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Él se arrepintió del divorcio

Él se arrepintió del divorcio

Autor: : Alissa Nexus
Género: Moderno
El día en que Raina dio a luz debería haber sido el más feliz de su vida. En cambio, se convirtió en su peor pesadilla. Momentos después de parir a sus mellizos, Alexander destrozó su corazón, divorciándose de ella y obligándola a renunciar a la custodia de su hijo, Liam. Con nada más que traición y desamor a su nombre, Raina desapareció, criando a su hija, Ava, por su cuenta. Años después, el destino le dio una oportunidad cuando Liam caía gravemente enfermo. Desesperado por salvar a su hijo, Alexander se vio obligado a buscar a la única persona que alguna vez despreció. Frente a la mujer que subestimó, el hombre suplicó una segunda oportunidad, no solo para él, sino para su hijo. Pero Raina ya no era la misma mujer quebrada que en su día lo amó. De esa no quedaba nada más. Había construido una nueva vida, una basada en la fortaleza, la riqueza y un legado olvidado por años que esperaba desenterrar. Raina había pasado años aprendiendo a vivir sin él. La pregunta era... ¿Arriesgaría remover viejas heridas para salvar al hijo que nunca pudo amar? ¿O Alexander había perdido a Raina para siempre?

Capítulo 1 Raina

Punto de vista de Raina

El cuerpo me dolía de una manera indescriptible y en lugares que ni siquiera sabía que existían. Tenía la piel pegajosa de sudor y los músculos aún me temblaban tras horas de parto.

La maternidad, en el breve tiempo que llevaba experimentándola, se sentía tan irreal que apenas podía creerlo. Aunque tuve nueve largos meses para prepararme mentalmente, nada podría haberme preparado para ese sentimiento.

'Soy madre', pensé. El corazón todavía me dolía mientras yacía en la cama del hospital, contemplando la que era, quizás, la mayor de mis proezas: mis gemelos recién nacidos.

El corazón se me llenó de alegría y orgullo al mirarlos: mi hermoso niño y mi preciosa niña, envueltos en mantas a mi lado. Pero esa alegría fue eclipsada por una inquietud con la que ya me había familiarizado a lo largo de los años.

A pesar del aire acondicionado, la habitación se sentía sofocante y una presencia aún más fría se cernía sobre mí: mi esposo. Ahí estaba él, con sus hombros anchos y su rostro apuesto e inexpresivo.

Estaba de pie, observándome como si yo fuera algo desechable, y quizás lo era. Yo acababa de traer al mundo a nuestros hijos, a nuestro futuro, y él ni siquiera era capaz de regalarme una sonrisa, ni una palabra de consuelo, ni siquiera un "estoy orgulloso de ti". Eso era lo único que anhelaba escuchar.

Contuve el aliento, esperando algo, cualquier cosa que rompiera el silencio. Sin embargo, lo que vino a continuación jamás me lo imaginé. Cuando se movió, no fue para cargar a nuestros hijos ni para pasar una mano por mi cabello con ternura. No. Todo lo contrario. Sin decir nada, arrojó un montón de papeles sobre mi regazo y me ordenó con voz fría y distante: "Fírmalos".

Tardé un momento en procesar sus palabras. Parpadeé, con la vista nublada por el agotamiento de haber traído al mundo a dos seres humanos. ¿Firmar qué? Entonces bajé la vista hacia los papeles y luego lo miré, confundida. "Lo siento, ¿qué...?".

"Los papeles del divorcio", me interrumpió con dureza.

Al escuchar eso, se me encogió el corazón y se me revolvió el estómago. ¿Qué?

"Ten", dijo con voz cortante mientras me lanzaba un bolígrafo. Se veía tan impaciente que daba la impresión de que todo eso le molestaba, como si no estuviera feliz de que sus hijos hubieran nacido.

