"¡Ah!".
Un grito desgarrador rasgó el silencio del pasillo del hotel, pero el portazo de una pesada puerta lo ahogó de inmediato.
En la oscuridad de la habitación, el corazón de Valerie Brown latía desbocado. Intentó gritar, pero una mano áspera e implacable le cubrió la boca, sofocando cualquier sonido.
Se quedó paralizada al sentir el aliento caliente y etílico de un extraño contra su cuello. Cada exhalación suya intensificaba el miedo que la atenazaba.
Ese no era Javier Barnett. No era el hombre que amaba.
"¡Suéltame! ¿Quién demonios eres?".
Valerie se debatió con furia, golpeando el pecho del desconocido con los puños, pero el agarre de su agresor era férreo.
La conmoción la paralizó. De nada le servían sus años de entrenamiento en artes marciales; aquel hombre la sometía con una facilidad pasmosa.
En un instante, todo dio un vuelco.
Sintió que la levantaban en vilo y la arrojaban sobre la suavidad de una cama. Antes de que pudiera asimilar lo que ocurría, un peso aplastante cayó sobre ella, inmovilizándola.
"¡No te muevas!", gruñó él, sujetándole ambas muñecas contra la cabecera con una sola mano, sin el más mínimo esfuerzo.
El sonido agudo de la tela al rasgarse hirió el silencio. Su contacto la quemaba; cada roce de sus dedos era como fuego. Sus intentos por resistirse fueron inútiles, tan vanos como luchar contra una fuerza de la naturaleza.
Las lágrimas anegaron sus ojos, nublándole la vista mientras el pánico la consumía. Sus palabras salieron en un murmullo tembloroso y entrecortado. "Por favor... ni siquiera te conozco...".
Pero su súplica se perdió en el vacío. Como única respuesta obtuvo el bajo y áspero resuello del hombre contra su oído, frío y despiadado.
La luz del amanecer que se filtró en la habitación le hirió los ojos.
Valerie parpadeó. Un dolor agudo le recorría todo el cuerpo.
Le dolía cada centímetro de piel. Sentía las piernas débiles, inútiles, como si se negaran a obedecerla.
Fragmentos de la noche anterior destellaron en su mente: cuerpos entrelazados, caricias forzadas... pero el rostro, su rostro, permanecía envuelto en sombras.
El recuerdo de la agresión la carcomía. Rechinó los dientes mientras una oleada de ira impotente bullía en su interior. Apretó los puños con tal fuerza que las uñas se le hundieron en las palmas, pero no sintió dolor. Solo una ira pura y absoluta.
...
Poco a poco, la mente de Valerie comenzó a despejarse y la cruda realidad la golpeó.
Recorrió la habitación con la mirada: un caos de sábanas revueltas y ropa rasgada. Se obligó a levantarse, aunque cada movimiento era una batalla contra el dolorimiento de su cuerpo.
Aún semidesnuda, se tambaleaba para recomponerse cuando la puerta se abrió de forma explosiva con un estruendo ensordecedor.
"¡Eres una deshonra!". Una voz cargada de furia retumbó en la habitación. "¡Has cubierto de vergüenza a toda la familia Brown! ".
Valerie se giró, sobresaltada. Vio a su padre, Craig Brown, irrumpir en la habitación con el rostro desfigurado por la cólera.
Clavó los ojos en ella, recorriendo su ropa arrugada y su piel amoratada. Su mirada se detuvo en las marcas rojizas de humillación alrededor de su cuello y hombros. Un destello de odio puro y venenoso brilló en sus ojos, como si la sola visión de ella despertara en él el deseo de aniquilarla.
"Valerie, ¿cómo pudiste convertirte en semejante deshonra?". Craig vociferó, con la voz rebosante de desprecio. "Eres igual que tu madre: ¡una absoluta deshonra!".
El cuerpo de Valerie se tensó y una oleada de ira protectora le incendió el pecho. Sus ojos destellaron con desafío.
"No tienes ningún derecho a mencionar a mi madre", espetó ella, con veneno en cada sílaba. "¿Deshonra? ¿Yo?", replicó. "¿Y qué hay de ti? El día que nos echaste a la calle, a mi madre y a mí, por esa despreciable de Lacey y su madre intrigante, perdiste hasta el último ápice de dignidad".
