Género Ranking
Instalar APP HOT
Cuando vuelva a casa
img img Cuando vuelva a casa img Capítulo 1 1
1 Capítulo
Capítulo 8 8 img
Capítulo 9 9 img
Capítulo 10 10 img
Capítulo 11 11 img
Capítulo 12 12 img
Capítulo 13 13 img
Capítulo 14 14 img
Capítulo 15 15 img
Capítulo 16 16 img
Capítulo 17 17 img
Capítulo 18 18 img
Capítulo 19 19 img
Capítulo 20 20 img
Capítulo 21 21 img
Capítulo 22 22 img
Capítulo 23 23 img
Capítulo 24 24 img
Capítulo 25 25 img
Capítulo 26 26 img
Capítulo 27 27 img
Capítulo 28 28 img
Capítulo 29 29 img
Capítulo 30 30 img
Capítulo 31 31 img
img
  /  1
img
img

Cuando vuelva a casa

Autor: Cubethings
img img

Capítulo 1 1

El sol en Afganistán no perdona.

Ethan Mitchell lo sabía desde el primer día que pisó aquel desierto. El aire caliente le raspaba la garganta, la arena se colaba por cada rendija de su uniforme y las botas parecían hechas de plomo después de tantas horas de patrulla.

Tenía apenas 22 años, pero en la mirada ya no quedaba mucho del chico que se había despedido de Texas unos meses atrás. En el espejo de la tienda militar veía a alguien distinto: mandíbula apretada, sombras bajo los ojos, cicatrices que no siempre eran físicas.

El convoy avanzaba lento por las calles polvorientas de un pueblo cercano a Kandahar.

Ethan iba en la torreta del Humvee, con las manos firmes en la ametralladora, los ojos escaneando ventanas, tejados, cualquier sombra que pudiera ocultar un peligro. El ruido del motor era un murmullo constante que no lograba acallar los pensamientos que le zumbaban en la cabeza.

"Mantente alerta, Mitchell", resonaba la voz del sargento en su memoria.

Pero él ya lo estaba. Siempre lo estaba.

La guerra le había enseñado a no confiar en el silencio.

Porque justo antes de las emboscadas, justo antes de las explosiones... todo quedaba en un silencio extraño.

Y aun así, había algo en él que se resistía a volverse completamente piedra. Por las noches, cuando el desierto se enfriaba y el campamento quedaba en penumbras, Ethan escribía en una libreta vieja que llevaba consigo. No cartas, no diarios, solo frases sueltas. Palabras que le recordaban que seguía siendo humano.

"Quiero volver a sentir la lluvia."

"Quiero recordar cómo suena la risa."

"Quiero volver a casa."

Era su forma de no perderse en la arena.

El día comenzaba antes de que el sol saliera.

En el campamento, las sirenas sonaban a las 04:30. Ethan se levantaba con los demás, cuerpo rígido, apenas unas horas de sueño ligero, interrumpido por los zumbidos de helicópteros o los ecos lejanos de disparos. El olor a polvo impregnaba las mantas, el sudor se mezclaba con el metal de las armas que dormían junto a ellos como compañeras inseparables.

El desayuno no era más que huevos fríos y café aguado servido en bandejas de acero. Nadie se quejaba. La mayoría comía en silencio, otros intercambiaban bromas forzadas que sonaban más como una manera de ahuyentar el miedo que como verdadero humor. Ethan prefería callar, masticar despacio, observar.

Después venían las patrullas.

El Humvee era un horno rodante, y el chaleco antibalas añadía kilos de plomo al cuerpo. Cada esquina, cada sombra en la ventana de una casa podía esconder un fusil enemigo o un explosivo improvisado. El enemigo no llevaba uniforme: podía ser un hombre con turbante, un niño corriendo, una mujer que miraba demasiado fijo.

Ethan aprendió rápido a leer gestos, movimientos, miradas.

Aprendió que un pueblo en silencio era más aterrador que un pueblo lleno de voces.

Aprendió que la confianza era un lujo que no podía permitirse.

En más de una ocasión vio cómo el suelo explotaba bajo las ruedas del vehículo de adelante, convirtiendo el metal en llamas y a los gritos en silencio eterno. Aprendió que la muerte olía a pólvora y sangre, que tenía el mismo sonido que el pitido agudo en los oídos después de una explosión.

Las noches tampoco ofrecían descanso.

En las torres de vigilancia, Ethan permanecía horas mirando un horizonte negro, el fusil apoyado contra el pecho. El viento del desierto era helado, cortante, y el silencio absoluto se rompía solo cuando un disparo lejano atravesaba la oscuridad.

En esos momentos, Ethan se obligaba a recordar que no siempre había sido un soldado. Que antes fue un muchacho que corría en campos verdes de Texas, que soñaba con carreras de autos, con una vida sencilla. Pero esos recuerdos eran como fotografías arrugadas, casi borradas por el sol del desierto.

Y sin embargo, en el fondo, aún resistía algo humano.

Cada vez que podía, en la libreta escondida bajo su litera, escribía:

"Quiero volver a casa."

"Quiero recordar cómo se siente abrazar a alguien."

"Quiero sobrevivir."

El reloj marcaba las 23:47.

Ethan estaba en la torre de vigilancia, los ojos clavados en la nada, con el fusil apoyado en el pecho. El viento frío del desierto le arañaba la piel y levantaba remolinos de arena que parecían fantasmas cruzando la oscuridad.

A su lado, un compañero mascaba chicle con la mandíbula apretada, como si ese gesto automático pudiera mantenerlo despierto. Nadie hablaba demasiado durante esas guardias. Las palabras eran peligrosas: distraían, hacían bajar la guardia, te recordaban que eras humano en un lugar donde ser humano era lo más frágil.

Allá afuera, más allá de las vallas, el silencio era pesado.

Ese silencio que Ethan había aprendido a odiar, porque nunca era inocente. El silencio podía esconder un enemigo que observaba, un explosivo enterrado bajo la tierra, o una bala esperando en la oscuridad.

Miró sus manos. Estaban curtidas, con los nudillos marcados, pero lo que más le impresionaba era la manera en que temblaban cuando intentaba relajarlas. No de miedo -o al menos eso se repetía-, sino del cansancio constante, de la tensión que jamás abandonaba el cuerpo.

Cerró los ojos un instante y pensó en casa.

En el olor a pan recién hecho de su madre, en el rugido del taller donde trabajaba su padre, en los atardeceres cálidos de Texas que parecían infinitos.

Y entonces el recuerdo se quebró, tragado por la realidad: un horizonte oscuro, un fusil cargado, un uniforme manchado de polvo.

Ethan abrió su libreta y, con la linterna apenas encendida, escribió una sola frase:

"El silencio aquí no significa paz. Solo significa que algo está por venir."

Cerró el cuaderno, ajustó el fusil y volvió a mirar el desierto.

La noche siguió avanzando, lenta e implacable.

            
Siguiente
            
Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022