"¿Qué...?". Se me cortó la respiración mientras volvía a mirar los papeles con incredulidad. ¿Qué estaba pasando? Literalmente, acababa de dar a luz a sus hijos. No podía estar hablando en serio. ¿De verdad quería divorciarse?

"No... entiendo. Acabo de dar a luz...".

"¡Y tienes suerte de que estos niños sean míos! Ordené que les hicieran una prueba de ADN apenas nacieron". Me quedé boquiabierta. "Si los resultados hubieran sido otros..., habría hecho tu vida y la de tu amante un infierno".

La conmoción fue tal que sentí náuseas. ¿Que hizo qué? ¿Mi amante? La acusación me cayó como una patada en el estómago. No entendía a qué se refería. Apenas podía respirar y el pulso me retumbaba en los oídos.

"Alex, ¿cuál...? ¿Cuál amante?". ¿De verdad creía que le había sido infiel? ¿Después de haberle demostrado cada segundo lo mucho que significaba para mí? "¿De qué estás hablando?".

"A mí no me engañas, Raina", soltó él, acercándose. "Ahora, fírmalos".

Las lágrimas me ardían en los ojos.

"¿Esto es una broma o qué?". ¡Tenía que serlo! "No sé de qué...".

"¡Ay, ya deja de fingir, Raina! Todos sabemos la verdad", dijo Vanessa, su hermana, dando un paso al frente desde una esquina de la habitación. Ni siquiera me había percatado de su presencia. "Así que haznos un puto favor y deja de fingir".

Mi mente era un torbellino en ese momento. Eso no podía estar pasando. Tenía que ser un sueño. ¿Acaso estaba en coma, viviendo mi peor pesadilla?

"No...", empecé, pero ella me arrojó un montón de fotografías. Algunas se desparramaron sobre la cama y otras se cayeron al suelo.

Con una mueca de dolor, me incorporé hasta sentarme y agarré una de las fotos con manos temblorosas. Me costaba ver a través de las lágrimas que empañaban mi visión, y respiraba agitadamente. "A... Alexander, escucha...".

"¡Basta!", gritó él, furioso, antes de que yo tuviera la oportunidad de ver las fotos. "¡Deja de hacerme perder el tiempo y firma los putos papeles, maldita zorra!".

¿Zorra? ¿Yo? ¿Su esposa? ¿Por qué me llamaba así? ¿Qué estaba pasando?

Sus palabras fueron como una puñalada en el corazón. Dios mío, ¿entonces hablaba en serio sobre... terminar con nuestro matrimonio?

El pánico me cerró la garganta y comencé a hiperventilar. Mi cuerpo temblaba sin control mientras la habitación me daba vueltas. A través de mis lágrimas, busqué en su rostro algún destello de emoción, por mínimo que fuera, algo de compasión, preocupación, amor.

Pero no había nada, solo frialdad. ¿Acaso había amado al hombre equivocado? El pensamiento me destrozó.

Durante años, había ignorado las señales. Su familia me había odiado desde el principio. Ellos creían que no era lo suficientemente buena para él y que no merecía su prestigio.

También soporté sus insultos y sus constantes humillaciones. De hecho, su madre me ofreció dinero varias veces para que desapareciera antes de la boda, y yo me negué, ya que mi amor por él era genuino, puro y desinteresado. No quería su dinero.

Sin embargo, cada vez que me humillaban y yo se lo contaba a Alexander, él simplemente se encogía de hombros y decía: "Así son ellos, Raina. Ya se acostumbrarán".

Pero nunca lo hicieron, y él jamás me defendió, ni siquiera cuando su hermana me llamó cazafortunas durante nuestro compromiso, ni cuando su padre le sugirió que anulara el matrimonio después de nuestro primer año de casados.

A pesar del desprecio de su familia, de sus sobornos y de sus maltratos, me mantuve a su lado, amándolo aún más e inventando excusas todo el tiempo para justificar el hecho de que él no dijera nada.

Pero ahora el hombre que yo amaba había desaparecido, o tal vez nunca había existido; quizás me había estado engañando a mí misma todo este tiempo.

