El bisturí de Carl perforó mi carne, listo para comenzar la cirugía. Pero en ese momento, su teléfono en el bolsillo vibró con fuerza, y no pudo resistir contestar.
"Carl, antes de morir, solo quiero verte una vez más", dijo Bianca, su hermana adoptiva, con la voz temblorosa.
Ella había intentado suicidarse.
Yo, en cambio, yacía en la mesa de operaciones, con el abdomen ya abierto, cuando escuché la noticia.
Carl dejó caer el bisturí y se volvió hacia el Alfa Arthur. "Dejo la cirugía de mi Luna en tus manos", dijo.
Con eso, se dio la vuelta y se fue.
Al ver la figura de Carl alejándose, sentí que una mano invisible apretaba mi corazón, haciendo que el dolor fuera insoportable.
Las lágrimas se deslizaron por mis mejillas antes de que pudiera detenerlas.
En el siguiente momento, un frío bisturí perforó mi piel una vez más.
Arthur habló con frialdad: "¿Por qué lloras? Conmigo aquí, no vas a morir".
...
Un fuerte estruendo resonó.
Carl tiró el bisturí a un lado sin decir ni una palabra.
De repente, se quitó los guantes y los arrojó a la basura. "No puedo hacer esta cirugía. Llama a Arthur", dijo.
Habían pasado veinte minutos desde el intento de suicidio de Bianca, y mi compañero, normalmente sereno y estable, finalmente mostró una grieta en su compostura.
"Carl, por favor no me dejes...". Lo llamé con debilidad y con la voz teñida de desesperación.
La sangre brotaba de mi herida.
El dolor abrasador no era nada en comparación con la agonía en mi corazón y la tristeza que inundaba mi mente.
Interrumpió abruptamente mi cirugía y, dándole la espalda a todos, se quitó todo su equipo de trabajo con calma.
Pero sus manos temblorosas lo traicionaban.
Me miró brevemente con una mirada compleja.
Era como si su lobo lo estuviera instando a quedarse.
Pero nadie podía despertar a alguien que ni siquiera estaba dormido.
Yo sabía que Carl había decidido abandonarme.
Mi compañero, en mi momento de mayor necesidad, eligió a su hermana adoptiva por encima de mí.
Bianca estaba en problemas, y él se había vuelto loco, desesperado por correr a su lado.
Yo me estaba muriendo, y él no mostró preocupación alguna.
"Alfa, el ritmo cardíaco de tu compañera está aumentando. Está muy ansiosa", dijo la enfermera. "¿Estás seguro de que quieres irte ahora?".
Pero la enfermera no pudo detenerlo.
Mientras lo veía alejarse, un dolor agudo se extendió por mi pecho.
Mi loba también jadeaba sin parar.
La partida de Carl fue como una cuchilla invisible que cortaba toda la confianza que tenía en él.
Hablé tranquilamente con la enfermera: "Está bien. Cualquiera puede hacer la cirugía".
Sabía que, aunque la cirugía tuviera éxito, mi relación con Carl nunca volvería a ser la misma.
Mi compañero, mi amor, eligió irse cuando más lo necesitaba.
Las personas en la sala de operaciones me miraban con lástima, pero yo solo forcé una débil sonrisa.
Debí haber sabido que la presencia de Bianca eventualmente abriría una brecha entre mi compañero y yo.
Pedirle a Carl que se quedara y me operara mientras Bianca yacía moribunda, era algo que él no podía aceptar.
Además, no le quería confiar mi vida a alguien así.
La puerta de la sala de operaciones se deslizó silenciosamente.
Una figura alta con una máscara entró.
Tenía ojos verdes profundos y vestía un impecable uniforme quirúrgico.
Tomó el bisturí y me echó un vistazo con la mirada segura y resulta.
Era Arthur, el líder de la Manada Silverlight.
Fuera de la sala de operaciones, Carl gritó: " Arthur, dejo en tus manos la cirugía de mi compañera. Si ahora no voy a buscar a Bianca, lo lamentaré por el resto de mi vida. Lo siento, Elizabeth. Las habilidades de Arthur asegurarán que todo salga bien".
Sus palabras hicieron que mis ojos se llenaran de lágrimas silenciosas.
Abrí los ojos y vio a Arthur.
Él me miró en silencio mostrando una actitud de firmeza y determinación.
Mi corazón gradualmente se calmó.
Quizás ese era el plan del destino, mostrarme la verdadera naturaleza de Carl.
Me sentía humillada.
¿Por qué lloraba si solo había sido abandonada por mi compañero?
Una sombra se cernió sobre mí y un frío bisturí presionó contra mi piel.
Arthur, generalmente distante y reservado, habló suavemente: "¿Por qué lloras? Conmigo aquí, no morirás".
La cirugía duró diez horas.
Cuando terminó, ya era la tarde del día siguiente.
La lluvia comenzó a caer y las gotas salteaban sobre la ventana.
Arthur se quedó a mi lado, sin irse hasta confirmar que yo estaba estable.
Abrí los ojos lentamente, rodeada por el blanco puro de la habitación del hospital.
Intenté incorporarme, pero sentí un mareo insoportable.
