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Mi Dulce Pecado Prohibido, El  Secreto de Padre Gabroel
img img Mi Dulce Pecado Prohibido, El Secreto de Padre Gabroel img Capítulo 1 El Silencio Roto
1 Capítulo
Capítulo 6 El Peso de la Piedra img
Capítulo 7 El Cáliz del Deseo img
Capítulo 8 El Sabor del Sacrilegio img
Capítulo 9 El Santuario Profano img
Capítulo 10 Refugio en la Tormenta img
Capítulo 11 El Sacrilegio de la Carne img
Capítulo 12 El Sello de la Inocencia img
Capítulo 13 La Liturgia del Deseo img
Capítulo 14 El Rastro del Pecado img
Capítulo 15 El Sabor del Santuario img
Capítulo 16 Reflejos de Obsesión img
Capítulo 17 El Cáliz de la Tentación img
Capítulo 18 La Lección del Maestro img
Capítulo 19 La Cátedra del Deseo img
Capítulo 20 El Veneno de los Celos img
Capítulo 21 El Precio de la Exclusividad img
Capítulo 22 El Umbral de la Traición img
Capítulo 23 El Silencio de los Justos img
Capítulo 24 La toalla img
Capítulo 25 La Prueba de Fuego img
Capítulo 26 La Arquitectura de los Sueños img
Capítulo 27 La Herencia del Silencio img
Capítulo 28 Cenizas y Bofetadas img
Capítulo 29 El Peso de la Verdad img
Capítulo 30 La Penitencia del Silencio img
Capítulo 31 El Púlpito de las Sombras img
Capítulo 32 El Rugido del Silencio img
Capítulo 33 El Sudor de la Culpa img
Capítulo 34 El Aliento del Abismo img
Capítulo 35 El Latido de los Sueños Rotos img
Capítulo 36 La Arquitectura del Rechazo img
Capítulo 37 El Altar de la Carne img
Capítulo 38 El Sello del Silencio img
Capítulo 39 El Eco del Carpintero img
Capítulo 40 Nidos de Madera y Jaulas de Piedra img
Capítulo 41 El Refugio de los Culpables img
Capítulo 42 Planos de Cristal Roto img
Capítulo 43 El Cáliz de la Renuncia img
Capítulo 44 El Sacrilegio de las Lágrimas img
Capítulo 45 El Bautismo de la Lluvia img
Capítulo 46 El Sabor de la Sal y la Mentira img
Capítulo 47 El Heredero de la Madera img
Capítulo 48 El Silencio de los Santos img
Capítulo 49 El Bautismo del Desprecio img
Capítulo 50 El Club de los Testigos Oculares img
Capítulo 51 El Pequeño Ejército de los Ricci img
Capítulo 52 Plegarias en la Mesa img
Capítulo 53 La Arquitectura del Dolor ( img
Capítulo 54 El Exilio del Altar img
Capítulo 55 El Peso del Hombre img
Capítulo 56 En el Corazón de la Bestia img
Capítulo 57 El Código del Silencio img
Capítulo 58 El Carpintero del Diablo img
Capítulo 59 El Bautismo del Deseo img
Capítulo 60 La Trampa de las Galletas img
Capítulo 61 Dulce Sacrilegio img
Capítulo 62 El Eco de la Primera Vez img
Capítulo 63 El Refugio de las Sombras img
Capítulo 64 El Sello del Silencio img
Capítulo 65 El Público No Invitado img
Capítulo 66 El Espejo Roto img
Capítulo 67 La Arquitectura del Desprecio img
Capítulo 68 El Salitre y la Verdad img
Capítulo 69 El Altar de Sal y Arena img
Capítulo 70 El Comité de Bienvenida img
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Mi Dulce Pecado Prohibido, El Secreto de Padre Gabroel

Autor: L.alejandra
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Capítulo 1 El Silencio Roto

El Silencio Roto

El aroma del incienso matutino siempre me había devuelto la paz, una especie de ancla en medio de un mundo que afuera se sentía demasiado ruidoso. A mis veintitrés años, mi vida en el internado San Judas Tadeo estaba regida por el segundero de un reloj de pared y el susurro de las oraciones. Ser profesor de Teología y Ética no era solo un trabajo; era el ensayo general para mi entrega total a Dios.