En ese momento, la verdad se me presentó con una claridad dolorosa: él nunca me había amado. '¡Qué estúpida fui!', pensé, mientras la oscuridad se apoderaba de mí.

"Ya deja de retrasar todo y firma los papeles. Tengo asuntos que atender".

"Alex", susurré, volviéndome hacia él. "Por favor, ¿podemos hablar a solas? Estoy... segura de que todo esto es un malentendido". La desesperación ahogaba mis palabras. "Solo escúchame".

"No". Luego miró su reloj con desdén y continuó: "No es necesario. Ya sé todo lo que necesito saber. Hablaremos cuando nuestros abogados estén presentes, así que puedes guardarte tus mentiras para ese momento".

"Alex... Tú me conoces. Sabes que yo nunca haría algo así. Siempre te he amado, solo a ti. Jamás te sería infiel".

Pero a él no le importó, ni siquiera me miró cuando dijo: "Solo firma los papeles. Lo nuestro terminó".

"Alex...", dije entrecortadamente, con los labios temblorosos, suplicándole con la mirada que me escuchara.

Pero él solo me miró con frialdad y masculló, como si se estuviera conteniendo para no escupirme: "Por favor, no me hagas repetírtelo".

Con los ojos llenos de lagrimas, tomé el bolígrafo. Las manos me temblaban tanto que apenas pude garabatear mi firma, pero lo hice, ya que no tenía otra opción. Al terminar, miré a mis gemelos recién nacidos, consolándome con la idea de que, al menos, los tendría a ellos.

Pero entonces, inesperadamente, su madre, a quien no había visto porque había estado justo a mi lado, detrás de las máquinas, dio un paso adelante y señaló a mis bebés, diciendo: "Toma al niño y vámonos".

Al escuchar eso, alcé la cabeza de golpe, alarmada. ¿Qué?

"Lee los papeles", dijo Alexander con frialdad. "Renunciaste a la potestad de mi hijo".

Se me heló la sangre al instante. "Alex, no...", solté, sin poder respirar. "¡So... solo es un bebé, no puedes quitármelo! ¡No puedes...!".

"¡Es mi heredero!", dijo, apretando la mandíbula. Luego, inclinándose hacia mí, añadió con voz venenosa: "La niña... puedes quedártela. Como un favor. Podría llevarme a los dos, pero así no tendré que preocuparme de que se convierta en una zorra como su madre".

Al instante, jadeé, echándome para atrás. "¡Alex! ¡Cómo puedes decir eso de nuestra hija, de mí!".

"Tu hija. De ahora en adelante solo es tuya", sentenció, sin emoción alguna. "El doctor dijo que está delicada y que tal vez no sobreviva mucho tiempo. No tengo necesidad de una carga, especialmente una que pueda terminar siendo como tú". Dicho eso, me dio la espalda, borrando todo lo que habíamos sido, y se fue, cargando a nuestro bebé.

Al ver cómo se iba, grité y sollocé sin control; estaba tan débil que ni siquiera pude levantarme de la cama. "¡Alex! ¡Por favor! ¡No te lo lleves!... ¡Te lo pido!".

Al ver que él no se dio la vuelta, me derrumbé, aferrando a mi niña contra el pecho mientras los sollozos sacudían todo mi cuerpo y el peso de la traición terminaba de aplastarme.

Estaba sola, completamente abandonada.

Capítulo 2 El precio de la salvación

Punto de vista de Alexander

Cinco años después.

El agotamiento me carcomía por dentro, consumiéndome día tras día. Llevaba cinco malditos años soportando esta miseria que no me daba tregua. No importaba lo que hiciera, ni cuánto intentara ahogarme en trabajo o distracciones, ya que el sentimiento persistía.

