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Bajo la misma piel
img img Bajo la misma piel img Capítulo 4 Humedad: El riesgo del cristal
4 Capítulo
Capítulo 6 Territorios: La guerra de la lencería img
Capítulo 7 Intrusos: La farsa digital img
Capítulo 8 El Punto de Quiebre: El veneno en la copa img
Capítulo 9 La Caída: La cotidianidad del pecado img
Capítulo 10 El Tercero en Discordia: El veneno de la sospecha img
Capítulo 11 El Experimento: Luz verde al abismo img
Capítulo 12 La Reverencia: El colapso de la máscara img
Capítulo 13 El Colapso: La llamada de Tokio img
Capítulo 14 El Éxodo: Polvo y Neon img
Capítulo 15 El Puerto de las Almas Perdidas: Sombras y Salitre img
Capítulo 16 Aguas Internacionales: La jaula de hierro img
Capítulo 17 La Medina de Tánger: El laberinto de los sentidos img
Capítulo 18 La Medina de Tánger: El laberinto de los sentidos img
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Capítulo 4 Humedad: El riesgo del cristal

El amanecer en Madrid no trajo alivio, sino una luz blanca y pesada que convirtió el ático en un invernadero de cristal y hormigón. El sistema de climatización central del edificio había empezado a emitir un zumbido asmático antes de rendirse por completo a las siete de la mañana. Para cuando Mateo despertó, el aire ya era una sopa espesa de calor que se pegaba a las sábanas de seda de su habitación.

Se levantó, sintiendo el cuerpo pesado, marcado por la batalla de la noche anterior. Al cruzar el pasillo hacia la cocina, la vio. Sasha estaba de pie frente a la nevera abierta, buscando el frescor artificial del electrodoméstico. Llevaba una camiseta de algodón blanco de Mateo, tan fina por el uso que era prácticamente inexistente, y nada más.

-El aire ha muerto -dijo ella sin girarse. El sudor hacía que la camiseta se adhiriera a su columna vertebral, revelando la profundidad de su hoyuelo sacro y la curva perfecta de sus nalgas, que se asomaban por debajo del dobladillo deshilachado.

Mateo no respondió. Se acercó a ella, impulsado por una inercia que ya no intentaba combatir. El calor ambiente parecía actuar como un conductor para el magnetismo que los unía. Se detuvo justo detrás de ella. A través de la tela translúcida, podía ver la geografía de su espalda: las escápulas delicadas que se movían como alas atrapadas bajo la piel, y la línea de su columna, una sucesión de vértebras que él quería recorrer con la lengua una a una.

-Necesitamos agua -murmuró él, aunque su voz sonaba desértica.

Él extendió la mano para alcanzar una jarra, y su antebrazo rozó el costado de Sasha. El contraste fue un chispazo. La piel de ella estaba húmeda, suave como el terciopelo mojado. Mateo se despojó de su propia camiseta, dejando al descubierto un torso que cinco años de remo en el Támesis habían esculpido con una dureza casi pétrea. Sus pectorales eran anchos, cruzados por una fina línea de vello oscuro que descendía hacia un abdomen marcado por crestas ilíacas prominentes, esas líneas de tensión que desaparecían bajo el elástico de su bóxer negro.

Sasha se giró en el espacio confinado entre la nevera y el cuerpo de Mateo. Sus ojos recorrieron el pecho de él, deteniéndose en las pequeñas cicatrices y en el brillo del sudor que decoraba sus hombros anchos como diamantes líquidos. Ella estiró una mano y apoyó la palma sobre el corazón de Mateo.

-Estás ardiendo -susurró ella.

-Es el ático, Sasha. Es este maldito calor.

-No, no es el clima -replicó ella, y con un movimiento fluido, se quitó la camiseta blanca.

La desnudez de Sasha bajo la luz cruda de la mañana era, si cabe, más perturbadora que bajo las sombras de la noche. Sus pechos eran pesados, con una caída natural y elegante; las aureolas eran anchas, de un tono café claro que se oscurecía hacia el centro, donde los pezones apuntaban hacia él con una urgencia biológica. La piel de su vientre era plana, pero poseía una suavidad cóncava que invitaba al tacto, terminando en un monte de venus prominente, cubierto por un vello oscuro y rizado que retenía gotas microscópicas de sudor.

