La vida se ha encaprichado con dos personas, dicen muchas veces que las almas gemelas están destinadas a encontrarse sin importar el tiempo que transcurra.
Es por eso que cuando la muerte decide visitarles a los dos en distintas etapas de sus vidas, ellos deciden salir adelante a su manera. Erickson O'Brien es un hombre que ha sabido aprovechar sus oportunidades en la vida, es por eso que cuando la ve a ella no duda en aprovechar.
Norma Bermúdez ha sufrido a sus veinte años, ella sabe que sus hermanos pequeños siempre serán la prioridad ante todo, por ellos es capaz como se dice popularmente de vender el alma al Diablo, es por ello que cuando la oportunidad de poder darle una buena vida a ellos se le presenta no lo duda.
Pero ambos tienen algo en común, una persona que a ella se le metió dentro del corazón a pesar de los años en que estuvo ausente y en él es que esta persona es como un amigo para el, es ahí donde entra otro dicho que dice:
En la guerra y el amor todo se vale, algo que Erickson haría y sobre todo que ella sabrá.
Aunque hay secretos que algunas veces es mejor mantener ocultos, hay verdades que duelen y sobre todo que dañan, aunque muchas veces las personas que mienten lo hacen con son de no lastimar, hay actos que duelen más que palabras y sobre todo hay heridas que en ocasiones pensamos que están selladas se vuelven abrir con mucha más fuerza y sangran de una manera tan dolorosa.
Esta es la historia de Norma Bermúdez y de Erickson O'Brien, en dónde ellos a pesar de sus pasados, sus presentes están unidos, ellos primero pasan por muchas etapas en dónde cada una demuestran de lo que están hecho.
No hay nada mejor que un amor sin mentiras y sobre todo dulce, un amor que se pueda confiar y desear no irse más.
Capítulo uno
Norma Bermúdez con diecinueve años ha estado pocas veces en situaciones que la hacen cuestionar todo, ahí se encontraba sentada viendo hacia una pared blanca mientras entre su mano tenía la camisa de su padre; una sonrisa irónica se formo en sus labios ahora debía de hacerse cargo sus hermanos pequeños.
Se paso la mano por el rostro esa que todavía tenía sangre fresca, sangre de él, del único hombres del cual pensó que jamás la dejaría, pero no fue así ya que la dejó, sola y con temor, una mano en su hombro la hizo mirar hacía su derecha y observar que estaba el doctor que le dio la mala noticia sobre la muerte de su progenitor, del único que tenía y le quedaba.
«-Hija, mañana me pagaran el trabajo que fui hacer a aquella gran casa -dijo su padre y ella asintió.
-No te preocupes papá, la beca estudiantil ya me la dieron y con ella cancele este semestre -expreso encogiéndose de hombros -Ahora solo debemos de comprar la comida y pagar la luz, el gas y el agua.
-Si, además los niños están pidiendo que le hagas un pastel para su cumple -dijo sacudiendo su cabeza divertido -Ellos creen que uno es banco.
-Son niños papá, que se le puede hacer -rebatió ella riendo -No te preocupes yo puedo caminar el trayecto de la casa a la uni -comentó abrazándolo.
-No hija -respondió su padre -Es muy largo, además deberías de salir aun cuando esta oscuro y no es seguro.
-No seas paranoico papá -murmuró ella -Ya me voy a casa, solo venía a dejarte la comida aprovechando que ellos duermen su siesta.
-Te amo mucho hija -espectó su padre abrazándola -Eres un gran orgullo para mi -añadió.
-Y a mi me da gusto saber eso -expreso Norma sonriendo y caminando de espalda por la acera.
Su padre no la veia a ella sí, sino que miraba hacia la carretera y corría a ella para empujarla hacia atrás cayendo sobre unos arbustos recién cortados y solo pudo escuchar el sonido del auto rechinando las llantas y el impactó de un cuerpo. Aturdida y a como pudo se levanto minutos después ya que la cabeza había dado contra el muro en donde estaban los arbustos.»
Salió de sus recuerdos mirando al doctor.
