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Como un fénix renacido

Como un fénix renacido

Autor: : rabbit
Género: Cuentos
Christina siempre había creído en vengar las ofensas sufridas. Con ese fin, había incapacitado personalmente a quien había herido a alguien importante para ella. Por eso la encarcelaron por tres años y, cuando fue liberada, su reputación estaba hecha añicos. El público la despreciaba por su crueldad. Todos se quedaron atónitos al ver al poderoso y digno Harold besarla con una pasión abrasadora. Fue más allá al declarar su amor en las redes sociales. "Soy tuyo, Christina". Había atravesado el infierno y resurgido de las cenizas a una vida espléndida.

Capítulo 1 Una propuesta inesperada

"Disculpen la demora".

Christina Marshall llegó con una demora calculada y subió a bordo del crucero con una elegante confianza. Apoyaba con ligereza la mano en el brazo de su asistente, Alan Blake, mientras todas las miradas se clavaban en ella.

La suave brisa de una tarde de marzo le acariciaba la piel mientras caminaba con serena elegancia. El golpeteo de sus discretos tacones marcaba un ritmo constante detrás de Alan.

Su vestido azul marino, un diseño clásico a la altura de la rodilla, se ceñía a su cuerpo de forma impecable, resaltando su delicada silueta. El colgante de perla que lucía en su cuello captaba la luz, extrayendo sutiles destellos de su piel de porcelana.

A cada paso, sus facciones se definían con mayor nitidez: labios carmesí, un impecable peinado ondulado y un maquillaje que realzaba su belleza natural sin excesos. Cada gesto, cada mirada que lanzaba a su alrededor, parecía tejer un hechizo sobre la multitud, dejando a su paso una estela de enigmático encanto.

Los susurros se abrieron paso entre el murmullo general y aumentaron de volumen a medida que ella avanzaba.

"¿Quién es? Es espectacular. Parece salida de un sueño".

"Espera, ¿no la reconoces? Es Christina, la que apuñaló a Carrie hace años".

"¿Te refieres a Christina Marshall? ¿Qué hace aquí? Alguien como ella no debería estar en un crucero de lujo".

El crucero era, en efecto, un refugio para los ricos e influyentes, un palacio flotante donde cada invitado era un miembro de la élite social, cuidadosamente seleccionado. La familia de Christina, que en otro tiempo había sido un pilar en esos círculos, había caído en desgracia, y su presencia allí resultaba un escándalo.

Cerca de allí, un invitado apartó la vista y, con una expresión de repulsión, respondió a su acompañante con voz gélida: "No podría estar más de acuerdo. ¿Quién en su sano juicio querría estar cerca de una asesina?".

Sí, una asesina... o al menos eso decían los rumores.

Tres años atrás, Carrie Willis, la hija mayor de la influyente familia Willis, estuvo a punto de morir a manos de Christina.

...

Indiferente a las miradas frías y a los murmullos de desaprobación, Christina siguió a Alan a través de la multitud hasta un camarote privado en el tercer piso.

Al entrar, Christina se detuvo. Su serena presencia pareció llenar el espacio mientras absorbía la quietud del lugar.

El sonido del agua corriendo en el baño cesó de repente y, momentos después, salió un hombre, envuelto con desenfado en una bata de baño. Sus ojos, agudos y perspicaces, se posaron en la elegante figura de Christina, de pie detrás de Alan. Un destello de reconocimiento iluminó sus seductores rasgos, añadiendo un toque de astuta diversión a su expresión.

"¿Christina?", preguntó con voz suave, teñida de curiosidad.

"Sí", respondió ella, con un timbre cálido y acogedor. Inclinó levemente la cabeza y recorrió el rostro del hombre con la mirada, apreciando sus facciones finamente esculpidas y el encanto pícaro que irradiaba.

El hombre que tenía delante era innegablemente cautivador. Sus rasgos, afilados y dominantes, se veían suavizados por el brillo travieso de sus ojos amorosos, que parecían danzar con una mezcla de picardía y desenfado.

Recién salido de la ducha, su presencia era refrescante como una brisa, lo que acentuaba el aire de gracia aristocrática que parecía innata en él.

Era Harold Hewitt, el notorio tercer hijo de la prestigiosa familia Hewitt, famoso por ser el seductor más despreocupado y temerario de todo Ezrabury.

Christina pensó brevemente en la reputación de él, recordando las historias que lo describían como un encantador mujeriego, un hombre que atraía miradas y rompía corazones sin esfuerzo.

Harold se acercó al mullido sofá y se acomodó, arqueando las cejas con una pereza que denotaba indiferencia. Su voz, con un matiz de curiosidad, reflejaba su postura relajada. "¿Qué te trae por aquí?".

Debido a los imprudentes excesos de él, los caminos de Harold y Christina rara vez se habían cruzado.

Él solo había regresado al país tras la muerte de su madre, Annette Hewitt. Para entonces, la reputación de Christina ya estaba manchada por su paso por la cárcel y su nombre era sinónimo de infamia.

Sin embargo, fue a Harold a quien ella visitó formalmente tras salir de prisión.

