El sonido del agua hirviendo en la tetera llenaba la pequeña cocina, rompiendo el silencio de la madrugada. Natalia Fuentes se pasó una mano por la frente, apartando un mechón de cabello rebelde mientras servía el té en una taza de porcelana desgastada. Afuera, la ciudad nunca dormía, pero dentro de aquel modesto apartamento, todo estaba sumido en una calma que contrastaba con el torbellino de pensamientos que la consumía.
Cinco años.
Cinco años siendo la esposa de Emiliano Vélez. Cinco años viviendo en la sombra de un hombre que, de puertas para afuera, era el CEO más poderoso del país, un hombre al que todos temían y respetaban. Pero en casa, con ella, era diferente. No era el hombre frío e implacable que los medios retrataban. Con Natalia, se permitía ser simplemente Emiliano, un hombre que, aunque distante y pragmático, encontraba en ella un refugio que no podía encontrar en ninguna otra parte.
Pero Natalia estaba cansada.
El matrimonio entre ellos nunca había sido convencional. No hubo una boda de ensueño, ni un anillo que simbolizara amor eterno. Se casaron en una oficina del registro civil, con solo un par de firmas y un acuerdo silencioso: él necesitaba casarse para resolver un problema legal y ella, en aquel entonces, solo quería estabilidad.
Al principio, se conformó con la vida que tenía a su lado. No esperaba promesas de amor ni noches románticas. Se acostumbró a verlo entrar y salir de casa a horas imposibles, a la manera en que la miraba con una mezcla de posesión y desapego. Pero el problema era que, con el tiempo, su corazón había decidido no seguir las reglas del acuerdo. Se había enamorado de él, sin remedio y sin retorno.
Y ahora, cinco años después, Emiliano estaba a punto de anunciar su compromiso con otra mujer.
El té en sus manos se enfrió mientras sus pensamientos la atormentaban. La noticia no la había sorprendido del todo. Siempre supo que su matrimonio con él era temporal, que tarde o temprano él haría lo que era mejor para su imperio. Pero lo que sí la sorprendió fue el dolor punzante en su pecho cuando leyó los titulares.
"El CEO de Vélez Enterprises, Emiliano Vélez, podría estar en negociaciones de compromiso con la heredera de la familia Lombardi."
La familia Lombardi. Antiguos aliados y rivales de Emiliano en el mundo empresarial. Un matrimonio con Luciana Lombardi consolidaría un imperio que ninguna otra empresa podría desafiar.
Natalia soltó un suspiro tembloroso. Ya no podía seguir así.
Se levantó de la mesa y caminó hacia la habitación. Sobre la cómoda, un par de maletas esperaban, listas desde la noche anterior. No quería quedarse ni un día más en ese apartamento, esperando migajas de un hombre que, en unas semanas, estaría anunciando su nuevo compromiso al mundo.
Pero justo cuando se disponía a tomar las maletas, la puerta principal se abrió de golpe.
El sonido de las llaves chocando contra la mesa de entrada le dijo quién era antes de que tuviera que volverse.
-¿Dónde vas? -la voz de Emiliano retumbó en el espacio, profunda y cargada de autoridad.
Natalia cerró los ojos por un segundo antes de girarse lentamente para encararlo.
Él estaba ahí, de pie en la entrada, con su traje aún impecable pese a la larga jornada. Su cabello negro estaba ligeramente despeinado, como si hubiera pasado los dedos por él demasiadas veces en el camino a casa. Sus ojos grises, siempre fríos e inescrutables, la observaban con intensidad.
-Me voy -respondió ella con calma.
Él entrecerró los ojos. Dio un paso al frente y, con la facilidad de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria, acortó la distancia entre ellos.
-No. No te vas.
Natalia tragó saliva, pero se obligó a mantenerse firme.
-Nuestro matrimonio nunca significó nada para ti -su voz no tembló, aunque su corazón latía con fuerza-. Ahora tienes lo que siempre quisiste. Puedes casarte con Luciana Lombardi y fortalecer tu imperio. No tienes por qué seguir atado a mí.
Emiliano no respondió de inmediato. Sus ojos recorrieron su rostro, buscando algo, quizás esperando una mentira en sus palabras.
Finalmente, habló en voz baja, como si estuviera haciendo una confesión que él mismo no quería admitir.
-Tú eres mi esposa.
Natalia dejó escapar una risa amarga.
-¿Desde cuándo te ha importado lo que eso significa?
Él avanzó otro paso. La proximidad entre ellos hizo que el aire se volviera denso. Natalia podía percibir su fragancia, el mismo aroma que se había impregnado en sus sábanas durante años.
-No me voy a casar con Luciana Lombardi -su tono fue bajo, pero firme.
Ella frunció el ceño.
-Eso no cambia nada, Emiliano.
Él se quedó en silencio por unos segundos antes de inclinarse levemente hacia ella, su rostro lo suficientemente cerca como para que Natalia pudiera ver cada sombra en sus ojos.
-Cambia todo.
Natalia sintió su resolución tambalearse, pero no podía permitirse flaquear. No esta vez.
-Ya tomé mi decisión -dijo en voz baja.
El rostro de Emiliano se endureció. Sus manos se cerraron en puños a los costados de su cuerpo, conteniéndose.
-No te dejaré ir.
El eco de sus palabras quedó suspendido entre ellos. Natalia sintió un escalofrío recorrer su espalda.
Porque, por primera vez en cinco años, supo que Emiliano Vélez no iba a permitir que se alejara de él.
Y, aunque nunca lo había admitido, quizás eso era lo que más había temido desde el principio.