Canción recomendada para leer el cap (siempre al inicio)
Imagine Dragons ●Nothing Left To Say
La doctora Payne sugirió que dejara mis crisis humanas en un cuaderno. Significa contar mi vida bajo el control de esos dos demonios que tuve por familia; reconocer mis desvíos mentales; expresar la miseria que perturba mi mente en palabras.
¿Qué sentido tiene vomitar en letras todo lo que me pasó?
Si de algo estoy seguro es que no se puede arreglar a una persona que ha estado quince años de su maldita vida viendo situaciones que no debería ver, haciendo cosas que no debería hacer, y actuando como alguien que adora convivir con el sadismo.
Soy como una maldita botella de vidrio que arrojan contra una pared. Todo el mundo se aleja, huyen de los pedazos afilados que vuelan hacia cualquier rincón y evitan los trozos desparramados que hay en el suelo porque acabarán lastimados al mínimo descuido.
No hay más que decir: soy una mierda letal e inservible. No me siento orgulloso de serlo. Ser letal era una manera de alejar mis propios demonios, como en las películas de acción donde el héroe se acuesta con cualquier mujer para poder tener algo de alegría en su vida. En mi caso, usaba a mis compañeros de escuela para controlar la carga que pesaba en mí, pero eso solo es una parte de un todo miserable.
Acepto que utilizar a otros para calmar mis propias frustraciones no fue el método más sano, tampoco el que debería haber usado. La única excusa que puedo poner es que no sabía cómo lidiar con la bestia que iba creciendo en mí, aparte de que me veía como una causa perdida y por eso seguía la corriente que conduce la vida de todas las causas perdidas. Aprovecharme de otros, saciar deseos egoístas, maltratar a cualquiera que tenga ese gramo de felicidad que se me negaba, ese era el camino que seguía. Decirlo con palabras es pintar una realidad. Dentro de cada una de esas categorías existe más de un sucio acontecimiento.
Buscando un orden y por dónde comenzar a llenar estas páginas blancas, voy a escribir lo que hacía cuando tenía un día de mierda. Todos mis días eran una mierda, pero como para recordarme a mí mismo lo que estoy dejando atrás, empezaré por exponer las estrategias miserables que tenía para lidiar con lo que no podía dejar de corroer mi buen juicio, si es que en ese entonces tenía uno.
Algunos días se me ocurría que lo mejor para sacar mi amargura era perseguir a cualquier chico que fuera lo bastante lento y torpe como para no poder huir demasiado rápido de un bully. Había varios de ese estilo en la escuela a la que asistía antes, pero siempre intentaba ir de a uno porque así sería más fácil la intimidación y controlar que la sabandija se traumara lo suficiente como para no hablarle a nadie del asunto.
El idiota escogido en esa oportunidad estaba rodeado por sus amigos, ni siquiera me notaba, y si lo hacía, se sentía en medio de ese muro de contención. No obstante, yo era paciente para cazar a mis presas. En algún momento ese muro de contención se dispersaría y vendría mi oportunidad para saciar el hambre de maltratar algo como me maltrataban a mí.
Para atormentarlo un poco lo seguía adonde sea que sus piecitos lo llevaran. Cuando él estaba en la biblioteca, me hallaba ahí, siguiéndolo con la mirada; expectante. Si él entraba al baño, entraba detrás suyo. Si ese idiota estaba en el patio de la escuela con sus amigos, lo seguía y me sentaba a contemplarlo pensando en cómo destrozar su calma, su sonrisa confiada y despreocupada.
Donde él iba, me encontraba.
En ese entonces ya se rumoreaba cómo era yo y qué es lo que hacía al salir de la escuela, solo que este estúpido tal vez pensó que como solo atacaba a chicos solitarios él no podría ser un blanco para mí porque tenía a su secta de amigos alrededor.
Debió de darse cuenta cada vez que lo seguía que mi paciencia era mucha cuando de destrozar la vida de alguien más se trataba.
