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Ya había parado de correr, estaba cansado y asquerosamente sudado. Estaban empezando a caer algunas gotas de lluvia por las calles aún desiertas, y yo no tenía nada con que cubrirme, mucho menos sabía donde me encontraba. Los pantalones antes blancos, estaban sucios con barro y aguas grises. «Eso no se quitará fácilmente» pensé.
Empecé a mirar a mi alrededor para ver si reconocía en donde estaba, en donde me encontraba. Pero nada. No sabía dónde estaba ni tampoco recordaba cómo había llegado.
Me revise los bolsillos de mis pantalones y de la chaqueta que aun llevaba puesta, pero nada. No encontré mi teléfono móvil en ninguno de los dos lugares donde podría buscar. La camisa no tenía bolsillos así que no hubo necesidad de buscar ahí.
Seguro lo deje en casa o se lo he de haber pasado a Vanessa, no recuerdo dónde lo habré dejado. Pero justo cuando lo necesito, no lo tengo conmigo.
Paso mis manos por mi rostro con un toque de brusquedad soltando un gruñido, esto es verdaderamente frustrante.
-¡Carajo!-gritó tan, pero tan fuerte que mi garganta duele. Maldición...
Repentinamente recuerdo porque llegue aquí y mis ojos rápidamente se llenan de agua volviéndose así demasiado cristalinos y llenos de líquido transparente que empieza a escurrir por mis mejillas. No quiero llorar, pero realmente es inevitable no hacerlo.
La extrañaba un montón, nunca me olvidare de ella; mi persona favorita en el mundo; mi abuela, Sofía.
La amo y siempre la amare, aun si ella no este en este mundo.
Se que ella siempre me cuidara desde el cielo, ella siempre cuidara de mi y me estará viendo aun asi yo no lo quiera; mi viejita consentida desde su sagrado descanso en el cielo, me estará viendo.
Cada movimiento, palabra, sueño, sufrimiento y alegría, ella lo verá y sabrá. No me incomoda, pero me entristece que tenga que ser desde tan lejos y que ya no la pueda ver ni hablar con ella nunca más. Es triste. Y no me agrada en lo absoluto.
(...)
Vanessa.
Todos fuimos expectantes de como Marco salió corriendo del cementerio, pero nadie pudo alcanzarlo, no oía los gritos de los demás pronunciando su nombre, solo corrió y corrió sin siquiera mirar hacia atrás.
Debo admitir que lo entendía, yo hubiera hecho lo mismo, pero me contuve. No podía hacerlo, ni hoy ni ahora.
Claramente una parte de mi quiso salir corriendo detrás de Marco, pero mi lado racional, no me lo permitió.
De repente un ruido me sacó de mis pensamientos.
Escuche como la madre de Marco sollozaba y sorbía su nariz, mientras veía como su esposo se contenía para no llorar en frente de los demás.
Todos sollozaban o trataban de no hacerlo. Pero era imposible. Nadie podía evitar no llorar o sollozar, era totalmente imposible siendo que la difunta era una persona que todos queríamos y amábamos, nunca nadie no le podía agarrar cariño a esa ancianita hermosa, con un corazón espectacular y lleno de amor.
(...)
Ya había terminado el velorio, el funeral y el entierro, al haber llegado a la acogedora casa de los Douglas, Marco no estaba aquí, ni mucho menos en los alrededores del sitio.
Marque su número y resonó un celular dentro de mi cartera; era el celular de Marco.
A fines de cuentas, no lo llevó consigo y eso me abrumaba. Yo quiero saber el paradero de mi mejor amigo, quisiera que nos pudiéramos desahogar juntos en estos momentos. Pero sobre todo, jamás me perdonaría si algo le llegara a pasar, y mucho menos sin yo haber estado con el en ese momento, jamás. En verdad jamás me lo perdonaría.
El no está en un buen estado para que le pase algo, quizá el busca que lo lastimen para así aliviar su dolor. Pero yo no quiero que eso pase.
Debo encontrarlo a como dé lugar.