Una sonrisa tiró de sus labios, luchando contra el viento cortante. Durante tres años, ella había sido la chica invisible en el brazo de Ryan Evans. La chica humana. El eslabón débil. En un mundo dominado por linajes poderosos y dinero antiguo, Emily no era nadie. Era una huérfana sin conexiones, que trabajaba como archivista junior en el sótano de Evans Enterprises.
Pero Ryan la había elegido a ella. El CEO multimillonario, el hombre cuyo rostro adornaba la portada de Forbes y cuya presencia exigía silencio en las salas de juntas, la había elegido a ella.
-Él me ama -susurró a la tormenta, necesitando escucharlo en voz alta-. Y ahora... vamos a ser una familia.
Llegó al imponente monolito de cristal de la Torre Evans. El guardia de seguridad, un hombre corpulento llamado Marcus que solía saludarla con un cálido asentimiento, no estaba. En su lugar había un extraño de ojos fríos y oscuros que apenas miró su identificación antes de dejarla pasar.
Emily restó importancia a la inquietud que se instalaba en su estómago. Esta noche era especial. Era su tercer aniversario. Ryan le había dicho que subiera al ático, el lugar privado al que rara vez invitaba a alguien. Había insinuado una sorpresa. ¿Un anillo, tal vez?
Su corazón palpitó con fuerza mientras las puertas doradas del ascensor se cerraban. Vio subir los números, llevando instintivamente la mano a su vientre plano. Ya no era solo una pobre chica humana. Era la madre del heredero de un multimillonario. Seguramente, eso cerraría la brecha entre sus mundos. Seguramente, su familia tendría que aceptarla ahora.
El ascensor sonó suavemente, abriéndose directamente en el vestíbulo del ático.
Emily salió, esperando jazz suave, tal vez el aroma de las costosas velas de ámbar que Ryan tanto amaba. En cambio, el aire estaba cargado de un aroma denso, parecido al almizcle. Era abrumador, primario, y le puso los pelos de la punta.
-¿Ryan? -llamó suavemente.
Caminó sobre el suelo de mármol y sus zapatillas mojadas chirriaron ligeramente. Hizo una mueca ante el sonido, agachándose para quitárselas. Al enderezarse, sus ojos captaron una mancha de color en la inmaculada alfombra blanca cerca del arco de la sala.
Un vestido rojo.
No era un vestido cualquiera. Era de seda, de diseñador, y estaba destrozado por las costuras como si hubiera sido arrancado en medio de un frenesí.
A Emily se le cortó la respiración. Un peso frío y plomizo cayó en su estómago, extinguiendo el calor de su entusiasmo anterior. Dio un paso adelante, sintiendo las piernas como si se movieran a través del agua.
No mires. Date la vuelta. Vete.
Pero no podía. Tenía que saberlo.
Se dirigió hacia el dormitorio principal. Las puertas dobles estaban entreabiertas y se oían voces. -Ryan, eres insaciable -ronroneó una voz de mujer. Era una voz que Emily reconoció al instante. Claire Johnson. La hija de un multimillonario rival, una mujer que caminaba con la elegancia de una pantera y que había convertido en su misión de vida recordarle a Emily su inferioridad.
-Solo por ti, Claire -respondió la voz de Ryan.
-Sabes cuánto tiempo he esperado para reclamar a una verdadera mate.
Verdadera mate.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, afiladas y cortantes.
Emily empujó la puerta.
La escena ante ella era como un cuadro de sus peores pesadillas. Las sábanas de la enorme cama king-size estaban enredadas alrededor de dos cuerpos. Ryan, su Ryan, estaba inclinado sobre Claire, los músculos de su espalda ondulando bajo la tenue luz. Pero había algo extraño; las sombras parecían aferrarse a él, sus caninos se veían demasiado afilados y sus ojos brillaban con un tenue y espeluznante color ámbar.
Claire la vio primero.
La mujer no gritó ni se cubrió. Simplemente sonrió, una curva cruel y triunfante de labios rojos. Tocó a Ryan en el hombro, con sus uñas afiladas como garras. -Cariño. Tenemos audiencia.
Ryan se congeló. Se giró lentamente y sus ojos brillantes se posaron en Emily. Por un segundo, pareció monstruoso. Luego parpadeó, el brillo se desvaneció y fue reemplazado por una máscara de fría indiferencia.
No se apresuró a cubrirse. No pareció avergonzado. Simplemente se sentó, pasándose una mano por el cabello desordenado, y miró a Emily como si fuera una empleada de limpieza que hubiera entrado a deshora.