Los papeles del divorcio estaban firmados y archivados, pero todo se había convertido en una pesadilla. Aunque esa fue la última vez que la vi, su ausencia seguía siendo una herida abierta que se negaba a sanar. Y no era que la extrañara, no como un hombre extraña a su esposa. Maldita sea, ya ni siquiera la amaba. Solo quería... No, necesitaba saber que ella estaba en alguna parte, sufriendo, criando a su hija, sola y sin un centavo. Esa habría sido mi única satisfacción en todo este desastre. ¿Y qué obtuve a cambio? ¡Un puto silencio!

El sonido de mi celular me sacó de mis amargos pensamientos. Era Silas, mi investigador privado. Había gastado una fortuna en él durante los últimos tres años para que la encontrara, pero, cada vez que me llamaba, el resultado era el mismo.

Así que contesté, preparándome para lo que ya sabía que diría. "Dime que tienes algo", dije, omitiendo cualquier formalidad.

Hubo una pausa. Su vacilación lo dijo todo. ¡Maldita sea!

"Nada. Lo siento. Es muy extraño... es como si se la hubiera tragado la tierra".

Contuve la frustración que me subía por la garganta y solté: "Entonces no te importará unirte a ella, ¿verdad?".

Sabía que me estaba pasando de la raya, pero la desesperación me estaba consumiendo.

Silas suspiró, ya acostumbrado a mis arrebatos, y respondió: "Lo siento, Alex. Ya revisé cada pista. Se esfumó. No hay rastro de ella ni de la criatura. Es como si se las hubiera...".

"¿Tragado la tierra?", lo interrumpí, golpeando el escritorio con el puño. El dolor me distrajo un instante de la rabia. "Si vuelves a decirme esa estupidez, te juro que...".

"Te lo digo en serio, hombre. He revisado cada registro. Borró sus huellas a la perfección. Quizás alguien la ayudó. Mira, seguiré investigando, pero tal vez deberías empezar a considerar otras opciones... tener un hijo con otra mujer para...".

"No...", dije con la mandíbula tensa. Cerré los ojos y apreté el celular en mi mano, respirando hondo para calmar la furia que me hervía por dentro. "No sabía que eras tan incompetente. ¿Qué tan difícil puede ser encontrar a una mujer huérfana con una niña? Algo se te está escapando... ¡Encuéntralo! No te pago para que me des consejos. ¡Haz tu puto trabajo! No me importa lo que cueste. ¡Solo encuéntrala!".

Colgué antes de él que pudiera responder. La rabia me consumió, instalándose en el vacío de mi corazón. ¿Cómo era posible que en cinco años no hubiera encontrado ni un solo rastro de ella? Era como si se hubiera borrado del mapa, y detestaba que, de esa forma, ella se hubiera salido con la suya. Mientras tanto, a mí solo me quedaba un vacío en el corazón y un hijo en una cama de hospital, consumiéndose con cada segundo que pasaba.

Las cosas no debían ser así. Se suponía que ella debería estar en alguna parte, pasándola mal. Dios sabe que se lo merecía. Yo merecía la satisfacción de presenciarlo, de saber que estaba pagando por haber destruido a nuestra familia. Pero, en lugar de eso, estaba atrapado en un limbo mientras mi hijo se moría y sin tener ni un solo rastro de la única persona que podía salvarlo. Odiaba que, una vez más, el poder estuviera en sus manos.

Liam necesitaba un hermano o una hermana, un donante, y solo ella podía dárselo. Pensando en eso, apreté los puños. No quería engendrar otro hijo solo para salvar al primero. ¿Cómo podría mirarlos a los ojos? ¿Con qué palabras les iba a decir que uno nació solo para...? ¡Maldita sea!

Después de eso, fui al hospital. Apenas entré, me golpeó el familiar olor a antiséptico y se me revolvió el estómago. Llevaba tanto tiempo aquí... tres años.

Al caminar por el pasillo que llevaba a la habitación de Liam, escuché unas voces alteradas. Eran mi madre y mi prometida, Eliza, discutiendo otra vez.

