Y yo, sentada en primera fila con el vestido champán de treinta mil pesos que ella misma había elegido, entendí algo con claridad brutal:
Nunca había sido su novia.
Había sido su chivo expiatorio.
El sacrificio necesario para salvar el apellido Larraín.
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Tres semanas antes
Diego Larraín me robó el crédito de mi trabajo por decimoquinta vez un martes a las 3:47 PM.
Lo sé porque miré el reloj exacto en que llegó su mensaje, interrumpiendo las dieciocho horas que llevaba analizando el Proyecto Helios.
Diego: Amor, necesito tu análisis para la presentación de mañana. Tú sabes que yo no entiendo estos números tan bien como tú 😅
Quince millones de dólares de riesgo que yo había detectado. Que yo había documentado en diecinueve páginas de análisis técnico. Que yo había resuelto con una elegancia matemática que me había costado dos noches sin dormir.
Y que mañana, frente a los inversionistas de Valverde Capital, él presentaría como si los números se hubieran ordenado solos por arte de magia.
El zumbido de los servidores llenaba mi cubículo. Me ajusté los auriculares, tratando de recuperar la concentración. Tres monitores brillaban con matrices de correlación, flujos de caja proyectados, modelos de riesgo que bailaban en perfecta sincronía.
Lo tenía todo. El patrón que nadie más había visto. El error que podría costar millones... o salvarlos.
Mi corazón latía con ese ritmo satisfecho que solo viene de resolver lo imposible. Este era mi lenguaje. El único lugar donde no era Abril Rojas, la novia decorativa de Diego Larraín, sino simplemente una mente afilada haciendo lo que mejor sabía hacer.
-Abril.
La voz de Ricardo, mi jefe, cortó mi concentración. Me quité los auriculares. Él estaba de pie junto a mi cubículo con esa sonrisa que nunca llegaba a sus ojos.
-Diego me pidió los resultados preliminares para la reunión con Valverde Capital -dijo, como si estuviera pidiéndome sal-. ¿Tienes algo presentable?
Presentable.
Como si dieciocho horas de mi vida fueran un borrador sucio que necesitaba el toque mágico de alguien más.
Respiré hondo. Conté hasta tres. Me hice pequeña.
-Sí -dije con voz neutral, profesional, inofensiva-. De hecho, encontré algo importante. Una inconsistencia en el flujo de caja proyectado del trimestre tres. Si no la corrigen, el margen de error escala a quince por ciento. Quince millones de dólares de exposición.
Sus cejas se elevaron levemente. No por admiración. Era sorpresa mezclada con fastidio. Fastidio por tener que lidiar con detalles técnicos cuando lo que él quería era un PowerPoint bonito con tres bullet points.
-Envía tus notas a Diego -ordenó, ya distraído, mirando su teléfono-. Él las estructurará para la presentación.
Ahí estaba.
Él las estructurará.
Diego tomaría mi trabajo, le pondría su plantilla corporativa con el logo de Grupo Larraín, añadiría tres diapositivas con gráficos llamativos, y se pararía frente a León Valverde -el tiburón de hierro, el hombre más temido en finanzas- como si el descubrimiento fuera suyo.
Como siempre.
Una ola de calor me subió por el cuello. La humillación, familiar y amarga, se instaló en mi estómago como un peso muerto que llevaba años cargando.
-Claro -murmuré-. Se las envío ahora.
Ricardo ya se había alejado. Yo no existía más allá de mi utilidad inmediata.
Mis dedos temblaban mientras redactaba el email. Cada palabra profesional, cada oración técnicamente perfecta. Tratando de sonar útil sin sonar amenazante. Competente sin parecer que reclamaba crédito. Brillante pero no demasiado brillante.
Para: Diego Larraín
Asunto: Análisis Proyecto Helios - URGENTE
Adjunté el archivo. Diecinueve páginas que representaban mi mejor trabajo del año.
Hice clic en "Enviar."
Cada clic era un pequeño acto de automutilación. Como entregarle a alguien más el cuchillo con el que te van a cortar.
"Hazte pequeña," susurró la voz de mi madre en mi cabeza. "Es más seguro no destacar. Es mejor que no te vean."
Mi teléfono vibró. Sara, mi mejor amiga, mi ancla a la cordura.
Sara: ¿Sigues respirando el aire viciado de los tiburones financieros? Sal de ahí. Te espero en "El Callejón" a las 7. Necesitamos alcohol y crítica social mordaz.
Una sonrisa tensa apareció en mis labios. Sara era el antídoto contra todo esto. Contra la elegante opresión de los Larraín, contra mi propia cobardía, contra este mundo de trajes caros y mentiras pulidas.
Yo: Con suerte, para las 7 ya habré terminado de ser la mano invisible que escribe el éxito de otro. Guarda un trago para mí.
Sara: Siempre. Y recuerda lo que te dije la última vez: si no estás recibiendo el crédito, es robo. Punto.
Guardé el teléfono.