El acoso siguió y yo adoraba ver lo que provocaba en él. De sonreír todo el tiempo, pasó a mirar para todos lados; incluso cuando sus amigos lo rodeaban. El pánico en su cara y sus ojos atentos a cualquier movimiento lo convirtieron en alguien imposible de calmar, demasiado pendiente del resto y no de pasar el rato relajado; alguien que ya no podía divertirse como antes. Ese idiota ya no podía vivir en paz, hasta diría que los pelos en su nuca se erizaban de solo mirar hacia un costado para verificar que yo no estuviera detrás listo para atacarlo.
Estaba resultando efectivo seguirlo a todos lados. Él ya intuía que algún día dejaría de jugar como un gato con su presa, pero por desgracia no pudo disfrutar ni de una semana de sospecha. Al cuarto día ya estaba persiguiéndolo apenas sus amigos se despidieron de él. Primero entorpecí su camina a casa, sonriendo, apreciando el terror que hacía que sus ojos se convirtieran en dos lunas llenas. La respiración del idiota se escuchaba en medio del silencio que nos acorralaba; la inquietud trastornando su cara, y el subir y bajar de su pecho era frenético.
Me sentía poderoso, dueño de mí mismo y amo de alguien más.
Cuando atentaba contra la carita sonriente de alguien era yo quien tenía el control, aunque en realidad lo que estaba haciendo en ese momento era perderlo.
El chico comenzó a correr apenas di un paso adelante. Lo dejé escapar, sabía que era más rápido que él, también reconocía que tarde o temprano lo atraparía y ya tenía a dónde arrastrarlo para poder librar mi oscura carga en paz. Cerca de la escuela había un edificio abandonado en donde algunos sujetos se juntaban a drogarse. Yo lo usaba para atormentar a mis compañeros. Habré sido un bully, pero no un tonto; si quería que ellos no revelaran nada de lo que les hice para quedar maltratados, debía enterrar el terror en sus cabecitas. Mi objetivo era que ese único momento en el que mis puños aplastaran la carne fuera provechoso y siempre a mí beneficio.
Como hacía con todos, correteé al infeliz hasta que llegamos a mi lugar especial. Él suplicó, lloró, quiso hacerme cualquier favor... "cualquier favor". La verdad me sorprendió que un chico a punto de ser devorado por un monstruo tenga ese razonamiento. No es que yo no tengo algo mejor que decir al respecto. También hacía, sexualmente hablando, cosas extrañas y me daba lo mismo en aquel entonces.
Considerando que esto contiene mis miserias, supongo que también debería escribir acerca de eso. Esto es, después de todo, un recordatorio de lo que fui capaz y de lo que jamás espero volver a hacer. Puede que en un futuro lo lea y sonría porque habré superado este pasado infernal o lo queme y sienta escalofríos por haber sido capaz de todo esto, en vez de que la calidez del fuego me reconforte.
Este cuaderno estará lleno de porquerías porque mi vida es una porquería. Gastar hojas blancas en relatos tan negros es como violar algo virginal.
En fin, el chico estaba por orinarse en los pantalones, cosa que no esperaba que pasara porque no quería golpear un saco de fluidos corporales. Lo acorralé y le hice saber que ningún truco de mierda lo salvaría de esto. Antes de que el estúpido se desmayara, comencé a destrozar su vida tanto física como psicológicamente. No tomaba conciencia de que ya tenía mis puños contra su carne sino hasta mucho después de que mis músculos ardieran tanto como la respiración al entrar y salir por mi nariz.
Los golpes, ¿cómo explicar lo que me hacía sentir?
No sé si existe una palabra que describa lo que fluía en mí al arremeter contra alguien. Lo más cercano a esa sensación puede que sea una corriente de energía que recorre el cuerpo y obliga a las extremidades moverse sin ritmo alguno. Mentalmente también sentía que era imparable el pensamiento "golpear, atormentar, lo que sea que haga llorar al otro y suplicar piedad".
