Luna, que no era su igual, que apenas era algo que toleraba.

¿Por qué dolía tanto?

No debería haber esperado nada de él. Nunca me dio razones para hacerlo. Entonces, ¿por qué esta desesperación me estaba ahogando?

Horas más tarde...

Se fue.

Sin despedirse. Sin mirarme. Sin reconocer mi presencia.

Como si no hubiera estado allí.

Me quedé tendida en la cama, inmóvil, con el cuerpo pesado y el alma vacía, mirando el techo blanco sin parpadear. Me sentía como una muñeca de trapo olvidada en un rincón, sin propósito, sin valor.

«Ante mis ojos nunca serás mi Luna. Escúchame atentamente...»

Sus palabras regresaron, como lo hacían siempre.

Habían resonado en mi mente desde hacía tres años, desde la noche de nuestra ceremonia de unión.

«No esperes nada de mí como tu mate. Eso jamás sucederá. Solo te necesito a mi lado para fortalecerme. ¿Quedó claro?»

Sí.

Cada sílaba había sido como una cuchilla afilada.

Mi corazón, ya fragmentado, terminó de romperse aquel día. Y aun así, no podía renunciar. No podía soltar lo único que la diosa de la luna me había concedido.

Alfa Rastus era lo único que podía llamar mío con valentía.

Él era mío.

No tenía a nadie más.

Por eso pensé, ingenuamente, que algún día lo entendería. Que algún día comprendería que yo era todo lo que tenía.

Guardé la esperanza de que algún día me mirara con amor en esos ojos grises.

La esperanza de demostrarle que era digna de ser su Luna.

Y la diosa sabía cuánto lo había intentado.

Lo había apoyado. Lo había amado. Había permanecido a su lado incluso cuando jamás me había ofrecido ternura alguna.

¡¡Qué ironía!!

Mientras yo me aferraba a ese amor, él se reía de mí.

Me levanté de la cama a pesar de que mi cuerpo protestaba. El cansancio se acumulaba en cada músculo y mi estómago rugía por comida.

El trato de Alfa Rastus siempre me dejaba exhausta, marcada por el peso de su desprecio, y ese día no había sido la excepción.

Me dirigí a la cocina del castillo para prepararme algo de comer, como siempre. Nadie lo hacía por mí.

Yo era la Luna de la manada Bosque Lunar, sí... pero solo de nombre. Incluso debía ocuparme de mi propia comida. No era nada nuevo. Estaba acostumbrada a hacerlo todo sola desde que tenía memoria. Salí de mis pensamientos cuando escuché abrirse la puerta principal.

Lo que no esperaba era ver a dos sirvientas y dos guerreros armados entrar a la cocina y avanzar hacia mí.

-¡Llévensela! -silbo la encargada jefa de sirvientes del castillo a los guerreros dejándome confundida-. ¡Fuera del castillo!

Capítulo 2 Una simple prinsionera

Siempre supe que nadie en la manada me respetaba como su Luna, pero hasta ahora, nadie excepto Lisa había tenido el valor de faltarme el respeto en mi cara.

Por lo general, murmuraban y se reían de mí a mis espaldas, pero no se atrevían a ponerme las manos encima.

Pero eso cambió en el momento en que Lisa les dio a los guerreros una orden que no sabía que cambiaría mi vida para siempre...

-¿¡Qué estás haciendo!? ¡No pueden hacer esto! -grité mientras luchaba por liberarme de la fortaleza de los guerreros cuyas manos me aplastaban el hombro mientras intentaban sacarme de la cocina.

Mis luchas fueron inútiles, por supuesto.

Los guerreros me sacaron de la cocina como si fuera un papel liviano, a pesar de mis gritos de protesta.

-¿Qué planean hacer conmigo? -me pregunté si me estaban secuestrando, pero rápidamente solté otra pregunta-. ¿Qué te da derecho a tocarme? ¡Pertenezco a alfa y él querría tu cabeza por poner tus manos sobre mí!

Lisa se rió histéricamente. Les hizo una seña a los guerreros e hicieron una pausa por un minuto, mostrando su rostro deformado ante el mío.

-¿De verdad crees que significas algo para él? Él te desprecia, luna y todos lo hacemos...

Esas eran noticias viejas. Lisa me dijo en tono de ironía, aparentemente, me burlaba.

-Dime algo que no me hayas dicho antes, Lisa. ¿Qué te da derecho a tratarme así? Aunque fue despreciada por mi alfa, mi lugar de luna no cambió, no comprendí.

No estaba tan segura de poder manejar la respuesta que daría Lisa, pero ¿qué diablos estaba pasando?

-¿Te refieres a quién me dio el derecho, eh? -me corrigió Lisa, enfatizando el "quién" como si estuviera tratando de demostrar algo.

En realidad, lo era.

