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Oblivar ya no existía en los mapas, pero sí en la memoria colectiva, un eco helado de desapariciones sin resolver. Sus calles se habían cubierto de maleza, las casas se hundían. Solo la panadería de Kristtyn, mucho tiempo atrás, había representado una luz, antes de que ella misma desapareciera del pueblo. La vida de Elías Kross se había extendido mucho más allá de los límites de Oblivar, pero su mente nunca lo hizo. Sus crímenes escalaron, volviéndose más audaces, más elaborados, pero siempre guiados por la misma lógica fría: la anulación total y la posesión. Él no mataba por placer caótico, sino por la necesidad de restaurar un "orden" que solo existía en su cabeza. La sombra de Kristtyn lo había seguido como una obsesión, un motivo para la acción. Él había aniquilado sistemáticamente a cualquiera que se interpusiera o que manchara su imagen. Darren, Laura, y cualquiera que hubiese alzado la voz contra su posesión, habían sido devorados por los perros o disueltos en el anonimato de la gran ciudad. Pero la última víctima fue diferente. Elías había viajado al sur, a un rincón donde la superstición se mezclaba con la pobreza. Allí, encontró a una mujer anciana, conocida como la "Bruja de las Cenizas". No era una bruja real, solo una curandera solitaria, pero para Elías, ella representaba la última resistencia a su lógica. Sus palabras eran sobre espíritus y el alma, tonterías que desafiaban su universo de materia y ciclo. Él la mató en una noche sin luna, con su método habitual, buscando la misma sensación de vacío y control. Pero cuando la vida se apagó en los ojos de la anciana, Elías no sintió el acostumbrado éxtasis. Sintió un frío antinatural que se coló en sus huesos. Desde ese momento, la paz de Elías se desmoronó. No eran los gritos de sus víctimas pasadas lo que lo atormentaba, sino la silueta etérea de la Bruja de las Cenizas. Ella se manifestaba en los reflejos, en las esquinas oscuras, en el vapor del aliento en las mañanas frías. No lo maldecía; solo observaba. Su mirada era un juicio constante, un recordatorio de que existía un plano que su lógica ni su droga podían anular. Elías, el arquitecto de la oscuridad, el hombre que había negado la existencia del alma, se encontró perseguido por un espíritu. Su mente analítica se colapsó. La droga ya no lo calmaba; solo intensificaba la visión de la anciana, que se reía sin sonido. Su último escondite fue una cabaña aislada, lejos de la civilización. Estaba solo, acurrucado en un rincón, con el revólver en la mano, un arma inútil contra lo intangible. La Bruja de las Cenizas estaba frente a él, su figura translúcida y sonriente. -Tú negaste el espíritu -susurró el eco de su voz en la mente de Elías-. Y ahora, te conviertes en uno. El banquete no termina, Elías. Ahora eres la comida. Elías entendió la paradoja final: no podía anular el espíritu, pero podía anular su propio cuerpo para escapar de su tortura. El sonido del disparo fue absorbido por el silencio del bosque. El ciclo se había completado, pero no de la manera que él había imaginado. La policía encontró la cabaña meses después. Encontraron el esqueleto de Elías Kross, el revólver en su mano y, esparcidos por la mesa, los recortes de prensa de todas sus víctimas, desde Oblivar hasta el sur. No había notas de suicidio, solo una palabra grabada a cuchillo en la madera de la mesa, repetida una y otra vez: LOGICA. La bruja se había ido, pero el vacío que dejó no era el éxtasis. Era el juicio eterno. Y en algún rincón olvidado del mundo, los descendientes de Diabal, Negro y Faraón, continuaron sus vidas con una dieta muy peculiar. La historia de Elías Kross se convirtió en un susurro, una leyenda de un hombre que amó la oscuridad y fue finalmente consumido por ella. El mal no había sido destruido; solo se había transformado en una nueva sombra, lista para acechar el siguiente pueblo olvidado.

Capítulo 1 La sombra de Oblivar

El aire en Oblivar olía a herrumbre y a olvido. Era un pueblo tan minúsculo y apartado, tan insignificante en los mapas, que el único propósito que parecía tener era ser el escondite perfecto para las cosas que nadie quería ver. Y entre esas cosas, se gestaba la oscuridad.

