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Ódiame hasta que me ames

Ódiame hasta que me ames

Autor: : Eva Gutierrez
Género: Mafia
-No, princesa -me responde-, no te follaré hasta que me lo implores. Resoplo al escucharlo y me enojo un poco, ¿quién se cree que es? No obstante, vuelve a acariciarme la entrepierna con su enorme miembro y cambio de idea. -Hazlo, Enzo -le pido. -¿Qué haga qué? -pregunta con una mezcla de diversión y excitación-. ¿Qué quieres princesa, que te la meta y que te dé la follada de tu vida? Asiento con la cabeza con desesperación. -No te escucho... -vuelve a decir-. ¿Qué dices? Me rindo, no lo resisto ni un segundo más. -Fóllame, Enzo -le pido, finalmente-. Fóllame de una vez. Entonces sonríe complacido y me susurra: -Tus deseos son órdenes para mí, princesa. *** Enzo Lombardi, el frío y despiadado hijo del mafioso más poderoso de la Cosa Nostra en Nueva York, jamás pensó que alguien sería capaz de conquistar su corazón. Sin embargo, su vida cambia cuando conoce a Diana, una chica inocente que se interpone por accidente en uno de los ajustes de cuentas de su familia. Enzo no solo le perdona la vida a pesar de los problemas que eso puede causarle, sino que también la secuestra para evitar que alguien más la dañe por su culpa. Aunque Diana lo odia y ha jurado destruirlo, la constante cercanía y la tensión sexual entre ambos va eliminando sus diferencias y los lleva a perder el sentido del bien y del mal. Su romance es peligroso y tóxico, pero tan electrizante que hace que correr los riesgos valga la pena. ¿Podrá el amor triunfar por encima de la sed de venganza?

Capítulo 1 El comienzo de todo

POV Enzo:

Mi padre cuelga el teléfono de manera violenta. La furia de Carlo Lombardi, el temido jefe de una de las familias más poderosas de la Cosa Nostra en Nueva York, es capaz de paralizar de miedo a cualquiera. En especial, porque él suele ser un hombre en extremo metódico e impenetrable; puedo contar con los dedos de una mano las veces en que lo he visto estallar de este modo. Siempre lo he admirado por eso, entre muchos otros motivos.

A mí me cuesta demasiado controlar mis impulsos.

Sin embargo, ahora siento como si nuestros papeles se hubieran intercambiado. Las venas de su frente y de su cuello parecen estar a punto de estallar, y sus ojos grises destellan de la ira.

Permanezco de pie, observándolo con detenimiento desde el otro lado de su escritorio. Estamos en su oficina en la parte trasera del casino que administra nuestra familia, y él acaba de recibir una llamada de su consiglieri, su mano derecha en todo tipo de asuntos. Espero sus órdenes para actuar, porque su reacción indica que algo muy grave acaba de ocurrir. Temo incluso escuchar sus próximas palabras.

-¡Esos hijos de perra se atrevieron a hacerlo! -grita y da un puñetazo con tanta fuerza sobre el escritorio que hace rechinar la madera-. ¡Se atrevieron a mudarse a nuestra ciudad y a meter las narices en nuestro negocio! ¡Sabía que lo harían!

Por supuesto, debí imaginar que se trataba de eso. Los Vitale son una familia que ha sido enemiga de la nuestra históricamente, desde mucho antes de que mi abuelo emigrara de Italia. Esos bastardos llegaron al país hace poco más de un mes y, aunque llevábamos años sin tener ningún conflicto directo, sabíamos muy bien que su presencia solo traería problemas. Esas ratas nunca vienen en son de paz.

-¿Intervinieron en el cargamento? -le pregunto a mi padre, esperando con ansias que me dé una respuesta negativa. Ahí nos estamos jugando cientos de miles de dólares en armas que se supone que debían entrar al país hace dos horas.

Mi padre asiente con la cabeza muy despacio. Al parecer, está utilizando su autocontrol para no salir a la calle y ahorcarlos a todos con sus propias manos. Por mi parte, siento que mi sangre hierve al escucharlo. ¿Cómo se atrevieron? ¿No han tenido suficiente a lo largo de los años como para comprender que con los Lombardi no se juega?

-La policía lo interceptó antes de que entrara al país -me explica-. Ese no es un evento fortuito, Enzo. Lo hicieron ellos y es una provocación. Nadie puede vincularnos con los paquetes que venían en ese barco, pero deben sentirse satisfechos con habernos hecho perder dinero y clientes.

-¿Clientes también? -pregunto con desconcierto.

-Muchos no esperarán a que logremos reponernos de este golpe, hijo, buscarán nuevos proveedores -me responde-. Debemos estar inactivos un tiempo para no tener problemas con la policía, y esos hijos de perra lo aprovecharán para salirse con la suya.

