El pequeño cumplía seis años hoy. No había globos, ni una fiesta con magos, ni el pastel de tres pisos que solía tener cuando vivían en la mansión de los Carte antes de que el mundo explotara. En su lugar, había un pequeño muffin de vainilla con una vela solitaria que Mia había comprado con las propinas del turno de mañana. Leo, ajeno a la amargura que consumía a su hermana mayor, coloreaba con una concentración envidiable. Sus pequeños dedos sostenían un crayón azul mientras le daba vida a un tiranosaurio rex en un cuaderno de hojas baratas.
-¡Mira, Mia! Este es el general Rex -exclamó el niño, levantando el cuaderno con una sonrisa que iluminó el rostro cansado de la joven.
Mia se acercó, aprovechando un breve respiro entre clientes, y le acarició el cabello castaño. Notó, con una punzada de preocupación, que el color de las mejillas de su hermano no era el rosado saludable de la emoción, sino un tono más pálido, casi traslúcido.
-Es hermoso, Leo. El general más valiente del mundo -susurró ella, besando su frente-. En cuanto termine el turno, iremos a casa y leeremos tu libro de dinosaurios, ¿de acuerdo?
-¿Y comeremos pizza? -preguntó él con ojos brillantes.
-Comeremos la mejor pizza de la ciudad -prometió Mia, aunque sabía que tendría que contar las monedas del frasco de propinas para lograrlo.
Hacía dos años que su vida se había convertido en un campo de batalla. Dejó atrás los libros de medicina, las prácticas en el hospital y los sueños de ser cirujana para convertirse en el único pilar de un niño que apenas entendía por qué papá y mamá ya no estaban. Sus padres, Arturo y Micaela, no solo les habían robado el futuro con sus crímenes; les habían robado la seguridad. Se habían marchado como cobardes, dejando a una chica de veinte años a cargo de un niño con un corazón defectuoso.
A medida que avanzaba la tarde, el cielo exterior se oscureció y una lluvia fina comenzó a golpear los cristales. Mia sintió un escalofrío recorrer su espalda. Odiaba la lluvia; le recordaba a los faros de un auto y al llanto de un niño bajo una farola, un recuerdo borroso de su propia infancia que nunca lograba ubicar del todo.
De repente, el sonido del crayón cayendo al suelo atrajo su atención.
-¿Leo?
El niño no respondió. Estaba apoyado sobre la mesa, con el rostro hundido entre sus brazos. Mia dejó caer la bandeja que sostenía, ignorando el estrépito de las tazas rompiéndose. Corrió hacia él y, al tocar su piel, soltó un jadeo. Leo ardía.
-Mia... me duele -logró decir el pequeño con una voz débil, apenas un hilo. Sus labios tenían un tinte azulado que hizo que el corazón de Mia se detuviera-. Siento que... que el general Rex está pisando mi pecho.
-Tranquilo, mi amor. Respira conmigo. Solo respira.
El pánico, ese viejo enemigo que Mia intentaba mantener a raya, se desbordó. No esperó a que el dueño de la cafetería gritara por los destrozos. Tomó a Leo en brazos, sintiendo lo ligero y frágil que era, y salió corriendo hacia la calle bajo la lluvia inclemente. No tenía dinero para un taxi, pero la adrenalina le dio alas. Corrió seis manzanas hasta la clínica pública más cercana, apretando el cuerpo tembloroso de su hermano contra su pecho.
-¡Ayuda! ¡Es su corazón! -gritó al entrar en la sala de emergencias.
Las luces fluorescentes y el olor a antiséptico la transportaron de regreso a su vida anterior, pero esta vez ella no llevaba la bata blanca. Esta vez era la familiar desesperada que observaba cómo un equipo de enfermeros se llevaba a su hermano en una camilla mientras ella se quedaba atrás, sola, empapada y con las manos temblando violentamente.
Pasaron dos horas que se sintieron como siglos. Mia se sentó en una silla de plástico rígido, con la mirada fija en las puertas batientes de la unidad de cuidados intensivos. Finalmente, un médico de mediana edad, el doctor Harrison, salió con una expresión que Mia reconoció de inmediato. Era la expresión de las malas noticias.
-¿Cómo está? Por favor, dígame que está bien -dijo ella, poniéndose de pie de un salto.
-Lo hemos estabilizado, Mia, pero la fiebre ha causado una sobrecarga en su ventrículo izquierdo. La válvula está fallando más rápido de lo que esperábamos -el doctor suspiró, frotándose el puente de la nariz-. La medicación ya no es suficiente. Leo necesita la cirugía de reemplazo valvular. Ahora.
-Háganla -dijo ella con firmeza-. Hagan lo que sea necesario.
-No es tan simple. Sabes cómo funciona esto. Es una operación de alta complejidad, requiere especialistas y un equipo que esta clínica no tiene de forma gratuita. El costo del procedimiento, incluyendo el postoperatorio y los insumos, asciende a doscientos cincuenta mil dólares.
La cifra golpeó a Mia como un mazo. Doscientos cincuenta mil dólares. Ella ganaba ocho dólares la hora más propinas. Podría trabajar tres vidas enteras y nunca alcanzaría esa suma.
-Doctor, tiene que haber una forma. Un fondo, una beca...
-Ya lo hemos intentado todo, Mia. Debido a los antecedentes legales de tus padres, muchas fundaciones han cerrado sus puertas a la familia Carte. Es injusto, lo sé, pero el hospital requiere un depósito inicial para programar el quirófano en las próximas setenta y dos horas. Si no se opera en ese plazo, el corazón de Leo simplemente se detendrá.
Mia sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Se apoyó contra la pared fría, cerrando los ojos. La imagen de Leo coloreando al dinosaurio hacía apenas unas horas se mezcló con la imagen de su hermano entubado en una cama de hospital.
"Doscientas cincuenta mil razones para morir", pensó con amargura.
Se llevó las manos a la cara, tratando de pensar. Solo había una persona en toda la ciudad con esa cantidad de dinero y con un motivo lo suficientemente oscuro para disfrutar verla suplicar. Sabía que buscarlo era abrir las puertas del infierno, que ese hombre la odiaba por pecados que ella no había cometido, pero la vida de Leo no era negociable.
Sacó de su bolsillo un viejo recorte de periódico que guardaba como un amuleto maldito. En la foto, un hombre de rasgos afilados, ojos gélidos como el invierno y una presencia que irradiaba poder absoluto miraba a la cámara. El titular decía: "Liam Black, el nuevo rey de las inversiones, adquiere la antigua sede de los Carte".
Él no solo tenía el dinero; él tenía su casa, su pasado y ahora, el destino de su hermano en sus manos.
-Lo siento mucho, Leo -susurró Mia hacia la puerta de la UCI, mientras las lágrimas finalmente rodaban por sus mejillas-. Voy a hacer un trato con el diablo para que tú puedas seguir coloreando.
Mia se enderezó, se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y salió del hospital. La lluvia seguía cayendo, pero ya no sentía frío. Solo sentía una determinación gélida. Mañana por la mañana, Mia Carte dejaría de existir para convertirse en lo que Liam Black quisiera, con tal de que Leo viviera para ver su séptimo cumpleaños.