Elías Kross tenía solo siete años cuando el primer pensamiento retorcido echó raíces en su cabeza.

No fue un chispazo, sino una lenta y turbia marea que subió en silencio. Era un día gris, como casi todos en Oblivar, y Elías estaba en el patio trasero de su casa, una casucha con pintura descascarada que se hundía lentamente en el fango de los suburbios. Estaba solo, como de costumbre. Su madre, Elena, pasaba el día entero al cuidado de Doña Alba, una anciana que apenas era un suspiro de vida en una cama. Y su padre, un hombre tosco llamado Mateo, malvivía arreglando coches viejos en la calle. El humo aceitoso del taller improvisado era lo único que a veces traía su olor a casa. Su única visita regular era su abuela paterna, una mujer silenciosa con ojos sabios que parecían ver demasiado.

Elías no estaba aburrido; nunca lo estaba. El mundo exterior no le ofrecía nada, pero su mente era un campo de juego infinito, aunque cada vez más siniestro.

Se puso en cuclillas junto a un arbusto de bayas secas. En su mano, sostenía su "arma": un artefacto de su propia invención, un trozo de alambre torcido, afilado en la punta y sujeto con cinta aislante a un palo corto. Era tosco, pero efectivo. Vio al primer gorrión.

No sintió ira. Tampoco miedo, ni compasión. Solo una curiosidad fría y científica sobre qué pasaría si...

El movimiento fue rápido, practicado. Un sonido seco y un aleteo moribundo contra la tierra húmeda. Levantó la pequeña masa de plumas y la observó. La vida se había ido. Lo que vino después fue lo más inquietante: una extraña y fugaz sensación de éxtasis. Era como si una válvula de presión interna se hubiera liberado, dejando una calma absoluta en su estela.

Se acercó a la vieja caseta de perro, donde sus dos perros callejeros, un par de mestizos esqueléticos, levantaron la cabeza.

-Tomen -murmuró Elías, sin emoción alguna.

Dejó el pequeño cadáver frente a ellos. Los perros se abalanzaron, destrozando el cuerpo con gruñidos bajos. Elías se quedó mirando, sus ojos azules increíblemente serios y vacíos. No era un acto de bondad hacia los perros; era la completa anulación de la vida y el subsiguiente aprovechamiento de la materia. Era lógico.

Así comenzó el patrón. Gorriones, ratones de campo, lagartijas. Elías Kross empezó a despegarse del mundo.

En Oblivar, las semanas se arrastraban como caracoles enfermos. Pero para Elías, el tiempo se aceleró. En menos de un mes, la masacre era palpable, aunque solo él lo supiera.

Una tarde, Elena regresó a casa agotada. En la cocina, mientras calentaba algo de sopa, notó el olor. No era solo a perro.

-Elías -dijo, su voz cansada-. ¿Qué has estado haciendo en el patio?

Elías, sentado en un rincón leyendo un libro sobre anatomía animal que había robado de la pequeña biblioteca comunitaria, levantó la cabeza.

-Nada, mamá. Jugando.

-Hay un olor... raro. Y... he encontrado restos, Elías. Plumas. ¿Qué pasa con los perros?

Elías cerró el libro. La verdad para él era sencilla, casi aburrida.

-Cazando. Los perros tienen hambre.

Elena se acercó. La cara de su hijo era una máscara inexpresiva. Demasiado tranquilo para un niño de siete años. Demasiado solitario.

-Elías, cariño, ya te lo he dicho. No mates a los animales. Es... es malo.

-No es malo -replicó Elías, con una lógica desarmante. Sus ojos estaban fijos en un punto detrás de la cabeza de su madre-. Los mato. Los perros comen. Es el ciclo.

Fue la abuela, al día siguiente, quien entendió la gravedad. La encontró en el cobertizo, observando al niño. Elías estaba en una esquina, inmóvil. En su mano, el alambre casero. Pero lo que la alarmó no fue el arma, sino su expresión. Estaba en éxtasis, completamente ajeno al mundo, la boca ligeramente abierta, la mirada perdida en una pared. Parecía estar escuchando una música que solo él podía oír.