Resoplo y me llevo una mano al rostro para apretarme el puente de la nariz. Estoy harto de esos cabrones de mierda.

-Dé la orden, padre -le digo-. Permítame hacer la sangre de esas ratas correr. Les mostraré cuán escasa es la paciencia de los Lombardi y cuán corto es el camino al infierno si se meten con nuestra familia.

Mi padre niega con la cabeza.

-No debemos atraer la atención de las autoridades hacia nuestra familia, Enzo -me responde-. Si lo hacemos ni siquiera nuestros contactos más poderosos podrán ayudarnos.

Quiero desaparecer a todos los que llevan el jodido apellido Vitale de la faz de la tierra, y solo me basta una palabra de mi padre para hacerlo. Sin embargo, sé que él tiene razón: esa no es una jugada sensata. Debemos mantener un perfil bajo para evitar que la policía se meta en nuestros asuntos, ese es el trato que tenemos con nuestros aliados en el Congreso. Y no hay forma de ir y matar a todos los Vitale en su propia residencia sin llamar la atención.

No puedo guiarme por mis ansias de venganza. No aún.

No obstante, ambos sabemos que no podemos dejar pasar algo así. Si lo hacemos, estaremos dejándoles el camino abierto para otras agresiones y ofensas futuras que pueden manchar la perfecta reputación de nuestra familia de ser la más poderosa de este lado del Estado. El negocio es nuestro, eso tiene que quedarles bien claro a todos los demás que quieran participar.

Mi padre se sienta en su sillón de cuero negro con las manos entrelazadas sobre su regazo y la vista al frente. Su expresión seria e inescrutable de costumbre está de vuelta. Parece sopesar las pocas opciones que tenemos.

Finalmente, suspira profundo y me mira a los ojos.

-No podemos acercarnos a su casa y formar una masacre pública sin llamar la atención. Es un hecho -me dice, aparentemente más calmado.

-¿Cómo les damos su merecido, entonces?

-Por desgracia para ellos, sé muy bien cada paso que han dado desde que llegaron a la ciudad, a «mi» ciudad -aclara con dureza-. Esos desgraciados montaron una pequeña tienda de mariscos cerca del puerto. Es su tapadera. Después de las seis de la tarde comienzan a vaciarse los puestos de venta y no habrá casi nadie. La policía frecuenta muy poco esa área. Visítalos mañana y lleva solo a los hombres necesarios contigo. No quiero sobrevivientes ni testigos, Enzo. Demuéstrales que nadie puede jugar con nuestra familia y salir impune.

Lo dice con tanto resentimiento que sonrío de una manera torcida al escucharlo. Tengo el camino libre para hacer justo lo que tanto deseo; lo que mejor se me da.

-Solo ellos sabrán que fuimos nosotros -le digo con mucha seguridad y luego me encamino hacia la puerta para ir a buscar a algunos de nuestros hombres y alistarlos para la acción-. No lo defraudaré, padre.

-Lo sé, hijo -responde él y asiente con la cabeza-. Mañana muy temprano volaré hacia Italia, tengo cuestiones que tratar allá con tu tío y necesito saber que todo aquí se mantendrá en orden. Por eso te confío este asunto personalmente.

Capítulo 2 Cambio de planes

POV Diana:

-¡Súbela, Adrián! -grita Pía con emoción cuando comienza a sonar en la radio «Whole Lotta Love», el más reciente éxito de Led Zeppelin-. ¡Oh, Dios! ¡Amo esa canción!

Pía comienza a moverse dinámicamente, sacudiendo su larga melena rubia al ritmo de la música. Ella va sentada en el asiento trasero del auto, mientras Adrián va al volante y yo de copiloto. Sin embargo, como ya es costumbre, Pía está casi metida en medio de nosotros dos. Siempre se comporta como nuestra hija mimada.

En realidad, amo los frecuentes ataques de euforia que tiene, así que no puedo contener una risa divertida al ver su «baile». Adrián suele ser el más serio y responsable de nosotros, pero tampoco puede evitar sonreír ante el disparatado comportamiento de Pía. Él siempre ha sido como nuestro hermano mayor, aunque solo nos lleva unos meses de diferencia.

Nos conocimos en la escuela secundaria y, a pesar de lo diferentes que somos los tres, nos la arreglamos para ser como familia.

Pía saca un cigarrillo y lo enciende. Adrián la mira con desaprobación a través del espejo retrovisor. Ahí vamos.

-¿Qué haces, Pía? -le reclama él-. Apaga eso, hará que mi auto apeste.

Adrián ama su auto; es como su pequeño tesoro. En realidad, no sé cómo se ha escapado a la chatarrería, pero jamás me atrevería a mencionarlo. Ofender a su «bebé» puede herir profundamente los sentimientos de mi mejor amigo. Además, este es el único medio de transporte que tenemos los tres para ir y regresar de la universidad todos los días y para salir los fines de semana. No creo que el metro sea mucho mejor.