Arthur rápidamente me sostuvo y dijo con voz fría: "Acabas de ser operada. Quédate acostada".
Asentí y volví a recostarme con la mirada vacía mientras contemplaba el techo.
Mi mente reproducía la escena en la mesa de operaciones.
Carl se fue apresuradamente y Arthur asumió el control con calma.
Mi corazón se sentía dividido en dos.
Una mitad ardía con desesperación y rabia hacia Carl, mientras que la otra albergaba gratitud hacia Arthur.
Volteé la cabeza, sin querer que el hombre frente a mí viera mis emociones.
La lluvia afuera se intensificó, como si acompañara mi tristeza.
Finalmente, Carl recordó contactarme.
Un pequeño consuelo hizo que sintiera una pizca de calidez en mi corazón.
Arthur notó la llamada entrante en la pantalla de mi teléfono y salió de la habitación en silencio.
Cuando llegó la video llamada de Carl, la anestesia se había disipado y el dolor palpitaba en mi herida.
Respondí, y una voz animada y coqueta estalló: "Ay... eso se siente tan bien... me estás haciendo sentir tan bien...".
¿Qué era ese sonido?
Así que, mientras yo sufría en la cirugía, ¿Carl estaba con otra mujer?
La lluvia golpeaba el cristal, pero mis dedos eran más fríos que las gotas del exterior.
Mi cuerpo parecía estar cubierto de espinas y un dolor sordo se extendía hasta mi corazón.
Mi loba, Talia, mantenía la calma. "Tranquila, quizás sea un malentendido".
Sus palabras estabilizaron ligeramente mi corazón.
Fruncí el ceño, mirando la pantalla de mi teléfono.
En el video se mostraba un ruidoso rincón de bar, también había luces tenues y risas estruendosas.
La cámara enfocó el centro de un sofá, y mi respiración se detuvo.
Sentada en el regazo de Carl estaba Bianca, la hermana por la que él se fue volando para rescatarla.
Bianca llevaba un vestido ajustado, y su cabello caía sobre el hombro de Carl.
Sus brazos rodeaban su cuello, su cuerpo se balanceaba ligeramente y su muslo rozaba su entrepierna.
Incluso con la ropa entre ellos, esa escena me revolvió el estómago.
Las manos de Carl descansaban en su cintura, como si intentara alejarla, pero no se esforzaba demasiado.
La multitud a su alrededor vitoreaba. "Elegiste desafío, así que muévete diez veces más".
La mujer se reía, acercándose más a mi Alfa y su voz resonaba en el video. "Carl, no seas tan tímido".
Mis dedos se apretaron hasta ponerse blancos y la tristeza se agudizaba convirtiéndose en un dolor punzante.
La agonía recorrió mis venas hasta llegar a mi corazón.
Me puse de pie abruptamente.
Un ruido llegó desde el teléfono, como si Carl lo hubiera recuperado.
Sus ojos parecían estar aturdidos, desprendiendo un olor a alcohol y, tenuemente, al aroma de Bianca.
Sacudió la cabeza, despejando su mente. "Elizabeth, ¿cómo estás?".
Él percibió mi incomodidad. "No es lo que piensas. Estamos jugando verdad o reto. Ella eligió reto...".
"¿No fuiste a salvarla? ¿Qué haces en un bar?".
Bianca se apretujó junto a él, gritando con su habitual tono lastimero: "Lo siento, Elizabeth, estaba borracha y diciendo tonterías. Carl vino corriendo hacia mí como si su vida dependiera de ello. Ya lo regañé. ¿Ya tu cirugía terminó? Apenas lo recordó. Pero solo se olvidó de ti porque estaba preocupado por mí. No lo culparás, ¿verdad?".
No podía seguir escuchándola.
Carl la apartó y dijo: "No le hagas caso, Elizabeth. También me importas. ¿Cómo te sientes?".
Miré la marca de lápiz labial en su rostro y hablé con suavidad. "¿Hace un momento ella estaba restregándose contra ti?".
La expresión de Carl se volvió rígida y luego noté una irritación a través de sus gestos. "Elizabeth, sabes que Bianca solo es mi hermana. Crecimos juntos. ¿Qué tiene de malo que esté cerca? Solo es un juego. Deja de verla como si fuera la mala. Solo te amo a ti".
¿Solo me amaba?
¿Me amaba?
Él me había dejado durante la cirugía
y solo recordó preocuparse por mí después de que esta terminara.
Además, incluso estaba bebiendo y poniéndose cómodo con su supuesta hermana a punto de suicidarse.
"¿Qué clase de familiar se restriega contra ti así? Carl, ¿tu idea de cercanía es algo que no entiendo, o te estás engañando?".
Mis ojos y mi corazón estaban llenos de frialdad, así que, no pude contener mis preguntas.
Antes de que Carl pudiera responder, sus amigos intervinieron. "Amigo, ¿tu Luna está tratando de controlarte? Todos sabemos que Bianca solo es tu hermana. ¿Cómo puede acusarla de esa manera? Pero honestamente, Bianca es genial. Es como otra Luna para ti".
