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La música siguió sonando, desgranando notas que evocaban sensualidad y provocación. Cassandra continuó con el espectáculo. Se metió un dedo en la húmeda boca y se lo comió. Jonathan notó que su miembro se hinchaba con otro aluvión de sangre al recordar su boca en torno a él, su lengua lamiéndole el cuerpo con habilidad, provocándole e incendiándole por completo. Aun meses después, podía sentir el látigo de aquella lengua, la seda caliente de su boca. Se estremeció.
Con una provocativa sonrisa, Cassandra se sacó el dedo de la boca y dibujó el valle entre sus pechos con la húmeda punta del dedo. Luego apretó uno con la palma de la mano, ofreciéndoselo con una invitación al pecado en su hermoso rostro.
Santo Dios, no era de extrañar que hubiera levantado un imperio ella sola, allí, en Lafayette. Aquella mujer era pura sensualidad y hacía muy bien su trabajo. Ningún hombre en sus cabales podría resistirse a algo tan intenso y provocador y seguir cuerdo.
Por el rabo del ojo, Jonathan vio que el empleado de Cassandra, el mismo al que ella había besado antes en la mejilla, se acercaba sigilosamente al escenario. Con un rápido giro de cabeza, Jonathan observó que el gigante de la ceñida camiseta negra estaba tenso y jadeante y poseía una enorme protuberancia que decía por sí sola lo excitado que estaba.
Jonathan deseó poder decir que aquello no le importaba. Pero hubiera mentido.
Entonces, cuando volvió a mirar al escenario, estuvo a punto de olvidarse hasta de su propio nombre.
Cassandra estaba de espaldas y se había inclinado por la cintura; le miraba por encima de un hombro casi desnudo de una manera que le dejó aturdido. Jonathan se agarró a los brazos de la silla, deseando levantarse, subir al escenario, tumbarla en el suelo e introducirse en su interior en ese mismo instante.
El tirante del pequeño top se le había deslizado por el brazo. Y aquella indecente faldita... Al estar inclinada se le insinuaba el inicio de las nalgas desnudas que asomaban intermitentemente por debajo de la seda negra. El liguero era rojo. El tanga -que apenas se veía- hacía juego con él.
Cassandra se pasó juguetonamente los dedos por la espinilla, el muslo y luego los hizo desaparecer por debajo de la mini falda. Tenía los ojos entrecerrados y separó los voluptuosos labios emitiendo un silencioso gemido de placer. Jonathan se tensó.
Tenía que salir de allí.
Entonces, Cassandra deslizó las manos por las ondulantes caderas y agarro la falda. Tiró de la prenda negra y ésta revoloteó hasta el suelo.
Jonathan cerró los ojos para impedir que la tentación de la piel desnuda se burlara de él. En vez de eso le golpearon los recuerdos. Le había permitido que la tomara de todas las maneras que quiso. Recordó. Las gotas de sudor que les cubrían mientras se sumergía en ella.
Cristo, tenía que detener aquella oleada de lujuria; al menos el tiempo suficiente para decirle a Cassandra que no iba a quedarse.
Rogando que cesara pronto. Jonathan abrió los ojos. Y se quedó sin respiración.
Cassandra le brindó una pícara e invitadora sonrisa mientras tiraba bruscamente del top para revelar un sujetador rojo. Recordaba demasiado bien cómo era su sosten.
Jonathan se removió en la silla, casi como si fuera un niño revoltoso. Estaba muy emocionado
Tenía que irse de allí. A la mierda cualquier conversación educada. Le enviaría un correo electrónico con una explicación, porque si se quedaba se olvidaría de todos sus buenos propósitos y hasta de perder el sentido.
Mientras se levantaba, Jonathan repasó mentalmente una lista de cocineros - todas mujeres, por supuesto- a las que pagaría de buena gana para que ayudaran a Cassandra esa semana. Era una lista corta, sólo algunos nombres. Él le enviaría las recetas...
El sujetador rojo cayó al suelo a los pies de Cassandra.
«Vete de una vez» , se exigió a sí mismo. Las piernas no le respondieron.
