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La huella del Alfa
img img La huella del Alfa img Capítulo 3 El último día de la inocencia muerta
3 Capítulo
Capítulo 6 El peso del oro y la sombra del otro img
Capítulo 7 El Vals de los Depredadores img
Capítulo 8 El pacto de las sombras img
Capítulo 9 El rastro de la sangre y la seda img
Capítulo 10 La trampa del amanecer img
Capítulo 11 El Trono de Cristal img
Capítulo 12 El sabor de la traición img
Capítulo 13 El pacto de las sombras y el vacío img
Capítulo 14 El ascenso de la Luna Plateada img
Capítulo 15 El eco del Mercurio img
Capítulo 16 Regreso al Infierno Blanco img
Capítulo 17 La llegada de Valerius img
Capítulo 18 El nuevo orden de la Sangre img
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Capítulo 3 El último día de la inocencia muerta

Cinco años despues

El amanecer en los Alpes no era una invitación, sino un desafío. El sol se filtraba entre los picos como una luz pálida y anémica, iluminando la nieve virgen que rodeaba la propiedad. Aria estaba de pie en el borde del precipicio que delimitaba el lado norte de la finca, vestida únicamente con unos leggings de compresión y un sujetador deportivo negro. El frío, que cinco años atrás la habría hecho buscar refugio bajo mantas de lana, ahora se sentía como una caricia familiar sobre su piel curtida.

Cerró los ojos y respiró hondo. No buscaba oxígeno; buscaba silencio interno.

Durante sesenta meses, Aria había convertido su cuerpo en un laboratorio y su mente en una fortaleza. Ya no era la loba de diecinueve años que tropezaba con sus propios pies. Sus movimientos eran fluidos, felinos, una coreografía de fuerza contenida que solo los depredadores más letales logran perfeccionar.

Se dejó caer hacia adelante, sus manos golpeando la nieve mientras su cuerpo se retorcía en el aire. La transformación ocurrió en menos de un segundo. No hubo gritos de dolor, ni el crujir agónico de los huesos que caracterizaba a los lobos de bajo rango. Fue una transición de seda.

Una loba de un blanco tan puro que resultaba cegador aterrizó sobre las cuatro patas. No era una bestia masiva como Marcus, pero lo que le faltaba en peso lo compensaba con una simetría perfecta y una mirada azul eléctrico que parecía ver a través del tiempo.

Corrió.

Cruzó el bosque a una velocidad que habría desdibujado la visión de cualquier humano. Saltó troncos caídos y esquivó ramas con una precisión milimétrica. Lo más aterrador no era su velocidad, sino su rastro. A pesar del esfuerzo físico, el aire a su paso permanecía limpio. Ni una nota de sudor, ni una pizca de almizcle lobuno. Aria había logrado lo imposible: se había convertido en un fantasma biológico.

Al llegar a un claro, se detuvo en seco. Olfateó el aire. A varios kilómetros de distancia, detectó el motor de un vehículo que no pertenecía a Hans. No era el camión de suministros. Era un motor de alta gama, forzado en las pendientes.

Él ha enviado a alguien.

Aria regresó a la casa, recuperando su forma humana mientras cruzaba el umbral de la puerta trasera. Se vistió con calma: un jersey de cachemira gris humo y unos pantalones de seda negros. No se puso joyas. Su única joya era la cicatriz apenas visible en su cuello, la marca de Marcus, que ella había aprendido a ignorar con tal eficacia que a veces olvidaba que estaba allí.

Cuando sonó el timbre, Aria estaba sentada en el gran salón, leyendo un informe sobre la fluctuación del mercado de tierras raras en su tableta. No se levantó.

-Pasa, Hans. Sé que no vienes solo.

La puerta se abrió y Hans entró, seguido de un hombre que Aria reconoció de inmediato: Julian Vane, el beta de Marcus y su ejecutor más eficiente. Julian era un lobo de casta alta, con un olfato capaz de rastrear a una presa a través de una tormenta.

Julian entró en la habitación con la arrogancia propia de los hombres que sirven a los dioses. Pero, a medida que se acercaba a Aria, su expresión cambió. Sus fosas nasales se dilataron. Frunció el ceño, desconcertado. Se detuvo a tres metros de ella, olfateando el aire con una intensidad casi cómica.