-Señorita debe de hacerse cargo de todo referente a su padre -le informó.
-No tengo ni donde irme a caer muerta doctor -masculló rodando sus ojos -Pero ya veré como hago con ello -dijo al final.
-Puede pedir ayuda a recursos humanos -comentó el hombre -Explicarle el caso para que le ayuden con el ataúd.
-Bueno -murmuró ella asintiendo -Ya iré, debo de lavarme el rostro -expreso señalándose con la mano en donde todavía estaba la camisa de su padre.
El doctor asintió y se marcho de ahí, cuando lo perdió de vista soltó un suspiro mientras se levantaba y iba hacia el baño, en el espejo donde se miro la hizo apretar sus labios haciendo que sus ojos comenzaran a llenarse de lágrimas; estaba llena de sangre su ropa, su rostro, sus manos y sus piernas, apoyo sus manos sobre el lavado cerrando sus ojos.
No se iba a permitir fallar, ni llorar debía de ser fuerte por sus hermanos, esos pequeños que estaban en el pequeño departamento que tenían y del cual ahora ella debía de hacerse cargo, cuando abrió sus ojos comenzó a lavarse las manos y el rostro, quitándose la sangre de su padre. Todo había sido demasiado rápido y confuso, todavía no procesaba esa parte, estaban en la cera cuando un auto salio de la autopista y se iban directo hacia ellos, donde estaban su padre la aventó para que el auto no la golpeara a ella.
Pero si a él, quien quedo en el suelo envuelto en un charco de sangre, siendo consciente de que jamás volvería a escuchar su voz, sentir su mirada y sobre todo a abrazarlo, un sollozo se formó en sus labios. Aquello estaba resultando sumamente difícil, lo más gracioso de todo era que la persona que iba manejando no le paso nada.
Pensó en como le daría la noticia a dos personitas que su padre era todo para ellos, cuando se volvió a ver en el espejo pudo ver que sus ojos se veían irritados a pesar de que no lloraba, se acomodo el cabello ese que estaba enredado y lleno de pequeñas ramas, exhaló un suspiro mientras se volvía a limpiar el exceso de agua en su rostro.
Salio de ahí para ir hacia recursos humanos y pedir la ayuda, se mordió el labio cuando estuvo frente a la puerta parpadeando. Elevó su mano y toco dos veces cerrando sus ojos, cuando la puerta se abrió pudo ver al doctor que le había atendido y otra persona, quien le brindo una pequeña sonrisa.
-Pase señorita -expreso el hombre -El doctor ya me ha puesto al tanto de todo -comentó cuando entró -Debe de llenar un formulario diciendo el porque pide de la ayuda, aunque ya hemos avanzado una parte del mismo por lo que solo debe usted rellenar su parte, en estos momentos se esta preparando el cuerpo de su padre para el velatorio.
-Claro -respondió ella agarrando los papeles que le daban.
Relleno cada línea con el corazón encogido, el nudo en su garganta aumentaba cada vez más al paso que seguía escribiendo, deseaba que todo fuera mentira, un sueño uno del cual se despertaría y vería que solo fue una pesadilla, pero en el momento en que plasmo su firma al final de los papeles todo se volvió más real, más doloroso.
-Al dejarnos aquí la dirección podemos enviar el cuerpo de su padre -exclamó el doctor, Norma lo miro y asintió -Entonces puede ir a su casa -dijo.
-No -respondió ella -Yo quiero se lleve directo al cementerio -comunicó -No le haremos velatorio -añadió con una sonrisa amarga -Solo somos tres ahora y no quiero que mis hermano vean a mi padre así.
Ambos doctores se vieron para luego asentir.
-Tenemos disponibles la cremación muchacha -dijo el de recursos humanos -Si deseas cremarlo, deberías de dar un pago mínimo a quinientos dólares.
-¿Y donde saco yo quinientos dólares? -preguntó ella negando con su cabeza -Si vine aquí a pedir ayuda, es porque no tanto nada de dinero -exclamó elevando las voz y moviendo sus manos.
-Entonces así se hará -comentó el doctor -Lamentamos tu perdida -añadió cuando ella estaba en la puerta.
