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¡No seré tu sumisa!

¡No seré tu sumisa!

Autor: : Naulis machado
Género: Romance
Fernando Laureti es la oveja negra de la familia; un joven alegre, creído y seductor que está acostumbrado a llevar a las mujeres que les gusta a su cama. Su padre, Demetrio Laureti cansado de su promiscuidad, decide poner a su cargo la empresa que tiene en París, con el simple propósito de alejarlos de sus mujeres y de el BDSM, pero no será nada fácil, conoce a Samantha Mercier, una mujer de carácter fuerte, hermosa y decidida que no se la pondrá nada fácil, logrando con eso que el CEO se obsesione con llevarla a su cama y convertirla en su sumisa, acto que ella no cederá, porque le gritara en la cara cuántas veces se necesario: ¡No seré tu sumisa!

Capítulo 1 Un empleado nuevo

Pov Fernando.

¿Quién soy yo? Fernando Laureti, como dice mi madre: la alegría de la familia, él que habitualmente tiene una sonrisa que dar o un chiste que contar, pero la realidad es otra muy diferente, y la razón es: el monstruo sexual en el que ella me convirtió. Conocí a Astrid en un viaje de negocios, me enamoré de ella y me convertí en su objeto de placer, hasta ese maldito día que me dijo que no me amaba, que yo era un juguete para satisfacerse, y que se casaría con mi hermano. Desde ese día, tengo un lema claro en mi mente; no te enamores, no confíes en esas preciosas perlas de cabellos largos y piernas ardientes, disfruta de ellas y aléjate lo más que puedas.

-¿Vas a subir? -pregunta Reana, una de mis once sumisas y con la que más me gusta disfrutar y descargar mis más cochinos deseos.

La miro con una sonrisa de lado, al ver sus grandes glúteos morenos moverse al compás de su caminata.

Relamo mis labios y me pongo de pie saliendo de mis tontos pensamientos.

Constantemente hay un vacío en mí

que me ahoga, algo que no logro llenar y que me embarga por completo, pero, aun así, intento descubrir qué es.

Me pongo de pie y como el niño obediente que no soy, la sigo hasta mi cuarto de juegos. Cuando estoy ahí me siento el hombre más poderoso del mundo, me siento invencible, como si nada pudiera pasarme jamás, y eso definitivamente me encanta.

-Quita todos los pendientes que cubren tu cuerpo -ordeno con voz ronca.

La excitación en mi cuerpo hierve como fuego en la chimenea. Aún no logro entender como jamás logro saciarme con nada, es como si fuera un pervertido que ninguna mujer logra apagar el calor que emana de mi cuerpo.

Veo a Reana quitarse su ropa, nerviosa. Está asustada, sabe que aquí no soy el Fernando, dulce que suelo ser siempre, sabe que aquí soy el puto amo que domara su cuerpo hasta saciarse, y que ella tendrá que obedecerme porque así lo dispuso ella.

La tomo con delicadeza de su mano y la coloco en unas de mis máquinas, una de las más favoritas, mi Berkeley Horse, una máquina donde su cuello al igual que su rostro queda expuesto para mí, sus manos a los lados de sus hombros, sin movilidad, sin posibilidad de que pueda escapar.

Camino para mirarla. Su trasero está expuesto para mí, pero mi lujuria me grita ver marcas en él, no follarlo, aún.

Me muevo a paso rápido hasta una de las gavetas, y busco un látigo de multi cola, para no dejar una marca en ella tan fuerte, aunque es lo que deseo, no la lastimaré más de los que soporte su cuerpo.

Miro sus glúteos brillantes y los acaricio con el látigo. La veo removerse, incómoda al sentir mis movimientos. Su respiración entrecortada porque sabe lo que viene me prende más, estoy listo y es ahí cuando golpeó sus nalgas, una, dos, tres veces.

Siento algo que me llena por completo. Aspiro profundamente para observar sus nalgas marcadas. Sonrío complacido y me pongo delante de ella. La veo relamer sus labios porque está cerca de mi pene. Sé que le gusta el tamaño, sé que le gusta que folle su boca hasta hacerla llorar, y que sus mejillas ardan de dolor.

