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Me Abandona Por Su Ex
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Capítulo 2

Al día siguiente, mi mejor amiga, Valeria, vino a mi departamento. La llamé en cuanto desperté, mi voz era un hilo ronco. Encontró el anillo sobre la mesa y me miró con los ojos muy abiertos.

"¿Qué es esto, Sofía?"

Le conté todo. La cafetería, las palabras de Ricardo, Camila.

Valeria explotó.

"¡No manches! ¿¡Ese imbécil canceló la boda por su exnovia de la prepa!? ¡Es un pendejo! ¿Después de todo lo que has hecho por él?"

Su ira era un bálsamo para mi herida. Me hizo sentir que no estaba loca, que mi dolor era válido.

"Siempre ha sido así, Val," admití, la verdad saliendo de mi boca por primera vez. "Siempre ha sido Camila."

Mi mente retrocedió en el tiempo. Recordé el inicio de nuestra relación. Yo era una estudiante de diseño, él ya era un joven y prometedor abogado. Me enamoré de su ambición, de su inteligencia. Pero Camila siempre estuvo ahí, como un fantasma.

Él hablaba de ella con una nostalgia casi poética, "la chica que se le escapó", "un espíritu libre". Al principio, me pareció romántico. Luego, empezó a ser irritante.

Recordé una vez, en nuestro primer aniversario. Teníamos una reservación en un restaurante caro, yo había comprado un vestido nuevo. Una hora antes de salir, Ricardo recibió una llamada.

"Es Camila," me dijo, con el ceño fruncido. "Se le ponchó una llanta en medio de la nada. Tengo que ir a ayudarla."

"¿No puede llamar a una grúa?", pregunté, tratando de ocultar mi decepción.

"No lo entiendes, Sofía. Ella no confía en extraños. Me necesita a mí."

Se fue. Me quedé sola con mi vestido nuevo y una mesa para dos vacía. Ni siquiera se disculpó cuando regresó, horas después. Simplemente dijo: "Cami te manda saludos."

Ese patrón se repitió una y otra vez. Se perdía mis exposiciones en la universidad porque "Camila tenía una crisis". Cancelaba nuestras vacaciones porque "Camila se sentía sola". Yo aguantaba, me decía a mí misma que era una buena persona, que solo era un buen amigo. Me estaba engañando.

Ahora, el recuerdo más doloroso volvió a mi mente. Hace dos días, llegué a casa del trabajo, emocionada por mostrarle a Ricardo las muestras de las invitaciones de boda. El departamento estaba extrañamente silencioso.

Encontré una nota en la cocina.

"Tuve que ir a ver a Camila. Es urgente. Te llamo luego."

Ni una palabra más. Su maleta no estaba. Se había ido, sin siquiera decírmelo a la cara. Y ahora entendía que esa "urgencia" era el caso legal del que me habló. Había ido a salvarla, sin importarle lo que dejaba atrás.

Mi celular sonó, sacándome de mis recuerdos. Era él. Ricardo. Mi corazón dio un vuelco estúpido, una última chispa de esperanza. Contesté.

"Sofía, qué bueno que contestas," dijo, su voz apresurada e impersonal. "Necesito un favor. En mi estudio, en el cajón de la derecha, hay una carpeta roja con la etiqueta 'García'. ¿Puedes escanearme los documentos y mandármelos por correo? Son para el caso de Cami."

No preguntó cómo estaba. No mencionó la boda cancelada. Solo me estaba usando como su asistente personal. Para ayudar a la mujer por la que me había dejado.

La voz en mi cabeza regresó, más fría que nunca.

La rabia finalmente ahogó el dolor.

"No," dije, mi voz cortante.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. "¿Cómo que no?"

"No voy a ayudarte, Ricardo. Búscate otra asistente."

Y colgué.

Mi cuerpo temblaba de furia. Necesitaba hacer algo, moverme. Empecé a limpiar el departamento frenéticamente, tallando las superficies como si pudiera borrar su presencia de mi vida. Pero mi teléfono no dejaba de vibrar.

Era una avalancha de mensajes de Ricardo.

"Sofía, no estoy jugando. Necesito esos papeles."

"¿Por qué estás actuando así?"

"Es muy importante. La carrera de Camila depende de esto."

"¡Contesta el teléfono, carajo!"

"Sofía, por favor. Hazlo por mí."

Miré la pantalla, el nombre "Ricardo" brillando con sus exigencias egoístas. Ya no sentía nada. Ni amor, ni tristeza. Solo un vacío helado.

Abrí su contacto. Vi su foto, esa sonrisa que una vez amé. Sin dudarlo, presioné "Bloquear". Y luego, "Eliminar contacto".

La pantalla quedó en blanco. El silencio en el departamento se sintió, por primera vez, como paz.

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