Christina le tendió un colgante con mano firme y comenzó a hablar, con voz tranquila pero resonante: "¿Recuerda el callejón Warmth, hace tres meses? Fui yo quien lo salvó. Usted dejó esto y me prometió un favor a cambio. ¿Ahora lo recuerda?".

Aquella noche cerca del callejón Warmth había sido una pesadilla para Harold. Un grave accidente de auto lo había dejado ensangrentado y semiconsciente; su vida pendía de un hilo hasta que un salvador anónimo intervino.

En medio de su dolor, había murmurado la promesa de cumplir cualquier petición de su rescatador.

Nunca se le pasó por la cabeza que la persona que lo salvó sería Christina, la infame exconvicta recién salida de la cárcel.

Los dedos de Harold se cerraron alrededor del colgante. Su mirada se intensificó y frunció el ceño, contemplando el retorcido giro del destino que los había unido.

Su interés se avivó, teñido de cautela. Inclinándose hacia adelante, preguntó: "Entonces, ¿qué quieres de mí?".

Christina le sostuvo la mirada. Un atisbo de vulnerabilidad se reflejó en su rostro antes de que su voz sonara firme, suave pero decidida. "¿Se casaría conmigo?".

La propuesta resonó en la habitación como un trueno repentino, sorprendente pero innegable.

Para Christina, no era una simple pregunta. Era su única salida.

Tres años antes, había atacado brutalmente a Carrie, quien quedó con una discapacidad permanente. Por este crimen, Christina fue condenada a prisión. Aunque inicialmente fue sentenciada a siete años, su condena fue reducida misteriosamente en repetidas ocasiones, hasta que salió antes de tiempo.

Sin embargo, apenas recuperó la libertad, Aidan Reed, el notorio mujeriego de la familia Reed, le propuso matrimonio inesperadamente.

La familia Marshall, sin la influencia necesaria para enfrentarse a los Reed, se sintió obligada a aceptar.

Pero Harold era diferente: él estaba a otro nivel.

Ni siquiera la familia Reed se atrevía a desafiarlo. La familia Hewitt estaba por encima de todos, intocable e inigualable.

Harold hizo una pausa, con su mirada penetrante fija en Christina, como si pudiera ver el fondo de su alma.

Se acercó y le levantó suavemente la barbilla con sus fríos dedos, mientras una sonrisa astuta se dibujaba en sus labios. "Apuntas alto, ¿no crees?", murmuró con suavidad.

La familia Hewitt era la más venerada de Ebaco, y numerosas mujeres habían aspirado a formar parte de la prestigiosa vida de Harold.

Christina, sin embargo, entendía que su condición de exconvicta deshonrada no le permitía aspirar a tanto.

"Señor Hewitt", comenzó Christina, sosteniéndole la intensa mirada con voz firme. "He oído hablar de su amor inalcanzable, y dicen los rumores que me parezco a ella. Su abuela lo ha estado presionando para que siente cabeza. ¿No sería preferible casarse con alguien que no le resulte desagradable? Después de todo, tener una esposa solo de nombre no le costaría nada".

A medida que las palabras de Christina se desvanecían en el aire cargado, la mirada de Harold se agudizó y un destello gélido y punzante atravesó sus ojos. Sus dedos se tensaron por reflejo, y ella sintió el corazón martillearle en los oídos mientras se preparaba para la reacción de él.

Años atrás, antes de que Harold se marchara al extranjero, había habido una mujer en su vida, una mujer cuyos rasgos eran inquietantemente similares a los de Christina.

Sin embargo, en circunstancias misteriosas, ella eligió a otro, lo que impulsó a Harold a desaparecer en el extranjero durante tres años.

En su círculo persistían los susurros que insinuaban que su persistente soltería era un tributo a su amor perdido.

El silencio entre ellos se hizo tenso, denso y sofocante, como un arco estirado al límite.

Tras lo que pareció una eternidad, Harold soltó una risa ahogada, con un tono cargado de diversión. "¿Casarme contigo? De acuerdo. Pero recuerda, Christina, no serás solo una esposa de nombre. Mi esposa será verdaderamente mía, en todos los sentidos".

A Christina se le cortó la respiración y se quedó inmóvil.

Al instante siguiente, los fríos labios de Harold capturaron los suyos en un beso ardiente que le robó el aliento.

Instintivamente, sus brazos lo rodearon y sus rodillas flaquearon mientras se abandonaba a su abrazo.

Al separarse, la mano de Harold permaneció en la cintura de ella. Su voz sonaba juguetona, pero profunda. "Señorita Marshall, de verdad necesita un poco más de aguante".

Alzando la vista para mirarlo, Christina preguntó con una calma resuelta en su voz: "Entonces, ¿eso es un sí?".

"Sin duda", murmuró Harold, con los ojos brillantes de un encanto pícaro. Se inclinó más, sus labios rozando la mejilla de ella mientras sus dedos delineaban tiernamente su mandíbula. "Después de todo, señorita Marshall", susurró, su aliento cálido sobre la piel de ella. "Hay algo absolutamente hipnótico en tu rostro".