Acaricio sus labios y pongo la punta de mi cabeza en su boca. Ella comienza a abrir sus labios, y yo a meter mi miembro entero dentro de su boca jugosa.

-¡Ahhh! -gimo de placer enterrando todo mi largo pene en su boca y comenzando a follar de ella con fuerza.

Sus lágrimas caen por sus mejillas. Sé que le duele, sé que siente que está ahogada, y eso le gusta, pero a mí definitivamente me gusta mucho más.

Me separo de ella y la veo toser ahogada. Sus ojos me miran con miedo y eso me complace.

Sé que le gustaría que le devuelva el favor con mi lengua, pero jamás he besado los pliegues de una mujer, no aún, no sé lo que se siente y no sé si algún día lo sepa.

La saco de la máquina, y toco su pequeña vagina. Está tan húmeda que mi pene entraría tan fácil en ella

-Fóllame ya -súplica con las piernas temblorosas.

-Silencio -le ordeno suavemente, tan suave como un rayo silencioso que no le gusta repetir las cosas más de una vez.

La arrastro hasta otra de mis máquinas. Sí, mi cuarto de juegos es inmenso, tiene alrededor de nueve máquinas importadas, grandes y muchas pequeñas que he perdido la cuenta. Lo sé, estoy completamente loco, pero esto es lo único que me mantiene vivo cada día de mi triste vida.

La acomodo entre los grilletes y tiro de ellos con el control remoto. La vagina de Reana está tan expuesta que no hay nada que no pueda ver de ella. Mi boca se humedece de solo verla y todo mi cuerpo se prende.

Sonrió para mis adentros y corro a buscar un vibrador. Ella abre los ojos de par en par, quiere mi pene, lo sé, pero no se lo daré tan fácilmente.

Pongo el aparato en su clítoris y la veo removerse.

Mi cuerpo se llena de espasmo al verla removerse con intensidad, su mirada me suplica que no pare, y como buen amo aumento la velocidad.

-¡Amo! -grita sintiendo el orgasmo recorrer su cuerpo y yo me tenso con brusquedad al verla.

Veo como un líquido blanco sale de su cuerpo y como ella tiembla sin poder moverse. Sí, me encanta complacer a mis sumisas, me llena torturarlas y darle el mayor placer, y el mayor dolor que sus cuerpos soportan, porque sé que luego de eso, será mi turno de satisfacción.

Aparto el vibrador y busco un huevo anal que introduzco sin previo aviso en ella, para luego penetrarla. No me importa si está exhausta, el monstruo que llevo dentro no lo está, y estoy seguro de que no lo estará hasta dentro de un par de horas, porque, esto es lo que es, el gran Fernando Laureti, un monstruo insaciable.

...

Miro la hora en el reloj de pared y tomo la copa de vino tinto que tengo en mi mano. Este sentimiento de soledad después de una dosis tan fuerte de sexo no se me quita con nada.

Aspiro el aroma del despacho de mi departamento, para luego limpiar una lágrima en mi mejilla, que quiere salir.

-¿Vas a dormir conmigo hoy? -pregunta Reana fuera del despacho.

Siempre que la follo son esas sus preguntas, pero mi respuesta es la misma.

-No me gusta dormir con mujeres, Reana -le digo con cariño-. Trato de estar alejadas de ellas -bromeo y ella suspira resignada.

No soy tan malo como creen, soy dulce fuera de mi cuarto de juegos, o eso intento ser.

La veo irse y vuelvo a tomar hasta cansarme.

Cuando abro los ojos, el sol que entra por mi ventana me indica la hora.

-¡Jode! ¡Andrea, me espera hoy en la casa de modas de Amber! -exclamo levantándome de pronto.

Salgo presuroso a la sala de estar, y la figura de Demetrio Laureti está sentado en mi sofá con una taza de café.

El miedo me invade por completo, preso del temor que me genera saber que ha descubierto mi más oscuro secreto.

-Padre, ¿Cuándo llegaste? -le pregunto nervioso.

