Edan O'Connor conducía a alta velocidad por la autopista en su Ferrari, iba apurado hacia su trabajo, se le había hecho tarde discutiendo con su novia, Vivian, de nuevo.
Cómo siempre, ella quería que Edan se quedara durmiendo a su lado hasta tarde, pero él debía ir a trabajar. Aunque Edan era un hombre con recursos, tenía responsabilidades, además, el dinero no se hacía solo.
Él estaba molesto con Vivian, esa mujer lo hacía perder las casillas, ella era malcriada y testaruda, pero cómo lo hacía enloquecer en la cama, por eso no era capaz de dejarla, él estaba loco por ella y aunque estaba molesto, de hecho, iba pensando qué detalle tener con ella para contentarla.
Edan observó la hora en el tablero, era muy tarde, aceleró el auto. Él debía dar el ejemplo en la empresa y ser puntual, puesto que, actualmente, se desempeñaba como el CEO de la empresa INCAPITAL, dedicada a las inversiones, la cual fue fundada por su padre. Pero debido a una enfermedad cardíaca, Erick, el padre de Edan, se había retirado para ceder el puesto a su hijo.
Esa era una empresa muy grande, con varias sedes y sus hermanos menores se hacían cargo de otras sucursales, pero la sede principal, había caído bajo la responsabilidad del hijo mayor.
Una llamada resonó, Edan se detuvo en un semáforo y observó el tablero, era su madre, él suspiró frustrado, su madre Angélica, podía llegar a ser bastante... Absorbente. Pero tenía que contestar, si no se tendría que aguantar un jarabe de lengua después.
Presionó el botón del tablero para contestar la llamada y al cambiar la luz del semáforo, arrancó.
- ¿Edan?. - Se escuchó en el altavoz.
- Buen día, madre.
- Edan, es urgente. - Su voz sonaba quebrada.
- ¿Qué sucede?. - Preguntó buscando un lugar donde detenerse, Edan tuvo un mal presentimiento.
- Es tu padre. - Soltó la mujer en un suspiro.
*
Alma Contreras estaba en medio de una clase, apenas comenzaba el día y ya estaba cansada, últimamente se esforzaba el doble en todo. Entre la universidad, el trabajo como mesera y ayudar a su madre con los quehaceres del hogar, se sentía tan agotada.
Pero no sé daría por vencida, sabía que algún día su esfuerzo valdría la pena y soñaba despierta con el día en que sería capaz de llevar a su madre junto a sus hermanitos a una nueva casa, lejos de su padre.
Era increíble como ese hombre que ella tanto había admirado y que alguna vez fue amable, pudo haber cambiado tan drásticamente luego de haber pedido su empleo. Sí, pasó mucho tiempo buscando una nueva fuente de ingresos, pero ya había parecido perder el espíritu de lucha que él mismo le había inculcado a su hija desde muy pequeña.
Ahora se dedicaba a nada más que beber y apostar. Y lo poco que sacaba de las apuestas lo usaba para comprar más bebida. No solo era eso, sino que últimamente se había puesto agresivo, parecía que el mundo en qué ahora él estaba, lo había consumido y terminado de convertir en una persona completamente diferente de quien Alma recordaba.
Pero por lo menos, estaba su madre, Luz Rivas, quien ahora se había convertido en el pilar de la familia y trabajaba duramente desempeñándose en la limpieza de hogares para mantener a su familia.
Alma estaba en medio de una clase y no se había percatado de la infinidad de llamadas perdidas que había en su teléfono celular, que estaba guardado en su bolso en modo silencioso.
Al terminar la hora de clases y revisar el aparato, una fuerte corazonada la atacó, había demasiadas llamadas de su casa y del teléfono personal de su madre, algo tuvo que haber ocurrido.
Desesperada, Alma busco un sitio aislado y llamo antes que nada a su madre, el teléfono fue contestado por una extraña voz.
- ¿Buen día?. - Se escuchó al otro lado de la línea, Alma miró la pantalla, verificando que hubiera llamado al número correcto. Sí, era el número de su madre, puso el teléfono nuevamente en su oído.
