Me di la vuelta. Andrés Garza, el chef ejecutivo, estaba de pie junto al congelador. Era un hombre enorme, de más de un metro noventa, con cicatrices que le recorrían los antebrazos y ojos tan oscuros como la obsidiana. Era un Renegado -un lobo sin manada- contratado por Ricardo porque su comida era la mejor de la ciudad.
Pero no se movía como un cocinero. En ese momento estaba emplatando un platillo con la precisión quirúrgica de un médico de campo o un francotirador, colocando la guarnición con unas pinzas que parecían juguetes en sus enormes manos.
La mayoría de la gente le tenía pavor. Irradiaba una presión silenciosa y letal.
-No tengo -dije, con la voz temblorosa.
Andrés no habló. Metió la mano en su bolsillo y me arrojó una pequeña lata. La atrapé con mi mano buena.
-Aplícalo. Véndalo -ordenó. No era una Voz de Alfa, pero tenía una autoridad natural.
Antes de que pudiera agradecerle, las puertas batientes se abrieron de golpe.
Jessica entró. Se veía fuera de lugar entre el acero inoxidable y la grasa. Arrugó la nariz.
-Huele a perro mojado aquí -se quejó. Caminó directamente hacia el pase, donde Andrés estaba emplatando un filete.
-Esto está a término medio -dijo, picando la carne-. Lo quería tres cuartos. Y ponle un poco de caviar. Del caro.
Andrés no levantó la vista.
-No.
Jessica parpadeó.
-¿Perdón?
-El filete está perfecto. El caviar arruina el equilibrio. Fuera de mi cocina.
La cara de Jessica se puso morada. Sacó su teléfono.
-Voy a hacer que te despidan. ¡Voy a llamar a Ricardo ahora mismo!
Presionó el botón de videollamada. Esperaba que se fuera a buzón de voz, dada la importante reunión de Ricardo. Pero segundos después, la línea se conectó. Ricardo no estaba en la cabecera de la mesa; estaba en el pasillo, con aspecto agobiado y molesto, sosteniendo una pila de archivos.
-Jessica, te dije que estoy con los representantes de Piedrarroja -siseó Ricardo, mirando por encima del hombro.
-¡Ricardo! -gimió Jessica, girando la cámara hacia su cara-. ¡Me están maltratando! ¡Primero tu mesera intentó quemarme, y ahora este cocinero Renegado se niega a darme de comer!
-No tengo tiempo para esto -espetó Ricardo, frotándose las sienes-. Solo dale lo que quiere para que pueda volver adentro.
-Pásame a Alexia -ordenó Ricardo.
Jessica giró la cámara hacia mí. Yo estaba agarrando la lata de ungüento, con la mano envuelta en una toalla manchada de pus amarillo y sangre.
-Ricardo -dije, levantando la mano-. Usó plata. Mira esto.
Ricardo lo vio. Vi cómo sus ojos se abrían de par en par. Sabía lo que significaba la plata. Por un segundo, vi culpa. Pero entonces Jessica sollozó ruidosamente:
-¡Tengo miedo, Ricardo! ¡Me está mirando como si quisiera matarme! ¡Y Marcos dijo que estaba amenazando a los clientes!
Ricardo volvió a mirar la puerta cerrada de la sala de juntas. Estaba perdiendo la paciencia. Necesitaba que este problema desapareciera para poder asegurar su financiamiento.
Su rostro se endureció.
-Alexia -dijo, su voz bajando una octava. El aire en la cocina de repente se volvió pesado. La gravedad pareció duplicarse.
-Pídele una disculpa a Jessica. De rodillas. Ahora.
Era la Voz de Alfa.
Una ola de compulsión me golpeó. Era una fuerza física, tratando de doblar mis rodillas. Mis músculos tuvieron espasmos. El imperativo biológico de obedecer al Alfa estaba tejido en nuestro ADN.
Andrés dejó de picar. Me miró, con el cuchillo suspendido en el aire.
Mis rodillas se doblaron. El dolor era insoportable. Pero entonces, algo más surgió.
Mi sangre. La sangre del linaje Solís. La sangre de Reyes.
*Un Alfa no se inclina ante un idiota.*
Apreté los dientes. Bloqueé mis piernas. Temblaba violentamente, el sudor corría por mi cara mientras luchaba contra la Voz. Sentía como si mis huesos fueran a romperse.
Pero no me arrodillé.
Miré fijamente a la lente de la cámara, con los ojos ardiendo.
-No -susurré.
Ricardo pareció conmocionado. ¿Una Omega resistiendo una orden directa? Era imposible.
-¡Dije que te arrodilles! -rugió.
Extendí la mano y toqué el botón de 'Finalizar llamada' en el teléfono de Jessica. La pantalla se puso negra.
El silencio en la cocina era ensordecedor. Jessica parecía aterrorizada. Esperaba que me derrumbara. En cambio, estaba de pie, más erguida que antes.
Me volví hacia Andrés. El parche supresor en mi cuello me picaba insoportablemente. Se acabó. La farsa había terminado.
-Chef -dije, mi voz inquietantemente tranquila-. Cierra la puerta con llave.