Por un segundo, solo un instante, quise creerlo. Las luces explotaron en el cielo -rojas, doradas, moradas- reflejándose en el agua oscura de abajo. Fue hermoso. Era el tipo de gesto grandioso con el que una chica sueña.
Entonces sonó su teléfono.
Lo revisó, y su rostro palideció.
No contestó. Lo silenció de inmediato, metiéndolo de nuevo en su bolsillo. Pero el ambiente se había roto. El humo de los fuegos artificiales persistía en el aire, flotando sobre nosotros, oliendo a azufre y pólvora quemada.
-Tengo una sorpresa -dijo, su voz tensa, carente de su encanto habitual-. Vamos a la quinta de verano. Solo nosotros. Sin guardias. Sin teléfonos.
Él condujo. Estábamos a mitad de camino, navegando por una carretera sinuosa rodeada de un bosque denso e invasor, cuando el teléfono sonó de nuevo. Y de nuevo.
Finalmente contestó, su pulgar torpe lo puso en altavoz por accidente antes de que se apresurara a apagarlo.
Pero no fue lo suficientemente rápido. Oí su grito.
-¡Estoy sangrando, Dante! ¡El bebé! ¡Creo que lo estoy perdiendo!
Dante pisó el freno de golpe. El coche derrapó hasta detenerse violentamente en el acotamiento de grava, levantando una nube de polvo a nuestro alrededor.
Me miró. Había pánico en sus ojos. Pánico real y crudo.
-Tengo que irme -dijo.
-¿Qué? -pregunté, aunque el frío pozo en mi estómago me decía exactamente lo que estaba pasando.
-Es... es Lucas -tartamudeó-. Le dispararon. Es de vida o muerte.
Me estaba mintiendo en la cara. En mi cumpleaños. En medio de la nada. Había oído la voz de la mujer. Había oído *'bebé'.*
-Bájate -dijo.
Lo miré fijamente, incapaz de procesar la crueldad. -¿Estás bromeando?
-Necesito dar la vuelta. No puedo llevarte de regreso a la ciudad, tomará demasiado tiempo. La quinta está a solo un kilómetro y medio subiendo esa colina. Camina. Volveré por ti.
Se estiró sobre mí y empujó mi puerta para abrirla.
Me estaba echando. Estaba eligiendo la crisis de ella, su mentira, por encima de mi seguridad.
Me bajé. No tuve opción.
Antes de que pudiera siquiera cerrar la puerta, aceleró. Las llantas levantaron una lluvia de grava que me picó en las piernas desnudas.
Me quedé sola en la oscuridad. Las luces traseras rojas de su coche desaparecieron en la curva, dejándome en un silencio total.
Mi teléfono vibró en mi bolso de mano.
Era un mensaje de Mía.
*Me eligió a mí y al bebé. Feliz cumpleaños, Princesa.*
Miré la carretera oscura que tenía por delante. Hacía un frío que calaba. Me abracé, tratando de mantener unidos los pedazos de mi dignidad.
Mi teléfono sonó de nuevo. No era Dante.
Era una videollamada. El identificador estaba bloqueado.
Contesté.
El rostro de Enzo llenó la pantalla. Estaba en un coche, el interior tapizado en cuero oscuro. Me miró, y sus ojos se entrecerraron al instante, evaluando el fondo.
-¿Dónde estás? -exigió. Su voz era un gruñido bajo.
-En la orilla de la Carretera Nacional -dije. Mi voz no tembló. Ya había dejado de temblar.
-¿Por qué?
-Dante me dejó. Tuvo una emergencia.
Enzo no preguntó cuál era la emergencia. Vio la oscuridad detrás de mí. Vio la forma en que me sostenía, la forma en que el vestido de cumpleaños se veía ridículo contra el telón de fondo de una carretera forestal.
-Estoy a diez minutos -dijo.
-Estás en España -dije, confundida.
-Te lo dije, Elena. Voy por ti. Empieza a caminar. Mantén el teléfono encendido. Si alguien se te acerca, grita mi nombre.
Empecé a caminar.
Oír su respiración constante a través del teléfono fue lo único que me mantuvo poniendo un pie delante del otro.
No ofreció consuelos vacíos. No me dijo que todo estaría bien. Simplemente se quedó en la línea, un guardián silencioso y peligroso en el vacío digital.
-Estoy aquí -dijo finalmente.
Unos faros cortaron la oscuridad, cegándome por un momento. Una enorme camioneta negra se detuvo a mi lado.
Enzo se bajó. Parecía la guerra envuelta en un traje de Tom Ford.
Se acercó a mí, su presencia consumiendo el espacio. No preguntó si estaba bien. Me tocó la mejilla con el pulgar, limpiando una mancha de suciedad que no sabía que tenía.
-Mañana muere -dijo Enzo.
-No -susurré. La ira en mi pecho se había cristalizado en algo más duro, más frío.
-Muerte no. Es demasiado fácil. Quiero que lo destruyan.
Enzo sonrió. Fue una expresión aterradora, afilada y depredadora.
-Como desees, mi Reina.