Aguantaba todo y nada se me escapaba. Si de repente sentía la necesidad de destrozar algo, lo hacía, me enfadaba, gritaba de rabia, y hasta usaba un saco de boxeo tan roto como yo por las patadas y golpes que le daba.
Eso veía en todos los que caían en mis manos: una fuente de descarga.
No sé cuánto tiempo estuve atormentando a este del que hablaba antes, tampoco me siento orgulloso y omito detalles que me haga sonreír al pensar en lo poderoso que era porque golpear a alguien no es igual a tener poder sobre él, es caer más bajo, y revolcarse en las llamas del infierno en mi caso. Lo único que no puedo negar es que en ese entonces todo acto violento liberador para mí, lo cual es un hecho del pasado, no un logro.
Cuando el deseo de querer desgarrar la piel de la gente se acababa, llegaba lo peor. Sentía que algo pesaba en mi pecho y una fuerza invisible me obligaba a retroceder. Tendría que comentárselo a la doctora Payne, quizás eso sea algo clave para poder...
Por favor, ¿qué estoy pensando?
¡Nada puede repararse!
Estoy destrozado.
No puedo avanzar.
Apenas logro verme al espejo sin pensar que un día me pareceré a mi padre, ese viejo de mierda.
¡Tengo pesadillas que me hacen retorcer en la cama y querer arrancarme la cabeza!
Todo lo anterior es solo una de tantas cosas que ahora me atormentan de día y de noche. Me estaba convirtiendo en un demonio igualito a los que me criaban, y eso era todavía más frustrante. Aunque, también había una parte de mí que gritaba de horror por lo que había hecho, y tampoco faltaba ese otro lado que se enorgullecía de haber cedido al impulso y darle lo que merece a la víctima.
Soy una mierda y este cuaderno sirve para afirmarlo.
Terminé siendo tan monstruoso como aquellos que cercaron mi vida y me orillaron a la destrucción.
Melanie Martinez - Milk and Cookies
Contuve la risa cuando la doctora Payne habló de la infancia. Ella dijo que es la etapa más importante en la vida de un humano porque son los vestigios que el adulto tendrá. Un tiempo de desarrollo en todo sentido. Todo eso de que el niño debería vivir una infancia plena, completar etapas, desarrollarse emocional y cognitivamente, y qué se yo, me obligó a morder mi lengua para no soltar risotadas fuera de lugar.
La última vez que toqué el tema "mi infancia", mi terapeuta prestó mucha atención -que me vio como un loco- a los gestos que hacía, las cosas que decía y ahora me doy cuenta de que me concentré más en su reacción que en lo que salía de mi boca. Tal vez, por prestarle más atención a ella, olvidé restringir algo de información y no me di cuenta, ni me saltó en el radar de peligro cuando ella hacía anotaciones en su libreta o indagaba sobre algo en particular.
Por treinta minutos le hablé cómo es que viví esa etapa tan bella, inocente, alegre y toda la mierda de adjetivo que exista.
El Mason de niño quizás era un poco más normal que el Mason adolescente. Al menos tenía miedo y luchaba contra el dolor, no lo aceptaba como parte de su disfuncional existencia. Como todo en mi vida, el miedo tampoco podía existir para hacerme más normal y menos monstruo.
Dejé de aterrorizarme de la vida que vivía a muy corta edad porque, por un lado, no valía la pena llorar y rogar que no me lastimaran; hasta resultaba peor porque más avivaba las ansias de maltrato de esos dos demonios que la mala suerte me dio por familia.
El viejo al que debía llamar padre y su hermano, mi maldito tío, siempre buscaban una manera de destruirme porque no les bastaba con destruirse a sí mismos. Era una basura a sus ojos. Si no fuera porque necesitaban manos extra para el negocio, me votaban a la calle a que me destrocen los pedófilos.