Mateo la tomó por los muslos y la sentó sobre la encimera de mármol frío de la cocina. Ella soltó un suspiro de alivio al contacto con la piedra, abriendo las piernas para rodear la cintura de él. En esa posición, la vulnerabilidad de ella era total. Sus labios vaginales, rosados y turgentes por la excitación constante de las últimas horas, quedaron expuestos a la vista de Mateo. Estaban brillantes, una herida abierta de deseo que parecía latir al ritmo de la ciudad que despertaba bajo ellos.

Él se hundió entre sus piernas, enterrando el rostro en ese nido de calor y aroma femenino. Sasha echó la cabeza hacia atrás, golpeando accidentalmente la puerta de la nevera, que seguía abierta, emitiendo su pitido de advertencia.

-Alguien... alguien podría vernos -jadeó ella, mirando hacia el enorme ventanal de la cocina que daba al patio interior del edificio.

-Que miren -contestó Mateo, su voz ahogada entre los muslos de ella-. Que vean lo que le haces a tu hermano.

El riesgo del cristal se convirtió en un ingrediente más de la mezcla. A través de los cristales, se veían las ventanas de los vecinos: una señora regando plantas tres pisos más abajo, el reflejo de un televisor encendido en el bloque de enfrente. El tabú social se materializaba en esa posibilidad de ser descubiertos, elevando la sensibilidad de la piel de Mateo a niveles insoportables.

Sus manos, grandes y callosas, recorrieron el cuerpo de Sasha con una devoción casi religiosa. Sus dedos se hundieron en la carne de sus nalgas, levantándola un poco más para facilitar el acceso de su lengua. Sasha se aferró a los hombros de Mateo, sus uñas clavándose en el trapecio de él, dejando surcos rojos que tardarían días en desaparecer. La intensidad del encuentro en la cocina, con el frío de la nevera en la espalda y el calor de Mateo entre las piernas, creó un cortocircuito sensorial.

Mateo se separó un segundo, solo para deshacerse de su ropa interior. Su erección saltó, vibrante, una vena gruesa recorriendo el tronco de su miembro que latía con una urgencia dolorosa. Era largo y de una tonalidad más oscura que el resto de su piel, con el glande coronado por una gota de preseminal que brillaba bajo los fluorescentes de la cocina.

-Mírame, Sasha -dijo él, tomándola por la barbilla-. Mira lo que me provocas. No hay nada de civilizado en esto.

Él la penetró de pie, con un movimiento ascendente que la hizo elevarse sobre el mármol. El sonido del impacto fue húmedo y sordo. Sasha rodeó el cuello de Mateo con sus brazos, ocultando su rostro en el hueco de su hombro mientras soltaba gemidos cortos y rítmicos. Cada vez que Mateo la embestía, los pechos de ella chocaban contra el pecho velludo de él, creando una fricción que los hacía sudar aún más.

El sudor de ambos se mezcló, convirtiéndose en un lubricante natural que facilitaba el movimiento. Mateo podía sentir las paredes vaginales de Sasha abrazándolo, contrayéndose en espasmos que amenazaban con llevarlo al límite antes de tiempo. La luz del sol seguía subiendo, iluminando el desorden de la cocina: la jarra de agua olvidada, los restos de la cena, y a dos personas que, ante los ojos de la ley y la moral, eran familia, pero que en ese momento eran simplemente dos animales tratando de sobrevivir a la humedad.

-No pares -suplicó ella al oído, su voz rota por el esfuerzo-. No pares aunque entren por esa puerta.

Mateo cerró los ojos y se dejó llevar por la marea. La imagen de su padre, de la empresa, de su vida en Londres, todo se evaporó. Solo existía el roce de la piel húmeda, el sabor a sal en los hombros de Sasha y la presión insoportable del secreto que compartían. Cuando el clímax llegó, fue como una explosión de estática que los dejó temblando, unidos por un hilo de fluido y una fatiga que no era solo física, sino del alma.

Se quedaron así un largo rato, con el pitido de la nevera como única banda sonora, dos cuerpos desnudos y exhaustos sobre una encimera de lujo, mientras el resto del mundo empezaba su jornada, sin sospechar que en el ático de "Los Alerces", el orden natural de las cosas acababa de ser profanado una vez más.

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