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La Luna equivocada
img img La Luna equivocada img Capítulo 4 El ataque de los renegados
4 Capítulo
Capítulo 7 Frustración img
Capítulo 8 Indefensa y vulnerable img
Capítulo 9 Atrapado en el medio img
Capítulo 10 Escapar img
Capítulo 11 Un susurro img
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Capítulo 4 El ataque de los renegados

POV Kate:

Sarah, la encargada de relevarme en la cafetería, me escribió a la una de la tarde diciendo que su hijo estaba enfermo y no podía venir a su turno. Lo cual significaba que yo tenía que cubrirlo, lo cual significaba que no saldría de Luna's Brew hasta las nueve, lo cual significaba que conduciría a casa en la oscuridad por una carretera que ya me ponía nerviosa durante el día con un maldito auto que había vuelto a arrancar esa mañana de puro milagro.

Genial.

Le escribí «ok» en el mensaje de texto aunque quería escribir «¿en serio? ¿otra vez?» porque esa era la tercera vez ese mes que Sarah cancelaba último minuto. Pero necesitaba ese trabajo y quejarme no ayudaría.

Los últimos clientes se fueron a las ocho y media. Limpié las mesas, lavé las tazas, guardé los pasteles sobrantes en el refrigerador para el día siguiente aunque probablemente estarían duros, y conté el dinero de la caja.

A las nueve y diez finalmente cerré con llave y caminé hacia mi auto en el pequeño estacionamiento trasero. Estaba lloviendo. Por supuesto que estaba lloviendo. Porque el universo había decidido que ese era un día de mierda.

No tenía paraguas. Corrí hacia el auto, me subí y cerré la puerta. Estaba empapada y el asiento se iba a mojar pero no me importaba. Solo quería llegar a casa.

Metí la llave en el encendido. La giré.

Nada.

Lo intenté otra vez.

Nada. Ni siquiera el clic del arranque. Silencio completo.

-No -dije en voz alta, aunque obviamente no servía de nada-. No, no, no. Vamos.

Intenté tres veces más. Cuatro. Cinco.

Muerto. El auto estaba completamente muerto.

-Mierda.

Solté un suspiro de frustración y saqué mi teléfono. Sin señal. Porque por supuesto que no había señal ahí. La cafetería estaba en una zona medio muerta de la ciudad, entre el territorio Silvercrest y el pueblo humano, donde la cobertura era irregular, y si llovía era inexistente.

Opciones. ¿Cuáles eran mis opciones?

Podía caminar de regreso a la cafetería y usar el teléfono de línea para llamar a Meredith. Pero ella estaba en turno nocturno en el hospital y no podría venir hasta la mañana. Podía llamar a Maya pero ella vivía al otro lado del pueblo y también era tarde.

O podía caminar hacia la gasolinera que estaba como a tres kilómetros por la carretera. Tenían un teléfono público. Podía llamar a una grúa desde ahí.

Tres kilómetros no era tanto. Había caminado más antes.

Claro, no bajo la lluvia. No en la oscuridad. No por una carretera que bordeaba el territorio de la manada donde cosas con dientes y garras vivían en el bosque.

Pero ¿qué más iba a hacer? ¿Quedarme ahí toda la noche?

Salí del auto. La lluvia caía más fuerte ahora y me empapó en segundos. Cerré el auto con llave por pura costumbre aunque no es que alguien fuera a robarse esa chatarra, y comencé a caminar por la carretera.

El sonido de la lluvia era fuerte, golpeaba el pavimento, las hojas y mi cabeza. Mis tenis hacían un ruido de chapoteo con cada paso. Ya tenía frío. Genial. Probablemente me daría pulmonía y perdería días de trabajo.

Llevaba caminando quizás diez minutos cuando escuché algo que no era lluvia.

Pasos.

No. No pasos. Patas. En el bosque a mi derecha, moviéndose entre los árboles.

Me detuve y agucé el oído.

Nada. Solo lluvia.