Detalle importante: ellos me amenazaban con que conocían a un pedófilo y que este me quería a mí. En cualquier momento me entregarían como ofrenda; esa era su máxima amenaza en mis pobres siete años -tal vez más antes, pero lo que yo recuerdo más vívidamente parte desde esa edad-. Me decían que me trataría con tanto amor como quería, y eso hacía que mojara la cama todas las noches. Esa última parte, ahora que recuerdo, no se la mencioné a la doctora Payne; aunque no hizo falta. Ella quizás pescó que algo sucedía cuando me quedé callado ante un pequeño recuerdo de mí mirando un charco oscuro en mi cama y temblando como un estúpido.
No tenía ositos de felpa para abrazar ni alguien que viniera y dijera que los monstruos bajo mi cama eran solo una ridiculez de mi imaginación. Los monstruos vivían conmigo, eran familia, eran tan reales como sus amenazas. No hacía falta ser un genio ni tener más edad para reconocerlo.
Miles y Maxwell eran los protagonistas de mis pesadillas y los que cada día incendiaban un pequeño pedazo de mi infancia con cualquier maldad que se les ocurriera. Asustarme con palabras habría sido lo de menos, pero la realidad es que ellos asustaban con más que solo eso.
Si cierro los ojos y me concentro lo suficiente puede que hasta grite en cuanto sienta el peso de un cañón imaginario sobre mi frente. El viejo, uno de esos días en los que seguro estaba más en la nada que en este mundo, agarró un arma y apuntó directo a mi cabeza. Ni siquiera pude tragar. Miraba esa cosa porque si miraba al monstruo que estaba sosteniéndola era seguro que yo gritaría de terror. No me asustaría ver algo que no entendía cómo funcionaba o qué daño podría causar; me espantaría el saber que quien está haciéndome eso es quien debería haber sido un héroe para mí en esa época.
Lo reconozco, al asistir a la escuela por no sé qué milagro, veía a los padres y sus hijos ser felices y empezaba a preguntarme porqué tuve tanta mala suerte. Muchos de mis compañeros decían que sus papás eran los mejores, pero cuando querían saber sobre los míos yo les decía que no tenía padres.
Solo había una persona que me trataba bien, Brody, el que ahora es mi tutor. No era un héroe porque era un cobarde que jamás se atrevió a sacarme de esa casa o quizás nunca quiso hacerse cargo de un niño problema; pero trataba de estar conmigo, preguntar cómo iban las cosas, se preocupaba y yo valoro y valoré eso.
Como decía, Miles me apuntaba con un arma.
Yo no lloraba, estaba lo bastante domesticado como para asociar llanto con "te va a ir peor". Me quedé mirando ese pasaje oscuro, intentando no temblar, quedándome quieto porque inconscientemente creí que ese sujeto sería como los depredadores que no les interesa cazar un animal ya muerto.
El viejo me decía que tuviera pelotas, que soportara, que ni siquiera respirara y me haría el honor de no disparar. Eso hice, me convertí en estatua, mas no aparté la mirada de esa cosa rompe vidas y así estuve por una eternidad hasta que la pistola fue quitada de mi cara.
El tonto de Maxwell se reía a carcajadas, el viejo también. Los dos se reían como si estuvieran viendo un payaso caer de narices y volver a caer al levantarse. Yo solo me quedé ahí intentando no moverme porque no estaba seguro de qué hacer. Si me movía era animal muerto.
Cuando mi presencia les molestó, comenzaron a arrojarme latas de cerveza y cualquier porquería que hallaran. Salí corriendo antes de quedar embarrado con cerveza, escuchando los alaridos macabros de esos monstruos.
Esa vez me encerré en mi cuarto y no dormí en toda la noche porque volcaba toda mi fuerza en sostener un palo de escoba.
Fue la primera vez que ellos me apuntaron con un arma y la primera vez que se hizo realidad su amenaza de matarme. Quería llorar, sentía que algo quemaba en mi cuerpo y cara, pero no lo hice. Sostuve el palo con tanta energía que a la mañana siguiente tenía las manos hormigueando.