Christina parpadeó, sorprendida por un momento, como si no hubiera esperado que dijera eso.

¿Había aceptado solo porque se sentía atraído por su apariencia?

La idea cruzó fugazmente por su mente, lo que la llevó a apartar la vista con rapidez, adoptando un aire de fría indiferencia.

No pudo evitar preguntarse: ¿qué había de malo en ello?

Cada uno poseía algo que el otro necesitaba con desesperación.

Harold anhelaba su atractivo, y ella codiciaba el prestigioso título de señora Hewitt.

Dado que la cirugía de la abuela de Harold, Jane Hewitt, estaba programada para dentro de una semana, acordaron posponer el registro del matrimonio hasta después de que ella se recuperara.

Un retraso de una semana parecía trivial, y Christina no puso ninguna objeción.

Sus reflexiones se vieron interrumpidas bruscamente por el agudo timbre de su teléfono. Respondió, solo para encontrarse con la voz atronadora de su padre, Cade Marshall. "Christina, ¿te has olvidado por completo de tu compromiso de esta noche? La familia Willis está esperando tu disculpa formal a la señorita Carrie Willis. No me hagas repetirlo. ¡Trae tu inútil trasero para acá antes de que pierda los estribos!".

Escuchar el nombre de Carrie le trajo el recuerdo de su mirada temerosa pero penetrante en aquel fatídico encuentro de hacía tres años. El eco de las hirientes palabras de Carrie resonaba en la mente de Christina, negándose a desaparecer. "¡Christina, maldita loca! Si me haces daño, ¡Simon se asegurará de que te arrepientas por el resto de tu miserable vida! ¿Qué demonios te importan esas tres zorras? Si no quieres morir, ¡más te vale que me sueltes de una puta vez!".

La idea de ofrecerle una disculpa a Carrie era tan ridícula que resultaba casi insultante.

Christina soltó una risa aguda y helada, y sus ojos brillaron con una escarcha que calaba hasta los huesos.

Oh, por supuesto que encontraría el momento para visitar a la siempre inocente y lastimera señorita Willis.

Con un clic decidido, finalizó la llamada y se dirigió a la salida del camarote, con movimientos gráciles pero resueltos.

Sin que Christina lo notara, Harold la observó marcharse, su mirada fija en la figura que se alejaba, con una expresión inescrutable.

Cerca de allí, Alan permanecía ajeno a la contemplación de Harold. El silencio se volvió pesado hasta que Alan, incapaz de contener más su curiosidad, soltó: "Señor Hewitt, ¿de verdad piensa casarse con la señorita Marshall después de la cirugía de la señora Hewitt?".

"Sí". La respuesta de Harold fue escueta y distante. "Y tú te encargarás de los preparativos de la boda".

Alan abrió los ojos de par en par, asimilando la noticia. Respiró hondo, con las mejillas enrojecidas por una mezcla de sorpresa e incredulidad. "Pero, señor Hewitt, la señorita Marshall es... es una asesina, y...".

Una mirada fría y cortante de Harold lo interrumpió en seco. Alan se tensó y las palabras se congelaron en sus labios.

Harold pasó despreocupadamente los dedos sobre la pila de documentos que detallaban los esfuerzos por reducir la condena de Christina. Sus pensamientos derivaron hacia la figura delicada de ella, y en la falange que visiblemente le faltaba en uno de los dedos de su mano derecha. Una risa seca, cargada de absoluto desdén, se le escapó.

¿Ella? ¿Una asesina? Era completamente absurdo.

Era tan frágil... ¿cómo podría tener siquiera la fuerza para hacerle daño a alguien?

Capítulo 2 Su protección

Dos horas después, Christina regresó a la hacienda de la familia Marshall.

Apenas entró, su hermanastra, Zoe Marshall, le cerró el paso. Con el rostro contraído por el disgusto, le exigió: "¿Dónde estabas? Sabías perfectamente que esta noche tenías que ir al hospital a disculparte con la señorita Willis y, aun así, ¡desapareciste! ¿Te das cuenta de la vergüenza que le has causado a la familia Marshall?".

Christina se detuvo, impasible ante la furia que ardía en los ojos de Zoe. Su expresión era serena y su voz, aunque apacible, sonaba firme. "Solo soy una hija ilegítima. La reputación de la familia Marshall no es mi responsabilidad. Si tanto te importan las apariencias, señorita Marshall, quizá deberías enfocarte en tus propios actos. Ser la amante de alguien también es una vergüenza para la familia".

Zoe estalló, con el pecho agitándose de rabia. "¡Cómo te atreves! Eres igual que tu madre: ¡una descarada! Ella destruyó a una familia y tú eres aún peor. Por celos de la señorita Willis, le arruinaste la vida y la dejaste con una discapacidad permanente. ¡Por tu culpa, nuestra familia se ganó el odio de todos! Si no fuera por ti, ¡tal vez alguien se interesaría en mí!".

La madre de Christina había sido la amante de Cade Marshall.

Tras la muerte de su madre, Christina, como hija ilegítima de Cade, fue relegada a vivir sola en el campo durante años.