-No tanto como yo doctor -dijo -No se imagina lo que se me viene encima con esto -masculló cerrando la puerta tras de sí.
En sus palabras había tanta verdad, que no entendían y ni lo sentían. Acaso a ellos se les murió su padre en sus brazos, vieron como la vida de ellos se iba poco a poco, que las palabras que no pudo emitir a causa de la sangre que tenía en su boca y garganta era intendible y sobre todo que ese sonido lo recordarías siempre, dudaba que ellos hayan pasado algo parecido.
Si con la muerte de su madre todo fue un cambio radical, uno de trescientos sesenta porque de la nada una hija adolescente se quedaba sin madre a los doce años, con dos bebés que necesitan de todo su amor y que debe de criarlos mientras su padre se gana la vida como jardinero, todavía podía recordar que en las noches le reclamaba a su madre entre la penumbra, soltando maldiciones a todo ser que le pudiera escuchar, porque a ella la hicieron crecer rápido.
Tal vez muchos dirían que porque aquí lo quiso, pero su padre era el mejor del mundo y no habían palabras para poder describir lo que sentía por el. Por eso cuido y crió a los mellizos, Mauro y Mónica dos personas que amaba con locura y que ahora tenían siete años, no sé dio cuenta Norma que había llegado al portal de su edificio y que entraba en automático, así se encontraba, podía sentir las miradas de sus vecinos encima; pero sus ojos estaban en los niños que abrazaban una camisa distinta de su padre y lloraban.
-¿Papá? -preguntarón ambos.
Norma trago saliva y se mordió el labio inferior agachándose a la altura de ellos para que corrieran a sus brazos, los sollozos y espasmos de ambos sacudían el cuerpo de ella que los tenía apretados con fuerza contra su cuerpo, dejando que lloraran y sacaran todo. Los sostuvo hasta que sus pequeños cuerpos estuvieron flojos y que el sueño les había llegado, los cargo a ambos entre sus brazos y comenzó a subir las escaleras hacia el segundo piso donde vivían para acomodarlos en su cama, no sin antes de cambiarle la ropa.
Cuando ellos estuvieron vestidos con ropa limpia y de cama, ella fue hacia su cuarto donde se sentó en la cama y apoyo los codos sobre sus rodillas soltando un suspiro entrecortado, dejando así por fin ir las lágrimas que retenía. Lloró porque le arrebataron a su padre, porque la carga ahora era mas grande y porque había gastos que pagar, eran tantas cosas, en una de ellas se encontraba la universidad.
No podía posponer el semestre, debía terminarlo y continuar, además de que sus hermanos estudiaban, aunque ella le ayudaba su padre con todo ello, ahora era ella que debía de provenir tantas cosas. Se metió al baño después de limpiarse el rostro, se desnudó viéndose en el espcjo que tenía pequeños hematomas en la parte de sus costillas, abdomen y muslos, todo a causa del empujón que su padre le había dado para salvarla.
El sonido de su teléfonos a Norma la saco de sus pensamientos haciéndola salir del baño, envuelta en una toalla para ver quien era y viendo que el doctor que le atendió había enviado un mensaje diciéndole que el cuerpo de su padre había sido enterrado, agradeció que hicieran eso porque ella no se sentía capaz de hacerlo, ni de ir a ver donde estaba junto a su esposa. Se acostó en la cama después de haber respondido agradeciendo la información y de haberse puesto una pijama, mañana debía de ir a la universidad llevando a sus hermanos consigo.
Estaba segura que causaría burlas o más de algún comentario mal intencionado, pero no la importaba. Solo eran al final del día rumores, nadie es capaz de ponerse en el calzado de otra persona por decisión propia, porque no eran capaz de soportar una cruz grande y pesado como la de ella, solo deseaba encontrar algo para no caer de picada en todo lo que estaba por venir, además también estaba en que debía de ir a cobrar el seguro de su padre con el cual podrían vivir durante unos dos meses, ya que dicho seguro era reciente y dudaba que le dieran el montón de dinero.
