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Ángeles y Demonios

Ángeles y Demonios

Autor: : edhenblaque
Género: Moderno
Todos somos ángeles hasta que nos cortan las alas. A Lailah le bastó una noche, para que su vida diera un giro de 180°. Pasó de una vida rutinaria y llena de una tristeza apabullante, a ser secuestrada y metida en una de las redes de tráfico más grandes del mundo, un año soportando dolor, muerte y maltratos. Sin embargo quizás aparezca un "ser de luz" que la saque del infierno del Diablo, pero quizás y solo quizás, le cree uno propio, ¿sobrevivira a ello?.

Capítulo 1 Prólogo

¿Alguna vez te has sentido perdido?:

Como si, incluso intentar arreglar y enderezar el camino que cruzas, este simplemente no coopera, como si la brújula apuntara hacia el norte, y aún sabiendo que no es por ahí, que es imposible que llegues a un lugar seguro en esa dirección, aún así tomas la decisión de siguirla, porque quizás sea la única que te mantenga con vida.

¿Lo has sentido?.

El frío de la desolación calandote en los huesos, y la esperanza volviendose cada vez una llama más pequeña, una que en el próximo suspiro puede que tú mismo la apagues.

La desolación golpeándote la maldita puerta a tu alama, y los errores abrazando el cuerpo que de tanto dolor ya repudias y quieres dejar atrás, como si fuera un contenedor asqueroso que necesita ser desechado.

¿Lo has sentido?

El deseo de que el sol caliente tu piel, y al mismo tiempo que la lluvia te hiele junto al viento hasta morir, porque ambas sensaciones te recordarán que estas vivo.

¿Lo has sentido?

El deseo de querer ver morir a alguien pero al mismo tiempo no, porque es quien te mantiene con vida, que es la persona que te mantiene cautivo, que te sacó del pozo fangozo y oscuro en que te encontrabas, y aun así, no es tu salvador, sino, solo otro verdugo.

¿Alguna vez has caminado por un corredor vestida en lencería negra y completamente maquillada como la mejor obra de arte, con un cuchillo en mano, ensangrentado, goteante...con los ojos empapados en lágrimas?.

¿Lo has hecho?

Porque yo sí.

Y quizás solo sea otra mala decisión que cargaré en mi ya espalda llena de cicatrices.

Ya no soy esa persona, quien me vea sabrá que he cambiado, solo me he convertido en un cuerpo vacío, en una muñeca tan rota que respira por orden de un hombre que jura haberla salvado del infierno...

Cuando solo le ha creado uno propio.

Una noche, una maldita noche bastó para que una salida de amigos, terminara con la muerte de uno, la desaparición de otro y la inminente culpa del sobreviviente.

Capítulo 2 Intro

Polonia

16 de abril del 2016

Varsovia: Capital del país.

Se abrazaba a sí misma intentando mantener el poco y mísero calor que lograba radiar su propio cuerpo envuelto entre las delgadas telas de un viejo y roído suéter con unos vaqueros que definitivamente habían visto mejores tiempos, su piel normalmente de un tono hermosamente por decirlo de alguna forma miel estos días solo conocía la palidez a la que había sido exiliada en aquella jaula de concreto, madera y hierro.

Cerró los ojos y tomó aire, le dolía el cuerpo, le dolía el alma, le dolía la vida en toda extensión de la palabra, el hecho de respirar, de abrir los ojos, de tragar saliva era una guerra constante de la que tenía que olvidarse en la noche y revivir en el día.

Día y noche.

Cielo e infierno.

Cordura y completa inestabilidad.

Esa había sido una trágica rutina en los últimos nueve meses, por que los tres primeros nada le dejará mentir en que había luchado por ello.

Una lágrima se desliza por su mejilla y cae en el sucio suelo.

Había llegado allí hace doce meses, tres semanas y dieciocho horas si su mente no falla aún. Había salido una noche a despejar, una noche a sentirse joven, e intentar olvidar la pena que embargaba su alma desde la fatídica noche del catorce de noviembre del dos mil catorce.