No la aceptaron de vuelta en la familia Marshall hasta que cumplió diez años. Pero nadie pudo prever el caos que su regreso desataría.

Christina había intentado matar a Carrie, pero fracasó y la dejó con una discapacidad permanente.

Aquel recuerdo no hacía más que alimentar el odio de Zoe hacia ella.

Después de que Christina fuera encarcelada, la reputación de Zoe quedó manchada por su parentesco.

Hubo incontables momentos en los que Zoe deseó que Christina muriera en prisión antes de ser liberada.

Pero, para su sorpresa, redujeron la condena de Christina en repetidas ocasiones hasta que finalmente quedó en libertad.

Y, para colmo, ¡Cade la había aceptado de vuelta en la familia Marshall!

La mirada gélida y venenosa de Zoe se clavó en ella, como un depredador que acecha a su presa. ¿Por qué esa mujer despreciable no podía simplemente desaparecer para siempre?

La malicia de Zoe era tan evidente que Christina estaba lista para responder, pero una empleada apareció de repente.

"Señorita Christina Marshall, el señor Marshall le pide que vaya a su habitación y se cambie. En breve visitará a la señorita Willis".

"Entendido", respondió Christina con frialdad. Cuando la empleada se fue, pasó junto a Zoe camino a su habitación, pero se detuvo en seco.

"Zoe, te equivocas", dijo, girándose hacia ella con una sonrisa ladina. "Yo nunca podría ser como mi madre. Ella era amable y gentil, siempre devolvía bien por mal. Yo, en cambio, no soy tan indulgente. Si alguien se atreve a lastimarme, se arrepentirá por el resto de su vida".

Zoe se quedó inmóvil, atrapada por la mirada escalofriante de Christina. Un escalofrío le recorrió la espalda mientras el sudor frío se adhería a su piel.

Christina la despidió con la mirada y continuó hacia su habitación.

Una vez dentro, observó el vestido que Cade había escogido para ella: un vestido blanco, demasiado recatado e inocente para su gusto.

Un brillo burlón asomó en los ojos de Christina. ¿Se suponía que debía ponerse eso? ¿Acaso Cade esperaba que, al usar ese atuendo, se convirtiera en una mujer dócil y le pidiera perdón sinceramente a Carrie, rogándole que la perdonara?

Con un rápido gesto, arrojó el vestido a la basura. Momentos después, su teléfono vibró con un mensaje de texto.

"Señorita Marshall, hemos completado una evaluación médica completa de las tres jóvenes. Su situación... no es buena. A menos que podamos contactar al doctor Cullen Wade, pero, hasta donde sabemos, ya tiene un compromiso para el próximo mes".

Christina apretó el teléfono; sintió una opresión en la garganta y una punzada aguda en el pecho.

Su mayor arrepentimiento era haber traído a la ciudad a las tres hijas de Wendy Clarke.

Tras la muerte de su madre, Christina quedó sola en el campo, valiéndose por sí misma. Los cuidadores que Cade contrató la trataban con desdén y crueldad. Así fue hasta que apareció Wendy.

"¿Quién es esta niña? Ni siquiera sabe llorar bien", había dicho Wendy. Sus ojos amables y su cálida sonrisa fueron como una luz en la oscuridad, un consuelo en su solitaria vida en el campo.

Durante esos años oscuros, Christina sufrió abusos y negligencia. Tras la muerte de su madre, la indiferencia de su padre dejó un vacío en su corazón. Fueron la bondad de Wendy y el cariño de sus tres hijas lo que la ayudó a resistir.

Wendy había sido el tipo de madre que cualquiera habría deseado.

Aunque mantenía en secreto la identidad del padre de sus hijas, Wendy se aseguró de que nunca les faltara amor.

Pero luego, Wendy también falleció.

Christina prometió cuidar de sus hijas.

Cuando regresó con la familia Marshall, su preocupación por las tres niñas no disminuyó. Ellas no soportaron separarse de Christina e insistieron en seguirla a la ciudad.

Entonces, sobrevino el desastre.

Los recuerdos de hace tres años regresaron con una claridad abrumadora.

Una habitación pequeña y tenuemente iluminada. El hedor a sangre y podredumbre impregnaba el aire. Con ropas raídas, tres niñas idénticas yacían inmóviles en una cama. Sus cuerpos estaban cubiertos de heridas abiertas que sangraban y supuraban fluidos espantosos. La escena era una pesadilla.

Sus rostros pálidos, marcados por la desesperación, perseguirían a Christina para siempre. Una de ellas, Elaine Clarke, con los labios agrietados y secos, susurró con dificultad: "Christina, me duele mucho".

Christina se agachó y, con sumo cuidado, tomó a cada una en sus brazos y se las llevó a casa. Pero en el momento en que salió de esa habitación, sintió como si le hubieran arrancado el corazón, dejando solo un dolor agudo y desgarrador.

No había logrado proteger a las hijas de Wendy de principio a fin. Se sintió una completa fracasada.

Desbloqueó su teléfono y abrió la noticia de hace tres años.

Dos titulares aparecían uno al lado del otro.

