-¿Cuándo llegarán las chicas? -preguntó Pietro mientras llenaba su vaso con el whisky fino que Gianni había pedido para ellos. Después de terminarse tres botellas enteras, todos, menos Gianni, estaban ebrios.
-Pronto -aseguró Gianni-. Muy pronto -agregó mirando hacia la entrada.
Vio llegar a una chica que llevaba un vestido que le llegaba a la mitad del muslo y estaba lleno de tantas lentejuelas plateadas que podrían iluminar toda la ciudad.
-Me parece que llegó la primera -anunció mientras sacaba una tarjeta de su bolsillo.
La chica se acercó al mostrador y habló con la recepcionista, quien le señaló la mesa de Gianni. Gianni levantó la tarjeta en su mano.
-¿A quién le gusta esa? -preguntó mientras la muchacha de piel morena daba pasos sensuales en dirección a ellos.
Los chicos enloquecieron. Todos se peleaban por la morena.
-Es tuya, Pietro. -Miró la tarjeta en su mano-. Habitación doscientos veintidós -anunció, extendiendo la tarjeta hacia Pietro-. Sube, la enviaré contigo pronto.
Pietro cogió la tarjeta y caminó a zancadas hasta el elevador. Gianni tomó un trago y volvió a mirar hacia la entrada.
La chica que entró era diferente a las demás. Llevaba un vestido floreado que casi le llegaba a las rodillas, con tenis blancos y el cabello amarrado en una cola de caballo. Era sencilla, pero hermosa. Esa era la de Gianni: la virgen. La recepcionista envió a la chica hacia la mesa.
-¿Usted es Gianni? -preguntó ella.
Gianni asintió con la cabeza.
-Alfred me ha enviado.
-¿Eres la hija de Alfred? -preguntó Gianni, examinándola de pies a cabeza.
Era joven, bonita, y estaba casi seguro de que era virgen. Alfred no lo había decepcionado. Se puso de pie.
-Mucho gusto.
La chica le dio una sonrisa forzada. Un movimiento en la entrada llamó la atención de Gianni.
-¡Mierda! -murmuró al ver quién había llegado.
La noche no sería tan divertida después de todo.
-Toma, linda -dijo, sacando una tarjeta de su bolsillo-. Tengo unos asuntos que atender, pero puedes esperarme en mi oficina. -Le entregó la tarjeta-. Es subiendo por el elevador -agregó, señalando.
La chica no parecía contenta, pero cogió la tarjeta y caminó al elevador. Gianni caminó a zancadas hacia Ángelo.
-¡Ángelo, hermano! -lo saludó con un abrazo y unas palmaditas en la espalda-. ¿Qué haces aquí?
-¿No te alegra verme, Gianni? -preguntó Ángelo con el tono serio que lo caracterizaba.
Gianni soltó una risita nerviosa.
-¡Por supuesto que me alegra, hermano!
Ángelo y Gianni no eran hermanos, pero se habían criado como tal. Cuando la madre de Ángelo murió, la familia de Gianni lo acogió y lo convirtió en parte de la familia. Tanto así que Ángelo había heredado el negocio familiar en vez de Gianni.
-He venido por negocios -le explicó Ángelo-. Pasaré la noche.
-¿Qué? -se le escapó preguntar.
La mirada de Ángelo le heló la sangre.
-¡Qué bien! -corrigió.
Ángelo echó a andar hacia el elevador. Gianni tenía que buscar la forma de detenerlo.
-¡Oye! ¡Hermano! ¿Por qué no tomamos un trago antes?
-Gianni, hermano, lo siento. ¿Podríamos dejarlo para después?
Gianni asintió. A Ángelo no le gustaba que le llevaran la contraria, pero le gustaba menos que Gianni usara la suite especial para llevar mujeres.
-En ese caso, espero que te guste el regalo que te he dejado.
-¿Un regalo? -preguntó Ángelo, intrigado-. ¿De qué hablas?
Gianni percibió un tono de sospecha en la voz de Ángelo.
-No es nada, lo sabrás cuando lo veas, hermano. Yo iré a... -se le escaparon las ideas por un segundo-. Iré a pagar mi cuenta, creo que he bebido demasiado.
Cuando Ángelo asintió, Gianni volvió a su mesa. Su corazón iba a millón, el tamborileo resonaba en su cabeza y parecía que, en cualquier momento, estallaría. Ángelo iba a enojarse, y a nadie le gustaba ver a Ángelo enojado.
"¿Qué hago? ¿Qué hago?"
Pensó en subir y explicarle que todo era un malentendido, pero Ángelo iba a tomarlo como un insulto. Desde que su esposa Annia había sido asesinada, él no había estado con nadie más, ni siquiera con prostitutas, y ahora llegaría a la suite especial y encontraría a una chica esperando por él, cortesía de Gianni.
-¡Mierda! -murmuró, y se tomó el contenido de su vaso de un solo trago-. Me iré; mejor no estar cuando Ángelo explote.