Cierra los ojos y vuelve tomar aire, una de sus manos comienza a temblar.

Ese día comenzó como cualquier otro, levantate, desayuna, vistete y ve a trabajar, regresa, bañate, cena y duerme, una rutina que había adquirido para intentar superar la pérdida de quien más amaba en el mundo, ese día sus amigos Irina y Eliot, aquellos dos pequeños que conoció en el kinder y por los que había desarrollado un especial apego que sobrevivió a veinticinco años de una larga-y llena de momentos difíciles-amistad, sin embargo allí estuvieron, ahí estaban y ahí los perdió.

Palabras de aliento que nunca faltaban fueron dadas y la inocente idea de que una salida era lo necesario, ella siempre tan altruista y llena de lucha por el bien ageno, ahora durante todo este tiempo en el que estaba sola con su mente, sus demonios y sus tormentos, se dio cuenta de que quizás, sí, nunca había vivido realmente para sí misma, no obstante, ruega por su vida anterior, una en la que al menos, era dueña de sí misma, dedicada a todo menos a su propio bienestar, a veces humillada por su corazón demasiado bondadoso, pero tranquila y con una conciencia limpia, sin tener que mirarse y pensar que estaría mejor muerta.

La puerta se abrió y ella solo pudo abrazarse a sí misma, la única manera de protegerse que encontró en todo este tiempo fue esa, abrazarse, llorar en silencio y mantener la boca callada acatando cada orden como una fiel soldado, solo que en este caso su amonestación aparte de ser pública le dejarían cicatrices que nunca sanarían, nunca.

-Levántate-alzó la vista y ve a un hombre alto, de músculos y cabeza rapada, lo reconoce, su nombre es Sebastian, y jura que si bien es un maldito loco, posiblemente sea una de las mejores personas que hay ahí-Por favor Lailah, él quiere verte.

Aprieta los labios y se arrastra hasta quedar cerca de la pared, con cuidado, con todo el que puede tener una persona en su condición se levanta, le crujen los huesos, le arde la piel, le duele todo. Levanta el rostro y mira a Sebastian a los ojos, este la observa solo un momento antes de suspirar y acercarse con lentitud, ella, Lailah, no se aleja, no puede, duele, y honestamente, no quiere problemas. Con lentitud Sebastian le rodea el torso y la saca del cuarto, que se podría comprar, no, era una maldita celda.

Salen ambos, Sebastian caminando altivo, aguantando un cuerpo femenino que parece más muerto que vivo, que va recostado sobre él como si otra forma no pudiera ser posible, Sebastan la aprieta solo un poco más intentando evitar que se resbale y caiga, no obstante solo consigue que Lailah sisee de dolor.

-Lo siento-murmura, ella no lo mira y él sabe que su silencio es una repuesta, "sigues órdenes, estás tan jodido como yo".

Al rededor se escucha los casi silenciosos murmullos, sus ojos están hinchado, los abre mínimo y arden, pero aun así y contra todo pronóstico, lo cual agradece, no perdió la vista. Se muerde los labios mientras oye alaridos a lo lejos, los reconoce, son de Nina, la pequeña niña de quince años que habían traído hace diez días y contando, Lailah pudo jurar que en cada grito le deslumbraba un retazo de lo que estaba viviendo en una imagen nítida, y si su sentido direccional no se equivocaba, teniendo en cuenta que conocía esos pasillos ya como la palma de su mano, estaba en la sala cero, en ese cuarto donde nadie quería ir, pero al más mínimo error lo visitabas sin saber si tendrías la suerte de salir.

Lailah sintió una corriente subir por su columna vertebral dejando un retazo de miedo, ¿cuántas veces ella lo había visitado?, más de las que quisiera contar.

