En la sala VIP del Hospital Municipal de Kretol, Amelia Flynn yacía sobre las sábanas blancas, con la mirada fija en el video de su tableta, y el sarcasmo era evidente en sus ojos.
Una fiebre alta la había llevado al hospital, pero su prometido, Jaxton Morrison, en lugar de acompañarla, pasaba el tiempo con otra mujer en un hotel de lujo.
La grabación mostraba imágenes borrosas del pasillo de un hotel, pero la mujer que acompañaba al hombre era inconfundible: Dayna Flynn, su media hermana.
Amelia apartó la tableta y se volvió hacia la persona que estaba frente a ella, con una mirada helada. "¿Y si me niego a hacerme el tatuaje?", preguntó.
A Clayton Dobson, el asistente de Jaxton, no le sorprendió su reacción. Si estuviera en su lugar, también le costaría aceptar la situación.
¿Qué clase de hombre pasaba la noche con otra mujer y luego le exigía a su prometida que lo encubriera?
El Grupo Morrison atravesaba un momento crítico, y el escándalo que involucraba a su heredero, Jaxton, ya había afectado el precio de las acciones.
Por el bien de la familia, una declaración pública de su prometida, parecía ser la única manera de mitigar los daños.
Aunque el rostro de Dayna se veía borroso en el video, el tatuaje en su cintura con las iniciales de Jaxton era perfectamente nítido.
Por orden expresa de su jefe, Clayton estaba allí para persuadir a Amelia de que se hiciera un tatuaje idéntico al de su hermana.
De esa forma, podrían controlar la narrativa en línea y sofocar el incipiente escándalo.
"Señorita Flynn, esto es lo que el señor Morrison desea", dijo Clayton en voz baja, con una mirada que mezclaba compasión y resignación. "Si no coopera, podría haber complicaciones con el tratamiento de la señora Davis la próxima semana...".
Dejó la frase en suspenso, pero Amelia entendió perfectamente. Era una amenaza directa de Jaxton.
Él estaba usando a su abuela, Michelle Davis, para chantajearla.
La anciana necesitaba un tratamiento especial semanal que, en todo Kretol, solo podía administrar el renombrado doctor Marc Chapman.
Amelia no sabía cómo Jaxton había convencido al doctor Chapman de tratar a su abuela, pero al usarla como palanca, no le dejaba más opción que ceder.
Pasaron varios minutos en silencio. Finalmente, Amelia se dio la vuelta y se acostó boca abajo.
A su lado, el tatuador preparaba su equipo con silenciosa eficiencia.
Debido a una condición médica particular, la anestesia no le hacía efecto a Amelia.
Cuando el tatuador terminó, la joven estaba empapada en sudor, que calaba la fina bata del hospital, y tenía el rostro pálido.
"Lamento que tuviera que pasar por esto, señorita Flynn", dijo Clayton mientras se acercaba para fotografiar el tatuaje recién hecho en su cintura. De inmediato, le envió la foto a Jaxton.
El asistente finalmente respiró aliviado al recibir la respuesta de su jefe.
Le hizo una seña al tatuador, quien salió rápidamente de la habitación en silencio.
"Intente descansar, señorita Flynn. Vendré a buscarla por la noche", le dijo Clayton. Sin esperar respuesta, se marchó.
Solo entonces Amelia se atrevió a abrir los ojos.
Sentía un dolor sordo en la espalda baja mientras se levantaba con esfuerzo para ir al baño. Al ver en el espejo el tatuaje nuevo, idéntico al de Dayna, su mirada se endureció y le oprimía el pecho.
Las horas pasaron. Cerca de las siete de la noche, Clayton escoltó a Amelia a la conferencia de prensa del Grupo Morrison.
Jaxton ya estaba allí cuando ella llegó.
Los reflectores acentuaban sus rasgos llamativos, su postura impecable y el traje hecho a medida que vestía.
Cuando Amelia posó su mirada sobre ese atuendo, una sombra de tristeza nubló sus ojos.
Le había tomado un mes de trabajo confeccionar esa prenda para él. Dos años atrás, ella misma había dado forma y cosido a mano cada detalle, poniendo el corazón en cada puntada.
Aún recordaba la alegría de Jaxton cuando lo recibió.
Pero en solo dos años, el traje seguía siendo el mismo, mientras que Jaxton era un hombre diferente.
"Señorita Flynn, como prometida del señor Morrison, ¿cuál es su postura ante el reciente escándalo? ¿Tiene algo que declarar? Usted...".
La conmoción silenció al reportero en medio de una pregunta, con la mirada fija en la escena que se desarrollaba ante él.
Sin previo aviso, Jaxton atrajo a Amelia hacia él y le levantó la blusa, apenas lo suficiente para revelar el nuevo tatuaje, idéntico al del escandaloso video, mientras los flashes de las cámaras estallaban.