Aquel martes parecía ser un día más de orden absoluto. Me ajusté el cuello clerical frente al espejo empañado de la sacristía, verificando que cada pliegue de mi sotana negra estuviera en su lugar. La tela era pesada, un recordatorio constante del compromiso que estaba a punto de sellar para siempre.

-¿Otra vez peleando con el espejo, Gabriel? -La voz de Noah Ricci resonó en el pasillo de piedra, rompiendo mi introspección.

Me giré, encontrando a mi amigo apoyado en el marco de la puerta con esa sonrisa socarrona que siempre parecía burlarse de la solemnidad del lugar. Noah tenía mi misma edad, pero mientras yo buscaba la santidad, él parecía buscar cualquier excusa para una buena fiesta en el pueblo vecino.

-No peleo, Noah. Solo me aseguro de que la presencia sea la adecuada para la clase de hoy -respondí, recogiendo mis libros de la mesa-. La disciplina empieza por uno mismo.

-La disciplina te va a sacar canas antes de los veinticinco, amigo mío -soltó él, caminando a mi lado mientras nos dirigíamos al pabellón de aulas-. ¿Has oído los rumores? Dicen que hoy llega una "joyita" nueva. Una Moretti.

Fruncí el ceño. El apellido me sonaba de las altas esferas de la política y los negocios en el norte, pero no le di importancia.

-Aquí no hay "joyitas", Noah. Solo almas que necesitan guía -sentencié con un tono que pretendía cerrar el tema-. Además, sea quien sea, tendrá que adaptarse a las reglas del San Judas Tadeo como todos los demás.

-Eso espero, porque Connor dice que el ambiente en la administración está tenso. Parece que la chica no viene por voluntad propia -añadió Noah, encogiéndose de hombros-. En fin, te dejo con tus alumnos. Yo tengo que ir a ver por qué la caldera decidió morir de nuevo.

Me despedí de él con un asentimiento y entré al aula de tercer año. El silencio cayó de inmediato. Mis alumnos, jóvenes que apenas empezaban a entender el peso de la responsabilidad, me miraban con respeto. La clase transcurrió con la fluidez habitual: Santo Tomás, la moralidad del acto humano, la contención de los impulsos. Me sentía cómodo allí, en el mundo de las ideas y la rectitud.

Sin embargo, el destino tenía otros planes para el final de mi jornada.

Cerca de las cuatro de la tarde, mientras cruzaba el patio central hacia la biblioteca, el caos estalló. No fue un susurro, fue un estruendo. El sonido de un motor rugiendo a toda velocidad rompió la paz del convento, seguido del chirrido violento de neumáticos sobre la grava.

Me detuve en seco, con el corazón martilleando contra mis costillas. Una camioneta negra de lujo se había detenido de forma errática frente a la entrada principal, bloqueando el paso de los suministros. Antes de que pudiera acercarme a pedir explicaciones, la puerta trasera se abrió de golpe.

-¡No me pueden obligar a quedarme en este agujero de ratas! -El grito, agudo y cargado de furia, llenó el patio.

Una chica salió de la camioneta como si fuera expulsada por un volcán. Llevaba un vestido ajustado que desafiaba cualquier norma del internado, el cabello oscuro revuelto y una maleta de cuero que lanzó al suelo con un desprecio absoluto. Detrás de ella, dos hombres de traje oscuro intentaron sujetarla, pero ella se zafó con una agilidad felina.

-¡Isabella, compórtate! -le gritó uno de los hombres, claramente un empleado de su familia.

-¡Púdranse! -respondió ella, dándose la vuelta y empezando a caminar hacia el interior del edificio.

Yo estaba allí, parado en medio de su camino, con mi Biblia bajo el brazo y una expresión de horror que no pude ocultar. Ella no me vio hasta que estuvo a menos de un metro de distancia. El impacto fue inevitable. Tropezó conmigo con tanta fuerza que mis libros volaron por los aires, aterrizando sobre el suelo polvoriento.

-¡Fíjate por dónde vas, maldita sea! -exclamó ella, sin molestarse en mirar a quién le hablaba.

Me quedé helado. Nadie me hablaba así. Nadie usaba ese lenguaje en este recinto. Me agaché para recoger mi ejemplar de las Confesiones de San Agustín, intentando mantener la calma que mi hábito exigía.