Llegan al pasillo B, o el ala blanca, esta llamada así por ser el color predominante, donde la gran puerta de coba brillante y hermosa se cierne ante ellos y traga saliva que en vez de ayudar le razpa aún más la garganta.

-Aquí está, señor-anuncia Sebastian en cuanto entran, Lailah no emite ni siquiera un atisbo que demuestre que está respirando, de hecho y de forma inconsciente se recuesta un poquito más a Sebastian, no porque sea un buen hombre-no es el peor de ahí-de hecho ahí nadie lo es, sin embargo, él, el que ahora mira en dirección a ambos y espera sentado con tranquilidad en el sofá negro aterciopelado de la habitación con un wiskye danzando en el baso de cristal al compás de sus movimientos de muñeca, él, definitivamente le daba mucho, pero mucho más miedo.

-Perfecto, dejala en la silla y retirate-Sebastian acata, Lailah quiere llorar, sus ojos duelen y duda que lo logre más allá de unas cuantas lágrimas, sin embargo no lo hace, no derrama una sola gota, no se aferra a un hombre que si bien es un poco amable por decirlo de alguna forma no dudará en golpearla si se lo piden, y sólo se deja caer en la silla quedando lapsa.

Sebastian cierra la puerta y queda sola en la habitación con el "Diablo", este deja su baso a un lado, se levanta dejando a ver su impoluto traje que definitivamente es de diseñador, se acerca y sin previo aviso, con rudo manejo toma el cabello de Lailah levantando su cabeza y dejando a descubierto su rostro. Diablo observó con detenimiento los ojos inchados, los labios partidos, las contusiones en el que definitivamente fue en algún momento un bello rostro femenino al cual admirar, sin dejar de sujetar los cabellos con una mano, pasó con una fingida simpatía y dulzura por el magullado rostro suavemente hasta legar al cuello y hombros donde apretó esperando una señal de dolor que llegó en una pequeña sacudida y un lastimero y efímero quejido.

-Después de todo este tiempo-sisio mordaz y despectivo-Pensar que llegaste aquí siendo toda altiva, hermosa, elegante y llena de una seguridad apabullante que poco a poco ha quedado reducida a nada-se agachó un poco y acercó el rostro dejando que su aliento con un leve toque etílico le llegara-¿De qué te ha servido tanto orgullo Lailah, de qué?-sonrió-Mirate, pasaste de ser el sueño de muchos hombre al cuerpo que toman cuando no hay nada mejor, das asco.

Lailah no dijo nada.

-Todo lo que odiabas te poseyó, alcohólicos, drogadictos, corruptos, asquerosos delincuentes, tú, la señorita perfecta, ¿te haz mirado en un espejo, Lailah?.

-Lo siento-susurró, tan bajo que definitivamente si Diablo no estuviera tan cerca sería imposible de oír.

Él suspiró, y la soltó con fuerza haciendo que su cabeza chocara con el borde superior del espaldar de la silla.

-Si tienes fuerzas para disculparte tendrás para lo que viene-sacó una cajetilla de cigarro y apartó uno llevándoselo a los labios, prendiéndolo y dándose la primera calada, Lailah alzó solo un poco-y lo que pudo-la vista y lo miró, su cabello seguía siendo castaño, su cuerpo bien construido y su porte lleno de superioridad-Te he vendido-un pequeño silencio perpetuo inundó la habitación unos segundos antes de ser roto por el movimiento de la mano de Lailah cuando comenzó a temblar levemente-Es un hombre de dinero, su nombre es Esteban Ivanhoe, está afuera esperando por ti, el contrato fue cerrado, me pagaron buena pasta y te irás lejos, si vives o mueres ya no es problema mío...-hizo una pequeña pausa y sonrió-Aunque nunca lo fue, claro está.

