Unos días después, un mensaje se coló desde una cuenta que no reconocí. Era Isabella, usando el perfil de una amiga. El mensaje era una sola imagen: su mano, descansando sobre la de Damián, con un enorme diamante amarillo canario en su dedo anular. Era más grande que el mío. Una declaración. Una mejora clara y triunfante.
Miré la foto y no sentí... nada. Una vasta y vacía calma. Era como mirar una foto de dos extraños. Tomé una captura de pantalla, la guardé clínicamente en una carpeta oculta de mi celular y bloqueé la cuenta.
El vacío se mantuvo. Todavía estaba allí una hora después cuando Doña Carmen, la vecina, trajo una lasaña, sus ojos llenos de una lástima que no podía soportar. Me conocía desde que era una niña.
-Ese hombre estuvo aquí -dijo, su voz teñida de un disgusto del viejo mundo-. Damián. Merodeando, preguntando dónde estabas. Le dije que se largara. -Hizo un gesto de escupir-. Y esa muchacha, Isabella. Zorra. A tu madre nunca le cayó bien.
Solo asentí, empujando un trozo de pasta en mi plato.
-Tu madre me dijo una vez -continuó Doña Carmen en voz baja-: "Mi Alessia merece más que un rey. Merece un hombre que vea que es una reina".
-Él era todo mi mundo -admití, las palabras sabiendo a ceniza.
-Nunca debió serlo -respondió ella, su mano cubriendo la mía-. El mundo es mucho más grande que un solo hombre, mija.
Esa noche, durmiendo en la cama de mi madre, soñé con Damián. Estábamos en unos columpios en un parque. Él me empujaba suavemente, su voz un murmullo bajo. *Siempre te cuidaré, Alessia. Eres mía.*
Desperté con lágrimas en las mejillas, la sensación fantasma de sus manos en mi espalda. El sueño no había sido un consuelo; había sido una jaula. Su promesa no era de protección. Era una reclamación.
A la mañana siguiente, mientras buscaba una llave de repuesto en el cajón de cachivaches de mi madre, mis dedos rozaron un papel doblado. Era una factura del veterinario.
Fechada seis meses antes. Para César, el Dóberman de Isabella.
El motivo de la visita: "agresión no provocada hacia un extraño". Las notas del veterinario eran claras: "Se recomienda bozal para paseos en público y consulta de comportamiento inmediata". Debajo, en negritas, decía: "Propietaria rechazó todas las recomendaciones".
Isabella lo sabía. Sabía que su perro era un arma, y mintió. Y Damián... o creyó su mentira o, peor aún, simplemente no le importó lo suficiente como para cuestionarla.
Mi nuevo celular de prepago sonó. Un número que no reconocí. Era Damián.
-He estado tratando de localizarte -dijo, su voz tensa por la frustración-. Necesitamos hablar sobre la herencia de tu madre. Y el anillo. Los contadores de mi familia necesitan arreglar las cosas.
-Mi madre no tenía bienes -dije, mi voz plana-. Y no tengo el anillo.
-¿Qué quieres decir con que no lo tienes? -exigió, su voz subiendo de tono.
-Quiero decir que deberías haber cuidado mejor tus cosas -repliqué.
Colgué, dejando la factura del veterinario sobre la mesa de la cocina. La pieza final del rompecabezas, encajando en su lugar. Confirmaba todo lo que ahora sabía que era verdad: sus únicas preocupaciones eran el dinero y el control.
Mi resolución de irme, que se había estado cristalizando en una decisión firme, ahora se endureció como el acero.