Se durmió pensando en tantas cosas que no se dio cuenta de que sus hermanos se fueron a acostar con ella al poco tiempo dequed se durmió; los tres durmieron abrazados al mismo dolor y partida.
Capítulo dos
Un estruendo irrumpió la mañana del día siguiente en donde Norma se despertó sobresaltada y asustada, miro a su alrededor y pudo ver las dos matas de cabello rubio que estaban acurrucados a su derecha exactamente donde ella había dormido, se paso una de sus manos por el rostro y miró hacia la pared en donde estaba un reloj digital y que marcaba las cuatro de la mañana, la hora a la cual su padre se despertaba y levantaba, en dos horas tenía que salir hacia la universidad; no sin antes hacer desayuno.
Se levantó con cuidado de no despertar a sus hermanos y fue al baño donde se lavó los dientes y hizo sus necesidades, para luego salir e ir a la cocina y así comenzar a realizar el desayuno; debía también de bañarlos a ellos y alistar dos mochilas para sus cosas, eran tantas cosas que le causaban dolor de cabeza, añadiendo que debía sacar copia de la acta de defunción para entregarla al rector de la universidad. Eran tantas cosas que primero se debía centrar en lo que estaba haciendo, preparo huevos, ensalada de fruta, café y hirvió leche para los mellizos quienes eran fan de la leche caliente, cuando dió media vuelta los encontró al pie del marco de la cocina abrazando un peluche cada uno, con ojos somnolientos.
-¿Papá se fue al cielo como mamá? -preguntó Mónica de forma inocente y en voz baja.
Norma pudo sentir como el molesto nudo en su garganta aumentaba de tamaño haciendo que le costará tragar saliva y las ganas de llorar la abrumaba con más rapidez.
-Sí mis niños -respondió apagando la cocina -Él tuvo que marcharse antes de tiempo y ahora esta con nuestra madre.
-Pero yo no quería que se fuera -chilló Mauro con enojo.
-Mauro -dijo ella suspirando y pasando una de sus manos por el rostro -Yo tampoco quería eso -comentó -Pero así lo quiso el destino. Además ahora nos cuida como un ángel que a pesar de que no lo miremos, siempre esta a vuestro lado. Cuidándolos y guiándolos por un buen camino -expreso.
Tanto Mónica como Mauro se miraron con un puchero en sus labios para luego asentir en silenció, ha Norma le gustaba esa conexión que tenían sus hermanos, por lo que se acercó a ellos y les regalo una sonrisa que no supo cómo se formó en sus labios, que sí bien acaba de perder a su padre ella también, debía de ser fuerte para ellos dos que más que nadie la necesitaba. Les acomodó el cabello detrás de sus orejas y les guiño unos de sus ojos, haciéndolos sonreír a ambos.
-Vengan a comer -murmuró -A partir de hoy vosotros irán conmigo a la universidad
Aunque no sabía cómo lo haría, pero de qué iban con ella, irían.
-¿Y que haremos ahí? -preguntaron ambos, cuando los acomodó en las sillas del comedor.
Para la edad que tenían ambos a veces causaban miedo, ella que era su hermana mayor había momentos en dónde realmente les temía, cuando hablaban al mismo tiempo, era como si se pusieran de acuerdo para hacerlo.
-Nada, ustedes estarán sentados a mi lado -explicó sirviéndole lo que había preparado -Mientras yo recibo mis clases, ustedes deben de permanecer callados. Llevaremos sus cuadernos, lápices y demás cosas para que se entretengan; debo de culminar mi cuarto semestre para poder pausarlo y así dedicarme a buscar trabajo.
-Pero si buscas trabajo, no nos cuidarás -argumentó Mauro bebiendo leche.
-Los modales Mauro -le regañó ella al verlo hablar con la boca llena -No sé, como le haré -exclamó ella -Pero ya veremos que decisión tomar a la hora de ello -dijo.
-Tú no nos puedes dejar como papá -exclamó Mónica con el entrecejo fruncido.
-Claro que no los dejaré -expreso ella viéndolos con una pequeña sonrisa -Ahora coman en silencio mientras me doy un baño y después van ustedes a bañarse.