Seguí caminando, más rápido ahora. Mi corazón latía fuerte. Probablemente era un venado. O un coyote. O nada. Solo mi imaginación porque ese lugar me ponía nerviosa.

Pero escuché el sonido otra vez. Más cerca. Y esta vez no era un solo animal. Eran varios.

Mierda. Mierda, mierda, mierda.

Comencé a correr. Pero no llegué muy lejos: tres figuras salieron del bosque delante de mí, cortándome el paso. Hombres. No, lobos en forma humana. Podía olerlos incluso bajo la lluvia, ese olor a salvaje y sudor y algo podrido.

No los reconocí. No eran de Silvercrest. Eran renegados, lobos salvajes que se reusaban a pertenecer a alguna manada y a vivir en civilización.

Uno de ellos sonrió, vi sus dientes blancos en la oscuridad.

-¿Qué tenemos aquí? -me dijo-. ¿Una loba solita en la carretera?

Intenté correr en la dirección opuesta pero ya estaban detrás de mí también. Tres delante, no sé cuántos detrás. Estaba rodeada.

Mi lobo debía haber estado ahí, dándome fuerza, velocidad, algo. Pero no estaba. Yo era tan débil como un humano y ellos lo sabían.

El que había hablado se acercó. Era alto, con barba descuidada y ojos que no parecían completamente cuerdos.

-Hueles rara -me dijo, inclinándose hacia mí-. Como lobo pero... no. ¿Qué eres?

No podía responder, como es lógico. Pero aunque pudiera, ¿qué les diría? «¿Soy una loba rota, por favor, déjenme en paz?».

-No habla -dijo uno de los otros, riéndose-. Y está sola.

-Mejor para nosotros -dijo el de la barba.

Me agarró del brazo con mucha fuerza.

Y yo hice lo único que podía hacer: luché. Le di un rodillazo donde sabía que dolería. Él gruñó y me soltó por un segundo, y yo lo aproveché para correr.

Pero no avancé ni tres metros antes de que alguien me agarrara del cabello y me halara hacia atrás. Caí al pavimento, el golpe me sacó el aire de los pulmones. Alguien pateó mi costado y el dolor explotó en mis costillas.

Me obligué a levantarme. Arañé la cara del más cercano, dejé marcas sangrando en su mejilla. Él me golpeó. Mi cabeza giró. Sentí el sabor a sangre en mi boca.

-Perra -siseó.

Me agarraron de los brazos, uno de cada lado, y me arrastraron hacia el bosque. Pateé, me retorcí, pero eran demasiado fuertes. Siempre habían sido demasiado fuertes.

Como aquella noche. Cuando tenía catorce y los renegados entraron a mi casa y...

«No. No pienses en eso. No ahora», me dije.

Pero las imágenes venían de todas formas. Sangre en las paredes. Los gritos de mi madre cortándose en el silencio. Mi padre tratando de protegernos y fallando. El olor a muerte.

Mi respiración se aceleró. Pánico. Estaba entrando en pánico y eso no ayudaba, tenía que mantener la calma, tenía que...

Uno de ellos me tiró al suelo del bosque. Las raíces y las ramas se clavaron en mi espalda. La lluvia seguía cayendo pero los árboles la bloqueaban un poco.

-¿Qué hacemos con ella? -preguntó uno.

-Enviar un mensaje a Silvercrest -dijo el de la barba-. Que sepan que su territorio no está tan seguro como creen.

-Ella no parece ser de Silvercrest. Hay algo raro con ella.

-No importa. Huele como si hubiera estado cerca de su territorio. Es suficiente.

Se inclinó hacia mí. Su aliento olía a carne podrida.

-¿Tienes algo que decir? -me preguntó en un tono burlón-. ¿Alguna última palabra?

No podía hablar. Nunca podía hablar. Pero aunque pudiera, ¿qué le diría?

Solo escupí sangre en su cara.

Él se limpió lento. Luego sonrió.

-Tienes agallas. Qué lástima... -siseó mientras levantaba su puño hacia mí.

Primero el mundo explotó en dolor. Después no sentí más nada.

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