No fui a la escuela, aproveché que ellos no estaban en casa para buscar algo con qué defenderme. Necesitaba sentirme seguro y deduje que la única forma de alcanzar ese objetivo esa armarme con lo que sea, como esos monstruos. Tomé unos cuchillos de la cocina, algunas botellas de licor, todos los sartenes que encontré y los metí a mi cuarto. Ellos bebían alcohol y comían droga, no iban a extrañar no poder cocinar. También, desde ese día, anduve con una navaja que hallé entre medio de los cuchillos. Un poco más seguro porque tenía con qué luchar, me senté a ver televisión y ahí fue cuando conocí la manera de volverme fuerte.
A pocas cuadras de la pocilga que llamaba hogar había un gimnasio comunitario donde enseñarían judo. Estaba en edad de aprender y lo necesitaba. Le robé dinero al tonto de mi tío que jamás se daría cuenta porque siempre gastaba lo que conseguía en droga y volvía a casa más ido que en la tierra, y fui hasta el gimnasio. Al llegar, por supuesto que había muchos padres con sus hijos corriendo por todos lados llenos de felicidad porque podrían aprender a dar patadas de grulla. Cuando llegó mi turno en la fila el instructor me dijo que podía volver en la tarde y participar porque la primera clase era gratuita, pero que necesitaba un permiso de mis padres.
Maldije todo el camino de vuelta; esos locos jamás me permitirían hacer eso, al contrario, ellos lo practicarían en mí. Entonces recordé que había alguien que sí lo haría. Corrí a ver a Brody cuando llegó su turno de trabajar y le pedí por favor que llenara los papeles y que me llevara a una revisión médica y todo lo que pedían para que fuera aprobado para entrenar.
En ese momento agradecí no tener marcas de golpes recientes y tampoco era como si ellos me golpearan todo el tiempo. Había tiempos en los que se olvidaban del pequeño mocoso que tenían en casa y no aparecían por días, pero también, lo importante para esos monstruos era trabajar mi mente para entender a quién debía temer y cómo debía ser.
Brody aceptó con gusto. No era tonto, sabía que esos idiotas no me dejarían y que quizás necesitaba estas cosas.
Cuando al fin pude asistir a las clases sentí que había hallado la manera de sobrevivir de esos monstruos. A partir de ahí el miedo no corría como sangre por mi cuerpo porque me aseguraba de aprender bien, de ser el mejor y derrotar hasta al más grande oponente. Me sentía seguro y eso al parecer hizo maravillas con mi rasgada psiquis. Diría que también me dio esperanzas: quería ser libre y por primera vez en la vida algo me susurró que con esto lo lograría.
Después de judo hallé el karate, y así me incorporé en cuanto arte marcial pudiera.
Me sentía fuerte, practicaba todos los días, hasta en los recreos en la escuela. Estaba convencido de que podría derrotar a los monstruos y huir para siempre del infierno.
Pero como era obvio en mi vida, demasiada paz significaba peligro. Una noche estaba haciendo mi cena; los monstruos no habían aparecido en todo el día así que estaba feliz. Usualmente Brody era quien me dejaba comida, pero ese día le dije que me prepararía algo. Estaba masticando feliz y moviendo mis pies, cuando de repente alguien tocó la puerta.
Al abrir esa cosa que por poco se cae, me encontré con un tipo que no conocía. Quise cerrar la puerta, pero él evito que lo hiciera poniendo el pie entre el marco y la madera roja, diciendo que el viejo lo envió por algo. No quería meterme en líos así que lo dejé pasar. Volví a comer, pero de la nada el sujeto se sentó a mi lado. No sabía qué decirle. Él, en cambio, sí sabía que hacer: me miraba y sonreía como quien admira un delicioso pastel. Para evitar verle la cara, vi la puerta de casa trabada con una silla, entonces le pregunté si ya buscó lo que debía buscar.
Ese maldito simio me sonrió tanto que casi logró esconder sus ojos tras las arrugas que se le formaban, su respiración era pesada y tan solo de ver toda esa combinación de reacciones frente a mí comencé a temblar. Cuando el tipo puso una mano en mi hombro ya estaba casi respirando por la boca.