- Por favor con Luz Rivas.
- Es usted su hija, Alma, ¿No es así?.
- Sí.
- Disculpe, nos hemos estado intentando comunicar con usted, mi nombre es Abigaíl, soy la enfermera de turno del hospital central, su madre está ingresada aquí.
- ¡¿Qué?!.
- Intentamos contactar a un familiar, llamamos al número que aparece registrado como casa, pero en vista de que el marido de la señora Luz está indispuesto y sus otros hijos son menores, ella nos indicó que podríamos comunicarnos con usted.
- Sí, sí. - Alma sintió como su cuerpo comenzó a estremecerse y las lágrimas se le juntaban en los ojos. - Voy de inmediato.
*
Edan llegó al hospital central rápidamente, todos lo miraban sorprendidos, no todos los días se veía en un centro hospitalario público, a un hombre llegar en un Ferrari, usando un traje de diseñador.
Corrió hasta la recepción, preguntando por el señor Erick O'Connor, la enfermera que se sonrojó con la sola presencia del hombre, lo envió hasta el tercer piso, su padre estaba ingresado en cuidados intensivos. Edan apresuró el paso y al entrar al pasillo indicado, vio a su madre hecha un mar de lágrimas, quien lo recibió con un abrazo.
- ¡Mamá! ¿Qué fue lo que pasó?.
- Tu padre... Tu padre tuvo un ataque. - Explicó la mujer entre lágrimas.
- ¿Cómo está?. - Preguntó Edan separándola de su cuerpo, para verla a los ojos. Ella comenzó a negar al tiempo que las lágrimas salían.
- Está muy mal, los médicos dicen que lo más probable es que no supere este episodio.
- ¡¿Qué?! ¡¿Y qué hace aquí?! ¡¿Por qué no está en la clínica?!.
- Íbamos camino a la empresa, él me insistió mucho en que quería pasar a dar una vuelta y cuando le dio el ataque... Este era el centro médico más cercano.
Un médico se acercaba en ese momento, traía una carpeta en las manos, la cual revisaba con mucho interés y se detuvo frente a Angélica.
- ¿Señora O'Connor?. - El médico la llamó y ella asintió. - Logramos estabilizar a su esposo, sin embargo, eso no significa que todo vaya a estar bien, por el momento, tenemos que esperar y confiar en que el señor O'Connor resista.
- ¡¿Qué?! ¡¿Solo eso van a decir?! ¡¿Qué hay que esperar?! ¡Hagan algo!. - Interrumpió Edan, desesperado con la tranquilidad con que el doctor hablaba.
- ¿Señor...?. - El médico lo miró con cierto recelo.
- Edan O'Connor, soy hijo del paciente. - Se presentó, con cierto enojo, sin siquiera tenderle la mano.
- Entiendo su preocupación, sin embargo, ya hemos hecho todo lo que está en nuestras manos, lo demás, queda de parte de él. - Terminó el doctor. Edan se pasó la mano por el rostro, frustrado.
- ¡Tenemos que trasladarlo! Considero que aquí no están haciendo lo suficiente, necesito que preparen su traslado a la clínica inmediatamente, ¡Pagaré lo que sea necesario!. - Indicó Edan, mostrando su descontento.
- Señor O'Connor, no se trata del dinero que tenga, su padre está en un estado muy delicado para un traslado, si lo hacemos, lo estaríamos condenando. - Refuto el doctor, disgustado.
- Po... ¿Podemos verlo?. - Balbuceó Angélica, interviniendo. Ella sabía cómo era su hijo y seguramente todo terminaría en una discusión con el personal médico.
- Por el momento, estará aislado y descansando. En cuanto sea posible, los haremos pasar. - Contestó el doctor, usando un tono un poco más apacible hacia la mujer.
El médico se retiró. Edan volvió a abrazar a su madre, que comenzó a tener espasmos provocados por la crisis de llanto. La impotencia comenzaba a llenarlo, él deseaba poder hacer algo más por su padre.
