Un escalofrío recorrió la espalda de Dayna Allen mientras yacía tensa en la cama, y soltó un suave gemido.
"¿Ya te rindes?", bromeó Jon, su voz, una mezcla de diversión y provocación, le acarició el oído.
Ella apretó con fuerza el brazo de su amante, clavándole las uñas, pero no logró dejarle marca. En cambio, él intensificó su agarre con una rudeza que ella no esperaba. Abrumada, Dayna se desmayó.
Cuando despertó, la habitación estaba en silencio; Jon ya no estaba. Sobre la mesita de noche, junto a ella, había un reloj y un cheque.
Al levantarse, se vio en el espejo, su piel era un lienzo marcado por la pasión.
Comprendió la cruda realidad de su relación con Jon: su interés se centraba únicamente en su cuerpo. Desde el principio, se acercó a él impulsada por la desesperación de conseguir fondos para el tratamiento de su madre. A cambio de su ayuda económica, llegó a un acuerdo tácito: era su amante secreta, nada más.
Sus interacciones eran estrictamente transaccionales, cada encuentro meticulosamente compensado. El cheque dejado junto a la cama, un reflejo numérico de la satisfacción de Jon, era solo otra parte de su contrato tácito.
El sonido de la puerta del baño la sacó de sus pensamientos. Jon salió, con los músculos definidos por las gotas de agua que aún cubrían su piel, y una toalla suelta alrededor de la cintura. Sin embargo, Dayna apenas lo miró, perdida en sus pensamientos.
Se movió para prepararle la ropa, con movimientos mecánicos. Las visitas de Jon eran solo para satisfacer sus necesidades, pues nunca se quedaba a pasar la noche.
Mientras le abotonaba la camisa, evitando rozar la tela, los ojos de Jon se encontraron con los suyos en el espejo. "¿No estás satisfecha?", preguntó él con un deje de burla en el tono.
"No, es demasiado", respondió Dayna con voz serena, manteniendo la compostura en sus facciones. Ocultaba bien su desesperación, y su elegante comportamiento era una máscara para la agitación que sentía por dentro.
Dayna no se percató de la observación silenciosa de Jon, concentrándose en ayudarlo con la ropa.
Su voz, de repente seria, rompió el silencio habitual: "Me voy a casar".
Sus palabras cayeron sobre ella con todo su peso mientras Dayna levantaba la vista, y una chispa de sorpresa cruzó su rostro.
Ella había gestionado su agenda como su secretaria, organizando las citas con las posibles parejas que su madre, Helena Matthews, había elegido. Sin embargo, nunca había salido nada de esos encuentros. Dayna supuso que eran meras formalidades que Jon soportaba para apaciguar a su madre; con el tiempo, las había descartado como intrascendentes.
"¿Es la hija del director general de Tecnologías Pioneras?". La voz de Dayna era firme, sin rastro de emoción, aunque en su interior se gestaba una tormenta. Era la más reciente de las citas que ella le había programado.
"Así es", confirmó Jon con sencillez.
Un dolor sordo palpitó en el pecho de Dayna, pero lo disimuló bien. "Felicidades", logró decir, con un susurro cargado de formalidad.
"Nuestras familias tendrán una reunión formal mañana por la noche. Te lo dejo a ti". Su tono era indiferente, una orden clara que contrastaba con la intimidad que acababan de compartir.
"De acuerdo", respondió Dayna, con un eco de resignación en la voz.
Jon se marchó sin decir nada más.
Dayna permaneció inmóvil, clavada en el sitio mucho después de que su auto se perdiera en la noche. No se movió hasta que el zumbido lejano del motor se disolvió en el silencio.
No pudo conciliar el sueño, con la mente hecha un nudo de confusión y tristeza. Permaneció despierta hasta las primeras luces del alba.
Cuando su despertador volvió a sonar por la mañana, la sacó de sus pensamientos. Con el corazón encogido, se saltó el desayuno y se maquilló para ocultar los signos de su noche de insomnio.
Mientras se dirigía al trabajo, la voz de Jon sonó en su celular, indicándole que convocara una reunión improvisada de los ejecutivos.
Dayna se sumergió en su rutina de oficina y pidió a su equipo que preparara la sala de conferencias. Luego se dirigió al despacho de Jon para hacer los ajustes necesarios para que él comenzara su jornada.
Como de costumbre, ordenó con meticulosidad los documentos de cada departamento y se aseguró de que el ambiente de la oficina fuera perfecto, ajustando el aroma y la temperatura.
Jon entró, con su presencia imponente como siempre, vestido con un traje elegante y perfectamente entallado. Su rostro mostraba una expresión seria. Dayna le entregó el café de la mañana y le informó rápidamente de la agenda del día.
Él apenas le prestó atención mientras revisaba los documentos que ella había preparado.
Mirando el reloj, Dayna le recordó: "Señor Matthews, es hora de la reunión".
La reunión transcurrió sin contratiempos y, una vez terminada, Dayna por fin pudo respirar aliviada. De vuelta en su escritorio, vio una caja de regalo.
"Es de la señorita Madison Valeria de Tecnologías Pioneras", explicó una de sus compañeras.
Curiosa, Dayna abrió la caja y encontró una lujosa pulsera, evidentemente costosa, con el logotipo de la marca bien visible.
"Parece que todo el mundo recibió una", añadió su compañera.
"La gente de Tecnologías Pioneras sí que sabe impresionar. Acabo de comprobarlo y esta pulsera vale más de diez mil dólares", comentó una compañera, examinando la lujosa pieza.
"Pero no se trata solo del precio", intervino otra. "Es un mensaje claro. Está marcando su territorio con el señor Matthews".
La oficina bullía de murmullos, ya que la noticia del compromiso de Jon y Madison circulaba desde esa mañana.
"¿Deberíamos aceptarlas?", preguntó alguien a Dayna, con incertidumbre en la voz.
"Por supuesto, sería inapropiado rechazar un regalo de la futura señora Matthews", respondió ella, extendiendo el brazo para que su compañera la ayudara a abrocharse la pulsera.