Carl parecía envalentonado y me miró con arrogancia. "Elizabeth, no deberías cuestionarme. Descansa bien. Te visitaré cuando estés mejor".
Sus palabras hicieron que mi herida ya adolorida, volviera a desgarrarse.
Pero su actitud dolió aún más.
"Él no te traicionó con Elizabeth", dijo mi loba, su voz iba teñida de tristeza pero trataba de calmarme. "Carl y su hermana siempre han sido cercanos. Es normal que le importe".
Sabía que Carl no había sido infiel. Pero también estaba clara de que para él, probablemente yo no me podía comparar ni con un solo mechón del cabello de Bianca.
Era una traición emocional.
El dolor me hizo temblar incontrolablemente.
Me di cuenta de que el amor de Carl por mí solo existía en sus palabras.
Él no me amaba de manera genuina.
Apreté los puños hasta que mis uñas se clavaron en las palmas de mis manos.
El dolor me mantenía lúcida.
Después de lo que pareció una eternidad, respiré profundamente y relajé mi cuerpo.
En ese momento tomé una decisión.
Ya que Carl se preocupaba más por otra persona, como Luna, era mejor apartarme.
Miré el teléfono que Carl había desconectado, lo dejé a un lado y cerré los ojos.
Un momento después, un aroma fresco y familiar llegó a mí.
El reconfortante olor alivió instantáneamente mis nervios.
Me giré y vi a Arthur de pie junto a la ventana, bañado por la luz de la luna.
El borde de su bata blanca llevaba un leve rastro de desinfectante, y sus dedos sostenían un frasco de pastillas.
"Te traje analgésicos. Tardarán veinte minutos en hacer efecto", dijo, con una voz más suave de lo habitual y su mirada estaba fija en la mano que yo tenía agarrando la sábana. "Eres sensible al dolor, así que te los traje".
Mientras hablaba, su presencia calmante se acercó más, casi tangible, envolviendo mi muñeca.
El dolor persistente en mi cintura y abdomen pareció atenuarse.
Miré a Arthur y mis sentimientos eran complejos. Todos esos años, no había cambiado ni un poco.
Instintivamente me retiré, pero él atrapó suavemente mi muñeca.
Sus yemas estaban frías, mientras que su agarre era firme pero inquebrantable. "Sabes que mi feromona puede aliviar el dolor más rápido que las pastillas", dijo, mirándome a los ojos mientras la luz de la luna se reflejaba en sus pupilas.
"¿Quieres intentarlo?". Inmediatamente negué con la cabeza y mis dedos apretaron aún más las sábanas.
"No, esperaré las pastillas".
Sus nudillos se tensaron brevemente, mientras un leve amargor se mezclaba con su aroma a cedro. "¿A qué le tienes miedo? ¿Temes que Carl lo descubra si me aceptas?".
Intenté retirar mi mano, pero él la sostuvo, acercándome medio centímetro más.
La luz de la luna delineaba su mandíbula afilada, proyectando una sombra de obsesión que parpadeaba en sus ojos. "¿Aún sigues pensando en él?". Su aliento rozó mi oído, llevando el aroma a cedro de su presencia. "Ahora estás sufriendo tanto que hasta estás sudando frío. ¿Él lo sabe? Para él, solo es una pena menor. Comparado con tu dolor, el suyo no es nada".
"¡Arthur!". Luché y mi muñeca dolía bajo su agarre. "No hagas esto".
De repente sonrió, aunque sus ojos no mostraron alegría. "¿Estás tan segura de que Carl es tu compañero destinado?".
Su pulgar rozó el interior de mi muñeca.
Allí, quedaba una débil marca rosada hecha por Carl en presencia de la Diosa Lunar. Era la marca de una luna.
"Quizás yo sea tu verdadero compañero".
Sus palabras me dejaron de piedra y mi respiración se detuvo por un instante.
Encontré su mirada y en ella vi descontento, indagación, y una sinceridad que me inquietaba.
Arthur era el hijo de mi mentor. Nos conocíamos desde hacía años.
Nunca ocultó sus sentimientos por mí. Por eso me alejé de él.
Respiré profundo y logré liberar mi mano de su agarre.
Retrocedí hacia la almohada y dije con una voz firme a pesar de su temblor: "Arthur, no vuelvas a decir eso. La Diosa Lunar nunca se equivoca. Esta es la marca de Carl, es innegable".
Él se mantuvo inmóvil, su aroma a cedro se desvaneció, dejando solo la luz de la luna que alargaba su sombra sobre el suelo.
Después de unos segundos, soltó una risa baja y llena de amargura. "La Diosa Lunar no se equivoca...".
No respondí, solo me tragué rápidamente los analgésicos.
Me recosté, dándole la espalda, y me cubrí la cabeza con la manta.
No sabía por qué Arthur decía esas cosas. Sin embargo, él no se fue. Se quedó a mi lado, observándome en silencio.
Extrañamente, su presencia hizo que mi cuerpo se sintiera inusualmente tranquilo y mi loba se volvió notablemente silenciosa.
Antes de quedarme dormida, escuché el suspiro de Arthur. "¿Por qué no quieres mirarme?".