-¿Señora Wolf? -preguntó Julian, su voz llena de una confusión que intentaba ocultar detrás de su profesionalismo.

Aria levantó la vista de la pantalla. Su mirada era tan fría como el glaciar que se veía por la ventana.

-Aria es suficiente, Julian. No hemos usado títulos en esta casa durante mucho tiempo. ¿Qué te trae a mi retiro? ¿Marcus finalmente se ha acordado de que necesita mi firma para algo?

Julian tragó saliva. Sus instintos le estaban gritando que algo andaba mal. No podía oler a la loba frente a él. No podía sentir su rango, su humor, ni siquiera su presencia en el lazo de manada. Era como hablar con una estatua que respiraba.

-El señor Wolf requiere su presencia en Nueva York de inmediato -dijo Julian, recuperando la compostura-. Hay una situación diplomática con la Alianza Continental. La gala anual es en tres días. Su ausencia ya no es justificable ante el Consejo.

Aria dejó la tableta sobre la mesa de cristal. Se puso en pie con una lentitud deliberada. Julian, un hombre que medía casi dos metros y era puro músculo, se encontró retrocediendo un centímetro por puro instinto de preservación.

-¿Requiere mi presencia? -Aria soltó una risa seca, desprovista de humor-. Hace cinco años, él "requirió" que me borrara de su mapa. Me dijo que le daba náuseas verme llorar. ¿Ha cambiado su estómago o simplemente su necesidad de dinero?

-Marcus... el señor Wolf sabe que el trato fue duro -intentó decir Julian-, pero esto es por el bien de la manada.

-Yo no tengo manada, Julian. Tengo una propiedad en los Alpes y un contrato de silencio.

-Aria, por favor. Si no vienes, Wolf Industries perderá la fusión. Miles de familias dependen de ese contrato. Marcus está... bajo mucha presión.

Aria caminó hacia el ventanal, dándole la espalda. Observó las montañas por última vez. Sabía que este día llegaría. Había visualizado este momento mil veces durante sus entrenamientos nocturnos. El día en que la presa volvería al cubil del lobo, pero con los colmillos afilados en las sombras.

-Iré -dijo ella, su voz suave pero con un filo de acero-. Pero no iré como la "Señora Wolf". Iré como una socia externa. Y quiero el divorcio firmado y listo sobre mi almohada la mañana después de la gala.

Julian dudó.

-Él no aceptará eso. El lazo...

-El lazo murió la noche que me envió aquí -lo cortó ella, girándose bruscamente. Sus ojos destellaron con una intensidad que hizo que Julian bajara la cabeza por un instante-. Dile a Marcus que prepare mi traje. Y dile que no espere encontrar a la niña que envió a morir en la nieve. Ella se congeló hace mucho tiempo.

Julian asintió, visiblemente incómodo por la atmósfera opresiva que emanaba de la mujer que recordaba como una "cachorra indefensa".

-El jet espera en la pista. Sus cosas ya han sido empacadas por el servicio.

Aria caminó hacia la puerta, pasando junto a Julian sin tocarlo, pero lo suficientemente cerca como para que él se diera cuenta de que, incluso a esa distancia, no podía percibir ni un átomo de su olor. Era un vacío absoluto, una anomalía en su mundo de sentidos hiperdesarrollados.

Antes de salir, Aria se detuvo en el umbral y miró a Hans, el único que la había visto transformarse.

-Gracias por el silencio, Hans. Quédate con la casa. No creo que vuelva a necesitar refugio nunca más.

Subió al coche sin mirar atrás. Mientras el vehículo descendía por la montaña, Aria sintió el primer tirón real en su cuello en años. Marcus estaba cerca, o al menos su intención lo estaba. El lazo intentaba desesperadamente reconectarse, buscando la sumisión, buscando la lavanda, buscando el miedo.

Aria cerró los ojos y visualizó el muro de hielo que había construido. Apretó los dientes y, con un esfuerzo de voluntad sobrehumano, cortó el flujo de energía hacia la marca.

-Caza cuanto quieras, Marcus -susurró para sí misma mientras el avión despegaba hacia Nueva York-. Pero no puedes atrapar lo que no puedes sentir.

El último día en la montaña había terminado. El juego de poder en la ciudad de cristal estaba a punto de comenzar.

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