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Por segunda vez en su vida Ellar huyó, llevándose consigo unos pesados y polvorientos tomos encuadernados en piel que eran el tesoro mejor guardado de aquel brujo caído en desgracia.
¿Podría sacar algo por su venta?
Caminó durante días y noches, subsistiendo a base de frutos silvestres, raíces y pequeños animales que a veces lograba cazar, hasta que su errante andar le llevó hasta Brondesmar, la ciudad más imponente del imperio, con sus columnas de mármol elevándose sobre calles atestadas de gente y sus puestos de mercado con género procedente de todos los rincones del mundo conocido. Lo primero que hizo el joven Ellar al llegar a la urbe fue visitar a un viejo librero cuyo local estaba situado en un oscuro callejón aledaño a la calle principal.
- Muchacho, ¿qué es lo que quieres?
Sin mediar palabra, Ellar depositó los libros sobre el mostrador. El dueño del negocio, un personaje bajito de rasgos faciales exagerados y poco agraciado, se colocó unos enormes anteojos y comenzó a observar con detenimiento los gruesos volúmenes que le había traído el joven mientras murmuraba cosas como: «impresionante», «¡Increíble! ¡Una primera edición de Il libro della morte vuota!» o «¿de dónde habrá sacado este crio estos volúmenes tan raros?».
-Chico, estos viejos libros en su conjunto no valen más que cincuenta monedas de oro... Y mira, te ofrezco esa cantidad porque hoy me siento generoso -dijo el librero al terminar de pasar la última página de uno de los tomos.
El importe de la oferta que le hacía el comerciante, a pesar de tratarse de una auténtica fortuna por la que algunos habrían matado, era un precio sensiblemente inferior al real, ya que los libros que Ellar había llevado allí a tasar eran en su mayor parte piezas únicas escritas por uno de los más reconocidos hechiceros del imperio, cuando no grimorios de una rareza incuestionable. Y eso era algo que Ellar sabía cuando decidió llevar los tomos consigo.
-Perdone señor, ¿me está tomando por lerdo? -dijo Ellar intentando dar a su tono de voz un registro amenazador, pero debido a que aún no había madurado su voz quedó ridículo-. Perdone que le corrija, pero todos estos libros en su conjunto valen al menos el doble de lo que me ofrece.
-Mira niño, no sé ni quiero saber de dónde has sacado esto que me has traído, pero con solo echar un rápido vistazo a tu andrajosa indumentaria puedo deducir que no ha sido mediante procedimientos legales. Las ratitas de campo como tú tenéis la mala costumbre de tomar lo que no os pertenece e ir por ahí alardeando de ello como si el resto del mundo no se diese cuenta de que no sois más que pícaros sin oficio ni beneficio, así que más te vale que te largues echando leches de aquí, o me veré en la obligación de llamar a la guardia, y créeme, ellos no serán tan clementes contigo.
Cuando el hombre terminó de hablar, Ellar lo fulminó con ojos relampagueantes y un odio indescriptible se adueñó de él.
¿Qué pretendía aquel hombre? ¿Engañar a un pobre muchacho?
El librero, a pesar de pertenecer a un gremio reconocido por ayudar a difundir la cultura incluso entre la gente humilde, era como todo el mundo que Ellar había conocido hasta aquel momento: egoísta, ambicioso y camuflado tras el mostrador de su librería, se dedicaba a engatusar mediante falsas buenas maneras a las personas que acudían a él por necesidad. Pero en esa ocasión había cometido un error. Ellar no poseía nada a excepción de un odio emergente que con cada lección que le daba la vida crecía de manera exponencial, quizá por eso el librero fue incapaz de prever el salvaje ataque del niño. Un fugaz golpe en la cabeza con el canto de uno de los gruesos tomos le hizo caer inconsciente al suelo y el joven aprovechó ese instante para subirse sobre su cuerpo y...
Cuando Ellar abandonó el recinto de la librería, llevaba en su mano un saquito de piel en cuyo interior cien monedas de oro tintineaban al ritmo de sus gráciles zancadas. Cerró la puerta a su espalda y con paso tranquilo se alejó del lugar como si allí no hubiese ocurrido nada.
Pocas horas más tarde, en la ciudad hubo un gran revuelo cuando se dio a conocer la noticia de que se había localizado el cadáver del más conocido librero del lugar. Este apareció tirado en el suelo de su tienda destrozado, como si hubiese sido atacado por un animal salvaje y a su lado, unos gruesos e indescifrables libros encuadernados en piel cubiertos de sangre.
Como suele ocurrir, a los pocos días el populacho había olvidado tan atroz suceso y la ciudad regresó a su ajetreada vida normal.