-¡Pero si tú también fumas, idiota! -se defiende Pía-. ¿Por qué me regañas, entonces?

-Sí -responde él, molesto-, pero sabes que aquí dentro está prohibido. El humo se impregna en los asientos.

-Déjate de tonterías, es solo uno. Además, ¡este pedazo de mierda apesta de cualquier modo!

Ups... Pía no es tan prudente o sensible como yo en lo absoluto. Siempre dice lo primero que se le viene a la cabeza, y esa fue una pésima elección de palabras.

-¿Qué acabas de decir? -chilla Adrián con incredulidad.

-¡Tú me escuchaste! Dije la verdad, este pedaz...

-¡Oh, no! -decido intervenir-. ¡Ni se les ocurra comenzar!

Si no los detengo a tiempo, emprenderán una discusión tonta e infantil que no los llevará a ningún sitio, para variar, y su pelea durará todo el resto del camino. Me volteo en el asiento y le doy una mirada severa a Pía.

-Deshazte de eso, Pía -le digo con dureza.

-¡No! -exclama ella.

-Ya lo escuchaste -replico. Estoy comenzando a enojarme por su actitud. ¿Cómo puede ser tan testaruda como una niña malcriada?-. Es «su» auto y no quiere humo aquí dentro. Punto.

Pía hace un puchero y luego arroja el cigarrillo por la ventanilla del auto.

-¡No he conocido a nadie más aburrido que ustedes dos! -se queja. Luego suelta un bufido y cruza dramáticamente los brazos sobre su pecho antes de añadir-: Están hechos uno para el otro, ¡deberían casarse!

-Sí, claro... -respondo y le sonrío con algo de picardía-. ¿Cómo mismo te casarás tú con tu novio hippie?

-Si tu madre no muere infartada el día de la boda -agrega Adrián antes de comenzar a reír. Ambos sabemos que ese es un tema sensible para Pía y amamos molestarla con eso. Es nuestra forma de desquitarnos por los chistes pesados que suele hacer.

-¡Luke es un buen chico y nos amamos! -se defiende ella-. Ya verán, mi madre terminará por aceptarlo.

-Claro que es bueno -digo entre risas-, y es aún mejor luego de todo lo que se mete.

La cara de Pía se torna muy gráfica cada vez que alguien menciona el pequeño detalle de que su novio pasa más tiempo drogado que consciente. Siempre opta por defenderlo y negarlo todo, como si eso fuera posible después de la primera vez que lo llevó a su casa y a él se le ocurrió darle a la madre de Pía toda una charla sobre la importancia de «amarnos unos a los otros y vivir en paz». Al pobre Luke le falta un tornillo, no tengo dudas al respecto.

-¿Saben qué? -dice Pía-. Ya no serán los padrinos de mi boda con Luke.

-Oh, por Dios, ¡no! -responde Adrián con fingida angustia y sin parar de reír-. ¡Y yo que ya comencé a dejar mi barba y mi cabello crecer para encajar!

-¡Agh! ¡No seas tan idiota! -chilla la rubia y le saca la lengua. Él la ve a través del espejo retrovisor.

-¿No se supone que los hippies no creen en el matrimonio? -pregunto en tono de burla-. ¿O es que piensas llevarlo secuestrado al altar, eh, Pía? Eso sería muy romántico de tu parte.

-¿Qué? -pregunta Pía y hace una mueca de desagrado-. Mi Luke es diferente, ya lograré convencerlo.

-Sí, lo imagino, alguno terminará convenciendo al otro -replico con malicia. Luego me volteo hacia Adrián y agrego-: Dios Santo, Adrián, en poco tiempo la veremos sin sujetador y llena de pelos por todas partes.

-¡Agh! -chilla Pía mientras nosotros reímos a carcajadas. Está muy irritada-. ¡Ya basta! ¡Déjenme en paz, pesados!

-Como digas... -respondo finalmente y decido que ya ha sido suficiente por esta vez. Tengo que bajarme, de cualquier modo-. Me quedaré por aquí, chicos.

Ambos me miran con asombro. Es comprensible que les extrañe, jamás me bajo antes de llegar a casa.

-¿En serio? ¿Aquí? -pregunta Adrián mirando afuera-. Pero si faltan varias manzanas para llegar a tu calle.

-Eh... sí, es que quiero ir a la biblioteca para pedir prestado un libro que necesito.

Entonces Pía comprende el verdadero motivo y abre mucho los ojos.

-¡Oh! -exclama, utilizando sus mejores dotes de actriz-. ¿Es para el proyecto extra de Historia del que me hablaste?

-Sí -respondo y asiento con la cabeza-. Es justo para eso.

-¿Pero a qué biblioteca irás? -pregunta Adrián con desconcierto-. No sabía que había alguna en esta zona.