Su contacto le provocó una profunda repulsión a la joven. Al levantar la vista, distinguió un chupetón en el cuello de Jaxton.
Un escalofrío de asco la recorrió. Apretó los labios con fuerza para que no se notara.
"Amelia, ¿por qué no les cuentas a todos lo que ocurrió anoche?", dijo Jaxton.
Su tono era amable, pero su mirada estaba llena de burla.
La frustración hervía dentro de Amelia, pero se contuvo al pensar en su abuela.
"Todo fue un malentendido. La mujer en el video era yo", declaró, forzando una sonrisa cortés.
Uno de los reporteros comentó: "¡Ah, así que era eso! Su relación parece muy estable. ¿Habrá boda pronto?".
Al oír eso, Jaxton atrajo a Amelia a un abrazo, sus ojos brillando con una ternura fingida para las cámaras.
Poco después, sonó su teléfono. El nombre "Dayna" brillaba en la pantalla. Al verlo, él la soltó de inmediato.
Por suerte, los reporteros ya comenzaban a dispersarse; de lo contrario, la escena habría levantado sospechas.
Incluso a la distancia, Amelia pudo distinguir la voz suave y agraviada de Dayna, y las palabras con las que Jaxton intentaba tranquilizarla.
Rechazó la oferta de Clayton de llevarla, se fue del evento y se dirigió sola a su apartamento.
La noche cayó sobre la ciudad. Amelia permaneció sentada, sola, junto a la ventana. Después de un rato, tomó su teléfono y marcó un número. Sonó tres veces antes de que alguien respondiera. Al principio, solo se escuchó silencio al otro lado de la línea.
De no ser por el sonido casi imperceptible de una respiración, Amelia habría pensado que no había nadie.
Tras un momento, inspiró de forma temblorosa y finalmente logró hablar: "¿La promesa que me hiciste... sigue en pie?".
Del otro lado de la línea, se escuchó una voz masculina. Era la de ese hombre de elegancia innata que siempre vestía de negro, con facciones afiladas y cautivadoras.
Un destello de sorpresa iluminó sus ojos.
El silencio se prolongó hasta que Amelia no pudo soportarlo más. "Lo siento, fui impulsiva", dijo. "Solo olvida lo que dije...".
"Acepto". La voz grave del hombre la interrumpió. Su respuesta la dejó atónita.
La verdad era que ella se arrepintió de sus palabras casi al instante.
Una cosa era romper su compromiso con Jaxton; otra muy distinta era aceptar casarse con Wyatt Stewart. Eso era como adentrarse en un juego peligroso.
En la penumbra de su habitación, Amelia recordó lo que había sucedido un año atrás.
Era tarde, igual que ahora. Al salir del hospital, como de costumbre, encontró a Wyatt casi inconsciente en un callejón del lado oeste de Kretol.
En ese entonces, no sabía quién era. Cuando él le ofreció pagarle por haberlo salvado, Amelia bromeó y le preguntó si eso significaba que haría cualquier cosa por ella.
El hombre asintió. Entonces, se le ocurrió, en broma, proponerle matrimonio.
Eso no había sido más que un arrebato momentáneo. Jamás imaginó que Wyatt aceptaría.
Pero ella ya estaba comprometida con Jaxton, un acuerdo pactado antes de la muerte de su madre, así que se apresuró a explicarle que solo bromeaba.
Al enterarse de su compromiso, Wyatt no insistió. En lugar de eso, le dijo con calma que, si alguna vez decidía romper con Jaxton, él se casaría con ella. Le prometió que su oferta sería válida durante dos años.
Y esa aún no había expirado.
Amelia no recordaba cómo había terminado la llamada.
En su mente solo resonaban las palabras de Wyatt: debía prepararse para una boda en treinta días.
Realmente iba a casarse, pero no con Jaxton.
Amelia yacía en la cama, a oscuras, exhausta pero incapaz de conciliar el sueño.
Justo cuando sus pensamientos comenzaban a divagar, una ráfaga de notificaciones hizo vibrar su celular.
Como su abuela estaba en el hospital, nunca lo apagaba ni lo ponía en silencio.
Al revisar el celular, vio una foto de unos trozos de tela hechos jirones.
Un instante después, reconoció los harapos del traje que Jaxton había llevado puesto ese mismo día: el que ella había confeccionado a mano.
La foto venía acompañada de un mensaje de Dayna. "Lo siento, Amelia. No tenía idea de que le habías hecho este traje a Jaxton. Pensé que era uno cualquiera, así que, cuando vi que estaba sucio, lo hice pedazos para tirarlo. Espero que no te enojes conmigo".
La arrogancia en sus palabras era inconfundible.