-Siéntate -me ordena y lo hago. Mis padres son las únicas personas creadas en el mundo que pueden matarme y a los que yo no le diré ni una sola palabra, la razón: los respeto demasiado.

-Yo, lo siento...

-Estoy decepcionado de ti, Fernando, vas a cumplir veinticinco años y sigues viviendo tu vida como si nada en el mundo, importara más que las mujeres -intento protestar, pero sus ojos fríos me indican que no debo hacerlo-. Te quiero en Francia, te daré la empresa que está ahí para que la manejes, y trabajes de la mano de la gerente encargada.

Bajo la cabeza, molesto y a la vez contento, porque sería la primera vez que mi padre me dé una empresa. Estoy cansado de ser un títere. Soy el único de los trillizos al que no le dan una empresa para gerenciar al cien por ciento.

-No, es mejor que yo trabaje como jefe, y esa mujer esté a mi cargo -le digo molesto- ¿Cuándo me vas a tomar en cuenta para los negocios familiares? -digo esto con un nudo en la garganta, que me ahoga, pero que por fin logra sacar.

-Cuando me demuestres que no eres un puto promiscuo, que solo estás dispuesto a llevarte a cualquier mujer a la cama -dice mi padre molesto.

Suspiro resignado, porque extrañamente sé que tiene la razón, estoy cansado de esta mierda, aunque, no sé cómo salirme de esto.

...

Fernando bajó del avión privado y dirigió sus pasos a la empresa que se le había asignado. Sus cabellos claros se movían al compás de la brisa, y sus ojos azules miraban todo como curiosidad.

Cualquiera que lo mirara podía deducir que era un adonis de la maldad, sus rasgos duros y perfeccionados, o simplemente por el apellido que adornaba sus nombres, lo predominaba.

Entró al edificio, y comenzó a leer las indicaciones que le había dejado Filibert, la mano derecha de su padre.

-Reunión de personal -leyó la hora en el formulario- ¡Joder! Es tarde, voy retrasado -exclamó subiendo el ascensor, debajo de las miradas de las personas que querían saber quién era el hombre que parecía un puto dios griego.

Entró rápidamente a la sala de juntas y se sentó enseguida en la cabecera de la mesa sin dejar de ver los archivos, hasta que una voz femenina llamó su atención.

-¿Usted es personal nuevo de la empresa? -Fernando subió la mirada.

Una mujer hermosa, que enseguida prendió su cuerpo, le habló con altivez.

-Sí, ¿algún problema? -preguntó él con una sonrisa que podía mover medio mundo.

-No voy a tolerar que llegue tarde a su primer día de trabajo, ¿me oye? -se acercó a él.

Fernando pudo ver los ojos grises de la mujer mirarlo con intensidad, sus labios rosas fruncidos y su semblante penetrante.

-No tengo porqué darte explicaciones -sonrió en carcajadas.

-¿Acaso usted cree que yo soy una payasa para que se ría en mi cara? -preguntó ella posando su cuerpo cerca de Fernando.

Fernando miró los pechos de la mujer que sobresalía de la camisa. Eran redondos y lo incitaban a tocarlos.

-No, es solo que me parece tan chistoso que una mujer tan hermosa sea tan amargada.

-Mire señor, no le permito que me falte el respeto, está usted suspendido de sus labores, soy la gerente de esta empresa y no voy a permitir.

-¿Usted es quién? -preguntó Fernando en un tono burlesco.

-Soy la gerente de esta...

Fernando miró al personal que estaban tiesos como estatuas y sonrió con ironía.

-Mucho gusto, mi nombre es Fernando Laureti y soy el dueño de esta empresa.

Capítulo 2 Que comience el juego.

Pov Samantha.