-Mateo, Elena -dijo la abuela esa noche, su voz áspera como lija-. El niño está mal. Demasiados animales. Y esa mirada...

Mateo, el padre, gruñó, limpiándose la grasa de las manos.

-No seas dramática, madre. Es un niño. Juega a la guerra. Es duro.

-Esto no es un juego -insistió la abuela, golpeando la mesa. Sus ojos se clavaron en los de su hijo-. Está disfrutando de la muerte. Y hoy, lo encontré en un trance. Tenemos que llevarlo a ver a un profesional. Ya.

Elías fue arrastrado al psicólogo en el pueblo vecino, un viaje de dos horas en autobús que se sintió como una eternidad. El psicólogo, un hombre joven y de bigote que parecía más cómodo con expedientes que con mentes turbias, no pudo descifrar la pared de hielo que era Elías.

-Es un caso difícil -les dijo a los padres-. Hay una... desconexión emocional profunda. Falta de empatía. Y la conducta con los animales es una señal de alerta seria. Lo que llama 'éxtasis' podría ser una respuesta disociativa o un placer patológico. Necesita terapia constante.

Pero en Oblivar, las cosas constantes eran las deudas y el olvido. La terapia fue esporádica, costosa y, para Elías, completamente inútil. Solo le enseñó a mentir mejor y a ocultar sus verdaderos intereses.

Los años pasaron, volviéndose lentos y grises. Elías se convirtió en un adolescente solitario y hosco. Rechazaba a sus compañeros de la escuela, llamándolos "ruido inútil" y "pérdida de tiempo". El patio de la escuela era una zona de guerra que evitaba.

Pero el aislamiento es una jaula, y hasta las mentes más frías necesitan un ancla.

A los doce años, conoció a Darío.

Darío no era como los otros. Era un chico delgado con ojos vivaces y una sonrisa fácil. Se acercó a Elías un día en el viejo muelle abandonado de Oblivar, donde Elías solía ir a tirar piedras al agua turbia.

-Hola. ¿Por qué estás siempre solo? -preguntó Darío, sin miedo, sin burla.

-Porque la gente es estúpida -contestó Elías, sin mirarlo.

Darío se encogió de hombros y se sentó a su lado, pateando una lata oxidada.

-Sí, la mayoría lo es. Pero tú no me pareces estúpido. Me pareces... interesante.

Esa palabra: interesante. Elías la masticó. Nadie lo había llamado así.

Darío se ganó a Elías con una mezcla de irreverencia y lealtad ciega. Descubrió la mente laberíntica de Elías, no con juicio, sino con fascinación. No fue amistad en el sentido normal; fue una complicidad. Darío no lo juzgó por sus ideas oscuras; al contrario, las veía como el fuego prohibido. Se rieron de las normas, del pueblo, de las personas.

Se convirtieron en un dúo inseparable. Darío era el social; Elías, la sombra pensante.

A los catorce, esa complicidad dio el salto.

-Tenemos que irnos de aquí -dijo Darío una noche, fumando un cigarrillo robado detrás del cementerio.

-No podemos. No hay dinero -respondió Elías.

-No me refiero a irnos, tonto. Me refiero a tomar lo que queremos. Empezar a jugar un juego más grande.

Y así fue. Empezaron con pequeños robos, vandalismo, y luego, con la oscura inteligencia de Elías como motor, idearon planes más complejos para estafar a la gente del pueblo. No era por necesidad; era por la emoción del control, de probar que podían superar el sistema que los había olvidado en Oblivar. Eran hermanos en la oscuridad, dos almas perdidas que se habían encontrado. Darío era el único ser humano que Elías sentía que entendía la "música" en su cabeza.

La oscuridad de Elías se mantuvo a raya, no por la moralidad, sino por la distracción de Darío. Los años entre los trece y los dieciocho fueron una tregua armada para su psique.

Hasta que Darío murió.

Sucedió tan repentinamente como un rayo en un día despejado. Un accidente de moto. Un error estúpido, un camión que no lo vio en la única carretera que salía de Oblivar.

Elías tenía dieciocho años. Estaba en el funeral, observando el ataúd hundirse en la tierra de Oblivar, y sintió... nada. Solo un vacío profundo, más frío y más grande que el que había sentido antes. El ancla se había roto. La compuerta se había abierto.