Como Amelia no respondió de inmediato, recibió otro mensaje de Dayna. "Jaxton dice que no importa. Es solo una prenda, no vale mucho".
Amelia sabía que si ignoraba a su hermana, no podría dormir. Si no le ponía fin a la conversación, los mensajes seguirían llegando.
Con rápidos toques en la pantalla, respondió: "Jaxton tiene razón. Es solo una prenda. No estoy enojada".
Luego, bloqueó el número de Dayna y dejó el celular a un lado.
Nada en su respuesta era mentira: en verdad no sentía enojo.
Después de todo, situaciones como esa habían ocurrido tantas veces en los últimos dos años que ya había perdido la cuenta.
Si se hubiera alterado con cada una, se habría vuelto loca hacía mucho tiempo.
Al recostarse de nuevo, Amelia comprobó que seguía sin poder dormir.
Un pensamiento cruzó su mente: ¿sentiría su madre remordimiento al ver en lo que se había convertido la vida de su hija?
Dayna, la hija ilegítima del padre de Amelia, era unos meses menor que ella.
Cuando su madre, Katrina Davis, descubrió la existencia, la envió al extranjero.
Pero la incesante carga de trabajo no tardó en cobrarle factura a la mujer mayor, y su salud comenzó a deteriorarse.
Ese mismo año en que Katrina enfermó de gravedad, Ricky Flynn, el padre de Amelia, trajo de vuelta al país a Janessa Patel y a Dayna, y las instaló en su casa.
Nada de esto le pasó desapercibido a Katrina. Comprendía perfectamente que la vida con una madrastra no sería fácil para su hija, sobre todo porque Ricky nunca había sido un hombre de buen corazón.
Para protegerla, arregló el matrimonio de Amelia con Jaxton.
La decisión fue sencilla, pues Katrina y Laura Morrison, la madre del aludido, habían sido amigas íntimas durante décadas.
Amelia y Jaxton habían crecido juntos y, gracias a esa conexión con Laura, Katrina confiaba en que su hija tendría una buena vida al casarse con él.
Sin embargo, no podía haber previsto cuánto pueden cambiar las personas.
Justo antes de morir, llamó a Jaxton y le exigió que le prometiera cuidar bien de Amelia. Con Katrina y Laura presentes, la respuesta de él sonó convincente.
Habló con tal seguridad que incluso la propia Amelia le creyó. Pero ahora...
Al amanecer, Amelia fue arrancada del sueño por una fuerza.
Al abrir los ojos, se encontró con el rostro de Jaxton, contraído por la ira.
Le apretaba la muñeca con tal fuerza que el dolor la forzó a apartarse. "¿Qué te pasa? ¿A qué viene esto tan temprano?", preguntó ella.
"¿Te crees muy lista, Amelia? Aparte de ir a quejarte con mi madre, ¿qué más sabes hacer?", espetó Jaxton.
La acusación hizo que Amelia frunciera el ceño.
El video se había vuelto viral, así que era imposible que Laura no lo hubiera visto.
Pero tan pronto a Jaxton le llegaron las noticias de su madre, sacó la conclusión precipitada de que Amelia había sido la acusadora.
Ella ya no tenía energía ni para darle explicaciones.
El incidente no hizo más que reforzar su decisión de romper el compromiso.
Para Jaxton, el silencio de Amelia fue una confesión. Continuó con sus duros comentarios durante todo el camino a la casa de su familia.
Sin embargo, en cuanto entraron en la residencia de los Morrison, la actitud de Jaxton cambió por completo.
Ante esa transformación tan drástica, Amelia rodó los ojos. Había estado tan ciega, incapaz de ver que él no era más que un hipócrita.
"Has sufrido mucho, Amelia. Lo lamento de verdad".
Tan pronto como Amelia entró en la sala, Laura le tomó la mano, su gentileza teñida de una profunda inquietud.
El tiempo parecía no afectar a la madre de Jaxton. Aunque ya había pasado de los cincuenta, aparentaba apenas cuarenta, gracias al esmero con que se cuidaba.
En ese instante, su semblante, por lo general sereno, delataba una sincera preocupación.
Desde que Amelia tenía memoria, Laura siempre la había tratado con un cariño especial. Cada vez que Jaxton se pasaba de la raya, ella intervenía para defenderla y reprender a su hijo.
Sin embargo, la disciplina de Laura no pasaba de un ligero regaño que apenas surtía efecto.
Y ese día no fue la excepción.
Laura clavó la mirada en su hijo. "Discúlpate con Amelia ahora mismo".
En otra ocasión, la joven le habría restado importancia al asunto, asegurando que no era nada grave.
Pero esta vez, estaba harta. Simplemente harta de todo. Antes de que Jaxton pudiera responder, ella se adelantó: "Laura, me duele un poco la cabeza. Voy a subir a descansar".