-Eh... es una pequeña donde solo hay libros muy viejos -trato de improvisar para convencerlo-. El que necesito solo lo tienen ahí.

-De acuerdo -responde Adrián después de pensarlo por un momento y aparca el auto para dejarme salir-. ¿Quieres que te esperemos? ¿Estarás bien?

-Oh, no, no me esperen. Puedo tardar un poco.

-Este lugar no me gusta demasiado, Diana, y en poco tiempo oscurecerá. Podemos ir contigo, no nos molestará -vuelve a decir Adrián.

-¡Agh! -se queja Pía-. Ya déjala, «papá», está mayorcita y sabe cuidarse sola.

Pía se pasa con agilidad hasta el asiento delantero y luego me lanza un beso a través de la ventanilla.

-Chaup -me dice-, nos vemos mañana, cariño.

-Hasta mañana, Diana. Cuídate, ¿sí? -se despide Adrián. Su rostro denota su preocupación. Sonrío ligeramente para intentar tranquilizarlo un poco.

-No te preocupes, estaré bien. Hasta mañana, chicos. No se asesinen durante el viaje, ¡los amo!

Adrián pone el auto en marcha y comienzan a alejarse. Pía me despide alegremente con su mano hasta que ya estoy fuera de su campo de visión. Creo que el ruido del motor puede escucharse en las cinco manzanas más cercanas. Suelto una risilla. Dios, ese auto sí que es un pedazo de chatarra.

Cuando los pierdo de vista, doy un vistazo a mi alrededor tratando de ubicarme. No suelo merodear por aquí con frecuencia y, aunque no lo haya admitido en voz alta, tampoco me gusta demasiado andar sola por el área cercana al puerto. Sin embargo, solo será un pequeño recorrido antes de volver a casa, y tengo un muy buen motivo para hacerlo. En dos días es el cumpleaños número veintidós de Adrián y quiero comprarle algo especial, mucho más que los calzones que le doy cada año.

Pía me dio la dirección de una pequeña tienda de antigüedades que dirige un pescador de la zona. Me dijo que vino hace poco con su madre y que hay varias cosas geniales ahí, y yo confío en el buen gusto de Pía, aunque su romance con el peculiar Luke me está causando algunas dudas últimamente. Ya no me queda muy claro a qué se refiere ella con «genial».

Sin embargo, debo arriesgarme si quiero que este no sea un cumpleaños ordinario para mi mejor amigo. Él se merece una celebración especial.

Queda menos de media hora antes de que la tienda cierre, por lo que debo apresurarme. De igual modo, no puedo tardar mucho porque mis padres olvidan que estoy a punto de graduarme de la universidad y siguen tratándome como a una niña pequeña.

Si mi madre ve que dan mucho más de las seis sin que haya llegado a casa, comenzará a enloquecer. Esta mañana no pude decirle que iría por el regalo de Adrián al terminar las clases porque ella salió muy temprano para hacer recados.

La tienda está a un par de cuadras de aquí, así que sujeto mi bolsa con fuerza y comienzo a caminar lo más rápido que puedo. A menos de cien metros a mi derecha se extiende el inmenso mar, y a esa hora las olas comienzan a agitarse y chocan contra la costa. El olor a sal y a arena siempre me ha agradado mucho, desde que era muy pequeña. Quizás en otra situación me detendría a disfrutarlo, pero el puerto es solo un lugar de carga y de pequeños negocios; no es el mejor sitio que digamos para hacer turismo.

Paso junto a varios negocios que ya están cerrados. Sus dueños están recogiendo las cajas y entrando los estantes. Quizás debí dejarlo para otro día en el que no terminara tan tarde en la universidad. Temo no llegar a tiempo, así que apuro mucho más mi paso.

Finalmente, llego al local que está en la dirección que Pía me dio. No me parece que sea la gran cosa que pintaba en su descripción. Atravieso la puerta de cristal y una campanita avisa mi entrada. No obstante, debo reconocer que me agrada mucho lo que encuentro en el interior.

En este lugar todo parece estar detenido en el tiempo. Hay artículos que solo había visto en las películas, como cámaras fotográficas muy antiguas y pequeños adornos que parecen sacados de la época victoriana. ¿Serán objetos robados de algún museo? Espero que no.

Después de un recorrido entre los estantes y de valorar varios objetos, decido comprarle a Adrián una pequeña estatuilla de un samurái con la armadura hecha de brillantes piedras de color verde. Casi puedo visualizarlo sobre su escritorio, alegrando la sobria decoración de su cuarto. A él le atrae todo lo exótico, y si está relacionado con la cultura y la historia de Asia, mucho mejor. Va a amarlo, lo sé.