Uno decía: "La hija menor de la familia Marshall, Christina Marshall, arrestada por homicidio premeditado".

El otro: "Tres jóvenes de dieciséis años brutalmente agredidas; los crueles métodos del agresor dejan a las víctimas con secuelas permanentes".

Christina apartó la vista de la pantalla y respiró hondo para calmarse.

"Entiendo", murmuró, apretando los puños. "Voy a ver al doctor Wade. Por favor, asegúrate de que Elaine y las demás estén bien cuidadas".

"Entendido".

Tras colgar, Christina envió rápidamente un mensaje a su asistente: "Revisa la agenda del doctor Wade para el próximo mes. Necesito todos los detalles sobre ese renombrado médico general y cirujano".

La respuesta llegó de inmediato: "El doctor Wade tiene programada una cirugía para la señorita Willis el próximo mes".

Christina entrecerró los ojos y una leve sonrisa se dibujó en sus labios.

¡Qué coincidencia!

¿Cómo era posible que la causante de tanto sufrimiento estuviera por someterse a una cirugía mientras las víctimas seguían padeciendo?

"Averigua las preferencias de él y envíame su itinerario completo", ordenó Christina.

Luego, como si una idea se le ocurriera, frunció levemente el ceño. "Además, investiga si alguien me ha estado ayudando en secreto todos estos años".

Siempre había sospechado que parte de la reducción de su condena se debía a alguien que trabajaba tras bastidores a su favor.

Pero no tenía idea de quién podría ser.

...

A las ocho de la noche, Christina se puso un vestido ajustado y siguió a Cade hasta el auto.

Él la miró, y una expresión de desaprobación cruzó su rostro. Luego, como si recordara algo, dijo con voz grave: "Ahora que has salido de prisión, es momento de reflexionar y comenzar de nuevo. Cuando lleguemos, ofrécele a la señorita Willis una disculpa sincera. Solo si ella te perdona mejorará tu reputación, y quizá entonces la familia Reed te acepte".

Christina solo respondió con un suave "Mmm".

El plan de Cade sonaba perfecto, pero a Christina le parecía ingenuamente inútil.

La brecha entre ella y Carrie era insalvable. ¿Cómo podrían reconciliarse?

En la habitación 301, Carrie estaba sentada con una amplia bata de paciente, sus ojos fijos en Christina. El odio y la burla llenaban su rostro. "Christina, ¿no viniste a disculparte sinceramente conmigo? ¡Entonces, arrodíllate!".

"Carrie, no te alteres", dijo Simon Gilbert con voz suave y tranquilizadora mientras le acariciaba la cabeza. Ahora, un ligero ceño fruncido se dibujaba en su rostro. "El médico dijo que debes mantener la calma. Si no quieres verlos, solo diles que se vayan".

Luego miró a Christina, y su fría y compleja mirada se posó en ella.

Años atrás, Christina lo había pretendido con una insistencia agobiante, pero él la había rechazado una y otra vez. Suponía que el amor de ella se había convertido gradualmente en odio, y que por eso había recurrido a intentar matar a Carrie, la mujer que él más amaba, para vengarse. Ese recuerdo solo profundizaba el asco que Simon sentía por ella.

La expresión de Christina se endureció, y su indiferencia creció bajo la intensa mirada de Simon.

"Señorita Willis, todo esto es culpa de Christina. ¡Me aseguraré de que le pida disculpas ahora mismo!", dijo Cade, intimidado por la ira de Carrie, y le lanzó una mirada fulminante a su hija.

Christina dio un pequeño paso adelante y se encontró con la mirada cautelosa de Simon antes de detenerse.

"Aquel día, en el último segundo, cambié el cuchillo. ¿Sabes por qué?". Mientras el rostro de Carrie se contraía por el pánico, Christina soltó una risa fría. "Porque a veces, vivir con las consecuencias es un castigo peor que la muerte. Carrie, mira con atención. Observa cómo batallarás con el precio que pagarás por tus actos".

De inmediato, los ojos de Carrie se enrojecieron y gritó, temblando de rabia: "¡Cómo te atreves a decir esas barbaridades! ¡Asesina!".

Pero Christina se mantuvo tranquila, observando sin parpadear cómo el odio y la ira de Carrie explotaban.

Su falta de remordimiento solo acrecentaba el disgusto de Simon.

"¡Discúlpate!", exigió Simon, con la voz gélida y la mirada penetrante clavada en Christina. "A menos que quieras que salgan a la luz tus secretos de la cárcel".

"Han pasado tres años y sus métodos siguen siendo igual de ruines, señor Gilbert", respondió Christina con una leve sonrisa, sosteniéndole la mirada. "Pero, ¿por qué debería temer? Solo expóngalo si quiere".

Cade, que ya hervía de ira, notó que Christina estaba a punto de llevar a Simon al límite. Levantó la mano, dispuesto a abofetearla. "¿Estás loca? ¿Qué comportamiento es este?".

Pero justo cuando la bofetada estaba a punto de caer, alguien le detuvo la mano en el aire.