Mi corazón se encogió de repente al darme cuenta de que solo había una persona que podía darles ese derecho a Lisa y a los guerreros. Pero él no lo haría.

-Alfa quiere que te vayas del castillo. Ordenó que te sacara, Luna.

-Y para que quede claro, no eres más que una simple cualquiera, Luna -dijo Lisa, con un tono burlón.

Mi corazón dio un vuelco, en ese instante sentí el mundo derrumbarse ante mis pies.

Al menos eso fue lo que pensé que me estaba pasando mientras los guerreros volvían a sacarme del castillo.

Aunque sus palabras resonaban en mi cabeza una y otra vez, se me hizo difícil luchar contra los guerreros.

¿Alfa Rastus quería que me fuera?

¿Por qué? ¿Por qué haría eso?

Sabía que no me amaba, pero aun así me necesitaba. Necesitaba nuestro vínculo para seguir siendo el alfa más fuerte y uno de los más prometedores de nuestro mundo.

Aunque me hice algunas preguntas para entender la situación, no pude. Así que le hice otra pregunta a Lisa justo cuando me arrastraban a la entrada del castillo:

-¿A dónde me llevas?

Nina me miró brevemente. -Adonde perteneces. Donde realmente perteneces -murmuró.

Su respuesta tenía como objetivo burlarse y destrozarme aún más, pero desafortunadamente para Lisa, ni siquiera yo sabía a dónde pertenecía sin alfa Rastus.

El miedo y la curiosidad que recorrieron mi cuerpo se intensificaron cuando Lisa dio órdenes a algunos de los sirvientes que estaban afuera del castillo, esperando presenciar mi caída en desgracia.

-¿Por qué están ahí parados? Entren y saquen toda la basura que posee.

Me subió la bilis a la garganta, pero la reprimí.

Me costaba no llorar. Me escocían los ojos y el hecho de que algunos miembros de la manada me estuvieran observando no ayudaba.

Me sentía avergonzada. Que me sacaran a rastras del hogar de mi pareja de esa manera no era nada menos que una vergüenza.

-¿Por qué dejaste que me hicieran esto?

Esa pregunta era para mi compañero, pero me la hice a mí misma, con lágrimas en los ojos.

Dejé que mi mirada se dirigiera al suelo y ya no luché con los guerreros.

Perdí la voluntad de luchar, la tristeza se apoderó de mi cuerpo como si hubiera sido creada para ser parte de mí.

El alfa Rastus del que me enamoré no dejaría que nadie me tratara así. Solía ser un amor, una persona de buen corazón.

Hace cinco años, cuando tenía apenas dieciséis años, alfa Rastus les gritó a algunos de mis acosadores: "La tratarán con respeto a menos que deseen morir"

En aquel entonces, él era el príncipe alfa y siempre me defendió a pesar de que yo era la sirviente sin raíces ni loba de la manada.

Me enamoré de ese chico de dieciocho años, pero claramente, el alfa Rastus ya no era ese chico.

Conteniendo las lágrimas, solo pude preguntarme qué había cambiado.

Como si fuera un saco de estiércol, me arrojaron a una de las celdas de calabozo donde era encerrados los criminales.

-¿¡Qué hago aquí!? -pregunté llena de ansiedad.

Estaba perdida en mis pensamientos que ni siquiera me di cuenta de que Lisa ya no estaba con nosotros hasta ahora.

-Es donde has pertenecido siempre. -Uno de los guerreros, el más alto de los dos, respondió con brusquedad, sus ojos brillaron con picardía mientras recorrían mi cuerpo-. o, ¿sabes? Ya que alfa ha terminado contigo...

El guerrero siguió parloteando. Ni siquiera lo conocía... ¿Cómo iba a saber qué tenía esos pensamientos sobre mí? ¿Su supuesta Luna?

El segundo guerrero se rió entre dientes. -Entonces debería darles algo de privacidad a ambos.

-¡NO! ¡NO TE VAYAS! -grité, asustada por mí misma mientras mis ojos se desviaban de un rincón a otro.

-¡Oh! ¿Quieres que me quede? Ella quiere que me una a la diversión, Leo? -replicó de forma divertida el segundo guerrero, cuyo nombre no conocía.

El guerrero más alto, que debe ser Leo, se rió a carcajadas. -Es bueno que el alfa ya no la quiera, Mateo.

-¡Quiero ver al Alfa, AHORA! -grité con miedo y lágrimas corriendo por mi rostro.

Leo y Mateo comenzaron a dar pasos hacia mí, sus lenguas rodando sobre sus labios y sus ojos oscureciéndose con lo que sabía hace mucho.

Con cada paso que daban hacia adelante, yo daba tres hacia atrás, pero sabía que no tenía a dónde correr.

-Pero alfa no quiere verte. Es una pena -Mateo dijo finalmente.