La puntualidad es una virtud que me ha abierto puertas, más cuando voy a conocer al hombre que ha sido muy crush por años, un hombre que sin saberlo es el dueño de mis noches húmedas, y sí, lo reconozco, muchas veces me toco mientras veo una foto de él que tengo en la encimera. Porque aunque me cueste reconocerlo estoy obsesionada con Fernando Laureti desde que lo vi en un congreso donde estuvieron los tres juntos, y aunque su padre es hermoso, es un hombre casado, y aunque Andrea es idéntico a él, nunca me llamó la atención por el simple hecho que es un total amargado y arrogante, pero él, mi vista siempre fue dirigida hacia él, Fernando Laureti, no sé si fue la razón de que a menudo lleva una sonrisa baja bragas en su rostro, o también el simple hecho de que sus facciones más relajadas me enloquecen, a decir verdad, todo de él me enloquece, y no dejo de soñar con algún día meterme en su cama, en su vida, en su cuerpo y en todo lo de él, porque no solo quiero ser un juguete más.

Respiro profundo al recordarlo, y termino por levantarme de la cama para tomar una ducha, no sin antes besar la enorme fotografía que tengo de él en la pared; la robé de una revista y la mandé a ampliar; sí, estoy loca, tal vez, pero él es mi sueño hecho realidad, y cuando me avisaron que vendría a la empresa a trabajar conmigo, relativamente mi mundo tembló.

Me meto en la ducha, y pongo las rosas aromáticas que uso todos los días para ducharme, pero está vez me pongo un poco más de la cuenta. Lavo mi cabello con un champú de una muy buena marca y luego me aplico un poco de crema.

Salgo envuelta en una toalla, para vestirme. Hoy necesito estar radiante, así que aplico un poco de cremas con olor a rosa, al igual que un poco de perfume. Me pongo mi mejor atuendo, altos tacones y luego me miro en el espejo para secar mi cabello con la secadora. Me siento satisfecha con lo que veo, no soy una mujer fea, nunca lo he sentido, mis ojos son de un color gris brillante, mi piel es blanca, aunque es un poco pálida para mi gusto, estoy bien con ella, además, tengo muy buenas curvas, y sobre todo unos senos exquisitos, y por esa razón llevo la camisa que tengo puesta, es una camisa de botones que deja ver un poco de ellos, pero no tanto como parecer vulgar.

-Vamos Samantha, que tú puedes -me digo a mí misma mientras me doy el último vistazo en el espejo.

Salgo de mi habitación y voy directo a la cocina para prepararme un poco de cereal con leche. Mientras desayuno no puedo dejar de pensar como se verá Fernando Laureti de cerca, cuál será su olor, cómo serán sus gestos, su sonrisa y todo lo de él.

Mi corazón se contrae de solo imaginarme esto, porque es algo por lo cual he soñado desde siempre, y ahora que lo veo tan cerca me palpita el corazón y también me palpita otra cosa.

«Qué pecadora soy»

Sonrió mientras llevo una cucharada de leche a mi boca. Cierro los ojos imaginando que son sus labios y luego los abro con una sonrisa loca en ellos.

«Debes de controlarte, causar una buena impresión»

Limpio mi boca con una servilleta, y luego voy al baño a lavar mis dientes para salir del departamento.

Vivo en un barrio muy hermoso en Montmartre desde que salí de la universidad. Mis calificaciones en la mejor universidad de Francia me abrieron las puertas para trabajar en la mejor empresa de París, la empresa de Demetrio Laureti y del gran amor de mi vida. Gracias a mi esfuerzo y mi gran trabajo he logrado escalar, además por mi disciplina y mi carácter, porque reconozco que no soy una mujer sumisa y amable, todo lo contrario a eso soy una mujer imponente y rebelde, y por esa razón creo que jamás me adoptaron en el orfanato dónde crecí.

Rio para mis adentros al cerrar la puerta de mi piso, para luego bajar por el ascensor y llegar a la cochera. No me quejo de la vida que llevo, a pesar de que no conozco a mis padres, son una mujer feliz, con una carrera de por medio, con una inteligencia sobrenatural y con una belleza única; esas últimas palabras dicha por la madre superiora.

Me subo en el auto y miro el reloj, aún faltan unos cuantos minutos para la reunión que convoqué para dar paso a mi nuevo jefe. Reconozco que me pone sumamente nerviosa tener que trabajar con él, pero le quiero demostrar que soy una mujer inteligente, capaz y responsable, por algo su padre me ha dejado a cargo de la empresa los últimos años.