Sus palabras cortaron el aire como cuchillos, afiladas y certeras. El rostro de Craig se contrajo y su cuerpo tembló de pura rabia.
La fulminó con la mirada mientras profería insultos, pero Valerie no se inmutó. Hacía mucho tiempo que había dejado de esperar nada de ese hombre.
Sin embargo, después de soportar la agresión de un extraño y ahora las maldiciones de su propio padre, algo en su interior se quebró. La amargura que había mantenido sepultada comenzó a desbordarse, tiñendo cada uno de sus pensamientos.
Sin decir una palabra más, Valerie se dio la vuelta, desesperada por escapar de esa habitación sofocante. Pero al llegar a la puerta, una figura le bloqueó el paso.
"Valerie, ¿es esa la forma de hablarle a tu padre?". La voz era suave, pero su tono burlón hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Valerie. Dos figuras entraron con paso pausado en la habitación, y el corazón de Valerie dio un vuelco.
Alzó la vista de golpe y se encontró con Javier, el hombre al que una vez amó con toda su alma. Él llevaba del brazo a su hermanastra, Lacey Brown.
Javier sujetaba a Lacey con un aire posesivo, y su mirada recorrió a Valerie con absoluto desprecio.
"Eres una mujerzuela falsa y promiscua", siseó, con palabras cargadas de veneno. "Gracias a Dios que me di cuenta a tiempo de quién eras en realidad y elegí a Lacey. Si nos hubiéramos casado, ¡habría sido el hazmerreír del siglo!".
A Valerie se le cortó la respiración. Retrocedió tambaleándose; el impacto de aquellas crueles palabras fue como un golpe físico. La incredulidad la paralizó mientras miraba al hombre que una vez creyó suyo. Su mente zumbaba y, en ese único y devastador instante, sintió que el mundo se derrumbaba a sus pies.
"Javier, por favor, no seas tan duro con mi hermana", dijo Lacey con voz melosa, recostándose contra él con fingida preocupación. "Solo fue un error que cometió en el calor del momento, estoy segura de que no era su intención. Valerie siempre ha sido excepcional, es mi modelo a seguir".
Sus palabras pretendían ser magnánimas, pero el brillo de arrogante satisfacción en sus ojos revelaba la verdad: todo marchaba a la perfección según su plan.
De pronto, soltó un jadeo y avanzó con una exagerada expresión de sorpresa. "Valerie, tu cuello...".
Señaló con delicadeza las marcas rojas en la piel de Valerie, con una expresión de falsa vergüenza en el rostro. Vaciló y desvió la mirada hacia la cama deshecha, como si la timidez le impidiera continuar. "¡Dios mío! ¿Con quién estuviste anoche? ¿Cómo pudo dejarte aquí tirada de esa manera? Es... terrible".
Valerie permaneció inmóvil, con el rostro impasible, observando las manos entrelazadas de la pareja. Sentía una opresión dolorosa en el pecho, como si una mano invisible se lo estrujara con cada palabra que decían, robándole el aliento.
De pronto, todo encajó.
La llamada de la noche anterior, el tono inusualmente suave de Javier al invitarla al Hotel Majesty con la promesa de una sorpresa... ¿Era esa la sorpresa? ¿Entregarla a la cama de otro hombre?
Valerie palideció y su cuerpo tembló ante la brutalidad de la revelación.
La verdad la golpeó como una ola gigantesca: Javier y Lacey lo habían orquestado todo.
Habían conspirado a sus espaldas, moviendo los hilos, y ahora se plantaban frente a ella con una falsa superioridad moral, como si tuvieran derecho alguno a juzgarla.
¿Acaso creían que era tan fácil de manipular? ¿Que simplemente se derrumbaría?
Una ira aguda y abrasadora se encendió en su interior, creciendo a cada segundo hasta sofocar la humillación.
La mirada de Valerie se ensombreció y sus ojos se entrecerraron, fijos en Lacey. Ella permanecía de pie, con aire triunfal y el dedo aún levantado en un gesto de falsa preocupación.
Sin previo aviso, Valerie se abalanzó sobre ella. Le sujetó el dedo con el que la señalaba y se lo torció con una fuerza brutal.
"¡Ah!".
El chasquido del hueso al romperse fue nítido e inconfundible. El rostro de Lacey se contrajo en una mueca de dolor y conmoción.
"¡Mi mano! ¿Qué me has hecho?".