"¡No voy a pasarme los mejores años de mi vida cuidando a un niño en coma, Vivian! ¡No soy su madre! Te lo he dicho cien veces: si quieres que asuma ese papel, ya sabes lo que le tienes que decir a tu hijo que haga...". La voz chillona de mi prometida me irritaba. ¡Estaba harto de escucharla!

Mi madre, quien siempre era un ejemplo de rectitud, le respondió: "¡Sabías en lo que te metías cuando te comprometiste con Alexander! La forma en que tratas a Liam ahora es un reflejo de cómo actuarás cuando...".

Pasé junto a ellas con la mandíbula apretada, sin ocultar mi fastidio y sin la menor intención de intervenir.

"¡No puedes seguir ignorando esto, Alex!", gritó Eliza a mis espaldas, apartándose de mi madre al verme. "¡Llevamos tres años comprometidos! ¿De verdad crees que esperar a que Liam se recupere va a cambiar algo?".

Al escuchar eso, me detuve un instante y me di la vuelta para mirarla. Apreté la mandíbula y le clavé la mirada. Pareció captar el mensaje, porque su actitud cambió de desafiante a suplicante.

"Alex, por favor...".

"Para ti soy Alexander". No me importaba la confianza que creyera tener conmigo; solo las personas más importantes en mi vida podían usar mi apodo. Me daba rabia que lo hiciera, ya que me recordaba a la única mujer que se había atrevido a usarlo, quien resultó ser una farsante.

"Sabes que solo estás usando a Liam como excusa para evitar la boda", dijo ella, ahora más calmada y directa.

"Cuida tus palabras", repliqué con frialdad. "Como ya te he dicho, si así te sientes, quizás sea hora de que te vayas. Nadie te está obligando a quedarte, y lo sabes muy bien".

No amaba a esa mujer, nunca lo había hecho. Eliza solo era una solución conveniente: hermosa, se había hecho su propia fortuna y estaba dispuesta a interpretar el papel de prometida devota. Pero el amor no era parte de la ecuación.

Ella soltó un bufido y se dio la vuelta, cruzándose de brazos. "No me iré a ninguna parte, Alexander, pero no puedes seguir evadiendo esto".

A pesar de su respuesta, no respondí. No valía la pena. No estaba evadiendo nada. En realidad, la boda me importaba un carajo. Lo único que me interesaba era Liam.

Pasé entre ellas sin decir nada más y entré a la habitación de mi hijo. El doctor ya estaba ahí, de pie junto a la cama. Liam se veía tan pequeño, tan frágil... Me mataba verlo así, conectado a las máquinas, aferrándose a la vida por un hilo.

"¿Cómo está?", pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

El médico suspiró mientras revisaba el expediente. "Su estado empeora, señor Sullivan. Tenemos que pensar en el siguiente paso. Sin un donante compatible... pues, el pronóstico no es muy bueno".

Apreté los puños, luchando por mantener la compostura. "¿Y la opción del donante fetal?".

"Sigue siendo nuestra mejor opción, al no estar presente la madre. Ella habría sido su salvación. Si decide proceder, podemos empezar con los preparativos".

Miré el rostro pálido de Liam mientras escuchaba el pitido de las máquinas y sentí una opresión en el corazón. Traer otro hijo al mundo en esas circunstancias se sentía extraño, pero si eso significaba salvar a Liam... Y como no podía encontrar a su puta madre...

Asentí. La decisión estaba tomada. "Procedamos".

Al salir de la habitación, mi determinación era inquebrantable.

"Madre, Eliza", anuncié sin ninguna expresión en el rostro. "Sigan con los preparativos de la boda. Estoy listo".

Mi prometida obtendría lo que quería: una boda y un hijo. Pero, para mí, todo era por Liam. Haría lo que fuera necesario para salvarlo, incluso si eso significaba casarme con una mujer a la que no amaba.