Me dijo que lo que venía a buscar era a mí.
De inmediato supe que ese era el maldito pedófilo que los idiotas amenazaban con llamar. Desesperado por defenderme, le lancé el resto de la comida caliente en la cara y traté de correr a mi cuarto, pero el sujeto tomó mi brazo y me arrastró entre maldiciones hasta el sofá de la sala. Me paralicé por un momento cuando sentí su desesperación por tocarme y arrastrarme hacia donde quería. Mi seguridad volvió al recordar que tenía una navaja, sabia pelear y gracias a esos miserables monstruos tenía pelotas para no preocuparme por ver sangre de alguien más.
No podía perder, no iba a hacerlo.
Cuando el maldito me arroja contra el sofá e intenta quitarme la ropa, yo saco de debajo de los almohadones un cuchillo que el viejo siempre dejaba allí para abrir sus cervezas y tan rápido como pude se lo clavé en sus malditas pelotas. Luego, aprovechando su desesperación estúpida, apuñalé su pecho con mi navaja y lo empujé al suelo con todas mis fuerzas.
Hace mucho que practicaba apuñalar cosas como almohadas y sacos de basura porque tenía una pesadilla donde los monstruos entraban a mi habitación a matarme y necesitaba al menos defenderme. El grito del sujeto y su cara de asombro me paralizaron de nuevo; tenía sangre en mis manos y había lastimado a alguien.
Herí a un monstruo... con mis manos.
Miraba la sangre formar patrones rojos en su ropa y el suelo, al tipo revolcarse en el piso, y volvía a ver mis manos viscosas, rojas, sangrando como el cuerpo que estaba a un paso de la muerte. No escuchaba lo que decía la cucaracha en el suelo, quizás maldecía o imploraba al estar en las puertas de la muerte, pero sé que comencé a sonreír.
¡Destruí a un monstruo! ¡Podía hacerlo!
Desde ese momento sentí que, de la nada, me había cargado diez años encima.
Me limpié la sangre en el sofá favorito del viejo. Corrí hasta la cocina para sacar los restos de la mierda roja con detergente y una esponja de alambre a pesar de que me lastimé en algunos sitios. El monstruo se había callado, pero no me importaba, estaba feliz de seguir viviendo. Agarré lo que quedaba de comida y me fui a mi cuarto tarareando porque había derrotado al monstruo que esos monstruos pusieron para mí.
Una pequeña sonrisa de orgullo se me escapa. Si no hubiera tomado la decisión de cubrir mi espalda, de dejar armas donde sea que pudiera, de tomar clases de judo y demás artes marciales; si no hubiera vivido amenazado de muerte y preparado para eso, seguro ahora estaba muerto o todavía era usado por ese tipo.
Cuando Miles y Maxwell llegaron, recuerdo que estaban gritándose entre ellos porque no sabían qué hacer con el cuerpo muerto en su sala de estar. Sabiendo que la mierda caería en mí, eché llave a mi cuarto, pero no tuve miedo. Ya no podía ser peor. Había derrotado a un tipo malo, estos dos no serían nada si intentaban algo contra mí. Ellos me gritaron tras la puerta, me amenazaron de muerte, pero solo reí. Podía vencerlos, nada más debía esperar la oportunidad.
Si relataba todo eso a la doctora Payne seguro me llevaba a la policía o me decía que necesitaba ir a un centro de rehabilitación para menores, pero creo que de algún modo hallé la manera de controlar las cosas y arrinconar tanto como pude los recuerdos malos.
De algún modo me siento orgulloso de mí. No sé si alguien hubiera superado algo así o tal vez tengo algo de especial para superarlo. Tal vez el volverme fuerte no fue tan mala idea, solo que mi padre no sabía pensar como humano.
No necesito terapia, pero si Brody insiste en que sí y que es lo mejor, lo haré porque él fue de mucha ayuda para esto y le debo mucho a pesar de que hizo poco por mí.