-Señorita, le sugiero que cuide su lenguaje y su forma de entrar a este lugar sagrado -dije, levantándome y fijando mi mirada en ella.

Fue entonces cuando nuestros ojos se cruzaron. Sus ojos eran grandes, de un color café tan profundo que parecía fuego quemado, y estaban llenos de una rabia que escondía algo mucho más doloroso. Por un segundo, el aire pareció desaparecer del patio. Ella me barrió de arriba abajo, deteniéndose en mi cuello clerical con una mueca de burla.

-Vaya, ¿y tú quién eres? ¿El comité de bienvenida celestial? -soltó con sarcasmo, cruzándose de brazos-. Porque pareces demasiado joven para estar tan... abrochado.

-Soy el profesor Gabriel Lombardi -respondí, mi voz sonando más tensa de lo que deseaba-. Y usted está interrumpiendo el orden de este internado. ¿Quién es usted para entrar de esta manera?

Ella soltó una carcajada seca, una que no tenía ni un gramo de alegría.

-Soy tu peor pesadilla, "Padre" Gabriel. O al menos eso dice mi padre -se acercó un paso más, invadiendo mi espacio personal. Pude oler su perfume, algo dulce y salvaje que contrastaba violentamente con el olor a incienso al que estaba acostumbrado-. Me llamo Isabella Moretti, y me han traído aquí para que tipos como tú me "arreglen". Pero te doy un consejo: no pierdas tu tiempo.

-Nadie es un caso perdido, señorita Moretti, aunque su actitud sugiere que tiene un largo camino por delante -repliqué, apretando los libros contra mi pecho-. Mañana tiene clase de Ética conmigo a primera hora. Le sugiero que busque el uniforme reglamentario y se presente con una actitud diferente.

Isabella me miró con un brillo desafiante en los ojos. Se inclinó hacia mi oído, tan cerca que sentí el calor de su aliento en mi cuello, provocándome un escalofrío que me hizo retroceder instintivamente.

-¿Ética? -susurró-. Qué aburrido. Prefiero enseñarte yo un par de cosas sobre la tentación, Gabriel. Porque me da la impresión de que debajo de tanta tela negra, hay un hombre que se muere por gritar.

Se separó de mí con una sonrisa triunfal, recogió su maleta y pasó por mi lado golpeando mi hombro intencionadamente. La vi alejarse hacia los dormitorios, seguida por los hombres de su familia que parecían aliviados de haberse deshecho de ella.

Me quedé allí parado, solo en el patio, mientras el sol empezaba a caer. Mis manos temblaban ligeramente. No era solo la falta de respeto, era la forma en que me había mirado, como si pudiera ver las grietas que yo tanto me esforzaba por ocultar.

-Gabriel, ¿estás bien? -Connor Valenti apareció a mi lado, mirando en la dirección por la que se había ido la chica-. Esa es la Moretti. Parece que va a ser un año largo.

-Es una insolente, Connor -dije, tratando de recuperar mi compostura-. Una niña malcriada que no sabe dónde se ha metido.

-O tal vez sabe perfectamente dónde se ha metido y por eso está tan furiosa -murmuró Connor, dándome una palmada en la espalda-. Suerte mañana en clase. La vas a necesitar.

Caminé hacia mi habitación en silencio, pero la paz del incienso ya no me servía. Las palabras de Isabella Moretti se repetían en mi cabeza como un eco pecaminoso. Debajo de tanta tela negra, hay un hombre que se muere por gritar.

Entré en mi celda, cerré la puerta y me arrodillé frente al crucifijo. Intenté rezar, busqué las palabras para pedir por el alma rebelde de esa joven, pero por primera vez en años, las palabras no acudieron a mí. En su lugar, solo veía sus ojos desafiantes y sentía el calor de su presencia cerca de mi cuello.

Aquel fue el día en que entendí que mi mayor batalla no sería contra el mundo exterior, sino contra la tormenta que acababa de entrar por las puertas de mi refugio. Isabella Moretti era el caos, y yo, el hombre que juró amar solo a Dios, sentía por primera vez el miedo de ser consumido por el fuego de una mortal.

            
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