Enciendo el auto y mientras pongo la radio para oír la música que pasan en ese momento, conduzco hasta el enorme edificio que está en el centro de la ciudad. Es un edificio de cuarenta pisos, ¿Enorme no? Aunque creo que él que tienen en Estados Unidos llega a un poco más de cien. Me parece increíble la escala que han dado las empresas Laureti. Suspiro al imaginarlos, y no es que me impresione su dinero, aunque sí un poco, pero es algo más allá, es el hecho de su inteligencia, su dedicación y sobre todo su belleza, es qué ¡rayos!, todos son dios griego, con diferencia que Fernando posee ese rostro que invita a pecar a cualquiera.

Estaciono mi auto y le entrego las llaves al cuidador del lugar para entrar en el edificio. Apenas entró Cleo, mi secretaria me tiende una carpeta.

-Están todos listos en la sala de juntas, voy a subir los cafés en este preciso momento -me explica con rapidez y puedo notar el nerviosismo en su rostro. Y no es que yo no lo tenga, me estoy muriendo por dentro, pero no puedo darlo a demostrar.

-¿Él ha llegado? -pregunto entrando al ascensor.

-No -frunzo el ceño con molestia. Ya debería estar aquí, se supone que debe ser puntual, es un líder, una persona con liderazgo tiene que dar el ejemplo.

Sin tomarle importancia miro los papeles en mis manos, mientras siento el perfume de hombre llenar mis fosas nasales; se trata de Gerald Dubois, es un tipo desagradable, es el supervisor de empleados de la empresa, un hombre que me odia por el simple hecho de haberle según él quitado el puesto de gerente, cuando yo soy una recién llegada y un poco más de cosas que vive diciéndome cada vez que le da la gana.

-¿Estás nerviosa? Seguramente con la llegada del heredero Laureti tus días en esta empresa serán contados tic, toc, tic, toc -ruedo los ojos al escucharlo sin importancia.

Salgo del ascensor, apenas las puertas se abren y entro a la sala de juntas. Hoy soy la encargada de llevar a cabo la presentación de todo el trabajo que manejamos en la empresa, los avances, los negocios cerrados, y contratación de personal y todo lo relacionado.

Comienzo a explicarle a los encargados de distintos departamentos todo, cuando un olor exquisito inunda mis fosas nasales. Subo la mirada sintiendo como mi mundo tiembla al verlo, y es que por dios. Él entra como perro por su casa sin ni siquiera dar los buenos días, se sienta en la silla presidencial y mira unos documentos como si nada importara más en el mundo.

Mis mejillas se calientan, al mismo momento que mis bragas se humedecen al verlo ahí sentado.

Con las piernas como gelatina camino con seguridad hasta él, me paro enfrente de él, sintiendo las palpitaciones de mi corazón acelerarse y simulo que no lo conozco, (no quiero llenar más su ego).

-¿Usted es personal nuevo de la empresa? -pregunto tragando doble.

Los ojos azules de Fernando me miran con extrañeza y yo puedo jurar que en estos momentos no puedo respirar de ver la belleza del mar en ellos.

-Sí, ¿algún problema? -pregunta mostrando los dientes. Qué bella sonrisa.

«Concéntrate Samantha no puedes ser tan fácil»

-No voy a tolerar que llegue tarde a su primer día de trabajo, ¿me oye? -me acerco a él un poco para que pueda olerme, y también para que pueda ver mis senos, aunque confieso que me estoy muriendo en estos momentos.

-No tengo por qué darte explicaciones -se ríe a carcajadas y yo me estoy arrepintiendo de este juego, ¿Y si me despide? No, no creo. Trago grueso y tomo valor.

-¿Acaso usted cree que yo soy una payasa para que se ría en mi cara? -subo una ceja en su dirección.

-No, es solo que me parece tan chistoso que una mujer tan hermosa sea tan amargada -aprieto mis piernas por sus palabras, y respiro profundo para no desmayarme.

