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La venganza es dulce: Casándose con su peor enemigo
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Capítulo 5

Kenia Reyes POV

El penthouse era menos un hogar y más una jaula dorada.

Hernán me había quitado el celular, la laptop e incluso mis zapatos.

Me dejó sin nada más que la vista de la ciudad que no podía tocar, burlándose de mí detrás de un cristal reforzado.

Tres días después de mi encarcelamiento, una sirvienta me pasó un celular de prepago.

Era nueva. Joven. Y sus ojos contenían una peligrosa cantidad de lástima.

-El señor Evans -susurró, sus manos temblaban mientras me entregaba el dispositivo envuelto en una servilleta de lino-. Lo vi en las noticias. Pensé... pensé que debería saberlo.

Me escondí en el baño, cerré la puerta con llave y lo encendí.

El titular fue lo primero que vi, mirándome fijamente en negritas negras.

*Curador de Arte Encontrado Muerto. Se Sospecha de un Ataque al Corazón.*

El señor Evans.

Mi mentor. La única figura paterna que había conocido.

Se me cortó la respiración, convirtiéndose en un sollozo ahogado. Me desplacé hacia abajo, desesperada por que fuera un error.

Había rumores de una auditoría. Cargos de lavado de dinero presentados contra su galería por una denuncia anónima.

La familia Dalton.

Lo habían presionado. Habían estresado su viejo corazón hasta que se rindió, solo para castigarme por la escena en la gala.

Me dejé caer al suelo, aferrando el celular a mi pecho como si contuviera los latidos de su corazón.

Un timbre resonó en el silencioso apartamento.

Una notificación de entrega.

Las puertas del ascensor en el pasillo se abrieron con un suave silbido.

Salí, secándome la cara.

Un mensajero estaba allí, luciendo fuera de lugar en el opulento vestíbulo, sosteniendo una caja.

-Paquete para la señorita Reyes -dijo nerviosamente, sus ojos se movían de un lado a otro.

Lo tomé. Era una caja de pastel. Blanca, con una cinta de satén.

La abrí.

Era un pastel de terciopelo rojo.

Con un glaseado carmesí perfecto y en cursiva, decía:

*Lamento tu pérdida. Quizás la próxima vez no tires al heredero por el retrete.*

Había un pequeño bebé de fondant en el centro.

Estaba decapitado.

Tuve arcadas, la bilis subiendo por mi garganta.

Estela.

Sabía lo del aborto. Se estaba burlando de la muerte de mi hijo y de la muerte de mi mentor en un solo gesto dulce y enfermizo.

El ascensor volvió a sonar.

Hernán entró, su paso confiado y depredador.

Lo seguían Estela y una mujer mayor con el pelo como lana de acero.

Anabella Blake.

La Matriarca de los Dalton. El verdadero poder.

-Mírala -dijo Anabella, su voz como piedras moliéndose-. Hecha un desastre.

Hernán vio el pastel. No pareció sorprendido. Parecía aburrido.

-Limpia eso -le dijo a la sirvienta, desestimando la crueldad como si fuera simplemente un derrame.

-Tenemos asuntos que tratar -dijo Anabella, apuntándome con un bastón como si fuera un arma-. La boda es en dos días. La prensa sigue hablando de tu pequeño numerito. Necesitamos arreglar la narrativa.

-No voy a hacer nada por ustedes -escupí, mi voz temblaba de rabia.

Anabella se acercó. Olía a lavanda y podredumbre.

-Lo harás -dijo-. O desenterraremos al señor Evans y plantaremos heroína en su ataúd. ¿Quieres que su legado sea el de un traficante de drogas?

La sangre se me heló. El aire abandonó mis pulmones.

No tenían fondo. No había línea que no cruzaran.

-¿Qué quieren? -pregunté, derrotada.

-Serás una dama de honor -dijo Estela, sonriendo con la sonrisa de un tiburón-. Estarás a mi lado en el altar. Sostendrás mi cola. Y sonreirás. Le mostrarás al mundo que somos una gran familia feliz y que aceptas tu lugar como la mujer inferior.

Miré a Hernán.

Estaba revisando su reloj.

-Hazlo, Kenia -dijo, sin siquiera mirarme-. Son solo unas pocas horas. Luego puedes volver aquí y... descansar.

Descansar.

Quería decir pudrirte.

-Bien -dije, con la voz hueca.

-Bien -dijo Anabella-. La prueba del vestido es en una hora. No llegues tarde.

Se fueron, llevándose el aire de la habitación con ellos.

Me quedé sola en el silencio. Miré el pastel aplastado en el suelo.

No iba a ser una dama de honor.

Iba a ser un fantasma.

Volví al baño y saqué el celular de prepago. Marqué el número, mis dedos temblaban.

-Estoy lista -dije.

-Mañana -respondió la voz de Gael, firme y tranquila-. La boda. Estate en el altar. Cuando el sacerdote pregunte si alguien se opone... corre.

-¿Correr a dónde?

-Hacia el fuego -dijo.

Y luego la línea se cortó.

Me miré en el espejo.

El Canario Enjaulado estaba muerto.

La Rosa Espinosa estaba a punto de florecer.

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