-Hace frío, yo no me quiero bañar -comentó Mauro estremeciéndose.
Norma sonrió sacudiendo su cabeza yendo hacia su cuarto, dónde comenzó a escuchar los típicos pleitos de hermanos, cuando ella entró al baño se pudo ver que unas ojeras adornaban su rostro, debía de añadir que sus ojos estaban sin brillo y lucían opacados. Decidió que no se pondría a ver que tenía de bien y de mal en su rostro antes de entrar a la ducha, decidió darse un baño rápido, cuando salió de este pudo escuchar que todavía su hermanos seguían peleando, solo que ahora estaba a base de gritos; llevo una de sus manos hacia su sien y se paso dos yemas de sus dedos en esa zona sintiendo que pulsaban bajo sus dedos.
-¡Mónica, ven a bañarte! -gritó haciendo callar las dos voces.
A los pocos segundos pasos apresurados y golpes contra la pared escuchó, haciéndola rodar sus ojos, no había días en que ellos dos quisieran no pelear. Se estaba poniendo el pantalón cuando la puerta se abrió dejando ver a ambos chiquillos quienes se guiñaban el cabello de forma brusca.
-Dejen se pelear por favor -pidió -Ve a bañarte Mónica y tú Mauro, en sus mochilas guarda los cuadernos y cosas que utilizaran mientras este en la universidad. En una ya sea la tuya o la de tu hermana puedes guardar dos mudas de ropa.
-Bueno -respondió el pequeño mirando mal a su hermana que le estaba sacando la lengua, se terminó yendo hacia la habitación de ellos cuando Norma no le quitaba la mirada a él.
Después de ello su mirada fue hacia la pequeña que se sonrojo, caminando rápido hacia el baño haciendo caso a lo que ella le había dicho.
Cuando el reloj marcaba las cinco y cuarenta, ellos estaban listos para marcharse tras dejar todas las luces apagadas y ventanas cerradas, salieron. Ella sabía que las habladurías serían como dinamita a punto de agarrar fuego, además de que antes de todo debía hablar con el rector y explicarle lo que había sucedido con su padre; subieron al bus que la llevarían hacia la universidad; el transcurso del viaje dilataba solo veinte minutos y cinco caminando, los acomodó en uno de los asientos libres y les regalo una sonrisa mientras entre sus manos tenía las mochilas de ellos.
-¿Ahí podremos jugar? -cuestionó Mauro viéndola con la cabeza ladeada.
-Lo harán cuando tenga tiempo libre -le respondió -Ya sabéis que paso la mayor parte dentro de los auditorios, por lo tanto solo tengo como dos horas libres intercaladas, en esos momentos ustedes podrán jugar.
-¿Y sí no nos dejan entrar contigo? -cuestionó Mónica haciendo un puchero con sus labios.
-Hablaré con el rector -dijo -Y le explicaré lo que le sucedió ha papá, además de que solo será este semestre.
Ambos asintieron dejando así el tema por ese día y Norma pudo respirar nuevamente, cuando miro sobre la ventana, pudo ver qué estaban por llegar los bajo del asiento para ir hacia la parte trasera del bus y así bajar; los agarro de la mano para bajarlos, cuando bajaron ellas los agarro de las manos y caminaron en silencio hacia la universidad, podía sentir las miradas de varios compañeros en su cuerpo y en el de los niños, quienes iban en su mundo.
Una compañera que tenía en la carrera de enfermería se acerco a ellos confundida, preguntándole con la mirada quienes eran los niños que iban de su mano.
-Norma ¿Quiénes son estos niños? -le preguntó sin saludarla.
-Hola Adriana -expreso ella sonriendo -Ellos son mis hermanos menores, pero prácticamente son como mis hijos, Mónica y Mauro -los presentó.
-Hola Adriana -saludaron ellos con una sonrisa.
-Hola niños -le respondió la chica con una sonrisa y después mirarla a ella -¡Ajá! La cuestión esta, en ¿Por qué los has traído?