-Miré, señor, no le permito que me falte el respeto, está usted suspendido de sus labores, soy la gerente de esta empresa y no voy a permitir -digo con seguridad.

-¿Usted qué es? -pregunta de nuevo, y aunque no parece molesto, lo noto algo irritado.

-Mucho gusto, mi nombre es Fernando Laureti y soy el dueño de esta empresa -dice tendiendo su mano.

La miro nerviosa, queriendo decirle que sé perfectamente quién es él, y que desde este momento, comienza un juego, y la pregunta es: ¿Quién ganará?

Capítulo 3 Oficina

Pov Samantha.

Mis mejillas están calientes por la molestia que tengo. Frunzo el ceño mientras con la ayuda de mi secretaria busco las tres carpetas, de los tres años que he sido gerente. Fernando, él en su máxima arrogancia, me ha dejado en ridículo delante de todos, y aunque confieso que fue mi culpa por hacerme la que no lo conocía, me molesta que sea tan cruel de mandarme a buscar las carpetas impresas, cuando con solo un código, y un poco de tiempo, él puede ingresar a los archivos virtuales, (se supone que todo aquí es robotizado).

-Cloe, aquí encontré la última carpeta -digo agachándome al final del estante para tomarla.

-¿Ya tiene lo que le pedí? -pregunta una voz ronca detrás de mí.

Me pongo de pie con el rostro rojo, por la posición que tenía, y al mismo tiempo por escuchar su hermosa voz detrás de mí.

-Sí, aquí tiene Fernando -le digo tendiéndole las carpetas.

Él no toma la carpeta de mis manos, pasa por mi lado y comienza a ver toda mi oficina con una sonrisa estúpida en sus labios, y no es que me moleste, me encanta su sonrisa, y su espalda ancha, y también el olor que está dejando en mi oficina.

«Concéntrate Samantha, eres una pecadora»

En fin, me molesta muchísimo la razón de que, ¿Quién lo invitó a él a entrar a mi oficina? Y no es que no me gusta que esté aquí, sino que es un abusador, cree que porque es mi jefe, y está más bueno que comer con los dedos, va a venir a hacer lo que quiera.

-Ya que dejó las carpetas que busqué por horas en mis manos, y que además, entra a mi oficina, sin tocar la puerta, le voy a dejar un par de cosas claras -se voltea y entrecierra los ojos para mirarme.

-Me gustaría que me llamaras jefe, sugiero que suena mejor, ¿no crees? -dice relajado.

Trago gruesos al oírlo, y aprieto mis puños por la molestia que me genera sus palabras, ¿Jefe? ¿Es necesario realmente? No puedo llamarlo señor Laureti, o Fernando Laureti, No, él quiere que le llame jefe.

-¿Jefe? ¿Es necesario que le llame así? Yo tengo una confianza con el señor Demetrio y jamás le he hablado tan formal -bufo.

Los ojos azules de Fernando se oscurecen, y puedo jurar que hay un demonio detrás de su rostro de dios griego, un demonio exquisito que me invita a pecar.

Él se acerca a mí, logrando que mi espalda pegue de mi escritorio rosa, y mis bragas se empapan. Miro a todos lados buscando a Cloe, pero ha desaparecido, y no es que esté nerviosa, o tal vez un poco, pero ¿cómo no? Tengo el rostro del hombre de mi vida a pocos centímetros de mí, su olor a colonia cara llena mis fosas nasales, y su cuerpo gigante me tapa un poco. Trago grueso, tratando de agarrar fuerza y mandarlo al demonio, pero él me detiene.

-Aunque me parezco mucho a mi padre, señorita Samantha, créeme que no soy él, así que de ahora en adelante, me dirás, jefe, -las palabras que salen por su boca son tan lentas, que me llena de espasmo.

Fernando mira mis labios, y luego mis senos, y juro que veo como frunce los labios al verme, ¿Será que le gusto?

Sin darle tiempo a nada, lo empujo un poco, y paso por encima de él, para llegar hasta la cafetera que tengo en mi oficina.