Cassandra siguió bailando mientras bajaba los escalones. Pasó junto a su excitado cliente, al que le dirigió una sonrisa mientras
le acariciaba la cara. Jonathan se tensó cuando el musculitos intentó tomarla entre sus brazos. Pero Cassandra fue demasiado rápida y se zafó de sus manos, corriendo... hacia Jonathan.
Jonathan apretó los puños cuando ella siguió bailando cada vez más cerca...
Cassandra se dejó caer de rodillas ante él y levantó la vista. Sus miradas se cruzaron. Ella jadeaba con fuerza. A pesar de los vaqueros que le cubrían, él sentía su aliento.
Era imposible no alargar la mano, no enredar los dedos en sus cabellos y acercar más la boca de Cassandra. Pero cuando lo hizo, sólo agarró el aire. Ella y a se había alejado con aquel cuerpo dorado que le hacía olvidarse de que tenía cerebro.
La música siguió sonando hasta el final mientras ella se dejaba caer en el escenario, con las piernas abiertas, las rodillas dobladas y los pechos cubiertos con las manos. Arqueando la espalda... como si estuviera preparada para él, para que la poseyera.
Jonathan dio un paso hacia ella. Pero se obligó a detenerse y a respirar hondo. Jamás había sido masoquista, y no pensaba empezar a serlo ahora.
A su lado, el musculoso gorila aplaudió y silbó ruidosamente, como un hombre poseído.
-Eso sí que ha sido todo un espectáculo, jefa. ¡Maldita sea!
Cassandra se levantó y sonrió.
Se recordó a sí mismo que ella se ganaba la vida de esa manera. Que exhibía su cuerpo ante desconocidos con los que sabe Dios qué más hacía. ¿Por qué iba a importarle quién la viera?
-¡Gracias! Es el número que he preparado para el aniversario.
-Pues si necesitas que alguien babee a tus pies, me ofrezco voluntario -dijo el guardaespaldas, guiñándole un ojo.
-Lo recordaré.
Cassandra recogió la chaqueta del suelo y se la puso, cubriéndose los pechos con las solapas. O por lo menos intentándolo. La prenda no tenía botones ni broches, así que estaba prácticamente abierta cuando bajó los escalones, dejando a la vista el escote y las abundantes curvas de sus pechos.
-Señor Campbell, me alegro de verte. -Le tendió la mano.
¿En serio esperaba que la tocara? Jonathan se preparó para la corriente eléctrica que le atravesaba cada vez que rozaba a esa mujer. Pero nada le hubiera podido preparar para la descarga que le recorrió cuando le estrechó la mano.
-Señorita Fox, tenemos que hablar. ¿Podríamos hacerlo en algún lugar más tranquilo? ¿Un lugar más... -Jonathan recorrió con los ojos al guardaespaldas, que les miraba con curiosidad- privado?
-Christopher -dijo ella, chasqueando los dedos-. Ponte a trabajar. Ya son las cuatro, ¿verdad? Es hora de abrir la puerta. -Entonces volvió a mirar a Jonathan-. Sígueme.
¡Cómo si él se hubiera podido resistir a seguirla cuando ella le mostró aquel provocativo trasero mientras se alejaba de él! Imposible.
La siguió fuera de la sala por un pasillo pintado de negro. Las Jonathanes rojas del escenario quedaron a su espalda, dando un aire gótico a la parte de atrás en contraste con la zona baja. Llegaron hasta el fondo, donde había una habitación pintada de blanco. Un remanso de paz con fotos en blanco y negro en las paredes. Las flores de seda y el sillón del escritorio daban un alegre toque de color rojo.
Cassandra sostuvo la puerta para que él entrara y cuando lo hizo, la cerró. Él se dio cuenta de que no se oía ningún sonido del club. Ladeó la cabeza, escuchando el silencio.
-Esta habitación está aislada acústicamente -le confirmó ella, apoyando la cadera en el borde del escritorio en una actitud relajada que, de alguna manera, exudaba sensualidad-. Es muy difícil concentrarse en la contabilidad, a las dos de la madrugada.
Un comentario muy racional, pero no tenía nada que ver con el objeto de aquella reunión.
-Mira, yo...