La muerte de Darío fue el catalizador. Elías regresó a la casa de sus padres con un nuevo y peligroso aislamiento. Empezó a buscar un escape del vacío y la realidad cruda de Oblivar. Su abuela, siempre atenta, notó su ausencia en casa y su mirada cada vez más vidriosa. No pasó mucho tiempo antes de que encontrara en el viejo cajón de herramientas de su padre unos sobres de papel de aluminio arrugado.

Drogas. Elías había cruzado una nueva línea, buscando la misma sensación de éxtasis y desconexión que había encontrado a los siete años, pero ahora en una forma química, más rápida, más potente.

Era un fantasma que caminaba por Oblivar, pero un día, su camino se cruzó con Kristtyn.

Kristtyn era la antítesis de Oblivar. Era brillante, llena de colores, incluso en su ropa simple. Trabajaba en la única panadería decente del pueblo.

Elías entró una tarde, con la capucha puesta, buscando el sabor sintético de los dulces para aliviar su estómago revuelto por el reciente consumo.

-¿Qué quieres? -preguntó ella, sin alzar la voz, pero con una firmeza que desarmó su habitual indiferencia.

-Un pan. El que sea.

Ella le tendió una hogaza de pan de centeno. Sus ojos eran de un verde claro, y se quedaron fijos en los de él, no con miedo, lástima o juicio. Vio algo más.

-Tienes una mirada interesante -dijo Kristtyn, inclinando la cabeza-. Como si vieras cosas que no están aquí.

Elías se congeló. La misma palabra que Darío había usado años atrás.

-Estás loca -escupió Elías, pero su tono carecía de su habitual filo.

-Tal vez -Kristtyn sonrió, un destello genuino que rara vez se veía en Oblivar-. Pero tú no eres un fantasma, Elías Kross. Eres solo un tipo que está muy cansado. Lo veo.

Nadie le había hablado así. No lo había visto como el bicho raro, el antisocial, el hijo del mecánico fracasado. Lo vio como... alguien especial. Alguien digno de ser entendido.

Elías empezó a volver. No por el pan, sino por esos breves minutos de conversación, donde Kristtyn le hablaba de libros, de sueños de irse de Oblivar, y de cómo la vida era más de lo que veían. Ella se convirtió en una droga emocional diferente, más peligrosa quizás, porque era real.

Él se enamoró de su luz, un faro en la oscuridad que lo había consumido. Era un amor obsesivo, un anhelo de poseer esa pureza que él había perdido hace una década.

Pero la felicidad es un lujo que Oblivar no solía conceder. Y Kristtyn, con toda su luz, tenía sus sombras.

Había tres chicas que formaban el trío de la malicia en el pueblo: Vanesa, la líder, con una lengua afilada como una navaja; Sofía, su sombra sarcástica; y Brenda, la seguidora silenciosa. Hacían la vida de Kristtyn un infierno diario: insultos velados, sabotajes menores, risas crueles.

Una tarde, Elías las vio. Kristtyn estaba sola en la plaza, barriendo. Vanesa se acercó y le tiró un refresco pegajoso en el cabello, riendo con sus secuaces.

-Cuidado, panadera. No queremos que nuestro pan esté tan sucio como tú -dijo Vanesa, con una voz cantarina.

Kristtyn solo apretó la mandíbula, sus ojos llenos de una tristeza resignada.

Elías lo vio todo desde la sombra de un callejón. Sintió un pinchazo. No fue por la injusticia; fue la amenaza a su faro. La idea de que algo tan sucio como ellas tocara su Kristtyn.

Esa noche, Elías subió a su habitación, una pocilga con olor a humedad y desesperanza. El vacío de Darío regresó con fuerza. El recuerdo de los ojos tristes de Kristtyn. La necesidad de sentir algo.

Tomó la pipa de vidrio y encendió el cristal. El humo llenó sus pulmones y luego su cabeza, disolviendo los bordes de la realidad. El éxtasis regresó, potente, químico. Pero esta vez, venía con un propósito. Un plan frío, detallado, que solo el químico o el demonio podían haber dictado.