Bastó una mirada a las pálidas mejillas de Amelia para que Laura comprendiera. "Claro, ve a descansar. Haré que te avisen cuando la cena esté lista".
La joven asintió con un leve gesto y subió las escaleras en silencio.
En cuanto Amelia desapareció de su vista, la paciencia de Laura se agotó. Se volvió hacia Jaxton y le espetó: "¿Acaso perdiste el juicio? ¿Por qué te involucras con la hija ilegítima de Ricky?".
"Mamá, sea ilegítima o no, es su hija. Además, Janessa conoció a Ricky primero. Lo suyo era amor verdadero".
"Tú...". Laura sintió una oleada de furia tan intensa que tuvo que sostenerse para no marearse.
Respiró hondo y se obligó a mantener la compostura.
Miró a su hijo con una serenidad recobrada y le dijo: "Lo que hagas con esa tal Dayna es asunto tuyo. Pero recuerda una cosa: Amelia es tu prometida. Y es la única mujer que esta familia aceptará como tu esposa".
No era la primera vez que Laura se lo decía. Jaxton había escuchado esas mismas palabras incontables veces.
Esta vez, sin embargo, él replicó: "Mamá, ¿de verdad quieres a Amelia como tu nuera por tu amistad con Katrina, o es por el sesenta por ciento de las acciones que posee?".
Para la gente de negocios, las ganancias siempre son la prioridad, y Laura no era la excepción.
Su aprobación del compromiso nunca se debió únicamente a la amistad; las acciones de Amelia en la compañía tenían un peso considerable en su decisión.
Katrina había fundado el Grupo Flynn por sí sola. Incluso tras su prematura muerte, legó a su hija el sesenta por ciento de las acciones de la empresa.
Laura dijo: "Ya que sabes que Amelia posee el sesenta por ciento de las acciones, deberías tratarla mejor. Jaxton, hago todo esto por tu bien. Un matrimonio con Amelia es tu camino al éxito. Dayna no puede compararse con ella, ni en belleza ni en capacidad. Si continúas enredándote con esa mujer, solo terminarás por lastimar y decepcionar a Amelia. Algún día te arrepentirás. Tú...".
"Basta, mamá. Ya es suficiente", la interrumpió Jaxton, visiblemente irritado. "Nunca he dicho que no vaya a casarme con Amelia". Dicho esto, subió las escaleras hecho una furia.
En su habitación del segundo piso, Amelia estaba sentada en el sofá junto a la ventana, observando en silencio el suave rocío de la fuente en el jardín.
De pronto, su teléfono vibró con un nuevo mensaje.
Sus pupilas se dilataron al ver la fotografía que contenía.
La imagen mostraba dos alianzas de plata de una elegante sencillez, justo el estilo por el que siempre había sentido preferencia.
"¿Te gustan?". El mensaje de Wyatt apareció debajo de la foto, y Amelia no tardó en responder: "¿Qué son estas?".
"¿Te gustan?". El hombre se limitó a repetir la pregunta.
Ella respiró hondo. Dudó un instante y finalmente tecleó su respuesta: "Sí. Me gustan".
Tras enviar el mensaje, solo obtuvo silencio como respuesta.
Amelia no lo sabía, pero al otro lado, al leer su contestación, Wyatt esbozó una suave sonrisa.
La inusual expresión no pasó desapercibida para el hombre que estaba a su lado. "¿De verdad estás sonriendo? ¿Quién eres y qué has hecho con el Wyatt que conozco?".
La sonrisa del aludido se desvaneció al instante al oír las palabras burlonas de su amigo.
El cambio en su expresión fue tan repentino que Marc casi pensó que había imaginado esa risa.
"¿Cómo está la señora Davis?". Wyatt se refería a la abuela de Amelia.
El tono de Marc se tornó sombrío al responder: "No hay mejoría. Su corazón se debilita cada vez más. Aunque estoy haciendo todo lo posible, me temo que no le queda mucho tiempo".
"Entonces, resulta que no eres tan buen médico".
A ningún doctor le agrada que pongan en duda su pericia, y Marc, un profesional de renombre internacional, no era la excepción.
Se ofendió y replicó: "¿Qué intentas decir? Soy médico, no un dios. Y ya que hablamos de la señora Davis, hay algo que no entiendo. Me pediste que la tratara, pero ¿por qué tenía que ser aceptando la propuesta de la familia Morrison?".
Ese arreglo lo hacía parecer un mercenario interesado solo en el dinero.
En lugar de darle una explicación, Wyatt centró su atención en unos bocetos esparcidos sobre la mesa.
En las hojas se apreciaba el diseño de un par de alianzas de boda: las mismas que le acababa de mostrar a Amelia.