Luego de una larga hora en el pasillo, Edan decidió que necesitaba estirar las piernas, dar una vuelta por el lugar o hacer algo, lo que sea. Recordó que en la recepción había varias máquinas expendedoras, así que le avisó a su madre que iría por un par de cafés.
Bajó y comenzó a servir los dos vasos, cuando por casualidad volteó hacia la recepción y vio entrar a una hermosa jovencita corriendo, ella llevaba ropa humilde y una mochila colgada en su hombro, por lo que, dedujo que seguramente se trataba de una estudiante, la joven se notaba desesperada. Ella llegó preguntando a la enfermera, quien le dio algunas indicaciones y de nuevo, salió corriendo hacia los ascensores.
«Pobre chica» pensó Edan, sabiendo que quizás esa jovencita enfrentaría el mismo trago amargo que él estaba enfrentando, posiblemente una persona importante para ella, también estaría en una camilla, luchando.
Alma llegó hasta es tercer piso, tal como la enfermera en la recepción le había explicado, preguntando por todo el pasillo por su madre, Luz Rivas, sin embargo, nadie supo darle respuesta, lo que aumentó su desespero.
Ella continuó caminando, buscando a alguien que pudiera ayudarla, las lágrimas acumuladas en sus ojos le dificultaban la visión y justamente cuando se los limpiaba, chocó con un fuerte cuerpo.
La persona con la que había tropezado, largó una carpeta con el impacto y sin levantar la vista, en medio de su desespero, Alma se agachó para recoger la reguera de papeles mientras que se disculpaba.
Unas cálidas manos tomaron las suyas con mucho cuidado, fue en ese instante, en que ella se percató de cómo le temblaban sus manos y levantó la vista para ver quién era la persona que la sostenía.
- Oye, ¿Estás bien?. - Un atractivo hombre que vestía una bata blanca la miraba con cierta compasión.
- Eh... Yo... Lo siento... Yo... - Ella comenzó a balbucear, tratando de controlar el llanto.
- Tranquila, intenta respirar. - El hombre agachado frente a ella, le hablaba serenamente, intentando tranquilizarla. Alma le obedeció, intentó respirar profundo, exhalar con calma, cuando el hombre la vio más tranquila, continúo. - ¿Cómo te llamas? ¿Por qué estás aquí?.
- Mi nombre... Es Alma... Yo... Busco a mi madre. - Soltó en un suspiro, todavía con la voz entrecortada.
- ¿Cómo se llama tu mamá?. - Insistió el hombre, genuinamente interesado en ayudar a esa jovencita.
- Luz... Luz Rivas. - Contestó Alma sintiendo como se le llenaban los ojos de lágrimas nuevamente.
- Muy bien, Alma. - Comenzó el sujeto, ayudando a la muchacha a levantarse, tomando la carpeta con los papeles ya recogidos de sus manos. - Me llamo Mateo, mucho gusto. - Él apretó su mano con firmeza. - Soy el médico que está atendiendo a tu madre.
- Oh, doctor. - Alma se sorprendió y al mismo tiempo se sintió aliviada, por fin había encontrado a alguien que podía ayudarla. - ¿Dónde está mi mamá? ¿Qué pasó con ella? ¿Cómo está?. - Con desespero, comenzó a soltar la retahíla de preguntas que desde hacía rato sentía retenidas en la garganta.
- Tranquila, vengo de revisarla, ella ahora está estable y está bajo observación.
- Ah, qué alivio. Pero doctor, ¿Qué fue lo que le pasó? No entiendo, no la vi está mañana porque se había ido a trabajar muy temprano, pero anoche la vi y estaba bien.
- Bueno. - El doctor pasó una de sus manos por el hombro de Alma, empujándola ligeramente hacia unos bancos en la pared del pasillo, para que ella tomara asiento y él se sentó junto a ella. - Tengo entendido que ella estaba trabajando cuando le dio un fuerte dolor de cabeza, pareció desorientarse y cayó desmayada, una compañera de trabajo la trajo, pero se tuvo que ir a seguir laborando.