Capítulo 3 El fantasma de la gala

Punto de vista de Alexander

Ver a Eliza prácticamente rebosando de alegría me revolvía el estómago. Que ella estuviera dichosa, como si esa boda fuera un sueño hecho realidad, era algo que esperaba, pero aun así resultaba irritante de ver. Yo no quería ese matrimonio, ni ahora ni nunca, pero, por supuesto, era demasiado ciega para notarlo. Nunca lo hizo; para ella, eso era el comienzo de un gran cuento de hadas.

Pero para mí era una carga, una farsa. No me iba a casar por amor, sino porque lo necesitaba.

En ese momento, mi celular vibró. "Permiso", dije, sin mirar mucho a ninguna de las dos mujeres, dejándolas llenas de emoción, después de que hace unos minutos casi se arrancaban el pelo.

Era mi asistente, recordándome la Gala Benéfica de la Bola de Oro a la que debía asistir esa noche. Mierda, lo había olvidado por completo.

"Está bien, gracias. Ahí estaré".

Al volver con las dos mujeres, anuncié: "Espero que no hayan olvidado que esta noche tenemos la gala benéfica. Creo que ya es hora de irnos para empezar con los preparativos". Sin esperar su reacción, salí y me dirigí a mi auto.

Eliza, por supuesto, gritó de emoción, probablemente ya se imaginaba anunciándoles a todos que habíamos fijado la fecha de la boda. Al oír su grito, sacudí la cabeza.

El camino de regreso a casa fue, en su mayoría, silencioso. Eliza, por suerte, permaneció pegada a su celular, probablemente pidiendo otro vestido caro que no necesitaba.

Mi hermana menor, Vanessa, seguía maquillándose en el auto, como si todavía no estuviera lo suficientemente perfecto. "¿Emocionada por el baile?", pregunté.

"Mucho", respondió, guiñándome un ojo. "Quizás conozca a mi futuro esposo esta noche. Ya sabes, este evento es para la élite. Un lugar al que los pobretones y los farsantes, como Raina, nunca podrían asistir". Escupió el nombre de mi exesposa con tal veneno que me sorprendió de verdad.

Raina. Apreté la mandíbula, pero no dije nada. Sin importar cuánto intentara sacar a esa mujer de mi mente, ella siempre encontraba la manera de colarse de nuevo. Toda mi familia la odiaba. Se había convertido en la villana de la telenovela, y ellos se encargaban de recordármelo a cada instante.

¿Qué le había pasado? ¿A dónde putas había ido después del divorcio? ¿Seguía viva? ¿Estaría sufriendo y luchando por su vida como se lo merecía? ¿Y la niña... la que se había llevado? ¿Cómo se llamaba? ¿Seguía enferma? ¿Todavía... se parecía a su madre?

Suspiré para mis adentros. Sin embargo, en ese momento no la defendí, así que no tenía sentido hacerlo ahora.

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Al llegar a casa, Eliza me siguió hasta la habitación, parloteando sin cesar sobre lo emocionada que estaba por la noche que teníamos por delante. No se había puesto su anillo de compromiso en semanas como una protesta silenciosa contra mi frialdad, pero esa noche lo luciría como un trofeo, como si el diamante pudiera arreglar todo lo que estaba mal entre nosotros.

Suspiré, ignorándola, y seguí escuchando solo a medias. Solo quería un poco de paz. Esa mujer no tenía ni idea de cuánto deseaba que se callara en ese momento.

Sacudiendo la cabeza, aparté los pensamientos sobre mi matrimonio. No iba a permitir que me atormentaran esa noche, no cuando había asuntos más importantes en qué pensar, concretamente, asegurar mi relación comercial con la familia Graham, la gente más influyente de Nueva York. Esa noche, varios de sus miembros asistirían al evento.