El movimiento espasmódico se aseveró, llegando a causar un temblor a lo que Diablo solo rodó los ojos y llamó a Sebastian, quien entró y la observó detenidamente antes de llevarla cargada aún con algunos espasmos hacia la sala XY donde se alistaba la mercancía, ya era normal verla así, tantos golpes, gritos, humillaciones y violaciones tanto físicas como mentales habían creado ciertos traumas que se manifestaban así, con espasmos violentos entre otras cosas.

-Eres más fuerte de lo que piensas Lailah, por eso tantos querrán destrozarte.

Diablo, terminó el cigarro y lo botó en el cenicero lleno de tantos cabos gastados.

Hace exactamente un año, durante una noche cualquiera, en uno de los clubes de la ciudad, tres amigos organizaron una reunión, que terminó con la muerte de uno, la desaparición de otro, y la inevitable culpa del sobreviviente.

"-Vamos al club FallWings.

La frase que dio paso al desastre convertido en infierno.

Capítulo 3 El Cáncer y lo que se llevo.

-El desmayo fue provocado por la aparente debilidad en su sistema inmunológico debido al cancer-explicó el doctor con aparente tranquilidad y calma incluso si no era así-Lo siento Lailah.

La joven mujer frente a él respira hondo y lo mira sin apartar la vista un segundo, sus ojos pican, arden y comienzan a doler, ha tenido una noche dura, demasiado, la guardia había sido un mar tormentoso lleno naufragios, diez pacientes en una sala, y cinco habían fallecido en una sola noche, ser médico nunca le había sido tan pensado, teniendo en cuenta esta noticia no ayudaba.

Su madre tenía cáncer, la mujer más importante, el ser humano que le había dado la vida, quien había sido su amiga, hermana y madre, y simplemente no podía, no quería creerlo, que algo como el cáncer, una enfermedad que desgraciadamente se llevaba a tantos había decidido tocar la puerta de su casa, a la de ella, quien había luchado tanto contra este, salvando vidas, perdiendo otras, muchos de sus pacientes no sobrevivían, otros sin embargo lo lograban, ¿y su madre no sería uno de esos?.

Se llevó la mano a la sien y masajeo, llevaba horas con ese maldito dolor de cabeza, había tenido dos turnos agotadores los días anteriores y después una guardia de 24 horas que estaba a la altura de un maldito colapso, sin embargo allí estaba, recibiendo tales noticias.

-¿Lailah?-llamó el doctor con voz preocupada-Sabes que te aprecio y darte una noticia así no es de mi agrado, somos colegas y quiero creer que amigos, sin embargo como médico yo...

-¿Cuánto?-preguntó levantando la vista, mirándolo directo a los ojos-¿cuanto tiempo le queda Hector?, dime-Hector, el médico, se removió incómodo, de pronto Lailah pudo jurar que la silla tenía púas o espinas porque de otra forma no se movería como si fuera simplemente doloroso estar ahí, quizás otro indicio de que definitivamente las cosas iban mal fueron las manos temblorosas de este-Hector.

-No podemos darte un número Lailah.

-¿Qué?-soltó con un nudo comenzando a formarse en su garganta-Todos tienen un margen, somos colegas, puedes decírmelo, por muy corto que sea yo...

-Lailah-interrumpió mirándola a los ojos, ésta cerró los labios y los apretó con fuerza levantándose del asiento con fuerza cerrando los ojos a la vez que caminaba de un lado a otro y respiraba profundo, Hector estaba comenzando a temer por un posible ataque de pánico-¿Quieres sinceridad?, ¿realmente?-preguntó con voz contenida, ella dudosa pero dispuesta a saberlo se detuvo y lo miró-Tu madre esta en sus últimos días Lailah, no sabemos, nadie se explica como el cáncer en una mujer tan sana simplemente salió y arrasó con todo en menos de seis meses...puedes perderla en cualquier momento, así que no me obligues a calmar tu dolor dandote la esperanza de algo que no podrá vivir.