- ¿Qué significa eso? ¿Qué es lo que tiene? Podría ser fatiga por el trabajo, ¿No?.
- Lamento decirte que no, Alma. Hace poco recibí los resultados de tu madre y todo indica que ella ha sufrido de una insuficiencia hepática aguda.
- ¿Qué? ¿Qué significa eso? Pero si ella es una mujer sana, nunca había sufrido de algo así, debe ser un error.
- Lamento decirte que aunque estos casos son poco comunes, puede suceder, una persona sana puede sufrir de una enfermedad hepática por diferentes causas. Dime una cosa, ¿No has notado algún indicio, algún comportamiento poco habitual en tu madre?.
- Bueno, pues. - Ella lo pensó cuidadosamente, la verdad es que ella no había estado muy al pendiente de su mamá últimamente, apenas si tenía tiempo para verle la cara. Luz salía muy temprano para trabajar y Alma regresaba muy tarde del trabajo, sus horarios no concordaban mucho. - Desde que ella empezó a trabajar, me estuvo comentando que le dolía mucho la cabeza, que quizás necesitaba de anteojos porque posiblemente se trataba de la vista, ella sentía que no enfocaba bien.
- Mmm... ¿Y en algún momento se vio al médico por eso?.
- No, creo que no... Solo tomaba pastillas para el dolor.
- Mmmm, entiendo. Creo que ya encontramos la causa de su enfermedad. - Asintió el doctor, pensativo.
- ¿Qué?. - Preguntó Alma sorprendida.
- Una de las principales causas de este tipo de insuficiencia, es el exceso de pastillas para el dolor.
- ¡Oh, no puede ser!. - De nuevo, los ojos de Alma se llenaron de lágrimas, Mateo se sintió apenado con esa niña y pasó su mano por sus hombros como una forma para consolarla. - ¿Qué podemos hacer, Doctor? ¿Qué le pasará a mi madre?.
- Escucha, por ahora ella estará estable con el tratamiento, pero en la condición en qué está, necesitará de una cirugía, lo ideal sería hacerle un trasplante de hígado, para ser exactos.
- Entonces, ¡Hágalo, por favor!, ¡Ayúdela!. - Suplicó la joven, desesperada.
- No es tan sencillo, Alma. Primero tenemos que conseguir un donante... - Comenzó a murmurar el hombre.
- ¡Yo puedo hacerlo! ¿No es así? Yo puedo donar. - Intervino alma con entusiasmo.
- Claro, claro, solo tendríamos que hacerte unos exámenes...
- Entonces, ¡Hagámoslo!. - Alma se levantó del asiento, afanada, el doctor la miro con tristeza, pensando en que, era obvio que esa jovencita, era una chica dulce e inocente.
- Alma... Es una cirugía bastante costosa, y no solo la operación, también se enfrentarán a grandes gastos pre y posoperatorios. - Soltó Mateo, sintiendo como aplastaba el entusiasmo de la chica.
Alma tomó asiento de nuevo, pasando sus manos por el cabello, frustrada. ¡Ah, sí! ¡El dinero! ¿Cómo podría pagar todo aquello? Si apenas con lo que conseguían con el trabajo de ella y su madre, les alcanzaba para sostener a su familia.
*
Edan subió nuevamente al tercer piso, buscando a su madre, con los dos cafés en las manos, pero no la vio por ninguna parte. Tomó asiento en unos bancos que había dispuesto por el lugar, debía esperarla, quizás estaba en el baño o posiblemente, se le habría ocurrido dar una vuelta por el hospital.
Mientras tomaba su café, no pudo evitar notar a la joven que había visto hacía rato en la recepción, ella estaba a unos metros, sentada en un banco junto a un joven doctor, conversaban y se veían muy cercanos, «¿Sería por eso que vino? ¿Ese será su novio?».
Edan se quedó ensimismado con la escena, tratando de entender lo que sucedía entre esos dos, no porque le interesara, sino que, no tenía otra cosa con que entretenerse.
