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Mi ex me dejo, su hermano me reclamo
img img Mi ex me dejo, su hermano me reclamo img Capítulo 4 LA AUTORIDAD DEL DESEO
4 Capítulo
Capítulo 6 EL SABOR DEL RIESGO img
Capítulo 7 EL SABOR DEL TRIUNFO img
Capítulo 8 BARRO Y DESEO img
Capítulo 9 LUNA img
Capítulo 10 EL PRECIO DE LA PERFECCIÓN img
Capítulo 11 TERRITORIO MARCADO img
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Capítulo 4 LA AUTORIDAD DEL DESEO

La luz pálida de la mañana londinense se filtraba por los ventanales del ático, pero dentro de la habitación de Gabriel, el tiempo parecía haberse detenido en una dimensión de seda y piel. Isabella no despertó por el ruido de la ciudad, sino por una sensación eléctrica que nacía entre sus muslos. Gabriel estaba allí, sumergido entre sus piernas, devorándola con una lentitud metódica que la hizo jadear antes siquiera de abrir los ojos.

-Buenos días, alumna -susurró él contra su piel húmeda, su voz vibrando en el centro de su placer-. Segunda lección: el despertar de los sentidos no espera al café.

Isabella arqueó la espalda, hundiendo los dedos en las sábanas de hilo gris. Gabriel subió por su cuerpo, usando su lengua para trazar una línea de fuego por su vientre hasta alcanzar sus pechos. Los tomó con una urgencia contenida, succionando y lamiendo sus pezones hasta que ella empezó a sollozar de puro deleite. Mientras tanto, su mano no le daba tregua; sus dedos jugaban con su entrada, explorando la profundidad de su deseo con una confianza que la hacía sentir reclamada.

-Gabriel... vas a... -balbuceó ella, sintiendo que el orgasmo la acechaba de nuevo, más intenso por la relajación del sueño.

-Shh... solo siente -ordenó él, volviendo a bajar para hacerla vibrar con su boca una vez más.

Justo cuando Isabella sentía que el mundo estallaba en mil pedazos blancos, un sonido metálico y violento rasgó la atmósfera: el timbre de la puerta.

Ambos se congelaron. El sonido se repitió, seguido de una serie de golpes impacientes.

-¡Maldita sea! -gruñó Gabriel, separándose de ella con un gesto de furia pura. Su respiración era errática y su erección, aún evidente, buscaba alivio-. No esperaba a nadie.

-¿Quién puede ser? -preguntó Isabella, cubriéndose con la sábana, el corazón latiéndole en la garganta.

-Vete al baño. Ahora. No salgas hasta que yo te diga -le ordenó Gabriel con el tono de autoridad que usaba en el aula, pero cargado de una tensión peligrosa.

Isabella corrió hacia el baño principal, cerrando la puerta con cuidado. Gabriel, por su parte, ni siquiera se molestó en buscar una camisa. Se enfundó en un pantalón de mono gris que descansaba a los pies de la cama. Al mirarse en el espejo del pasillo, vio las marcas: dos hematomas violáceos en su pectoral izquierdo, recuerdos de los dientes de Isabella de la noche anterior. No hizo nada por ocultarlos. Con una calma gélida, abrió la puerta.

Frente a él estaba Diego. Su hermano menor se veía demacrado, con la misma ropa del día anterior y una expresión de arrogancia herida.

-¿Qué quieres, Diego? Son las ocho de la mañana -dijo Gabriel, apoyándose en el marco de la puerta con una indiferencia que ocultaba el deseo de moler a golpes a su hermano.

-¿Has visto a Isabella? -soltó Diego, entrando al departamento sin invitación. Gabriel se dio la vuelta, dejándolo pasar con una sonrisa irónica-. No apareció en toda la noche. Fui a casa de Berto y tampoco está. El viejo está empezando a preocuparse.

Gabriel se cruzó de brazos, dejando que los chupones de su pecho quedaran a la vista de Diego, quien estaba demasiado absorto en su propio drama para fijarse en los detalles del cuerpo de su hermano.

-¿Y por qué me lo preguntas a mí? -respondió Gabriel con voz gélida-. Según tengo entendido, la dejaste ayer por alguien "más ligera", ¿no es así?

Diego bufó, caminando de un lado a otro por la sala, a pocos metros de donde Isabella escuchaba todo detrás de la puerta del baño. -Lo hice, sí. Pero Isabella siempre ha sido una dramática. Conociéndola, debe estar escondida en algún hotel barato o caminando bajo la lluvia para llamar la atención. Quiere que me sienta culpable, quiere que corra tras ella. Es su forma de manipularme porque sabe que la dejé por una mujer que sí sabe cuidarse.

Gabriel soltó una carcajada seca, cargada de un veneno que hizo que Diego se detuviera. -Es fascinante tu capacidad de proyección, hermanito. ¿Realmente crees que el mundo de esa mujer gira en torno a tu mediocre existencia? Quizás simplemente se dio cuenta de que perdía el tiempo con un niño que no sabe qué hacer con una mujer de verdad.

-¿Qué demonios te pasa, Gabriel? -Diego lo miró con sospecha-. Estás muy defensivo hoy. Y esas marcas en tu pecho... parece que tuviste una noche movida. ¿Alguna de tus estudiantes de posgrado?

Gabriel caminó hacia la cocina y se sirvió un vaso de agua, dándole la espalda a Diego. -Digamos que encontré a alguien con una... "sustancia" que tú nunca podrías comprender. Alguien que no es ligera, Diego. Alguien que es un incendio.

-Como sea -dijo Diego, restándole importancia-. Dile a Berto si sabes algo. No quiero que el viejo me culpe si a su "niña consentida" le da un ataque de nervios por su complejo de peso. Me largo, tengo clase en el gimnasio con alguien que sí vale la pena mirar.

Cuando la puerta principal se cerró con un golpe seco, el silencio que quedó en el departamento era asfixiante. Gabriel permaneció inmóvil en la cocina hasta que escuchó la puerta del baño abrirse lentamente.

Isabella salió, envuelta en una de las camisas blancas de Gabriel que le llegaba a medio muslo. Sus ojos estaban inyectados en sangre, no por el sueño, sino por la furia de haber escuchado a Diego hablar de ella como si fuera un estorbo.

-¿Escuchaste eso? -preguntó Gabriel, girándose para verla. Su mirada ya no era fría; estaba llena de una posesividad oscura.

-Cada palabra -susurró Isabella, caminando hacia él. La humillación de las palabras de Diego se había transformado en algo más: un deseo ardiente de demostrarle a Gabriel que ella era mucho más que lo que su hermano pensaba-. Llamar la atención... manipularlo... complejo de peso...

Se detuvo frente a Gabriel y puso una mano sobre los chupones que ella misma le había hecho. -Él no sospecha nada, Gabriel. Es demasiado estúpido para ver lo que tiene delante de sus ojos.

Gabriel la tomó por la nuca, obligándola a mirarlo. -No sospecha porque no puede imaginar que yo sería capaz de traicionar a mi mejor amigo y a mi sangre por ti. Pero después de oírlo... -Gabriel apretó la mandíbula-. Me importa un bledo la moral, Isabella. Si él piensa que eres un desierto, yo me encargaré de que te conviertas en un oasis que solo yo pueda beber.

-Enséñame más, Gabriel -pidió ella, pegándose a él-. No quiero ser "ligera". Quiero ser el peso que te hunda.

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