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"En el mundo del capital, el activo más valioso es el que nadie puede ver." Elias Thorne era el cerebro detrás de Aurelius Group, el conglomerado financiero más poderoso del mundo, hasta que sus propios aliados lo convirtieron en el chivo expiatorio de un fraude billonario. Despojado de su nombre, su fortuna y su rostro ante la sociedad, Elias no se dio por vencido; se volvió invisible. Bajo el alias de "Vante", se ha convertido en el Consultor Fantasma: un arquitecto de crisis que salva imperios desde las sombras a cambio de tarifas astronómicas y secretos letales. Pero cuando Sterling Vance, el hombre que firmó su ruina, lo contrata desesperadamente para salvar a una Aurelius al borde del colapso, Elias se enfrenta a la encrucijada definitiva. ¿Usará su acceso total para ejecutar una venganza que demuela los cimientos de la economía global, o salvará a la empresa para demostrar que él es el único motor que la mantiene con vida? En una guerra de algoritmos, traiciones y sangre, Elias Thorne descubrirá que el precio de la redención es más alto que cualquier fortuna, y que para destruir a los monstruos, debe convertirse en el fantasma que los acecha en sus propios libros contables.

Capítulo 1 El Algoritmo del Silencio

El aire en el loft era denso, filtrado y reciclado con una eficiencia monacal. No había ventanas que dieran directamente a la calle; solo paneles opacos de cristal que se alzaban desde el suelo hasta el techo abovedado, proyectando un brillo difuso y etéreo. Elias Thorne no necesitaba la luz del sol. Su mundo operaba en los tonos fríos del ámbar de sus pantallas y el blanco aséptico de sus paredes de hormigón pulido.

La única concesión a la calidez humana era una solitaria planta de lengua de suegra, cuyas hojas verdes y afiladas se alzaban como espadas, un contraste orgánico en un ecosistema de silicio y fibra óptica.

Elias se movía con una economía de movimientos que rozaba lo espectral. Su silueta, alta y delgada, apenas perturbaba el ambiente mientras se deslizaba entre las estaciones de trabajo. Había tres de ellas, cada una un cerebro independiente con capacidades de procesamiento que habrían hecho palidecer a un superordenador de la década pasada. En la pantalla central, un mapa topográfico en 3D de una refinería de petróleo en la costa de Singapur giraba lentamente. Líneas de código, en un verde neón punzante, se superponían al diagrama, marcando los nodos de vulnerabilidad, los puntos de acceso y las rutas de salida para los paquetes de datos que acababa de inyectar.

En la pantalla de la izquierda, una docena de canales de noticias financieras internacionales transmitían en silencio. Los titulares parpadeaban en diversos idiomas: "Crise Énergétique en Asie du Sud-Est", "Oil Futures Plummet", "Anzen Power Faces Liquidation". Anzen Power. El nombre resonaba en el loft como un mantra del desastre. Era el cliente de Elias, aunque "cliente" era una palabra demasiado informal para la relación que mantenía con las entidades que lo buscaban. Para ellos, era "Vante". Un mito. Un rumor. Un susurro en los círculos de la alta finanza cuando una empresa se encontraba al borde del abismo y necesitaba una mano que no dejara huellas.

Elias no usaba auriculares; el sonido de los clics de su teclado ergonómico era la única banda sonora de su vida. Sus dedos, largos y ágiles, bailaban sobre las teclas con la precisión de un concertista, ejecutando comandos complejos con una velocidad que desmentía la calma glacial de su expresión. No había prisa, solo una concentración absoluta. Estaba en la fase final de una "limpieza", como él la llamaba. Anzen Power había sido víctima de un ataque de ingeniería social sofisticado, orquestado por un fondo buitre con sede en las Caimán, diseñado para paralizar sus operaciones y forzar una venta de liquidación. La tarea de Vante era simple: desmantelar el ataque, neutralizar al agresor y restablecer la infraestructura de Anzen sin dejar rastro de su intervención.

"Proceso de recuperación de red completado. Integridad de los datos restaurada al 99.8%." La voz de su IA personal, un programa llamado "Éter", resonó suavemente en la habitación. Éter no tenía personalidad; era una extensión de la voluntad de Elias, programada para la eficiencia máxima.

"Iniciar fase de barrido de huellas, Éter," ordenó Elias, su voz grave y sin inflexiones, casi un murmullo contra el zumbido constante de los servidores ocultos detrás de una pared falsa. "Prioridad: ofuscación de IP. Ejecutar protocolo 'Niebla'."