Unos minutos después, vio a la joven levantarse con energía y animada, pero luego de que el doctor le dijera unas palabras, ella se volvió a tirar en el asiento, como si ya hubiera perdido una batalla, sin siquiera empezarla. «Pobre chica», volvió a pensar, quizás , el médico le había dado una mala noticia.
Unos minutos después, Edan vio al doctor alejarse, dejando a la jovencita desalentada. Ella tiró su rostro contra sus manos y en la distancia se podía notar como se estremecía su cuerpo, por el llanto.
Algo que nunca había pasado antes, sucedió en ese momento, Edan sintió compasión. La verdad es que Edan era de los hombres que opinaba que cada persona se forja su destino y por ende cada quien es culpable de la vida que tiene, por eso, nunca se había detenido a compadecerse de nadie.
Pero aquella jovencita, ¿Qué culpa podría tener del sufrimiento que estaba pasando en ese momento?.
Edan sintió que quería hacer algo por ella, sus entrañas se removían al verla llorar de esa manera, aunque no sabía por qué una extraña le había afectado, supuso que quizás él estaba sensible por el estado de su padre.
Edan miró alrededor, reflexionando ¿Qué hacer?. Cuando vio en el costado del asiento, el vaso de café sobrante que se enfriaba, el que había traído para su madre.
Bueno, no era mucho, pero quizás, un poco de café, podría hacerla sentir mejor.
Así que él se levantó, tomó el café que estaba en la banca y caminó hacia la jovencita que seguía con el rostro tapado mientras lloraba.
- ¡Oye!. - Edan intentó llamar la atención de la chica, mientras que estaba de pie frente a ella.
Alma levantó el rostro, extrañada, al escuchar una voz cercana que le hablaba y vio a un atractivo hombre de pie, el cual estiraba un vaso de café hacia ella.
- No te quería molestar, pero creí que quizás, esto te haría sentir mejor. - Murmuró el sujeto.
Ella se quedó allí pasmada, pensando en como un extraño podría llegar en un momento como ese para simplemente dejarle un café, como estaba la inseguridad es esos tiempos, ¿Que sabía ella si ese café estaba adulterado?.
Ella asintió al sujeto y sin decir palabra, recibió el café, esperó a que el hombre se fuera, lo vio sentarse a unos metros y cuando lo vio entretenido con su teléfono, terminó por tirar el café en la papelera.
Edan volvió a su asiento, ni él mismo se pudo explicar lo que acababa de ocurrir, se extrañó de su propia acción. Él jamás se habría acercado a una extraña para ofrecerle algo, aunque fuese un insignificante café.
Un minuto después, llegó Angélica, la madre de Edan, volvía de la habitación de Erick, el padre de Edan. El médico le había permitido verlo, puesto que él ya había despertado y pedía hablar con sus familiares.
Angélica se abalanzó sollozante sobre su hijo, haciendo una simple petición.
- Edan, tu padre quiere verte. - Edan dio un paso hacia la habitación, pero Angélica lo detuvo. - Por favor, no vayas a decirle nada que pueda alterarlo, el doctor me dijo que está en un estado muy delicado y le queda poco tiempo.
Edan sintió un estremecimiento en su cuerpo, las palabras de su madre, le dolieron como si le hubieran dado un fuerte golpe en el estómago. Así que, Edan se apresuró, hacia la habitación de su padre.
- ¡Papá!. - Lo llamó, apenas entró y lo vio despierto.
- Hijo, ¿Cómo estás?.
- ¿Cómo me preguntas eso? Preocupado, mejor dime, ¿Cómo te sientes tú?. - Caminó hacia la camilla.
- Tranquilo, hijo. No debes preocuparte por mí, te lo he dicho muchas veces, todo lo que tiene un principio, tiene un final. - Murmuró, Erick, sereno. Mientras que Edan tragaba grueso intentando disminuir el nudo en su garganta.
Aunque Edan era un hombre frío y arrogante, tenía una debilidad: su padre.
Erick, el padre de Edan, tenía una personalidad muy diferente a la de su hijo, él era un hombre amable e indulgente, no obstante, eso no fue un obstáculo para que ambos, tuvieran una relación bastante diplomática.