-Veo que no has mirado las noticias -exclamó Norma se habían detenido para atenderla mejor a ella -Mi papá murió ayer Adriana y no puedo dejar a mis hermanos solos en la casa.
-¿Y tú madre? -le cuestionó confundida.
Norma rodó sus ojos, había veces en que Adriana no recordaba ese tipo de información.
-No tengo Adriana, mi madre murió en el parto de los mellizos y solo tenía a mi padre -comentó -Debo de llevarlos conmigo durante un tiempo, por eso traigo los documentos dónde le pediré permiso al rector.
-Siento mucho lo de tu padre -dijo la chica haciendo una mueca -Ayer estuve estudiando para el examen oral que haremos hoy sobre los accidentes de tránsito y todo ello. Pero tu sabes que no miro mucho noticias.
-Lo sucedido fue transmitido en los noticieros -masculló Norma caminando -Vamos sigamos nuestro camino -dijo.
No deseaba pensar en como había muerto su padre, por eso dijo aquello. Sus hermanos se detuvieron haciéndola a ella también tenerla y darse media vuelta para verlos, ellos tenían un puchero en sus labios.
-¿Qué pasó? -preguntó confundida.
-Nosotros podemos esperarte en casa -dijo en voz baja Mónica.
-No -respondió ella de forma rotunda -Paso mucho tiempo fuera de casa, para que ustedes se queden solos.
-Pero no queremos que te regañen -susurró Mauro.
-Amores -exclamó quedando a la altura de ellos -Ustedes van a estar ahí conmigo, porque hablaré con el rector y el autorizará eso -expreso acariciándoles el rostro a ambos -Por lo tanto sigamos caminando, no vaya hacer y no nos dejen entrar a clases -dijo guiñándole uno de sus ojos.
Ellos sonrieron y asintieron después de darle un beso en sus mejillas, ella se puso de pie para seguir con su camino. Aunque el rector diera el permiso, la tocaba a ella lidiar con los maestros, que unos iban de buen carácter, otros que eran unos odiosos y perros con sus estudiantes, aun más si eran becados como ella. Y desgraciadamente tenía clases con unas de las que en la menos oportunidad posible buscaba como dejar mal a los demás y ese día le tocaría a ella.
Respiro hondo ordenándose, que tal vez hoy se encontraba tranquila y no decía nada, aunque si fuera lo contrario sería ella quien estallaría. Porque una de las cosas que más amaba esa maestra era meterse con ella, todavía era un milagro que la pasará su clase con la nota alta, se detuvo donde un señor vendía donas cubiertas de chocolates y compro cinco guardándolas en su mochila y elevando sus cejas hacia sus hermanos que soltaron una risita.
A ellos les encantaba el chocolate, por lo tanto les daría el gusto ese día aunque comerse tres de las cinco no les haría nada de malo, se encaminaron nuevamente hacía atrás y compro tres tazas de chocolate caliente para comerlos, añadiendo tres donas más una para cada uno.
-Gracias -exclamaron ambos niños y ella río.
-Coman mis niños -dijo ella -Cuidado se queman sí con el chocolate, gracias señor -expreso hacia el vendedor que sonreía.
-Gracias a usted por comprarme -dijo el hombre sonriendo hacia sus hermanos -Los niños de los cuales son pocos los que pasan por aquí, aman el chocolate caliente y ellos no son la excepción.
-Si, pero solo es un pequeño gusto de un día -espectó ella suspirando con fuerza -Se merecen un poco de caries el día de hoy.
-Lo que sea, que haya pasado -comenzó a decir -Mejorará, las cosas suceden por algo.
-Puede ser -respondió ella -Pero eso no cambia muchas cosas y una de ellas es que nos dejara sin padre a los tres.
El vendedor le apretó el antebrazo de forma afectuosa y cariñosa con una sonrisa paternal, una que ella correspondió y se despidió a los segundos retomando el camino hacia la universidad, con los pasos de ellos adelante relamiéndose las manos y los dedos a causa del chocolate de las donas, sonrió viéndolos y se prometió que haría lo que sea para mantener esas sonrisas en aquellos rostros tan llenos de vida y de dulzura.