Salgo muy entusiasmada de la tienda con la intención de correr a casa y empaquetar su obsequio, pero me detengo justo en el negocio que queda a continuación de la tienda de antigüedades. Venden mariscos, al parecer, y no puedo evitar pensar en lo mucho que le gustan los camarones a mi mejor amigo. Si compro algunos Pía puede prepararlos para él, a ella se le da muy bien cocinar platillos sofisticados. A mí no, aunque no se me da bien cocinar nada, en general.

Por fortuna, siguen abiertos. Entro y comienzo a revisar los productos que ofertan. Todo parece bastante fresco a pesar de que ya es tarde, así que pienso que no habrá ningún problema en comprarlos. Ya no hay muchos clientes, solo un hombre de mediana edad que discute el precio de unos ostiones con uno de los vendedores, y yo. Aunque el olor a pescado me desagrada bastante, debo esperar mi turno para hacer mi pedido, porque el otro vendedor y la cajera están recogiendo para cerrar. Los escucho hablando entre ellos y me resulta curioso su acento. No parecen estadounidenses.

El chirrido de las gomas de un auto fuera de la tienda me causa un escalofrío. Suelto un bufido y me acaricio la nuca. Últimamente le dan permisos de conducción a cualquiera.

Sin embargo, en cuestión de segundos se desata el caos. Tres hombres armados con pistolas entran a la tienda, vestidos de negro y con pañuelos atados en la parte inferior de sus rostros para ocultar sus identidades. El primer disparo lo recibe la cajera: directo al pecho y sin darle tiempo a reaccionar.

Me quedo totalmente paralizada, como si lo que ocurre no fuera real. Nunca había estado presente en ningún tipo de asalto o delito. Pero algo se enciende de repente dentro de mi cabeza y comprendo que está a punto de comenzar un tiroteo. Mi vida corre peligro. Debo escapar.

Uno de los vendedores saca un arma y comienza a devolverle el fuego a los asaltantes, mientras el otro cae desplomado en el suelo. No necesito mirarlo para saber que está muerto. Comienza una lluvia de disparos que retumban rompiendo cristales y todo tipo de objetos.

Trato de correr, pero no hay escapatoria. Estoy atrapada aquí.

En un acto de desesperación, me lanzo al suelo. Rezo por no recibir una bala perdida. Hay comida y pedazos de vidrio esparcidos por todo el lugar. Me lastimo una mano mientras ando a gatas, pero esa es la menor de mis preocupaciones. El otro cliente yace a mi lado. Observo con horror el hilo de sangre que sale de su pecho y el charco rojo y espeso que se forma bajo él.

Yo no puedo morir así. No aquí, ni tan joven. No puedo ser la próxima, aún tengo demasiadas cosas por hacer.

Uno de los asaltantes recibe un disparo en el hombro derecho, pero otro termina con la vida del vendedor restante. Es un tiro preciso a la cabeza, que tiñe de rojo los cristales rotos del armario tras él y los pocos paquetes de ostiones que quedaban dentro. Ahogo un grito con mis manos y me encojo en una esquina, apretando las rodillas contra mi pecho. Ruego al cielo para que se marchen y me dejen con vida.

Los disparos terminan y el silencio vuelve, solo interrumpido por los gritos provenientes desde afuera. Los asaltantes no tienen mucho tiempo antes de que llegue la policía. Imploro con desesperación que al menos eso los haga irse.

Escucho que uno de ellos les habla a los otros. Tiene una voz ronca y masculina, pero dice algo que no logro comprender; es otro idioma. Sin embargo, no me toma mucho tiempo adivinar el mensaje. Veo de reojo que uno de ellos comienza a dispararle a los cuatro cuerpos ensangrentados en la habitación. Los está rematando y viene directo hacia mí.

No puedo contener las lágrimas y sollozo más alto de lo pretendido. Todo mi cuerpo se estremece. Estoy aterrada y decidida a no mirar. No quiero verle la cara a la muerte.

Ya no me voy a graduar de la universidad ni le voy a entregar a Adrián su regalo. Ni siquiera iré a cenar con mis padres esa noche. No habrá más clases, ni música, ni películas, ni fiestas. No habrá más momentos felices con mis amigos y mi familia. Nada, no habrá más nada. Pasaré a ser solo una cifra más de las tantas víctimas de crímenes violentos que aparecen en los diarios.

Voy a morir.

El atacante se detiene justo frente a mí mientras yo permanezco en el suelo, indefensa y rodeada de cristales rotos y de sangre. Suspiro profundo y cierro con fuerza los ojos. Algunas lágrimas me mojan las mejillas. Este será mi final, y solo puedo pensar en el dolor de mis seres queridos cuando me despidan en el cementerio. Puedo visualizar mi tumba y escuchar el llanto de mamá y de Pía. Es desgarrador.