A pesar del arduo trabajo que significó levantar una importante empresa de inversiones, Erick siempre estuvo presente en la crianza de sus hijos y le había enseñado a Edan todo lo que sabía sobre los negocios, convirtiéndolo en un genio en el tema.
- No hablemos de eso, papá, debemos ser positivos... En cuánto pueda, te voy a sacar de este... Lugar. - Quiso llamarlo chiquero, pero se contuvo porque sabía que eso molestaría a su padre. - Y te llevaré a la mejor clínica...
- Eso no importa, hijo.
- ¿Eh? ¿Cómo que no?.
- Escúchame, hay algo de lo que te quiero hablar... - Edan lo detalló, serio, su padre hablaba lento, en un hilo de voz, parecía dolerle, parecía sufrir.
- ¿Por qué no descansas, papá? Mejor, hablamos después.
- No, es importante. - Insistió Erick, intentando tomar la mano de su hijo. Edan puso toda su atención. - Hijo, mi deseo, antes de irme... Es que sientes cabeza, eres muy bueno en tu trabajo, pero debes entender la importancia de tener una familia...
- Los tengo a ustedes y son importantes para mí...
- De tu propia familia... - Agregó Erick, interrumpiendo a Edan. - Quisiera... Quisiera haber podido verte casado, así como tus hermanos, pero... Al parecer, no podrá ser posible... Y es lo único que lamento... No poder haber visto, a mi hijo mayor, casado... - Erick hacía pausas para respirar, parecía que se cansaba al hablar, Edan sintió un dolor en la garganta, mientras intentaba contener las lágrimas. - Pero prométeme... Prométeme... Que te buscarás una buena chica, la harás tu novia y te casarás.
- Te... - Tragó grueso. - Te lo prometo, papá.
- Gracias, hijo. Lamento mucho no pueda estar presente ese día... El día de tu boda... Ese será, mi único remordimiento, pero tu promesa, me hace sentir mejor... - Erick exhaló su aliento, cansado, cerrando los ojos lentamente.
- No, papá. - Edan pensó lo peor. - Si es tu deseo, yo lo cumpliré... - Las lágrimas se acumulaban en sus ojos. - Lo cumpliré ya mismo.
- ¿Qué dices, hijo?. - Erick volvió a abrir los ojos, volteando tenuemente hacia Edan.
- Sí, papá... Sabes que ya tengo novia, ¿No?. - Intentó animarlo Edan. - La traeré y nos casaremos aquí mismo.
- No hablas de Vivian, ¿Verdad?. - Erick frunció el entrecejo.
Edan había olvidado ese detalle, en su momento de angustia, no pensó en eso, su padre, no pasaba a su novia. No había momento en que Erick aconsejará a Edan sobre su relación con Vivian, él creía que esa mujer sacaba lo peor de su hijo.
Edan trago grueso, tratando de encontrar una respuesta, puesto que, no podía alterar a su padre.
- No, papá, claro que no. ¿No te lo había dicho? Hace algún tiempo empecé a salir con otra chica.
- ¡Ah! Que bien... Me hubiera encantado conocerla. - Murmuró con una suave sonrisa.
- Claro, la traeré ya mismo y te prometo, que cumpliré tu deseo.
Erick se quedó dormido con una expresión llena de satisfacción, eso alivió a Edan, pero ahora, ¿Qué podía hacer? ¿Por qué dijo todo eso?.
La respuesta era muy fácil, Edan no soportaba ver el remordimiento y la tristeza en la expresión de su padre, mucho menos cuando está moribundo y era peor, si ese sufrimiento, era ocasionado por su causa.
Debía buscar la manera de cumplir la promesa a su padre, ya mismo.
*
Alma vio al atractivo hombre que le había regalado el café, sentarse en un banco algo alejado y una mujer madura que podría ser su madre, se acercó a él, luego vio como el sujeto corrió hacia una habitación.