Llevaba años intentando entrar en su círculo o ganarme su favor para cerrar un trato que elevara mi estatus, pero siempre que creía estar cerca de captar su atención, algo se interponía. Reuniones canceladas, excusas vagas... Sin embargo, esta noche se sentía diferente. Estaba casi seguro de que por fin me notarían. El Proyecto Vince... Era mi boleto dorado. No había sacrificado tanto para nada. Sin duda, esta sería la noche en que todo valdría la pena. Podía sentirlo.

~~~~~

La Gala Benéfica Bola de Oro era todo lo que había imaginado y, a la vez, todo con lo que las mujeres de mi vida habían soñado: un evento lujoso, deslumbrante y lleno de la crema y nata de la alta sociedad. Para mi fastidio, Eliza se aferraba a mi brazo como si yo fuera un trofeo. Sus uñas, hechas a la perfección, se clavaban en mi piel mientras posaba para las fotos, actuando como si ya estuviéramos en la portada de una revista.

Su risa era demasiado fuerte y falsa. La prensa se agolpaba a nuestro alrededor, capturando imágenes de la pareja más glamorosa de Nueva York. Cada flash ensanchaba aún más su sonrisa, y eso me fastidiaba más. Todo en esa farsa me irritaba, pero mantuve las apariencias, asintiendo y sonriendo en los momentos justos.

De repente, comenzaron los susurros: los Graham habían llegado. Al principio, los murmullos comenzaron de manera discreta, pero pronto se intensificaron al sentirse la anticipación por la entrada de la poderosa familia entre la multitud.

Mi corazón se aceleró cuando se anunció que los Graham estarían presentes en unos minutos. De inmediato, Vanessa y mi madre aparecieron a mi lado, susurrando con un entusiasmo apenas contenido. "¿Escuchaste?", exclamó mi hermana, con los ojos brillantes de emoción. "¡Encontraron a la hija perdida de los Graham, Alexander! ¡Quizás esté aquí esta noche!".

Por supuesto que eso no era lo que la emocionaba, sino la posibilidad de atrapar a uno de los solteros más codiciados de Nueva York. A pesar de eso, tuve que reprimir el impulso de poner los ojos en blanco, ya que probablemente ya se había dado cuenta de que intentar algo con Dominic era una causa perdida. No quise ser yo quien le dijera que era una ilusa, y me alegraba de que al parecer hubiera entrado en razón.

Asentí distraídamente mientras ellas parloteaban, sin prestar mucha atención a sus palabras. Mi hermana ya fantaseaba con hacerse amiga de ellos, y debía admitir que cualquier vínculo con los Graham consolidaría para siempre el estatus de nuestra familia.

En ese instante, los susurros a nuestro alrededor se intensificaron. Cuando me di la vuelta, vi a Dominic Graham, el heredero del imperio, entrando en al salón. Era la personificación misma del poder y del control. Sin embargo, no fue él quien me cortó la respiración, sino la mujer que lo agarraba del brazo. Esa persona era... Raina.

No, no podía ser. Ella se veía... tan diferente. Mejor que nunca, debía admitir. La imagen casi me dejó sin aire.

Esa mujer era mi exesposa, la mujer a la que había intentado localizar con desesperación durante años.

No se la había tragado la tierra, sino que había reaparecido ahí, con los Graham. Y no con un miembro cualquiera de la familia, sino con Dominic, el mismísimo príncipe de la alta sociedad.

¿Cuánto tiempo llevaba con él? ¿Qué hacía ahí, codeándose con esa familia después de esfumarse como un fantasma? Y no solo eso, sino al lado de Dominic, como si ese fuera su lugar.

Las preguntas se arremolinaban en mi mente, sin que ninguna tuviera sentido. Raina estaba en un lugar al que no pertenecía, con gente con la que yo solo podía soñar con relacionarme.

La ira hervía dentro de mí lentamente. Eso no debía estar sucediendo. Yo había pasado años imaginándola sufriendo, criando a esa niña sola sin un centavo y pasándola mal, tal como se lo merecía. Pero, en lugar de eso, ahí estaba, con un vestido de lujo y agarrando del brazo al hombre más poderoso del país.

Tan putamente hermosa que dolía mirarla, y por eso la odié aún más.

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