Entró en la luz. Se había afeitado la cabeza. Llevaba una bata blanca de médico sobre su equipo táctico. Era un disfraz grotesco, como un niño jugando al cirujano con la intención de un carnicero.
-¿Dónde estamos? -grazné. Sentía la garganta llena de vidrio y arena.
-En algún lugar donde Alfonso no buscará -dijo Horacio. No me miró; estaba ocupado arreglando instrumentos en una bandeja de metal. Agujas. Tubos. Bisturís-. Cree que te escapaste. Jazmín dejó una nota con tu letra. Muy convincente.
-No lo creerá -dije, mi voz ganando una fracción de fuerza-. Él sabe que no huyo.
-Sabe que eres una princesa mimada -espetó Horacio. Se volvió hacia mí, con los ojos maníacos e inyectados en sangre-. Y sabe que odiabas el matrimonio.
-Te odiaba a ti -corregí, mirándolo a los ojos-. A él lo respetaba.
El rostro de Horacio se torció en un gruñido. Tomó una aguja de gran calibre, el metal brillando bajo la dura luz.
-Jazmín está enferma, Elisa. Realmente enferma. Su corazón... está fallando. El estrés de tu ataque la llevó al límite.
-No la toqué -dije, luchando contra los cinchos de plástico-. Te está mintiendo, Horacio. Te ha estado mintiendo durante diez años.
-¡Cállate! -Golpeó la bandeja con la mano, haciendo que los instrumentos vibraran-. Necesita sangre. Transfusiones. Para mantener su fuerza hasta que pueda encontrar un corazón de donante en el mercado negro. Tienes su tipo de sangre. O negativo. El donante universal. ¿No es poético?
La puerta se abrió.
Jazmín entró.
Se veía radiante. Sus mejillas estaban sonrojadas con una salud innegable. Incluso estaba comiendo una manzana.
-¿Está lista? -preguntó Jazmín, dando una mordida fuerte y crujiente a la fruta.
La miré con incredulidad.
-Estás comiendo. Estás caminando. Estás bien.
Jazmín me guiñó un ojo. De verdad me guiñó un ojo.
-Me siento muy débil, Horacio -dijo, su voz bajando de repente a un susurro sin aliento. Se apoyó en el marco de la puerta, dejando caer la manzana de su mano-. Siento... que me desmayo.
Horacio corrió a su lado, abandonándome al instante.
-Siéntate, nena. Voy a empezar el procedimiento ahora. Te conseguiré la sangre.
La guió a un lujoso sillón en la esquina. Ella se sentó, sonriéndome por encima de su hombro.
-¡Horacio, mírala! -grité, luchando contra la silla-. ¡Te está manipulando! ¡Quiere desangrarme porque está celosa!
Horacio regresó hacia mí. Me agarró del brazo, limpiando bruscamente el interior de mi codo con alcohol.
-Tú no tienes derecho a hablar -dijo-. Perdiste tu derecho a hablar cuando intentaste matar a un ángel.
-No es un ángel -siseé-. Es un súcubo.
No dudó. Me clavó la aguja en la vena.
Jadeé. El dolor fue agudo, invasivo. Sangre roja oscura se disparó a través del tubo, fluyendo hacia una bolsa de recolección colgada en el soporte con una velocidad aterradora.
-¿Cómoda? -preguntó Jazmín desde la esquina.
-Vete al infierno -dije.
-Ya estamos en él, princesa -rió-. Y la mejor parte es que tu esposo no vendrá. Nadie vendrá.
Observé cómo la fuerza de mi vida se drenaba de mí, llenando la bolsa de plástico. Sentí frío. Mi visión comenzó a nublarse en los bordes, la habitación nadando fuera de foco.
Pero no supliqué. Era una Garza. Era una Villarreal.
Me mordí el interior de la mejilla hasta que saboreé el cobre, concentrándome en el dolor para mantenerme consciente.
No les daría la satisfacción de un solo grito.