-Llegas temprano -dijo con frialdad.
Emily se quedó paralizada en el umbral, con las manos temblando mientras apretaba su bolso. La prueba de embarazo pesaba como una piedra. -¿Por qué? -susurró con la voz quebrada-. Ryan... hoy es nuestro aniversario.
Claire se rió, un sonido tintineante y gélido. Se sentó, dejando que la sábana se amontonara en su cintura, exponiendo la piel perfecta de su pecho. -Oh, dulce y patética pequeña humana. ¿De verdad pensaste que hoy se trataba de ti?
-Cállate, Claire -murmuró Ryan, aunque sin agresividad. Se levantó y caminó desnudo hacia la cómoda para agarrar unos bóxers de seda. Se los puso con una lentitud agonizante-. Emily, no deberías estar aquí.
-¿No debería estar aquí? -El shock de Emily se estaba derritiendo rápidamente en una ira ardiente y abrasadora-. ¡Te he dado tres años de mi vida, Ryan! Pensé... pensé que me amabas.
Ryan se giró para mirarla, apoyándose en la cómoda con los brazos cruzados sobre el pecho. La miró con un desapego escalofriante. -Te tuve aprecio, Emily. En cierto modo. Eras... conveniente. Dulce. Sin complicaciones. Una distracción agradable mientras yo consolidaba mi posición en la empresa.
-¿Una distracción? -Sintió como si le hubieran dado una bofetada.
-Mi padre se retira -explicó Ryan, con tono conversacional, como si discutiera el clima-. Para hacerme cargo del imperio Evans y de la Manada, necesito una Luna. Una compañera con poder. Con linaje -señaló a Claire, que ahora se acercaba a él, rodeándole la cintura con los brazos-. Claire es hija de un Beta. Ella aporta territorio, alianzas, fuerza. Tú no aportas... nada.
-¡Aporto amor! -gritó Emily, las lágrimas finalmente desbordándose, calientes y punzantes-. ¿Eso no significa nada para ti?
-El amor es una debilidad humana -se burló Claire, apoyando la barbilla en el hombro de Ryan-. Los lobos no necesitan amor, niñita. Necesitamos poder. Necesitamos legado.
Lobos.
Emily retrocedió, con la mente dando vueltas. Siempre había sabido que Ryan era diferente, más fuerte, más rápido, propenso a extrañas desapariciones durante la luna llena. Había descartado los rumores de "cambiantes" y "manadas" como leyendas urbanas o metáforas de los ricos despiadados. Pero al mirarlos ahora, sintiendo la energía opresiva que irradiaban, se dio cuenta de la aterradora verdad.
-Eres... eres uno de ellos -susurró.
-Soy un Alfa -corrigió Ryan, bajando el tono de voz, haciéndola vibrar en el pecho de ella-. Y los Alfas no se aparean con humanas débiles.
Emily sintió una oleada de mareo. Se aferró al marco de la puerta para estabilizarse. ¿Este era el hombre con el que planeaba casarse? ¿El hombre cuyo hijo llevaba en su vientre?
El bebé.
Su mano volvió a su estómago. Los ojos de Ryan siguieron el movimiento. Su mirada se agudizó, estrechándose al instante. Inhaló profundamente, dilatando las fosas nasales.
El silencio que siguió fue aterrador.
-Hueles diferente -dijo Ryan, apartando a Claire. Dio un paso hacia Emily, y su expresión pasó de la indiferencia a algo peligroso-. Tu aroma... ha cambiado. Leche y... sangre fresca.
Emily retrocedió, con el corazón golpeando sus costillas como un mazo. -Aléjate de mí.
-Dímelo -ordenó Ryan. No era una petición. Era una orden que la obligaba a responder.
-Estoy embarazada -soltó ella, con las palabras arrancadas de su garganta antes de que pudiera detenerlas.
Claire jadeó, llevándose la mano a la boca. -¿Un mestizo? ¿Lleva un cachorro mestizo?
Ryan se detuvo en seco. Se quedó mirando el vientre de Emily, con el rostro inexpresivo. Por un fugaz segundo, Emily tuvo esperanza. Tal vez, solo tal vez, el instinto de paternidad se impondría a su ambición. Tal vez vería a este niño como su legado.
-¿Ryan? -susurró ella, suplicante-. Es tuyo. Un bebé. Podemos...
-Deshazte de él -dijo Ryan.