A mitad del corredor principal, se topó con Diego. Él estaba con un grupo de amigos del equipo de atletismo, riendo con esa arrogancia que ahora a Isabella le resultaba patética. Cuando la vio, Diego se separó del grupo, esperando el habitual saludo sumiso o, mejor aún, una escena de celos por lo de la noche anterior.
-Bella, al fin apareces -dijo él, bloqueándole el paso con una sonrisa de suficiencia-. Mi hermano me dijo que no sabía nada de ti, pero ya veo que el drama se te pasó rápido. ¿Vienes a pedirme perdón?
Isabella ni siquiera detuvo su paso. Lo miró un segundo, con una frialdad que pareció congelar el aire entre ellos, y siguió de largo sin articular palabra. El silencio fue más letal que cualquier insulto. Escuchó el tartamudeo de Diego a sus espaldas, pero ella ya estaba lejos, buscando la única presencia que realmente hacía que su sangre hirviera.
La hora del almuerzo llegó con una invitación ineludible. Berto, su padre, había decidido almorzar en el comedor privado de la facultad junto a Gabriel y Diego. Era una tradición familiar cuando Berto visitaba el campus para sus negocios de consultoría.
La mesa era de roble pesado, cubierta con un mantel de lino blanco. Berto presidía la cabecera, con su risa estruendosa y su aire protector. A su derecha estaba Diego, que no dejaba de mirar su teléfono, y a su izquierda, Gabriel, impecable en un traje azul marino que lo hacía parecer el epítome de la rectitud académica. Isabella se sentó frente a Gabriel, sintiendo que el corazón le martilleaba contra las costillas.
-Me alegra ver que todos estamos aquí -dijo Berto, levantando su copa de vino tinto-. Especialmente tú, Bella. Diego me dijo que estabas algo... indispuesta anoche.
-Solo necesitaba tiempo para mí, papá -respondió ella con una voz sorprendentemente firme, evitando mirar a Diego.
Gabriel tomó un sorbo de su vino, sus ojos azules fijos en Isabella sobre el borde de la copa. Había una promesa oscura en su mirada que solo ella podía descifrar.
-A veces el silencio es el mejor maestro, Berto -comentó Gabriel con una ironía que hizo que Isabella apretara los muslos bajo la mesa-. Isabella está aprendiendo a valorar su propio espacio.
Mientras la conversación derivaba hacia los presupuestos de la universidad y los éxitos deportivos de Diego, Isabella sintió algo que la dejó sin aliento. Bajo el mantel, la mano de Gabriel se deslizó con la precisión de un depredador. Primero rozó su rodilla, subiendo lentamente por la parte interna de su muslo, desafiando la estrechez del vestido.
Isabella se puso rígida, sus dedos apretando el tenedor con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
-¿Te pasa algo, hija? Estás muy callada -preguntó Berto, cortando un trozo de carne.
-No, papá... solo... el calor de la sala -logró decir ella, su voz saliendo un octava más alta de lo normal.
Gabriel no se detuvo. Su mano, firme y experta, encontró la seda de su ropa interior. Con una audacia que bordeaba la locura, comenzó a acariciarla allí mismo, a escasos centímetros de donde su padre y su exnovio discutían trivialidades. Gabriel seguía participando en la charla, asintiendo a los comentarios de Berto y tomando sorbos pausados de su vino tinto, como si su mano derecha no estuviera provocando un incendio bajo la mesa.
-Como decía -continuó Gabriel, su voz tan estable como una roca-, la ética es una cuestión de perspectiva. Lo que para uno es un pecado, para otro es una necesidad biológica. ¿No estás de acuerdo, Diego?
-Supongo -gruñó Diego, aburrido-. Yo solo creo en ganar.
Isabella sintió que el mundo se desvanecía. Los dedos de Gabriel se movían con un ritmo hipnótico, cruel y delicioso. Cada vez que él presionaba el punto exacto, ella tenía que morderse el interior de la mejilla para no gemir. La sensación de ser profanada frente a los dos hombres más importantes de su vida, por el hombre que se suponía era el guardián de la moral de la familia, le provocaba un placer que la hacía temblar.
El sudor empezó a perlar su frente. Gabriel la miraba intensamente, desafiándola a romperse, a revelar su secreto. Él sabía exactamente cuánto faltaba para que ella perdiera el control. Con un movimiento audaz, introdujo un dedo, explorando su humedad mientras Berto reía por una anécdota del pasado.
Isabella cerró los ojos un instante, sintiendo que el orgasmo subía por sus piernas como una marea imparable. Estaba a punto de estallar, el placer nublándole la vista.
-Isabella, ¿segura que estás bien? Estás muy roja -insistió Berto, dejando los cubiertos.
Gabriel retiró su mano justo en el último segundo, devolviéndola a la superficie de la mesa para tomar de nuevo su copa de vino. El contraste del frío del cristal con el calor de su piel era un recordatorio de su poder.
-Creo que Isabella necesita un poco de aire fresco -dijo Gabriel con una sonrisa gélida-. Quizás después de este almuerzo pueda darle esa tutoría de la que hablamos, Berto. Me aseguraré de que recupere el aliento.
Berto asintió, totalmente ajeno al juego perverso. -Excelente idea, Gabriel. Cuídala. Ya sabes que para mí eres como un hermano.
Isabella miró a Gabriel. El deseo y el odio por su control se mezclaban en sus ojos. Él acababa de llevarla al borde del abismo y la había dejado allí, colgada de un hilo, solo para demostrarle que él era el dueño de sus reacciones.
-Gracias, profesor -susurró ella, con la voz rota-. Estoy deseando empezar la... tutoría.
Diego ni siquiera levantó la vista de su plato, sin sospechar que, en ese preciso momento, su hermano mayor acababa de reclamar cada centímetro de la mujer que él había despreciado, marcando el inicio de una guerra que ninguno de los tres estaba preparado para ganar.