Lailah suspiro y respiró, su corazón latía tan fuerte y retumbante que amenazaba con salirse de su pecho, sin embargo lo único que pudo hacer fue dejar correr una lágrima limpiándola con lentitud al acto, miró a Hecto y le dio una pequeña sonrisa, ésta tan rota y cansada que él, solo pudo asentir antes de verla salir por la puerta y dejar fluir el dolor de ver a una colega, enfrentarse al demonio con el que luchaba constantemente como doctora, ironías de la vida, Lailah era una de las mejores en su campo, una gran oncologa, y el cáncer estaba a punto de arrebatarle lo que más amaba.

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Aparcó fuera de la casa, salió del auto y con pasos lentos caminó hasta el frente mirando con atención la arquitectura, esa casa había sido uno de sus grandes logros, la consiguió con su primer gran contrato, después de trabajar en hospitales públicos y hacer obras de caridad con toda la dispocion y buenos deseos que pudo, fue realista y se dijo a sí misma que eso no pagaría las cuentas y mucho menos las sacaría del hoyo en que estaban sumergidas ella y su madre desde que Elario, su padre, había fallecido hace ya un tiempo atrás, así que firmó su primer contrato con un hospital privado, y compró esa casa frente a la que ahora estaba de pie y miraba como si el solo hecho de hacerlo le provocara nausias.

La había comprado para ella.

Y ahora se iría.

Miró la grava de la calle y después de un suspiro despidió entrar, pasando el pequeño jardín que lentamente moría al no poder ser más atentido, su madre era quien siempre se encargaba de las flores, sin embargo desde que todo empeoró, estas parecen decaer a la par de su salud.

-Lailah-un susurro débil pero lleno de un rebosante cariño la alcanzó una vez dentro, Lailah miró a la persona frente a ella, sentada en un sillón, quien al parecer acaba de despertar.

-Hola mamá-se acercó y dejó un beso en su frente acuclillandose a su lado-¿te he despertado?-la señora sonrió pequeño negando suavemente.

-Tranquila, recién abría los ojos cuando entraste-Lailah la observó sonreirle y su pecho dolió, aún recuerda como solía ser, su madre era una mujer hermosa, sus cabellos negros con abundantes ondas, y esos ojos mieles vivaces con esa risa estridente y un cuerpazo espectacular, su heroína llena de un coraje inigualable, independiente, la mujer más importante de tu vida, y ahora...

Era tan diferente, el cáncer había acabado con ella rápido y doloroso como nada, al comienzo, los tres primeros meses todo iba bastante bien, era algo aún controlable, con una buena dieta, ejercicio y sus medicamentos, lograba mantenerse estable, sin embargo para el cuarto, comenzó a perder un poco de peso, algo que gradualmente simplemente llegó a ser preocupante y un día simplemente su cabello comenzó a caer haciendo preguntar a Lailah que tan mal estaban las cosas, los mareos, los vómitos y las noches en vela por el dolor comenzaron hacer algo del día a día, sabía que todo estaba mal, Lailah lo sabía, sus conocimientos médicos y el hecho de haber visto tantas veces la misma imagen le daba vistas del final.

Pero su deseo de tenerla consigo un poquito más le hizo mentirse a si misma, jurarse que aún había tiempo, que podrían salir de eso juntas.

-Oye-susurró su madre acercando ambas manos a su rostro y acariciando las mejillas-¿Qué pasa mi niña?-preguntó-Dime cariño-Lailah se acercó un poco más y la abrazó sin decir nada, Elena, como se llamaba la mujer, le devolvió el gesto como pudo, últimamente le dolía los músculos y se le dificultaban muchas cosas, sin embargo su mente estaba lo suficiente bien todavía-¿Te lo han dicho no?, que no me queda mucho-Lailah negó sin dejarla ir-Lailah.

-No lo acepto-dijo con fuerza, despegándose, y mirándola a los ojos-Y como puedes decirlo tan tranquila, te vas a morir, ¡como puedes decírmelo como si no fuera nada!-gritó llorando, furiosa y enojada por todo y nada, porque su madre parecía no importarle morir, porque no quería dejarla, porque sabía que sufría, por ser egoísta, por querer que descansara.