Mi corazón se llenó de dolor y rabia. Esas dos emociones se confabularon entre si mientras me limpiaba la cara con fuerza, deshaciéndome de las lágrimas que me traicionaban y que habían estado rodando por mi rostro.

-¡Aléjate! ¡Aléjate de mí! -grité, odiando lo débil e inútil que me sentía por no poder transformarme y defenderme.

Los guerreros se acercaron a mí y, mientras yo estaba atrapada entre sus cuerpos apestosos y la pared lisa de la habitación, se rieron entre dientes y extendieron los brazos hacía mí.

Cerré los ojos, esperando lo peor que pudiera pasar, mientras las lágrimas brotaban de mis ojos.

Mira a lo que me has sometido, Rastus... ¿Cómo pudiste? ¿Qué hice yo para merecer...?

-¿Qué creen que están haciendo? -gritó una voz familiar a los guerreros cuando la puerta se abrió.

Capítulo 3 El infierno

A tiempo para salvarme justo cuando sentí los dedos callosos de Mateo y Leo sobre mí.

Desafortunadamente, la voz que me salvó no fue la de alfa Rastus.

Cuando abrí los ojos de nuevo, no vi a mi compañero furioso con los guerreros. En cambio, vi a la jefa de servicio, parada en la silla con sus ojos disparando dagas a los guerreros.

-¡¿Han perdido la cabeza?! -gritó Lisa con furia-. ¿Quieren que los haga arrastrarse por el infierno por comportarse como animales sin control? -Su voz cortó el aire con violencia.

Por un instante, cualquiera habría pensado que estaba defendiéndome. Que su ira nacía de la preocupación. Que había llegado para protegerme.

Sin decir ni mirar, Mateo y Leo salieron corriendo de la habitación.

Me limpié la cara de nuevo y preparé mi mente para más.

Lisa simplemente sacudió la cabeza antes de estirar su mano derecha hacia adelante, revelando una pila de papeles.

-Esto es para ti. Haz lo necesario y devuélvemelo.

Junto con los papeles también me dio un bolígrafo.

Fruncí el ceño y la curiosidad se apoderó de mi mente mientras tomaba los papeles.

-¿Qué es esto? -comencé a preguntar en voz baja.

Pero el resto de mis palabras murieron en mi garganta cuando vi el título en la portada: Documentos de divorcio emitidos por el consejo de la manada Bosque Lunar.

Mis ojos se abrieron de par en par, mi mandíbula golpeó el suelo con fuerza y mi corazón se hizo añicos justo cuando mis manos comenzaron a temblar. Pensé que no lloraría más, al menos por el día, pero mis ojos ardían con lágrimas y no había forma de detenerlas.

-D-divorcio -solté, y mis ojos borrosos se dirigieron hacia el rostro sin emociones de Lisa-. ¿Cómo puede ser esto p-para mí? ¿Q-qué estoy...?

-¿Puedes hacer lo necesario y dejar de perder el tiempo con tus preguntas estúpidas? -me interrumpió Lisa sin pestañear.

Sacudí la cabeza con fuerza. Esto no debería estar pasando.

Alfa Rastus me necesitaba, ¿no?

No puede, no puedo perderlo. Él es mi todo. La único que era mío. ¡Él fue mi regalo de consuelo de la diosa!

Mis piernas se doblaron mientras sollozaba como la mujer devastada que era.

-¡Firma los papeles!

-¡No! -respondí con un susurro, sorprendiéndonos a Lisa y a mi-. No firmaré esto. Quiero ver a mi compañero. Exijo una audiencia con alfa Rastus.

Lisa me miró como si me hubieran crecido dos cabezas durante un minuto antes de estallar en risas.

-¿Quién eres tú para pedir una audiencia? ¿Quién te crees que eres para no firmar los papeles que el alfa ya firmó? -dijo, claramente divertida-. Te ordenó que los firmaras inmediatamente...

-¡Soy su compañera! -la interrumpí, mi dolor se convirtió en ira.

Lisa frunció el ceño, pero no dejé que eso me detuviera. No tenía nada que perder.

-Eso es lo que soy, Lisa. ¡Su compañera y exijo verlo ahora mismo porque estoy segura como el infierno de que no firmaré estos papeles! Aunque él los haya firmado.

No podía decir si había asombro o enojo en los ojos de Lisa, pero pronto sentí que estaba hablando con alfa Rastus a través de la conexión mental que compartían todos los lobos de la manada.

Yo no era parte de esa conexión por razones obvias.

No me sorprendí cuando Lisa anunció: -El alfa te verá en su oficina...

Sin embargo, el mayor shock de mi vida me golpeó justo en el pecho en el momento en que entré a la oficina de mi otra mitad por primera vez en mi vida.

Ella estaba allí, en su oficina, en su regazo, en sus brazos y él la trata como un tesoro.

Un tratamiento que nunca recibi, durante años de siendo su compañera.

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