Ella se sintió mal, se sintió culpable por haber botado aquel café, al parecer, ese hombre, no era más que otro familiar esperando noticias de algún paciente e intentaba ser amable con ella. La culpa le hizo mella en el estómago, o era, ¿Hambre?.
Ya habían pasado unas horas, era de noche y Alma tenía mucha hambre, no quería levantarse de dónde estaba por si le daban alguna noticia de su mamá, pero el estómago rugía y ella, no había comido nada en todo el día.
Alma siempre aprovechaba de comer en el restaurante donde trabajaba y tampoco es que cargaba mucho dinero encima, sin embargo, tendría que sacrificar algunos centavos, aunque sea por un aperitivo, porque ya llevaba muchas horas esperando y el hambre arreciaba.
Ahora sí que se arrepentía de haber botado aquel café. Alma suspiró cansada, decidió que era hora de ir a buscar algún bocadillo, así que, bajó hacia el cafetín del hospital.
Al llegar, se sorprendió al ver a aquel hombre atractivo que le regaló el café unas horas antes. Él estaba sentado solo, en una de las mesas, con la mirada perdida. Se veía bastante afectado y ella, sintió cierta pena por él.
Alma se revisó los bolsillos, revisó en la mochila que cargaba, no traía mucho dinero y tampoco podía gastar de más, puesto que, no sabía si necesitaría para su madre o algo que le pidieran en el hospital.
Así que, finalmente, decidió consumir algo económico, por lo que caminó directo hacia la máquina expendedora de café, así, también podría devolver el favor.
Con el poco dinero que tenía, compró dos cafés y caminó directamente hacia la mesa en la que estaba ese guapo hombre.
- Hola. - Alma llamó la atención de Edan con cautela. Él levantó la mirada, pero no le respondió. - ¿Puedo sentarme?. - Insistió ella, él se encogió de hombros.
Alma se sentó frente a él y le acercó el café, sobre la mesa.
- Gracias por el café. - Murmuró algo apenada, sonrojándose, ahora que detallaba al sujeto, estaba muy impresionada con lo atractivo que él era. - Te vi cuando entré en la cafetería y pensé que, quizás, necesitabas uno.
La jovencita, no paraba de hablar y aunque Edan no estaba muy interesado en lo que decía, decidió recibir el café para ver si con eso ella se callaba y se iba, porque él necesitaba pensar, tenía muy poco tiempo y debía encontrar una solución rápida a su problema.
- Gracias. - Murmuró Edan recibiendo el café.
- Mucho gusto. - Alma estiró la mano hacia él. - Me llamó Alma.
- Edan. - Respondió él, algo renuente, porque ella no se terminaba de ir.
Alma siguió hablando, sobre el hospital y otras tonterías que a Edan no le interesaban.
Él estaba concentrado en otra cosa.
Debía cumplirle su último deseo a su padre antes de que falleciera, debía casarse frente a él, para verlo feliz y satisfecho por una última vez, pero no podía casarse con su novia, entonces ¿Con quién?.
No podía decirle a alguna de sus amigas porque sus padres las conocían. ¿Y una amiga de Vivian? Imposible, conociéndola, ella lo mataría antes de que él pudiera pedírselo.
La única solución, tendría que ser, una extraña, ¿Quizás una de esas mujeres que cobran por sus servicios? Edan podría pagarle muy bien por este tipo de trabajo, inclusive no tendría que casarse, si no simularlo y podría hacer un contrato que dure unos días, mientras su padre este vivo.
Esa era una buena idea, sin embargo, al imaginarse todo el panorama, Edan sintió que no funcionaría, conociendo a su madre, descubriría que tipo de mujer era, en un instante.
Edan se pasó la mano por la cabeza, frustrado. ¿Por qué no le llegaba una solución? ¿Cómo es que para el trabajo se le ocurría miles de respuestas para cada problema y para este no?.
Edan escuchó el lejano murmuro de una voz femenina que no paraba de hablar y levantó la vista. La jovencita, que se había presentado hacía unos minutos y le acababa de dar un café, seguía allí, ¿Por qué?.
Entonces, una magnífica idea llegó.