-Escuchame bien Lailah-dijo tomándole las manos con cariño, y dejando pasar el arranque de furia-Yo, realmente te amo, mucho, y si por mi fuera, nunca, escúchame bien, nunca te dejaría-para ese entonces ambas lloraban, Lailah como si fuera lo único que le quedaba por hacer, Elena intentando retener un poco sus lágrimas, alguien debía ser fuerte-Yo, estoy tan cansada, levantarme todos los días es un maldito martirio, me duele el cuerpo cuando me muevo, me duelen los ojos de tanto llorar a escondidas para no hacerte sentir peor, me duele el corazón de saber que voy a dejarte, pero más me jode el hecho de que te culpas por algo que no puedes controlar.

-Mamá... -Elena negó.

-Escuchame bien Lailah Parker, tú no tienes la culpa de nada, y eso debería saberlo de sobra, el cáncer, solo aparece, no lo elegimos, no pedimos que lo haga, pero una vez que llega solo nos toca aceptarlo y luchar hasta el día que decida desaparecer o llevarnos, para mala suerte, a mi me toco lo segundo, pero al menos se que di pelea, y que tú estuviste junto a mi en ella-sonrió -Mi pequeña niña, dejame ir, descansar, alejarme de este cuerpo ya inservible y no sentir más dolor.

Esa fue la última conversación que tuvo con su madre.

Elena murió solo una semana después, el 14 de noviembre de 2014, Lailah vio como lentamente la vida, la pequeña chispa que quedaba iba desapareciendo de los ojos de su madre poco a poco, después de una noche donde esta solo podía gritar por los dolores, comprendió que a veces dejar ir es mejor, dolía como la mierda, y para ella que era médico y convivía con la muerte, era irónico que temiera tanto de esta, sin embargo su madre no y la recibió como una amiga en la noche con una sonrisa en el rostro, Lailah solo recuerda levantarse en la mañana y al llegar a la blanca habitación de su progenitora en la casa, encontrarla fría, inmóvil, y con una sonrisa en su demacrado rostro.

Para el día siguiente, ya estaba en proceso de velorio, no tenía familia, por lo que la reunión fue pequeña y sencilla, sus mejores amigos, Irina y Eliot, junto a los familiares de estos, y algunos compañeros de trabajo, entre estos Hector quien la abrazó con fuerza sin decir una palabra, él entendía su dolor, había perdido a su sobrina por la misma causa.

Ahora, seis meses después, el mismo tiempo que tardo el cancer en llevarse a su madre, ella volvía a la tumba un poco más serena y con una pizca menos de dolor en el alma a ponerle unas hermosas colores Mariposas, símbolo de paz y pureza.

Ese día Lailah regresó a su casa, con un tono apagado, ya no era la hermosa estancia con jardines, solo a un mes de la muerte de su madre la vendió y se fue a vivir a un departamento pequeño pero acogedor, donde al llegar se encontró con sus amigos comiendo palomitas y tomando refresco, diciéndole algo tan simple como:

-Ya haz llorado bastante, entendemos tu dolor, Elena era como una madre para nosotros, pero necesitas seguir, así que date un baño y vistete.

Lalilah los miró a ambos, Irina la miraba con rostro serio y decidido siendo apoyada por Eliot. Desvió la mirada a la izquierda donde chocó con una vieja fotografía de su madre con unas gran sonrisa mucho antes del cáncer.

"Vive, yo fui feliz con la vida que tuve, ahora te toca a ti, que mi muerte sea tu empuje a vivir".

Desvío la mirada de nuevo a sus amigos y suspiró.

-¿Y a dónde vamos?-tanto Irina como Eliot sonrieron.

-Nos vamos al club FallWings, esta noche es un nuevo comienzo.

Que tan certeras fueron esas palabras.

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