"No hay necesidad de alterarse tanto, señor Marshall. Christina no ha dicho nada fuera de lugar". Una voz serena cortó la tensión. Christina se giró, sorprendida, y encontró a Harold de pie, con una leve sonrisa en los labios mientras su mirada se posaba en Carrie y Simon. "He oído que ustedes dos intentaban intimidar a mi prometida para que se disculpara?".

¿Prometida? Cade se quedó inmóvil, atónito.

El rostro de Simon se ensombreció y entrecerró sus fríos ojos. "¿Desde cuándo Christina es tu prometida?".

Imperturbable, Harold tomó la mano de Christina y depositó un suave beso en la punta de sus dedos. Su sonrisa se ensanchó mientras la miraba fijamente. "Me enamoré de la señorita Marshall en el instante en que la vi. Lo juro".

Capítulo 3 : Una deuda por saldar

Harold cultivaba una indiferencia estudiada que, paradójicamente, solo lograba que los demás lo percibieran como un hombre cálido y afectuoso.

Con los nudillos blancos por la fuerza con que se aferraba a las empuñaduras de su silla de ruedas, Carrie observaba la escena, cada vez más tensa. ¡La prestigiosa familia Hewitt! Aquella manipuladora había logrado infiltrarse en su círculo más íntimo.

"Comprometida o no, es despreciable que una asesina se presente ante su víctima con tanto descaro", exclamó Simon con una frialdad cortante.

La suave risa de Christina tenía un matiz acerado. "Simon, pasé tres años en prisión por dejarla inválida. ¿Qué más podría deberle?". Sus ojos destellaron con una luz peligrosa. "Aunque no te equivocas del todo. La señorita Willis y yo tenemos muchos asuntos pendientes".

La decepción ensombreció el rostro de Simon mientras la miraba fijamente. "¿Cómo puedes hablar con tanta frialdad? Tus actos imprudentes le causaron a Carrie un sufrimiento inimaginable, ¡y sin merecerlo! ¡Christina, no tienes remedio!".

"¿Sin merecerlo?", replicó Christina con una risa gélida. "Ni la propia señorita Willis se atrevería a jurar que su sufrimiento fue inmerecido. Entonces, ¿con qué derecho lo afirmas tú?".

"¡Christina!". A Carrie se le quebró la voz, cargada de emoción, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Su apariencia frágil y su estudiada expresión de dolor parecían diseñados para despertar la mayor compasión posible. "¿No has arruinado ya suficiente mi vida? ¿Qué más quieres de mí?".

Christina bajó la mirada, ocultando la frialdad de sus ojos mientras sopesaba las palabras de Carrie.

Sabía que la gente como ella, incluso al verse forzada a soportar el mismo dolor que infligía, jamás se detenía a reflexionar sobre sus propias acciones.

Era hora de que la verdadera naturaleza de Carrie saliera a la luz.

"He oído que te has puesto en contacto con el doctor Wade para tratar tu pierna". Las mesuradas palabras de Christina la golpearon como un puñetazo y la dejaron paralizada por un instante. "Ahórrate el esfuerzo. Alguien como tú no merece volver a caminar".

Sin decir más, Christina se dio la vuelta y salió de la habitación del hospital.

Harold enarcó una ceja hacia Simon, con la voz cargada de sarcasmo. "Señor Gilbert, la ley está para defender la verdad, no para venganzas personales".

Sus palabras helaron a Carrie.

Antes de que pudiera articular una respuesta, Harold ya había salido tras Christina.

Cade observaba el drama con el ceño cada vez más fruncido. La vergüenza tiñó sus facciones mientras murmuraba una disculpa apresurada e inventaba una excusa para marcharse.

Carrie se volvió hacia Simon, con una expresión que era una mezcla magistral de vulnerabilidad y angustia apenas contenida. Se mordió el labio inferior mientras tiraba de la manga de él, y nuevas lágrimas asomaron a sus ojos. "Simon, tengo miedo. ¿Y si el doctor Wade de verdad se niega a venir?".

La mirada de Simon se suavizó al ver su rostro bañado en lágrimas. La atrajo hacia sí en un abrazo y su expresión se endureció con determinación. "No dejes que te asuste. Jamás me apartaré de ti. El doctor Wade ya viene en camino, Christina solo intenta manipularte".

Un atisbo de esperanza iluminó el rostro de Carrie. "¿Lo dices en serio?".

Simon vaciló un momento antes de asentir con lentitud. "Jackson lo organizó todo. Él y el doctor Wade tienen una relación profesional de muchos años".

"Simon, te lo agradezco muchísimo. Haré todo lo posible para prepararme para la cirugía. Pero la audacia de Christina me aterra...".

Tras un tenso silencio, Simon respondió: "Voy a publicar esas fotografías. Eso la pondrá en su lugar".

"Oh, Simon, eres demasiado bueno conmigo...". Carrie hundió el rostro en el pecho de él, mientras un fugaz destello de triunfo malicioso iluminaba sus ojos.

En cuanto Simon se fue, Carrie tomó su teléfono y marcó un número con dedos ágiles.