Las voces que había silenciado durante años regresaron con una orquestación ensordecedora. Lógico. Limpieza. El ciclo.

Era una noche oscura, sin luna. Oblivar era una boca abierta en la oscuridad, sin farolas que funcionaran.

Elías sabía dónde vivían las tres. El plan era sencillo: atraer y anular.

Vanesa fue la primera. Le mandó un mensaje de texto anónimo, haciéndose pasar por un chico que le gustaba. "Reúnete en el viejo almacén del puerto. Tengo una sorpresa."

El almacén estaba abandonado, polvoriento y tan oscuro que la linterna de su teléfono apenas cortaba la negrura.

Vanesa entró, mirando a su alrededor con impaciencia.

-¿Hola? ¿Hay alguien aquí? ¿Qué demonios...?

Una sombra se deslizó desde detrás de una pila de sacos rotos. Antes de que Vanesa pudiera gritar, Elías la inmovilizó. Estaba bajo el efecto total de la droga, su fuerza amplificada, sus sentidos entumecidos, sus ojos ardiendo con una calma inhumana.

-Tú le hiciste daño -murmuró Elías, su voz extrañamente tranquila, como si leyera un obituario.

-¿Qué? ¡Quítate! -Vanesa forcejeó, su miedo finalmente encontrando voz.

Elías no respondió. La arrastró hasta una mesa de madera rota. El alambre afilado que había usado a los siete años había sido reemplazado por un cuchillo de caza, frío y profesional.

El sonido de la carne rasgada y el grito ahogado de Vanesa se perdieron en el silencio espeso de Oblivar.

La acción de Elías fue metódica. No era la rabia; era la ejecución de un castigo necesario. La droga lo había desconectado de la moralidad y la ley, dejándolo solo con la lógica del depredador.

Llamó a Sofía. "Vanesa está herida en el almacén. Tuvimos un accidente. Ven rápido."

Sofía llegó histérica. Vio la sangre y el cuerpo inerte de su amiga. Abrió la boca para gritar, pero Elías fue más rápido, usando un garrote de madera para noquearla.

El suspenso se alargó en el almacén. Elías se sentó a esperar que Sofía despertara. Necesitaba que sintiera el mismo miedo, la misma impotencia que su víctima.

Cuando Sofía despertó, su terror llenó la habitación.

-¡Elías! ¡Por favor! ¡No!

-Tú reíste -dijo Elías, sujetando el cuchillo. La hoja reflejaba la poca luz del teléfono en un brillo siniestro-. La hiciste sentir pequeña. Yo tengo que hacerte sentir nada. Es lógico.

La tortura no fue larga, pero fue brutal. Elías quería que el mensaje fuera claro, para sí mismo y para el mundo que no vería esto.

Finalmente, solo quedaba Brenda. Elías no la llamó. Sabía dónde vivía.

Entró en su casa por una ventana trasera rota. Brenda estaba en su habitación, enviando mensajes de texto. La luz de su teléfono iluminó su cara sorprendida.

Elías no dijo una palabra. El encuentro fue un estallido de acción frenética, un forcejeo violento que terminó con un golpe seco. La oscuridad de la noche, la soledad de Oblivar y la mente de Elías drogada se unieron para consumir a las tres chicas.

Cuando Elías salió del pueblo, justo antes del amanecer, la droga había desaparecido, dejando un resquicio de claridad fría y aterradora.

No había remordimiento. Solo una sensación de completitud. Había defendido su luz, había limpiado la mancha. Había regresado a su estado original de existencia. Elías Kross, a los dieciocho años, había ascendido a la cima de su propia oscuridad.

Se dirigió a la panadería de Kristtyn, el olor a pan fresco ya se elevaba en el aire. Entró, con la ropa manchada de sangre que solo él notaba, su rostro una máscara de calma peligrosa.

-Buenos días -dijo Kristtyn, mirándolo con su habitual calidez.

-Buenos días, Kristtyn -respondió Elías, apoyándose en el mostrador.

Ella le sonrió. Él le devolvió una sonrisa pequeña, una que no llegaba a sus ojos vacíos.

Ella no lo sabe, pensó. Y nunca lo sabrá. La oscuridad de Oblivar tenía un nuevo señor.

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