Sara tenía razón, como siempre. Pero ¿qué podía hacer? Pelear significaba arriesgar lo poco que tenía. Significaba desafiar a Diego y, por extensión, a su familia.
Los Larraín. Una de las dinastías empresariales más poderosas del país. Gente que movía ministerios con una llamada. Que compraban jueces como quien compra café.
Y después de años de escuchar a mi madre, la sola idea de hacer "ruido" me provocaba ansiedad física.
No llames la atención. No uses ese apellido. No hagas preguntas.
El mantra que había gobernado mi vida entera.
Mi bandeja de entrada brilló con la respuesta de Diego.
Diego: ¡Genial, mi amor! Esto es justo lo que necesitaba. Eres una salvadora. Te amo ❤️
PS: Nos vemos esta noche en casa de mis padres, ¿cierto? No llegues tarde, mamá detesta que la cena se enfríe.
Mamá.
Isabel Larraín. La mujer que podía desarmarte con una sonrisa y un comentario sobre "la importancia de los buenos modales" en la misma frase. Que te hacía sentir agradecida por ser tolerada en su mesa de mármol italiano.
Un nudo se formó en mi garganta.
Esta noche sería otra cena donde me sentaría derecha, sonreiría con moderación, y masticaría cada bocado sintiendo el peso de sus miradas evaluadoras. Donde Diego me apretaría la mano bajo la mesa en un gesto que antes sentía como apoyo y ahora sentía como advertencia silenciosa.
Compórtate. No me avergüences.
Miré la hora. 3:52 PM. Cuatro horas hasta Sara. Seis horas hasta los Larraín.
Y entre medio, silencio. El silencio en el que mejor me movía. El silencio que me habían enseñado a habitar como si fuera mi idioma nativo.
Pero entonces, como siempre que intentaba concentrarme en ser pequeña e invisible, mis dedos se movieron por voluntad propia.
Abrí una nueva pestaña. Escribí las palabras prohibidas, la llave que mi madre había escondido durante años.
Villalba Construcciones.
El nombre de la empresa de mi padre. La empresa que quebró después de su "accidente." La razón por la que solo usábamos "Rojas," nunca "Villalba."
La pantalla se llenó de resultados antiguos. Titulares amarillentos por el tiempo digital.
"Fallece Jorge Villalba en trágico accidente automovilístico."
"Quiebra Villalba Construcciones tras la muerte de su fundador."
"Acreedores demandan a viuda de empresario."
Nada nuevo. La misma historia que mi madre había resumido en: "Tu padre murió. La empresa quebró. No preguntes más."
Pero entonces, casi escondido al final de la primera página, vi un titular diferente.
"Villalba Construcciones: ¿Accidente o consecuencia?"
Mi corazón se detuvo.
Hice clic.
Error 404. Página no encontrada.
El enlace estaba roto. O borrado.
Como todo lo relacionado con mi padre. Como el apellido que debería llevar pero que me habían enseñado a esconder. Como las preguntas que nunca debía hacer.
Me quedé mirando la pantalla, una sensación fría extendiéndose en mi pecho.
No era solo la rabia por el robo diario de mi trabajo. No era solo el miedo a la cena de esta noche con los Larraín evaluándome como ganado en subasta.
Era algo más profundo. Más oscuro.
Era la certeza de que toda mi vida estaba construida sobre mentiras convenientes. Mentiras que me mantenían pequeña, callada, agradecida por las migajas.
Cerré la pestaña.
Pero la pregunta quedó flotando, susurrando con insistencia:
¿Qué había detrás de ese enlace borrado?
¿Y por qué alguien se había tomado el trabajo de asegurarse de que nadie pudiera leerlo nunca más?
Mi teléfono vibró de nuevo.
Diego: Por cierto, el análisis está perfecto. Valverde va a quedar impresionado. Eres un genio, mi amor 😘
Miré el mensaje.
"Valverde va a quedar impresionado."
No "Abril es un genio."
No "deberíamos presentar esto juntos."
Solo: el análisis es perfecto. Como si los números se hubieran escrito solos.
Guardé el teléfono sin responder.
Y por primera vez en mucho tiempo, en lugar de tragarme la rabia, la dejé quedarse. La dejé solidificarse en mi estómago. La dejé convertirse en algo más peligroso que furia.
En determinación fría.
Porque tal vez estaba cansada de pedir permiso para existir.
Tal vez estaba cansada de hacerme pequeña para caber en el mundo de otras personas.
Y tal vez -solo tal vez- si iba a ser destruida eventualmente, prefería caer haciendo ruido.
Aunque eso significara que el mundo de Diego Larraín tendría que achicarse un poco para darme espacio a mí.
Lo que no sabía entonces era que en tres semanas, ese mundo no tendría que achicarse.
Iba a explotar.
Y yo estaría parada en el centro del desastre, con las cámaras enfocándome, con quinientas personas mirándome como basura.
Pero también con algo que nunca antes había tenido:
Nada que perder.
Y eso, descubriría, me hacía absolutamente peligrosa.