Su voz sonaba suave e inocente, con un toque de vulnerabilidad. "¿Señor Reed? Su prometida vino a verme hoy al hospital para disculparse, pero... descubrí que ha estado con otro hombre. Sé que Christina siempre ha sido muy liberal, pero no soportaría verlo a usted en ridículo...".

La voz de Aidan sonó por la línea, gélida y venenosa. "¡Esa infeliz! ¿Se atreve a engañarme? Me las va a pagar".

Los labios de Carrie se curvaron en una leve sonrisa mientras hablaba en voz baja. "Oí que Christina asistirá a una próxima conferencia de negocios para conseguir un proyecto para su familia. Quizás usted podría...".

La voz de Aidan tenía una frialdad glacial, acentuada por una risa amenazante. "Una mujer como ella no tiene nada que hacer en una conferencia de negocios. Su lugar está debajo de mí, suplicando piedad".

Sus pensamientos volaron a un encuentro ocurrido tiempo atrás con Christina en un bar con poca luz. El recuerdo seguía nítido: él, tirado en el suelo, con el orgullo hecho pedazos, mientras la penetrante mirada de Christina lo atravesaba. Detrás de ella estaba la chica temblorosa a la que él había acorralado, con los ojos aún húmedos de terror.

Las palabras de Christina habían resonado en el aire aquella noche. "Señor Reed, un hombre que usa su fuerza para aterrorizar a una mujer se rebaja al nivel de una bestia".

Su belleza lo había excitado, pero su desafío despertó en él una furia incontenible.

Antes de que pudiera quebrar su espíritu, llegó la noticia de su arresto: había dejado lisiada a Carrie y había recibido una sentencia de siete años.

Siete años atrás, su orgullo la había mantenido intocable y le había negado la oportunidad de someterla. Ahora, se negaba a creer que una mujer que había pasado por la cárcel pudiera seguir siendo tan indomable. Mientras Aidan evocaba en su mente las cautivadoras facciones de ella, sus ojos brillaron con una intención depredadora.

Mientras tanto, Christina salía de la habitación del hospital, ajena a las intrigas de Carrie.

Alzó la mirada hacia Harold con genuina gratitud. "Señor Hewitt, gracias".

Los ojos de Harold recorrieron sus facciones mientras le levantaba el mentón, con tono juguetón. "Christina, estoy seguro de que puedes mostrar tu gratitud de una mejor manera".

La insinuación no le pasó desapercibida a Christina. El anuncio de su compromiso solo amplificaría los rumores en torno a Harold.

Sin embargo...

Christina enarcó una ceja. "¿Y cómo prefiere que le demuestre mi gratitud, señor Hewitt?".

Él la sujetó de la muñeca y, en un instante, la presionó contra la pared de un oscuro cuarto de servicio. La presencia de Harold invadió su espacio, dejándolos a apenas unos centímetros de distancia.

Su reflejo danzaba en los ojos de Harold, y sus facciones irresistiblemente atractivas mostraban una expresión tan juguetona como seductora. Su voz descendió a un susurro aterciopelado. "Christina, permíteme enseñarte cómo una mujer debe agradecerle a su prometido".

...

La delgada pared apenas amortiguaba el bullicio del pasillo del hospital mientras la tensión se adensaba a su alrededor. El firme agarre de Harold en su cintura exigía su atención; su presencia era abrumadora. Christina retrocedió instintivamente hasta que la fría pared detuvo su escape.

Sus fuerzas parecieron abandonarla, y dejó que su cuerpo buscara apoyo contra el de Harold.

El parpadeo de sus pestañas delataba una compleja mezcla de aprensión y una inexplicable sensación de refugio.

Tras un beso largo y apasionado, Harold finalmente la soltó. La satisfacción y la picardía danzaban en su mirada intensa. "Christina, así es como una mujer le demuestra su gratitud a un hombre".

El corazón le latía desbocado mientras maldecía para sus adentros: "Qué canalla".

La persistente incertidumbre se desvaneció de sus ojos al encontrarse con la mirada de él. "Harold, ¿nos habíamos visto antes?".

Algo en su actitud, demasiado íntima hacia ella, le rondaba la mente; en especial esos momentos en que su mirada albergaba un inconfundible interés masculino.

Cierto, su reputación de mujeriego lo precedía, pero no era conocido por perseguir la belleza sin discreción.

Sin embargo, la negación de Harold fue inmediata.

"No". Sus dedos rozaron la mejilla de ella mientras una sonrisa enigmática jugaba en sus labios. "Como la futura señora Hewitt, tendrás que acostumbrarte a este trato".

Un calor se encendió en el rostro de Christina. Harold parecía dispuesto a continuar, pero el timbre de un teléfono interrumpió. Tras revisar el mensaje, levantó la mirada. "Ahora que la noticia de nuestro compromiso se ha difundido, organizaré una reunión entre tú y mi abuela en los próximos días".

Christina se tensó. "La cirugía de su abuela se acerca. Mis antecedentes...".

Incluso si Jane poseía un espíritu generoso, aceptar a una nieta política como ella sería difícil.

"Es solo una presentación", dijo Harold con despreocupación. "La boda puede esperar hasta después de su recuperación".