-Jefe -digo con una mueca-. Que sea la primera y última vez que entre a mi oficina sin permiso, aunque usted es mi superior, yo soy la gerente de la empresa hasta que su padre lo indique, así qué... -Llevo la taza que me acabo de servir a mis labios y después de darle un sorbo a mi café termino de decir la palabra-: Me hace el favor y sale de mi oficina.

Fernando, en vez de molestarse por mis palabras, me mira de una forma burlesca que hace que mi cuerpo tiemble.

Aprieto mis piernas para no caerme, mientras lo veo salir por la puerta de la oficina, con una sonrisa en su rostro.

-Procura cambiar el decorado de esta oficina, ¿rosa? ¿De verdad? Imagino que no tienes quince años, ¿no? -dice antes de salir.

Cuando cierra la puerta, logro respirar con normalidad, y confieso que mi cosita logra calmarse.

«Dios mío que la madre superiora jamás sepa lo que pienso»

Miro mi oficina con una sonrisa, y me doy cuenta de que todo es un poco infantil, pero no me juzguen, amo el color rosado, combinado con blanco, además, ¿Qué mujer no lo ama? Y pues, pensé que se vería bien mi oficina con esos dos colores, aunque según él, es de niña.

Sonrío por sus palabras, para luego sentarme en mi escritorio; ser la gerente de una empresa tan grande me quita la mayor parte del tiempo, sobre todo ahora que voy a tener a mi "jefe" suspirando en mi nuca las veinticuatro horas.

«Ojalá me suspire en otro lado»

Niego con la cabeza por mis palabras, para luego meterme de lleno en mi computadora, que por cierto también es rosa, cuando escucho la puerta abrirse.

Mi corazón se acelera al pensar que es de nuevo el amor de mi vida, pero luego me calmo al ver a Cloe caminar nerviosa en mi dirección.

Se sienta en el sofá y me mira a la espera que le cuente algo.

-¿Qué? -le digo con fastidio mientras comienzo a teclear algo en mi laptop.

Ella se pone de pie con una sonrisa, y luego se sienta en mi escritorio. Cloe es la única que tiene está confianza conmigo, del resto a fuera de mi oficina soy una mujer de carácter fuerte, formal, y muy respetada, y sobre todo "santa" fui criada por monjas, ¿cómo no serlo?

«Qué pecadora»

-¿Es más guapo en persona, no es así? ¿Oliste su perfume? Huele divino, además, su ropa pegada al cuerpo, sus zapatos de calidad, el Rolex en su mano izquierda, ahss.

¿Detalló todo eso?

-No me fijé nada de eso, Cloe, y creo que deberías ir a trabajar, ya ves lo malhumorado que es el nuevo jefe, y no quiero problemas.

-¿Malhumorado? -se baja del escritorio y se cruza de brazos-. Malhumorada tú, el jefe Fernando es lo más hermoso que han visto mis ojos, es como un actor de película, -Subo una ceja al verla soñar despierta.

-Ni me he fijado -miento.

Ella entrecierra los ojos, y luego se acerca a mi tanto, que invade mi espacio personal y me dice:

-¡¿Vas a decir que no te gusta Fernando?! Es el hombre más guapo y sexi que han visto mis ojos, además -se acerca a mi odio-:dicen por ahí que es adicto al sexo, y que tiene un club de mujeres para él.

«Santa virgen del orgasmo»

-Cloe, ¿quién dijo esas cosas? Deja de decir locuras y ve a tu oficina -le digo simulando molestia, pero ella no se inmuta.

-Yo sería feliz, siendo una de ese club, te juro que me dejaría dar como cajón que no cierra por ese adonis de la belleza -abro los ojos como platos al escuchar a mi simpática secretaria.

-¡Cloe, a tu oficina, ya! -le grito y ella sonríe para salir.

Siento el calor llenar mi cuerpo. Las palabras de Cloe dejaron en mí una excitación horrible, ¿y cómo no? Si he soñado con el cuerpo de Fernando toda mi vida, pero solo hay un problema, no quiero pertenecer al club, quiero que sea solo mío.

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