-Non abbiamo molto tempo -grita uno de los otros dos enmascarados en el mismo idioma de antes-. Enzo, falla finita in fretta.*

Aunque no comprendo sus palabras, contengo el aire en mis pulmones y abro los ojos para mirar directamente a la imponente figura que tengo delante. Si va a matarme, se llevará consigo el recuerdo de mi última mirada de miedo y de odio. Aunque sé de sobra que a alguien como él no le importará, de cualquier modo. Será solo otra gota en su océano de crímenes.

Parte de su brillante y desordenado cabello rubio oscuro le cae sobre la frente. La pequeña cicatriz de un corte atraviesa su ceja izquierda. Más abajo están sus vibrantes ojos grises, que semejan un cielo nublado. Son los más fascinantes y a la vez los más fríos que he visto en toda mi vida. Y serán también los últimos que veré.

Él sube el arma y me apunta sin rastro de vacilación, pero no desvío la mirada, aunque mi corazón late tan rápido que parece que está a punto de salirse de mi pecho.

Entonces pasa.

Aprieta el gatillo y un ruido ensordecedor se adueña del lugar. Un dolor desgarrador me invade el pecho y se me corta la respiración. Y eso es todo. Mis pensamientos se detienen y una aterradora oscuridad me envuelve por completo...

*Non abbiamo molto tempo. Enzo, falla finita in fretta: No tenemos mucho tiempo. Enzo, termina con eso rápido.

Capítulo 3 Cabos sueltos

POV Enzo:

Llevo mucho rato acostado casi desnudo sobre mi cama. La brisa que entra por la ventana semiabierta mueve las cortinas. No puedo dejar de mirar hacia afuera, como si el cielo naranja del atardecer fuera a aclarar mis caóticos pensamientos.

Odio esperar, así que estoy de muy mal humor. Sin embargo, esa no es la única causa de mi irritación, sino todo lo que está dando vueltas en mi cabeza en este instante. Sé perfectamente que ayer hice algo muy estúpido, desobedecí las órdenes de mi padre por primera vez en toda mi vida. Puedo estar en problemas si él llega a enterarse. No me queda otra opción que aguardar hasta saber la magnitud de las consecuencias y luego enfrentarlas.

Me incorporo en la cama y tomo un sorbo del vaso de licor que tengo en la pequeña mesa de noche. Suelto un gruñido al recordar cada detalle de lo que hice. Me pregunto qué demonios estaba pensado en ese momento. ¿Cómo pude ser tan imbécil? ¿Por qué simplemente no hice lo que tan bien se me da hacer? No he parado de torturarme con ese tema desde que regresé a casa. Anoche no logré pegar un ojo.

Finalmente, la puerta de la habitación se abre muy despacio y entra Marena. Ella lleva alrededor de un mes trabajando como empleada doméstica en nuestra casa. Vino de Italia para recibir la ayuda de nuestra familia, y desde entonces suele visitar mi cuarto con frecuencia. No es mi culpa, ella coqueteó de manera descarada conmigo desde que puso un pie aquí. Y, por supuesto, nunca me niego a obtener un poco de diversión que me haga distraerme por un rato de lo que ocurre en el exterior.

Si su padre hubiera sabido a lo que se dedicaría su pequeña hijita aquí en Estados Unidos no la hubiera dejado venir, en primer lugar. Pero eso me importa muy poco, soy un degenerado y todos lo saben, o al menos deberían imaginárselo.

Marena no es una belleza, pero tiene cierto atractivo. Esta tarde lleva su cabellera larga rojiza y lisa suelta, y un camisón que muestra la silueta de su cuerpo desnudo bajo la tela. No debería andar así por la casa, pero le gusta la adrenalina de correr desde su habitación a la mía de ese modo. De cualquier manera, no es un secreto para nadie aquí que andamos follando.

-Pensé que ya no vendrías -le digo en italiano y la miro con dureza. Ella aún no sabe hablar español.

-Lo siento -me responde ella con voz muy baja-, estaba ocupada en la cocina y no pude escaparme antes. No volverá a ocurrir.

Sus motivos me importan muy poco, solo quiero follar. A pesar de que es una chica muy joven y de que tiene poca experiencia con otros hombres, me complace que Marena sea buena interpretando mis deseos y que no me agobie con estupideces. Sabe bien que lo nuestro se limita a darnos placer. Solo eso. Ni siquiera nos besamos, me parece algo demasiado íntimo reservado para las chicas que verdaderamente me gustan, y nosotros solo compartimos sexo.

Marena se acerca a la cama y comienza a acariciar despacio mis piernas, para luego ir subiendo de una manera lenta y sensual hacia el punto donde deseo que estén sus manos en este instante. No tengo que decirle una palabra, ella conoce bien lo que me gusta y me relaja, sobre todo en un momento de tanta tensión como este.