-Antes de centrarnos en otros asuntos, ¿puedes darme tu opinión sobre el número? Hace dos años que no bailo en una barra. Estoy algo desentrenada.
¿Hacía dos años que no bailaba en la barra? Vaya... Jonathan no solía frecuentar los clubs de striptease, así que no podía comparar, pero pensó que sufriría un ataque cardíaco si alguna vez veía bailar a Cassandra cuando ella considerara que estaba en forma.
-¿Por qué me lo preguntas?
-Eres el único que me ha visto, además de Christopher, y él no es demasiado objetivo. Necesito una opinión masculina. ¿Te ha gustado?
« Si sólo fuera eso» .
-Hum... ha estado bien.
-Bien... -Cassandra suspiró-. Tiene que resultar espectacular. ¡Maldita sea! Esta noche es el quinto aniversario de «Las sirenas sexys» y prometí actuar. Ya no lo hago nunca. Intentaré esforzarme más después, cuando represente el número. Gracias por tu sinceridad.
Cómo se esforzara más, la mitad de la audiencia se correría en los primeros treinta segundos.
-¿Qué tal te han ido las cosas? -La sonrisa de Cassandra iluminó toda su cara, toda la habitación. Maldición, incluso iluminó a Jonathan.
-Genial. He estado muy ocupado. ¿Y a ti?
-Oh. -Cassandra puso los ojos en blanco-. ¡Ha sido una locura! No sabía que poner en marcha un restaurante fuera tan difícil. Por supuesto, sé lo que cuesta abrir un negocio, pero me queda mucho que aprender. De todas maneras, me alegro de que estés aquí. Hace mucho tiempo que espero ver cómo te pones manos a la obra. -Cassandra le lanzó una picara sonrisa-. Me refiero en la cocina, por supuesto.
La temperatura corporal de Jonathan aumentó de nuevo. Como no se fuera pronto de allí, ella vería cómo se ponía manos a la obra en la cocina y en cualquier otro lugar. Pero, ¿cómo podía comunicarle sus intenciones sin que se enfadara? Definitivamente había hecho un trato con ella.
-He oído que tu primo se ha casado -comentó ella. Jonathan intentó no cambiar la expresión.
-Sí. Deke y Kimber se casaron hace un par de meses.
Cassandra hizo una pausa, ladeó la cabeza y le observó con aquellos fríos ojos azules.
-¿No te importó? Sé que tú también formabas parte de esa relación.
Sí, pero todo había terminado el mismo día que murió su sueño. Se había enredado con Kimber y su primo, aún sabiendo que ella amaba a Deke. A pesar de todo, Jonathan había esperado casarse con ella, que Deke la dejase embarazada y que todos formasen una familia feliz. Sin embargo, ellos habían elegido ser una pareja tradicional y le habían dejado a un lado. Posiblemente había perdido la última oportunidad de ver crecer a un niño con algo de su sangre cuando siguió su camino en solitario.
Jonathan vaciló, calibrando los riesgos.
-Ella sigue siendo especial para mí.
No era mentira, aunque tampoco era toda la verdad. Kimber y Deke sólo se necesitaban el uno al otro y Jonathan sólo les había acompañado. Lo aceptó porque, aunque adoraba a Kimber, no la amaba. Sin embargo, quería lo único que le podía dar, lo deseaba con tanta intensidad que algunas veces el anhelo que sentía le producía un profundo cráter en el pecho.
Quería tener un hijo y no podía.
-¿Te encuentras bien? -le preguntó Cassandra-. ¿Quieres una copa?
No. Lo que tenía que hacer era irse de allí antes de que su brazo tomara el control y le hiciera olvidar el hecho de que necesitaba encontrar a una mujer aceptable que quisiera tener un hijo tanto como él. Cassandra... ella era sexy, decidida, femenina, le volvía loco; pero no encajaba en su ideal de madre. Si terminaba recurriendo a la adopción, los trabajadores sociales le echarían una mirada y saldrían corriendo espantados. Incluso aunque ella quisiera tener hijos
-Que ¿por qué iba a querer?-, no creía que estuviera dispuesta a recurrir al banco de semen más cercano ni a someterse a una fecundación in vitro. Querría concebir a sus hijos de la manera tradicional.