El aire en el último piso de la Torre Black era gélido, o quizás era solo mi sangre congelándose mientras caminaba por el pasillo de mármol negro. Mis manos temblaban tanto que tuve que apretar las asas de mi bolso hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
-La oficina del señor Black es la última puerta a la derecha -dijo la secretaria con una voz tan mecánica como el resto del edificio-. No le gusta que lo hagan esperar.
Asentí, aunque el nudo en mi garganta no me dejó responder. Cada paso que daba resonaba como una sentencia de muerte. Mi padre estaba en casa, con el rostro hundido entre las manos, esperando un milagro que solo el hombre detrás de esa puerta podía conceder. O destruir.
Empujé las pesadas puertas dobles y el aroma a sándalo, cuero caro y poder me golpeó de inmediato.
Ahí estaba él.
Tyler Black no levantó la vista de los documentos sobre su escritorio. La luz de la tarde de la ciudad de Nueva York se filtraba por el ventanal a sus espaldas, creando un aura oscura a su alrededor. Era más imponente de lo que decían las revistas. Su mandíbula estaba tensa, y su traje hecho a medida parecía contener una fuerza salvaje que no pertenecía a una oficina.
-Tienes exactamente tres minutos, Amber Brown -su voz era un barítono profundo que me hizo vibrar los huesos-. No me hagas perder el primero en silencio.
-Mi padre... él no tuvo la culpa, Tyler -logré decir, mi voz apenas un susurro-. Marcus Thorne lo engañó. Si ejecutas esa deuda ahora, lo perderemos todo. Mi casa, la empresa... su libertad.
Tyler dejó la pluma sobre la mesa con una lentitud tortuosa. Finalmente, levantó la mirada. Sus ojos eran de un azul tan frío que me quemaron. No había rastro de piedad en ellos. Solo una satisfacción oscura que no logré comprender.
-Tu padre fue descuidado -sentenció, poniéndose de pie. Es mucho más alto de lo que imaginé-. Y en este mundo, el descuido se paga con sangre. O con activos.
Se acercó a mí, rodeando el escritorio. El pánico gritaba en mi interior que debía correr, pero mis pies estaban clavados al suelo. Se detuvo a escasos centímetros, lo suficiente para que pudiera sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
-Por favor -rogué, odiando la debilidad en mi tono-. Haré lo que sea. Trabajaré para ti, pagaré cada centavo con intereses... pero no lo metas a la cárcel.
Tyler soltó una risa seca, carente de humor. Extendió una mano y, con un dedo, recorrió la línea de mi mandíbula. Su tacto era fuego puro.
-¿Lo que sea, Amber? -su mirada bajó a mis labios y luego volvió a mis ojos-. Cuidado con lo que ofreces a un hombre que no tiene límites.
Regresó a su escritorio y tomó un sobre que ya estaba preparado. Lo deslizó sobre la madera pulida hacia mí.
-No quiero tu dinero, Amber. Brown Logistics ya es mía de todos modos -dijo con una frialdad brutal-. Pero hay algo que necesito para cerrar un trato con mis inversores más conservadores. Necesito una esposa. Una que sea impecable, que no haga preguntas y que me pertenezca por completo durante un año.
Me quedé sin aliento.
-¿Un... matrimonio? -mi mente daba vueltas-. ¿Quieres que me case contigo por un negocio?
-Quiero que firmes este contrato -abrió el sobre, revelando las hojas impresas-. Te daré la libertad de tu padre y salvaré tu casa. A cambio, me entregarás un año de tu vida. Sin amor, sin distracciones y bajo mis reglas.
Me acerqué a la mesa, con el corazón martilleando contra mis costillas. Tomé la pluma, con la visión borrosa por las lágrimas contenidas. Si firmaba esto, mi vida dejaría de ser mía. Pero si no lo hacía, mi padre moriría en una celda.
Justo cuando la punta de la pluma tocó el papel, Tyler se inclinó hacia adelante, atrapando mi muñeca con una fuerza de hierro. Sus ojos brillaron con algo que no era solo frialdad, era algo personal. Algo que parecía odio antiguo.
-Hay una cosa más que debes saber antes de firmar, Amber -susurró, su aliento rozando mi mejilla-. No creas que esto es un azar. Llevo esperando este momento diez años.
Me quedé helada.
-¿Diez años? ¿De qué estás hablando? Yo ni siquiera te conocía...
Tyler sonrió de una forma que me heló la sangre y soltó mi muñeca, señalando el contrato.
-Firma. Y entonces, quizás, te cuente por qué tú eres la única persona en este mundo a la que nunca voy a dejar escapar.