Cuando la mano de Marena comienza a sobar mi miembro por encima de la ropa interior, comienzo a relajarme un poco. Sí, follar es todo lo que necesito para olvidar. Sin titubear, la chica mete la mano bajo la tela y toma con firmeza mi polla medio erecta y la saca. Acerca sus labios sin dudarlo y deposita un largo y pausado beso; después apoya ambas manos en mis muslos y comienza a recorrer todo el bulto con los labios. Siento su aliento cálido en el glande y eso me excita por completo.

Marena engulle todo mi miembro y comienza a chuparlo con fuerza. En realidad, no lo hace nada mal. Inclina su cabeza y pasa los labios por todo el costado del tronco; luego se ayuda con una mano y levantándolo pasa la lengua por la parte posterior. También besa y succiona mis testículos en algunas ocasiones, y luego vuelve a tragarse toda la polla. Parece toda una profesional.

Me incorporo ligeramente en la cama y llevo una mano a su pecho. Le acaricio los erectos pezones por encima del camisón mientras con la otra la sostengo con fuerza por el cabello, indicándole la velocidad de la mamada.

Se me escapa un gemido al sentir que mi excitación aumenta a cada momento. Hago que se detenga, porque no quiero correrme en su boca. Lo único que quiero es metérsela de inmediato y follármela de una manera salvaje. En otras ocasiones me muestro más complaciente con ella y la hago terminar primero con mis dedos, pero hoy estoy demasiado irritado y simplemente quiero correrme para liberar al menos parte de la tensión.

Marena se levanta y deja caer el camisón en el suelo. Es delgada, pero tiene curvas discretas que me resultan atractivas. También me deshago por completo de mi ropa interior y atraigo a la chica con fiereza de vuelta a la cama. Me coloco sobre ella. Sin decir nada, comienzo a sobarle los pechos. Son firmes y pequeños. No puedo resistir la tentación de acercarme y morderle un pezón.

Marena gime de placer. Luego llevo la mano hacia su entrepierna y le paso un dedo desde el clítoris hasta el ano. Termino por meterlo en su apretada vagina y compruebo lo húmeda que está. Ya no esperaré ni un segundo más.

Sin darle tiempo a pensar, la penetro por completo. Ella se estremece bajo mi cuerpo al sentir la repentina invasión de mi miembro. Sin embargo, su rostro refleja su enorme placer. Le doy un instante para acostumbrarse y después comienzo a bombear dentro de ella sosteniéndola por las caderas. Me muevo tan fuerte que la cama rechina con cada embestida que le doy y el cuerpo de Marena se hunde en el colchón.

La chica gime más y más alto con cada estocada, pero no me importa en lo absoluto que alguien pueda escucharnos. Estoy poseído por el enojo y la lujuria.

Salgo de repente de la chica y la hago voltearse y ponerse en cuatro. La vista de su culo me resulta siempre más atractiva que la de su rostro. Vuelvo a penetrarla de manera brutal mientras le estrujo las nalgas con ambas manos. Mi polla sale y vuelve a entrar hasta el fondo en su húmedo coño.

Marena está casi gritando, pero yo aumento cada vez más la rapidez de mis movimientos. Tal parece que la partiré en dos. Cuando ella comienza a estremecerse de placer bajo mi agarre, siento que mi propio éxtasis está cada vez más cerca. Entonces doy una última y potente estocada y salgo para terminar sobre sus nalgas y su espalda. Vuelvo a gemir al liberarme de todo el placer y la tensión acumulados, y luego me acuesto en la cama justo al lado de la chica, que aún no logra recuperarse del todo.

El único ruido en la habitación son nuestras caóticas respiraciones. Sin embargo, ni siquiera tener un orgasmo logra que mis preocupaciones se disipen. Mi mente comienza a repetir una y otra vez los sucesos de ayer por la tarde y cada movimiento que hice se reproduce en cámara lenta. Vuelvo a ponerme de mal humor.

Me levanto de la cama y me pongo mi ropa interior y mis pantalones. Tomaré una ducha fría para intentar relajarme. Marena también se levanta y se coloca el camisón de vuelta. Sus piernas aún están temblando ligeramente.

Cuando estoy a punto de salir, la puerta se abre de un modo violento propinando un estrepitoso portazo en la pared. Marena se sobresalta e intenta cubrirse el cuerpo con las manos, pero yo permanezco impasible. Es mi hermana menor, Carina, que entra frenética al cuarto sosteniendo un periódico en sus manos.

La irrupción causa que mi rabia aumente, pero sé que hay un motivo tras el comportamiento de Carina. Mejor aún, sé perfectamente cuál es ese motivo.

-Déjanos solos, Marena -le dice Carina a la chica. Marena asiente y sale de la habitación con rapidez, cerrando la puerta tras de sí.

-¿Acaso no sabes que se toca antes de entrar? ¿Se puede saber qué diablos pasa contigo? -pregunto con molestia, pero ella me arroja el periódico a la cara a modo de respuesta-. ¿Qué mierda es esto, Carina?

