Género Ranking
Instalar APP HOT
La Última Venganza de la Esposa Indeseada
img img La Última Venganza de la Esposa Indeseada img Capítulo 8 No.8
8 Capítulo
Capítulo 12 No.12 img
Capítulo 13 No.13 img
Capítulo 14 No.14 img
Capítulo 15 No.15 img
Capítulo 16 No.16 img
Capítulo 17 No.17 img
Capítulo 18 No.18 img
Capítulo 19 No.19 img
Capítulo 20 No.20 img
Capítulo 21 No.21 img
Capítulo 22 No.22 img
Capítulo 23 No.23 img
img
  /  1
img

Capítulo 8 No.8

Encontré la mirada furiosa de Eduardo, mis propios ojos inquebrantables. Su amenaza de destruir lo poco que quedaba de Corporativo Moreno ya no me provocaba un escalofrío. El miedo había sido reemplazado por una resolución fría y dura. Él también vio el cambio en mí. Sus ojos, usualmente tan confiados, contenían un destello de sorpresa, quizás incluso un atisbo de inquietud.

-¿Qué quieres, Valeria? -preguntó finalmente, su voz baja, con una peligrosa corriente subterránea. La furia cruda todavía estaba allí, pero ahora estaba teñida de una curiosidad a regañadientes.

-Justicia -respondí, mi voz firme-. Sofía Cantú enfrentará todo el peso de la ley por sus crímenes. Por intentar asesinar a mi hermano. Por espionaje corporativo. Por mentir, manipular y destruir vidas.

Sofía, que había estado aferrada al brazo de Eduardo, soltó un sollozo ahogado.

-¡Eduardo, no la dejes! ¡Solo está tratando de deshacerse de mí!

Él la ignoró, sus ojos aún fijos en mí.

-Puedo castigarla yo mismo, Valeria. Puedo cortarla de mi vida. Exiliarla. Asegurarme de que nunca más trabaje en esta ciudad. Incluso puedo arreglar una indemnización discreta y cómoda. Sin cárcel. -Dio un paso más cerca, su voz bajando a un murmullo persuasivo-. Y para ti... lo arreglaré. Lo que quieras. Un acuerdo generoso. Una disculpa pública de mi parte. Incluso podemos... empezar de nuevo. Tener una cita. Intentar que este matrimonio... sea real.

Casi me río. Sus palabras eran una parodia cruel de los sueños que una vez albergué. ¿Empezar de nuevo? ¿Una cita? La idea era tan repulsiva que me revolvió el estómago. Me estaba ofreciendo migajas, años demasiado tarde, después de haber quemado mi mundo hasta los cimientos.

-¿Me estás ofreciendo una cita? -pregunté, una sonrisa amarga jugando en mis labios-. ¿Después de que me humillaste públicamente, lisiaras a mi hermano y celebraras con tu amante? ¿Crees que una 'cita' puede arreglar eso, Eduardo? -La pura arrogancia, la total falta de conciencia, era impresionante.

Su rostro se oscureció.

-Entonces, ¿qué quieres? Pon tu precio, Valeria. Pero que sepas esto: Sofía nunca verá el interior de una celda. No si yo tengo algo que decir al respecto.

-Lo hará -afirmé, mi voz firme-. Porque se lo merece. La justicia no es negociable. Y tu protección hacia ella solo prueba su culpabilidad.

-¡Está asustada, Valeria! ¡Cometió errores! ¡Pero es solo una chica! -Su voz se elevó, teñida de desesperación.

-Una chica que intentó asesinar a mi hermano -repliqué, mis ojos ardiendo-. Y una chica que traicionó tu confianza, robó los secretos de tu empresa y te alimentó con una dieta de mentiras hasta que quedaste ciego.

Retrocedió ligeramente, la verdad de mis palabras golpeándolo, incluso si se negaba a reconocerlo. Apretó la mandíbula.