"¡Valerie! ¿Te has vuelto loca? ¿Cómo te atreves a atacar a tu hermana?", retumbó la voz de Craig, cargada de sorpresa y alarma.
Corrió al lado de Lacey y la rodeó con sus brazos en un gesto protector, protegiéndola como si Valerie fuera una especie de monstruo.
"Lacey, déjame ver", murmuró, y su enojo dio paso a la preocupación mientras la sostenía con cuidado.
Lacey se acurrucó contra Craig, con la voz temblorosa y una inocencia estudiada.
"Papá, no es nada, estoy bien. No debí decir esas cosas...".
La expresión de Craig se endureció aún más. Entrecerró los ojos al mirar a Valerie, y su mirada destilaba pura rabia. La observaba como a una enemiga, no como a su propia hija, en un brutal contraste con la ternura que le había mostrado a Lacey momentos antes.
"¡Valerie!", ladró, y su voz sonó como un latigazo. "¡Pídele disculpas a tu hermana ahora mismo!".
La exigencia quedó suspendida en el aire, pero Valerie no se inmutó. La opresión en su pecho se transformó en algo más oscuro. Una risa amarga se escapó de sus labios y sus ojos brillaron con fría burla al enfrentarlo.
"¿Hermana? ¿De qué hermana hablas?", espetó, con la voz teñida de veneno. "Mi madre solo tuvo una hija, y esa soy yo. No tengo ninguna hermana".
Sus palabras cayeron como una bofetada. La habitación pareció congelarse mientras Valerie daba un paso al frente, con el disgusto grabado en el rostro. "Nos echaste a mi madre y a mí por ese par de arpías. ¿Acaso ya olvidaste de dónde proviene tu fortuna?".
Su mirada se desvió hacia Lacey, quien seguía haciéndose la víctima en los brazos de Craig. "No importa cuánto le duela ahora, no es nada comparado con lo que me debe. Se lo tiene bien merecido".
Valerie liberó la amargura que había reprimido durante tanto tiempo. Su voz sonó fría y cortante. Miró al padre y a la hija que tenía ante ella con una indiferencia glacial. El resentimiento, cultivado durante años, finalmente afloró, rasgando la tensión del ambiente como el filo de una navaja.
Durante dieciocho años, Craig la había ignorado, prefiriendo mimar y proteger a su otra hija todo el tiempo.
Alguna vez, Valerie había anhelado su atención y soñado con el amor de un padre. Pero ahora, de pie frente a él, comprendió que ya no lo deseaba.
Su mirada se desvió hacia Javier, que permanecía inmóvil. Él pareció sentir el peso del desprecio de Valerie y, sin darse cuenta, retrocedió unos pasos. Le temblaban los labios, pero no fue capaz de reunir el valor para hablar.
La cobardía que Valerie veía ahora con tanta claridad le revolvía el estómago. ¿Cómo había podido estar tan ciega? ¿Cómo pudo haberse enamorado de un hombre tan débil, tan falto de carácter?
El rostro de Craig se contrajo de ira. Sus fosas nasales se ensancharon mientras la fulminaba con la mirada. "¡Mocosa insolente!", rugió, con la voz temblorosa de furia. "¿Con qué derecho me criticas?", continuó.
"¿Cómo te atreves a hablarme así? ¿Acaso ya no te importa tu madre?". La voz de Craig retumbó, pero detrás de su ira se ocultaba algo más siniestro: una malicia que centelleaba en sus ojos.
Valerie se quedó helada. El corazón le latía con fuerza mientras una ola de pánico la invadía. "¿Mi madre? ¿De qué hablas? ¿Qué le hiciste?", gritó con voz ronca y la mirada encendida de rabia.
Los labios de Craig se curvaron en una sonrisa burlona. "Tranquila. Solo la saqué del hospital", respondió, arrastrando las palabras, saboreando el poder que le otorgaban.
Todo el cuerpo de Valerie tembló, y la furia en su interior amenazaba con estallar.
Su madre era su única ancla en un mundo retorcido. Había dedicado su vida a salvarla. Abandonó la ingeniería mecánica para estudiar medicina con el único propósito de encontrar una cura para ella después del accidente.
Invirtió todo su tiempo, dinero y energía en fundar un instituto de investigación médica, donde logró avances significativos para el tratamiento de su madre.
