POV de Elena Villarreal
Me dijo que Un cargamento de mercancías fue incautado.
Era una mentira que podría haber funcionado con cualquiera. Pero yo era una Villarreal.
No lo confronté. No grité. Simplemente rastreé el GPS del Mustang clásico que él, arrogantemente, creía que era irrastreable.
Estaba a cinco kilómetros de distancia, en el Hospital Zambrano Hellion.
Mi chofer -un hombre leal a mi padre, no a mi prometido- me miró por el retrovisor mientras nos deteníamos en la entrada de urgencias.
-Espera aquí -dije.
Atravesé las puertas corredizas de cristal. El olor a antiséptico y café quemado me golpeó al instante. Era el aroma del desastre.
No tuve que preguntar en recepción dónde estaba. Oí su voz.
Le estaba gritando a una enfermera al final del pasillo.
-¿Sabe quién soy? ¡Traiga a un doctor aquí ahora mismo!
Me acerqué, pegándome a la pared, manteniéndome en las sombras. Me asomé por la esquina.
Dante estaba allí. Su camisa blanca estaba rasgada en el hombro. Tenía sangre en los nudillos, pero supe al instante que no era suya.
Y allí, sentada en la camilla de exploración, estaba Mía.
Lloraba, sosteniendo una bolsa de hielo en la frente. Se le estaba formando un pequeño moretón.
Las noticias en mi teléfono ya habían comenzado a sonar. *Subjefe de los Garza en Pelea Callejera.* El titular afirmaba que se había peleado con tres hombres que habían acosado a una mujer fuera de un club.
Se arriesgó a una investigación policial. Se arriesgó a la tregua. Se arriesgó a su posición en la familia.
Y lo hizo todo por ella.
Lo vi ahuecarle el rostro. Sus manos -las mismas manos que se suponía que pondrían un anillo en mi dedo en cuarenta y ocho horas- temblaban de rabia y ternura.
-Lo siento, nena -susurró-. Debería haberlos matado.
-Eres tan valiente -sollozó Mía.
Se apoyó en él.
Entonces lo vi.
Levantó la mano para secarse una lágrima, y la dura luz fluorescente captó el brillo de una piedra verde en su muñeca.
Era un brazalete de jade. Pesado, con oro e incrustaciones de diamantes.
Se me cortó la respiración. Mi estómago se revolvió en un giro lento y nauseabundo.
Ese brazalete pertenecía a la abuela de Dante. Era el legado de la matriarca de los Garza. Era tradición. Se suponía que se le daría a la novia el día de la boda.
Se lo había dado a la teibolera.
No solo le había dado joyas. Le había dado mi herencia. Le había dado mi lugar en su familia.
Sentí una oleada de náuseas tan fuerte que tuve que apoyarme en la pared. No era desamor. Era asco. Repulsión pura y sin adulterar.
Lo miré por última vez. Se veía patético. Un hombre jugando a ser rey, pero gobernado por su propia debilidad.
Me di la vuelta. Regresé al coche.
-Conduce -le dije al chofer.
-¿A dónde, señorita Elena?
-Lejos de esta basura -dije fríamente.
No lloré. No grité. Solo sentí un entumecimiento frío y duro extendiéndose por mi pecho, calcificando mi corazón en una piedra que nunca volvería a latir por Dante Garza.