-Bien. Entonces me aseguraré de que Corporativo Moreno no vea otro día. Usaré cada laguna legal, cada conexión poderosa. Compraré a tus proveedores, cortaré tu distribución. Te enterraré. -Me miró, un brillo cruel en sus ojos-. Y entonces, Benjamín Peña enfrentará cargos federales por espionaje corporativo. Con tu empresa en ruinas, no tendrás los recursos para luchar contra mí. Lo perderás todo.

Mi corazón latía con fuerza. Benjamín, todavía recuperándose, todavía frágil. Corporativo Moreno, finalmente en camino a la recuperación gracias a Don Ramiro. Arruinaría todo, solo para protegerla a ella.

Benjamín, que había insistido en estar presente a pesar de su pierna, golpeó su bastón en el suelo.

-¡No te atreverías, Eduardo! ¡Estarías destruyendo los esfuerzos de tu abuelo! ¡Él garantizó la supervivencia de la empresa de Valeria!

Eduardo simplemente se burló.

-El sentimentalismo de mi abuelo es su debilidad. Yo soy pragmático. Mi lealtad es para quienes la merecen. Y Sofía merece mi protección. -Me miró, su mirada fría y resuelta-. Así que, Valeria. ¿Qué va a ser? ¿Justicia para Sofía y la aniquilación completa de tu familia? ¿O un compromiso?

Me estaba amenazando de nuevo. Usando a mi familia como rehén para proteger a la mujer que intentó matar a su propio hijo nonato (aunque él aún no lo sabía) y a mi hermano.

Mis ojos no ardían con lágrimas. Se entrecerraron con cálculo.

Si enviaba a Sofía a la cárcel, Eduardo iría a la guerra. Reduciría el legado de mi padre a cenizas. Pero si dejaba ir a Sofía... podría despojarlo de algo más.

-Bien -dije, mi voz firme-. Haré un trato contigo. Sofía queda libre.

Una sonrisa triunfante asomó a los labios de Eduardo. Pensó que había ganado.

-Pero con una condición -interrumpí, mi voz afilada como una navaja-. Me cederás todas tus acciones personales en Corporativo Moreno. Inyectarás cinco millones de dólares de capital para asegurar nuestra estabilidad. Y firmarás una orden de alejamiento irrevocable que te impida a ti o a tu empresa volver a tocarnos.

Eduardo me miró, sorprendido. -¿Quieres mis acciones? ¿Y cinco millones?

-Considéralo una indemnización por despido -dije fríamente-. O un impuesto a la estupidez. Estás pagando por el privilegio de mantener a tu criminal de compañía fuera de la cárcel. Tómalo o déjalo.

Apretó la mandíbula, mirando el rostro lloroso de Sofía, y luego a mí. -De acuerdo.

No me sentí derrotada. Me sentí pragmática. Acababa de asegurar el futuro de mi familia y el control total de nuestra empresa. Sofía estaba libre, sí, pero ahora era el problema de Eduardo. Y francamente, eso era un castigo peor que la cárcel.

...

Los papeles se firmaron. Salí de la comisaría, con la declaración jurada presentada.

-¡Valeria! -gritó Eduardo.

Me giré. Parecía demacrado. -Yo... quería decir... gracias. Por retirar los cargos.

-No lo hice por ti -dije, revisando mi teléfono-. Lo hice por los cinco millones de dólares. La transacción está completa, Eduardo. Adiós.

Al bajar a la acera, los vi. Eduardo se subió a su auto donde Sofía esperaba. Ella se inclinó y lo besó, con una mirada de suficiencia en su rostro.

No sentí una punzada de celos. No sentí un dolor hueco. Sentí una ola de náuseas, como ver a alguien comer comida que se ha caído en un suelo sucio.

-Buena suerte -susurré al aire vacío-, la vas a necesitar.

Les di la espalda y llamé a un taxi. -Al aeropuerto -le dije al conductor-. Y pise a fondo.

Anterior
            
Siguiente
            
Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022