Y ahora, Craig usaba la vida de su madre como palanca.
Al ver el efecto de sus palabras, Craig resopló suavemente. La furia que había deformado su rostro momentos antes se disipó, reemplazada por una fina y calculadora sonrisa, fría y triunfante.
"Jonathan Holt tuvo un accidente automovilístico", dijo Craig con frialdad, entrecerrando los ojos. "No puedo permitir que Lacey se case para cuidar a un vegetal por el resto de su vida. Pero como tú ya te has deshonrado con algún hombre, puedes ocupar su lugar y hacer algo útil para la familia Brown".
La mente de Valerie era un torbellino.
¿Jonathan Holt? ¿El jefe del Grupo Holt? ¿Un accidente automovilístico?
¿Cómo pudo un incidente tan grave pasar desapercibido?
Pero sus pensamientos cambiaron de rumbo rápidamente. Nada de eso importaba ahora: ni Jonathan, ni el matrimonio.
Lo único que importaba era su madre.
"Libera a mi madre o no obtendrás nada de mí", gruñó Valerie entre dientes. Su voz, aunque ronca, estaba cargada de una determinación peligrosa que helaba la sangre.
La sonrisa burlona de Craig se acentuó, su mirada afilada y fría. Se quitó las gafas con parsimonia y comenzó a limpiarlas como si dispusiera de todo el tiempo del mundo.
"¿Perdón? No estás en posición de negociar conmigo", respondió, con la voz calmada pero impregnada de amenaza. "Mañana vendrá alguien a llevarte con la familia Holt. Si quieres volver a ver a tu madre, harás exactamente lo que te digo. De lo contrario, no me culpes por las consecuencias".
Sus palabras fueron como una bofetada: frías y brutales. Ni siquiera se inmutó al mirar la figura temblorosa y furiosa de Valerie. Era su propia hija, pero para él no era más que un peón en su tablero.
En cambio, Craig centró su atención en Lacey y sacó un botiquín para curarle con cuidado el dedo herido. Su tacto era suave; su expresión, la de una genuina preocupación paternal.
Aquella tierna escena fue una puñalada en el corazón de Valerie. Ver a Craig mimar a Lacey mientras la chantajeaba con la vida de su madre hacía que el dolor fuera insoportable.
Pero no podía permitir que el dolor la consumiera. Por el bien de su madre, Valerie no tenía otra opción. Reprimiendo la ira, tuvo que ceder. Al menos por ahora.
Aunque eso significara involucrarse con la familia Holt, no tenía otra opción.
"Está bien, acepto. Ahora, váyanse de aquí", gritó Valerie. Apretó los puños con tal fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
Sus labios, secos y agrietados, se sellaron en una línea fina, y sus ojos ardían con una fría determinación.
Obedecería por ahora. Pero una vez que su madre estuviera a salvo, se aseguraría de saldar todas las cuentas: las pasadas y las presentes.
En cuanto se marcharon, Valerie no perdió el tiempo. Se vistió rápidamente, lista para abandonar aquel lugar sofocante.
Pero justo cuando estaba a punto de salir, algo captó su atención y la detuvo en seco.
Sobre la mesita de noche había un gemelo chapado en oro con un diseño inconfundible: una luna creciente con intrincados patrones calados.
Era una creación suya.
El corazón le dio un vuelco. Años atrás, un cliente misterioso le había encargado esa pieza por una suma astronómica: cien millones de dólares.
Había puesto cuerpo y alma en su creación, diseñándolo no solo como un accesorio de lujo, sino también como una herramienta equipada con un localizador GPS y un mecanismo de salvamento oculto. Solo se había fabricado una pieza.
¿Cómo había terminado allí?
La respiración de Valerie se volvió entrecortada mientras su mente trabajaba a toda velocidad.
Quienquiera que fuese el dueño de ese gemelo, no era alguien a quien se pudiera tomar a la ligera. No podía permitirse atraer atención indeseada, no en un momento como este.
Lo recogió. Sus dedos temblaron levemente mientras sacaba una delgada aguja de plata de su bolso.
Con gran destreza, manipuló el gemelo. Un chasquido seco resonó en la silenciosa habitación al desactivar la función de rastreo.
Por ahora, evitaría cualquier problema que eso pudiera acarrearle.
Pero, en el fondo, sabía que no era una coincidencia.