Creo que mi infancia puede reducirse a los momentos en los que él y yo pasamos algo de tiempo juntos.
Falling In Reverse - I Don't Mind
La canción que escucho no tiene una letra que hable sobre algo asociado a mí, pero el ritmo es grandioso y de algún modo imagino que puedo escribir mientras siento que estoy cayendo por un precipicio y veo mi vida pasar ante mis ojos con ese ritmo bajo. Cuando descubrí a mi banda favorita hubo un antes y un después en mi vida, como todo el que de repente siente que una canción fue escrita para definirlo y la escucha hasta que la odia.
Puede que ahora me jacte de haber logrado salir del agujero en el que existía, pero eso no quita que durante cierto tiempo y sin darme cuenta o haciéndome el ciego, más bien, viví una vida de monstruo que hacía monstruosidades.
Todo más o menos pasó cuando tenía diez años. Ya era un experto en artes marciales, los monstruos me habían enseñado el negocio detrás del gimnasio, y ya tenía suficiente experiencia lidiando con la mierda en mi pocilga.
Me daba rabia, ya no tristeza, ver que otros niños eran felices yendo con sus papás a casa, que las niñas se les acercaban y sonreían; aunque esto último realmente era lo que menos me irritaba. En realidad, creo que me molestaba el hecho de que las niñas se les acercaran a determinados niños que yo consideraba interesantes. No lo sé, no es momento de averiguar qué significaba eso en particular.
En mis tiernos diez años vivía amargado. Rayaba los pupitres, golpeaba árboles, hacía añicos el saco de boxeo por demás desgastado en el gimnasio que manejaban los dos monstruos, ya tenía un muy profundo ceño fruncido, etcétera.
Todo lo que podía destrozar lo destrozaba. Un día tomé la mochila de una niña que estaba por confesarse a un niño de mi clase. La chica chillaba como loca porque no hallaba su mochila y no podía salir de la escuela sin ella, pero creo que le interesaba más llegar a tiempo para subir al autobús con el niño que lo otro. Me burlaba de ella mientras sus amiguitas me llamaban de todo menos buen niño, incluso el chico que ella quería se puso de mi lado: se rio porque era una broma muy bien ejecutada y ver que ella lo tomaba tan en serio solo le hizo pensar que era una tonta.
No me gustó que lo consideraran una broma. Fui hasta el escondite donde dejé esa cosa rosada y la rompí en mil pedazos. Cuando la niña la halló en un cesto de basura, destrozada desde las correas hasta la cabeza de unicornio afelpada, se largó a llorar y el niño perdió interés en ella.
Al día siguiente ese niño me buscó para que fuera su amigo y juntos hiciéramos ese tipo de bromas con finales inesperados. Le dije que sí y me dio la brillante idea -horrible ahora que lo pienso- de amenazar a los chicos con almuerzos que parecían de restaurante gourmet, con un compás para que nos den esa comida. Si se atrevían a protestar, serían carne picada. Así fue como hice un primer amigo, podría decirse. Juntos nos encargamos de hacer la vida imposible a todos en el aula.
Íbamos a ver al director a cada rato y siempre era Brody el que asistía cuando tenía mal comportamiento porque el viejo y el tonto nunca pondrían un pie en una escuela. Esa época fue la que más hice padecer a Brody.
Recuerdo que una vez él me sacudió en medio de la calle diciendo que siendo así no llegaría a ningún lado. Le di un pisotón y no me importó quebrarle el pie. Y ahora que lo pienso, tener a Brody conmigo significaba rescatar un poco de la humanidad que me quedaba. Al ver que esta vez sí me había pasado con él, me sentí algo mal, pero no debía pasar mucho para olvidarme de esa ráfaga de sentimiento; un poco de televisión y los gritos y golpes del viejo junto con los del tío y ya estaba de nuevo hundido en las aguas negras que me cobijaron desde que nací. También, por las muchas veces que la amenaza de muerte se posó en mi frente, no había demasiada humanidad que me quedara.