El protocolo "Niebla" era una obra maestra de la ciberseguridad. En lugar de borrar sus rastros, los multiplicaba, creando miles de identidades falsas, IPs saltarinas y servidores proxy que rebautizaban su actividad a través de una telaraña global de datos. Para cualquier investigador, rastrear a Vante sería como intentar atrapar el viento.

En la pantalla de la derecha, un cuadro de mandos mostraba el rendimiento bursátil de Anzen Power. La línea, que había estado en caída libre, comenzaba a estabilizarse, luego a subir lentamente, como un enfermo recuperando el pulso. El pánico en los titulares de las noticias comenzó a transformarse en confusión. "¿Anzen Power Resurge?", "¿Inversión Misteriosa Estabiliza el Mercado Asiático?".

Elias no experimentaba euforia ni satisfacción. Para él, era simplemente la ejecución exitosa de un plan. Su trabajo era un juego de ajedrez tridimensional contra los mercados, los piratas informáticos y los depredadores corporativos. Y él era el gran maestro, moviendo sus piezas desde un tablero invisible.

Una ventana emergente apareció en la pantalla central: un código QR encriptado. Era la notificación de pago de Anzen Power. Un bitcoin. Y no cualquier bitcoin; un "bitcoin limpio", lavado a través de una cadena de transacciones irrastreables que lo convertía en una moneda virtual inmaculada. Elias no operaba con cuentas bancarias convencionales. Su fortuna se acumulaba en carteras de criptomonedas dispersas, invisibles para los ojos curiosos de los gobiernos y las agencias de impuestos.

Escaneó el código con un lector óptico. "Pago recibido, Éter. Iniciar protocolo de dispersión de activos." El bitcoin se dividió instantáneamente en cientos de microtransacciones a través de la red descentralizada, fluyendo hacia una miríada de carteras anónimas, cada una de ellas una gota en el océano de la economía digital. Para cuando alguien intentara seguir el rastro, el rastro ya se habría evaporado.

La regla de oro de Elias no era solo un mantra; era su credo, su escudo y su prisión. Nadie ve su cara, nadie sabe su nombre.

El motivo era simple: Elias Thorne ya no existía oficialmente. Hace siete años, era un nombre sinónimo de brillantez, el cerebro que había catapultado a Aurelius Group a la cima de la consultoría financiera. Su cara estaba en las portadas de las revistas de negocios, su análisis era citado en Davos, su visión era la brújula de un imperio. Luego, la caída. Un escándalo de vertido químico en una filial de Aurelius, una crisis de relaciones públicas monumental. Elias fue el chivo expiatorio perfecto. Su nombre fue arrastrado por el lodo, su reputación hecha añicos. La junta directiva, liderada por Sterling Vance, su entonces mentor y ahora verdugo, lo despidió sin piedad, lo vetó del sector financiero con una cláusula de no competencia draconiana y lo dejó para que se pudriera en el olvido.

Pero el olvido era una falacia para mentes menores. Para Elias, el anonimato se convirtió en su armadura. Construyó su nuevo imperio, "Vante", ladrillo a ladrillo, línea de código a línea de código, en las sombras. Cada cliente salvado, cada depredador neutralizado, era un ladrillo más en su fortaleza invisible. Cada pago en criptomonedas, una bala en la recámara.

Se levantó de su silla, estirando los músculos. La tensión acumulada se disipó con un crujido suave en su espalda. Se dirigió a una pequeña nevera oculta en la pared y sacó una botella de agua mineral. No celebraba con alcohol ni con comidas suntuosas. Su única indulgencia era la perfección.

Mientras bebía, sus ojos se posaron en la pantalla de noticias silenciada. Un nuevo titular parpadeaba, esta vez en una fuente roja y alarmante: "Aurelius Group Bajo Escrutinio por Irregularidades Fiscales; Acciones en Caída Libre".

Elias se quedó inmóvil. La botella de agua se detuvo a medio camino de sus labios. La refinería de Singapur, los algoritmos complejos, los pagos en bitcoins... todo se desvaneció en un segundo. Aurelius. El nombre que había marcado su caída y el nacimiento de su alter ego. La empresa que lo había traicionado ahora estaba ardiendo.

Una débil pero perceptible sonrisa se dibujó en los labios de Elias Thorne. No era una sonrisa de alegría, sino una de reconocimiento. El juego de ajedrez acababa de cambiar. La pieza más importante, la Reina Blanca, estaba ahora en peligro. Y el peón que había sido sacrificado años atrás, el caballo negro silencioso, acababa de encontrar su oportunidad para volver al tablero. La caza había comenzado.

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