Christina guardó silencio.

Otros asuntos reclamaron la atención de Harold, lo que lo obligó a marcharse. Christina dejó el hospital poco después.

Al regresar a la mansión Marshall, se dirigió directamente al estudio.

El chasquido seco de una bofetada resonó en la habitación. Los ojos de Cade ardían de furia mientras se erguía sobre Christina. "¿Te atreves a desafiarme? Primero, te involucras con Harold a mis espaldas y luego te niegas a mostrarle a Carrie el más mínimo remordimiento. ¿Has olvidado que el Grupo Willis colabora con nuestros proyectos? ¿Cómo se supone que voy a explicarles tu comportamiento a las familias Reed y Willis?".

La voz de Christina se mantuvo firme, sin inmutarse. "Organizaste mi matrimonio con la familia Reed por miedo y codicia; su influencia y su dinero eran demasiado tentadores para resistirse. Pero considera esto: la influencia de la familia Hewitt supera con creces a la de los Reed. ¿De verdad crees que se atreverían a tomar represalias?". Sus ojos tenían un destello de perspicacia. "Y en cuanto a la financiación, ¿qué pasaría si Nimbus Enterprises iguala su inversión para el proyecto del Grupo Willis?".

El desprecio impregnó la respuesta despectiva de Cade. "¿Tú? Nimbus Enterprises opera con discreción, pero es una empresa de gran envergadura. ¿Qué te hace pensar que tienes algún vínculo con ellos?".

"Cierto, estoy marcada como una asesina". La sonrisa de Christina tenía un filo acerado. "Pero también soy la futura señora Hewitt".

La expresión de Cade se ensombreció, volviéndose inescrutable mientras su ceño temblaba con emoción contenida.

La historia entre Nimbus Enterprises y el Grupo Hewitt era de larga data, hasta hace tres años, cuando Nimbus rompió abruptamente todos los lazos.

Rumores recientes sugerían que ahora buscaban reconstruir ese puente.

...

A las diez de la noche, Christina se presionaba una compresa fría contra su mejilla ardiente, recordando con una claridad hiriente la amenaza final de Cade. "Dices que Nimbus Enterprises asistirá a la conferencia de negocios. Si no consigues su cooperación, terminarás en la cama del señor Reed".

Las motivaciones de Cade siempre habían sido transparentes: la pura ganancia guiaba cada una de sus acciones.

Aunque la influencia de la familia Hewitt era innegable, la reputación de Harold como un simple mujeriego disminuía su valor a los ojos de Cade.

Este arreglo matrimonial, aunque aceptable por ahora, solo servía como palanca para mayores beneficios.

Tras liberarse de las tensiones del día con una ducha, Christina se cambió y se dirigió a la pensión Wanderlust, donde su asistente de confianza, Julie Kirby, la aguardaba con información crucial.

Julie le entregó una carpeta gruesa y habló en voz baja. "Aquí se detallan las operaciones de Nimbus Enterprises durante su encarcelamiento. Señorita Marshall, recuperar los bienes de su madre de las manos de Cade no será fácil. Los ha fragmentado e integrado por completo en sus propios activos".

Una sonrisa amarga se dibujó en el rostro de Christina.

El mundo había acusado a su madre de seducir a Cade, lo que resultó en el nacimiento de Christina.

La verdad era mucho más oscura: Cade había manipulado a su madre y luego se había apropiado de sus bienes tras su muerte.

Solo gracias a la previsión de su madre, al legarle en secreto Nimbus Enterprises a Christina, la empresa se mantuvo fuera del alcance de Cade.

Hace tres años, Christina había gestionado cuidadosamente Nimbus Enterprises desde las sombras. Luego vino el incidente con las hermanas Clarke, que resultó en su encarcelamiento por intento de asesinato.

Tras su liberación, Cade había convertido las posesiones de su madre en un arma, intentando usarlas para forjar una lucrativa alianza matrimonial con la familia Reed.

De no ser por esas preciadas pertenencias aún en manos de Cade, Christina habría roto vínculos con él hace mucho.

Su mera presencia le provocaba repulsión.

Su voz tenía una determinación gélida mientras exponía su estrategia. "En la conferencia, asegúrate de que Nimbus Enterprises destine fondos al Grupo Marshall, pero con una condición: el personal de Nimbus deberá supervisar todos los proyectos financiados".

Ya que Cade quería dinero, podía dárselo. Pero también se aseguraría de tener un lugar en el Grupo Marshall.

Mientras tanto, en el estudio de la familia Hewitt, Harold entrecerró los ojos con perezoso interés mientras revisaba el documento que tenía ante él. "¿Así que Nimbus Enterprises busca renovar la cooperación con el Grupo Hewitt?".

"Así es".

Nimbus Enterprises siempre había sido un enigma; su repentina retirada hace tres años debido a luchas internas había dejado muchas preguntas. Su renovado interés ahora suscitaba todavía más interrogantes.

"Interesante". Harold cerró el archivo con estudiada indiferencia. "Pero esos asuntos corporativos le corresponden a mi hermano mayor. Mi próximo matrimonio tiene prioridad".

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