A esas alturas ya pensaba que el arma con la que querían volarme los sesos era de juguete, aunque nunca me arriesgaba. Me veía como un perrito bien adiestrado ante los monstruos, pero cuando tenía oportunidad de pelear me defendía cuanto podía de sus miserias.
Entonces, seguía con mi vida de bully, pero evolucionaba, siempre buscaba más letalidad. Decidí que lograría sembrar terror en los niños tontos si los golpeaba. Es decir, si a mí me hacía fruncir el ceño y morder mis labios para no gritar, a ellos seguro los haría pedazos.
Así fue como una tarde me metí con niños de primero de secundaria. Peleamos y fui el ganador; ellos, en cambio, se fueron a sus casas con la sangre chorreando de su nariz y boca. Recuerdo inesperado: a uno le lancé una piedra por decir mierda al lado de mi nombre y me gustó el sentimiento de poder; como cuando herí a ese tipo en mi casa. Se sentía bien ejercer ese dolor. Por algo es por lo que los demonios en mi casa disfrutaban tanto golpearme.
Evolucioné a tal punto de sentir que molestar con pequeñeces estaba sobrevalorado. Comencé a acorralar chicos, a hacerles sentir el dolor que yo ya había dejado de sentir hacía tiempo, a querer salir golpeado a veces, pero siempre aprendiendo cómo ejercer el mayor daño posible. También aprendí de la manera en que los demás bullies de secundaria hacían sus cosas y llegué a comprender cómo emboscar gente, alejar sospechas y atemorizar a los tontos.
Les rompía la nariz, sus caras, sus huesos y luego presionaba esa área dolorosa y los miraba a los ojos, diciéndoles que, si me delataban, habría otra zona que dolería como la que estaba doliendo en sus cuerpos en ese momento. Eran niños, obviamente se meaban de miedo y sus padres exigían saber quién era el responsable.
Yo siempre me dejaba pegar por algún bullie superior a mí cuando consideraba que era tiempo de parecer víctima. Funcionaba tan bien el plan, que los padres de los niños que atormentaba me veían como si vieran a sus hijos cuando relataba el horrible suceso, con las manos de Brody en mis hombros.
Ningún niño se atrevía a revelar mi artimaña, al contrario, parecía que estaban dudando de si realmente yo había sido su agresor.
De vez en cuando molestaba con pequeñas cosas como cortar el cabello de las niñas o empujar niños, para mantener bajas las sospechas sobre mí, pero fuera de la escuela, los atormentaba y humillaba porque siempre necesitaba sentir más poder y saber que nadie sería capaz de vencerme.
Sé que los golpes de judo y demás artes marciales no se usan para herir, usaba lo que el viejo y el tonto me enseñaban, lo que hacían en mí y solo cuando estaba muy torcida mi psiquis utilizaba algo de lo otro. Ese combo de violencia me hacía sentir bien, poderoso, que podía controlar lo que yo quisiera.
Así me mantuve en mi papel de bully, mejorando mi técnica, dejando pasar el tiempo para que crean que pudieron controlarme las autoridades, siendo derrotado por otro niño para que no me consideraran una amenaza y descansar de las dudas hasta que el nuevo bully acababa echado de la escuela por no ser prudente y yo sonreía porque el verdadero demonio todavía caminaba entre ellos. Era un estratega, veía más allá de todo a pesar de tener diez malditos años, pero sufría como nadie y eso supongo era lo que me impulsaba a mejorar en algo.
En mis tiernos diez años ya no había tristeza, solo odio y ganas de quebrar este mundo injusto que me quebró a mí.
En mis tiernos diez años también pensaba que morirme iba a ser una buena solución, pero sabía que eso solo sería una victoria para los dos locos que tenía por familia. Resistir, en cambio, les mostraría que el niño que molestaban tenía pelotas de acero.
Sobrevivir significaba joderles la vida a los monstruos y sin duda alguna hice de eso mi objetivo.