-¿Qué mierda es eso? Exactamente eso vine a preguntarte, ¡¿qué diablos estabas pensando?! ¡Lee la maldita primera página, Enzo!

Tomo el periódico en las manos y le doy un vistazo. En efecto, la primera página contiene con grandes letras rojas la noticia del asesinato colectivo en la tienda de la familia Vitale, y dice también que hay una sobreviviente. Pero ya sé eso, o al menos lo imaginaba.

-No sé de qué hablas -le respondo y me encojo de hombros, pretendiendo indiferencia.

-¡Tú dejaste a esa chica viva, Enzo! -me grita ella-. ¡Te expusiste y nos expusiste a todos!

-No es mi culpa, simplemente fallé el disparo.

Carina suelta una risa irónica y da una vuelta alrededor de la habitación.

-¿Fallaste el disparo? -me pregunta en un tono irónico-. ¿En serio? Tú nunca fallarías un disparo a esa distancia, Enzo Lombardi, y le diste coincidentemente en un lugar en el que su vida no se vio comprometida, ¡tú la dejaste vivir a propósito!

-¿Y qué hay con eso? ¿Qué pasa si lo hice realmente? -replico, alzando un poco la voz. Ese tema ya me está tocando los cojones.

-¿Qué hay con eso? -grita Carina-. Ella es un cabo suelto. Tú nunca dejas cabos sueltos porque sabes las consecuencias, nuestro padre se pondrá furioso cuando lo sepa. ¡Eres un idiota, Enzo! Ella puede traer la policía hasta ti, hasta nosotros. ¡Era un trabajo limpio y lo arruinaste deliberadamente! ¿Cómo vas a explicarle eso a papá cuando vuelva de Italia?

-¿Y qué diablos va a decir esa chica, que tengo los ojos grises? -respondo-. Ella no me vio la cara, nadie vio nada, ¡deja de sobreactuar, Carina!

Estoy tratando de calmar los nervios de mi hermana, pero muy dentro sé que ella está en lo correcto. La chica de la tienda no solo vio mis ojos, sino que también escuchó mi nombre y me oyó hablar. Si logra recordar alguno de esos detalles y la policía comienza a juntar cabos estoy realmente jodido, y comprometí a toda mi familia.

-Oh, Dios, esto es un desastre -exclama Carina con desesperación y se restriega la cara con las manos-. Enzo, ella puede llevarte a la cárcel. Yo no soportaría que algo así te pasara. No lo soportaría, no puedo perderte a ti también.

Siento el miedo y el dolor de mi hermana en carne propia. Sé que, si fuera el caso contrario, yo estaría mucho peor, y también sé que ella no es una asesina despiadada. No es como yo. Puede que mi hermana sea parte de nuestra familia, pero no es un secreto para nadie que ella nunca ha estado en paz con las cosas que hacemos. Simplemente se ha acostumbrado porque no tiene otra opción. No necesito mentirle. No a ella.

-Ella debe tener alrededor de tu edad, Carina -le digo en un tono de voz bajo y me siento en el borde de la cama-. Es una chica inocente que no tiene nada que ver con nuestros asuntos, solo estaba en el lugar y momento equivocados. Pude haberla matado, pero decidí darle otra oportunidad. Quizás fue un enorme error, pero me pareció lo correcto en ese momento.

Carina suspira profundo y una lágrima rueda por su delicada mejilla. Asiente y se sienta en la cama junto a mí.

-Lo sé. Sé que ella no tenía nada que ver con lo que fueron a hacer allí -susurra-. Sabes que odio todo esto más que nadie, Enzo. No quiero que las cosas sean así, pero estoy aterrada... No quiero que nada te ocurra... yo no sería capaz de resistirlo, hermano.

-Descuida -digo en un tono tierno, como el que solía usar cuando éramos más pequeños y papá me dejaba cuidándola. Le seco suavemente la mejilla-. Todo estará bien, lo prometo. Esa chica no hablará, nada va a ocurrirme.

Carina asiente y sorbe sus lágrimas. Luego se levanta y sale muy despacio de la habitación.

Tomo un trago largo de licor y vuelvo a recostarme en la cama mientras analizo la situación.

Muy dentro sé que cometí un grave error. Mostré una debilidad que nunca antes había estado ahí, y quizás tenga que hacer algo para enmendar la imprudencia de mis actos. Si la chica decide abrir la boca no me quedará otro remedio que ir a terminar el trabajo, aunque deseo con todas mis fuerzas que lo haya olvidado todo.

No me queda otra opción que encontrarla y vigilarla muy de cerca hasta que la situación con el caso de los Vitale se calme. Nunca tuve algo así en mis planes, pero tengo que comprobar si es capaz de reconocerme antes de que alguien más tome la iniciativa por mí. Sí, tendré que volver a verla.

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