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EL RENACER DE LA FLOR MARCHITA

EL RENACER DE LA FLOR MARCHITA

Autor: Nieves Gómez
Género: Cuentos
Elena Valer fue la esposa perfecta, la flor decorativa, hasta que se cayeron las máscaras y la convirtieron en un estorbo. Su salud se marchitó, su esposo, Adrián DeLuca la abandonó por otra, su suegra la humilló hasta el final y la obligaron a firmar su propia ruina justo cuando la muerte le tocaba la puerta. Pero el destino, o quizás una fuerza del universo, le dio a Elena una segunda oportunidad. Al terminar el último acto de su vida, Elena despertó años atrás, antes de casarse y que el desastre comenzara. Ahora, la memoria de Elena es su arma más afilada. Ella no ha vuelto de la muerte para suplicar amor, ni para ser la víctima. Elena ha vuelto para destruir el imperio que construyeron a su costa, mientras que ella florece entre sus cenizas.
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Capítulo 1 Cumple tu papel

«Madre, padre... ¿De verdad esto es lo que ustedes hubieran deseado para mí? ¿Está vida? ¿Este destino? ¿Esta soledad?», sopesaba Elena Valer al tiempo que observaba el amanecer desde el enorme ventanal de su habitación.

Ella amaba detallar como salía el sol en el horizonte e iluminaba los jardines de la grandiosa mansión de la familia DeLuca, la familia de su esposo, Adrián.

Últimamente, Elena solía preguntarse a sí misma sobre su vida, su destino, porque está no era la vida feliz que ella esperaba.

Desde hacía algún tiempo, Elena había empezado a sentirse mal, mareos constantes, inapetencia, náuseas, malestar general, hubiera pensado felizmente que se trataba de un embarazo, de no ser porque su esposo ya no la tocaba desde hacía meses.

De hecho, ellos ya dormían en habitaciones separadas y Elena solo veía a su esposo, para ocasiones especiales como eventos públicos, porque Adrián siempre decía que estaba ocupado.

Elena suspiró pesadamente con algo de fatiga, cuando sonó un pequeño golpeteo en la puerta de la habitación y alguien entró.

- Señora DeLuca... - Una joven del servicio se inclinó ligeramente ante Elena. - El desayuno está servido...

- ¿No me lo mandarán a mi habitación como siempre? - Preguntó Elena, extrañada.

- No, su esposo, ha solicitado personalmente que hoy usted acompañe a la familia en el comedor... - Avisó la joven.

Y aunque esa noticia debió haber alegrado a Elena, la expresión de la muchacha le decía que esa invitación no traería nada bueno.

Sin embargo, como la obediente y buena esposa que Elena había sido todos estos años, ella bajó hasta el comedor.

Adrián DeLuca ocupaba la cabecera de la mesa como el cabecilla de la familia desde que falleció su padre, hacía muchos años.

A su derecha, estaba su madre, Justina DeLuca, una mujer orgullosa y prepotente, y a la izquierda de Adrián, en el lugar que le correspondía a Elena, había otra mujer.

Elena se detuvo en el umbral del comedor, viendo la escena con dolor y rabia.

- Hasta que por fin bajas, Elena, te estamos esperando, ¿Qué haces ahí parada? - Voceo Adrián apenas la vio, volteando los ojos con hastío.

- Espero por mi lugar... Está ocupado... - Elena dio un paso hacia él, arrugando el entrecejo.

- ¡¿En serio vas a decir eso?! - Voceo Adrián con una expresión indignada. - ¡¿No ves que es una invitada?! ¡¿Cómo vas a irrespetarla de esa manera?!

- Yo... - Elena dio un paso hacia adelante, apretando los puños con impotencia, usando fue interrumpida.

- Ay, ya Elena, deja el espectáculo, hace mucho que ya ni ocupas ese lugar...- Refunfuño Justina, la madre de Adrián. - Ve y toma asiento al final del comedor, de ahora en adelante, ese será tu lugar...

Elena fue a decir algo, cuando sintió un mareo, algo bastante usual últimamente y antes de caerse, obedeció y caminó hacia la otra punta del comedor, en donde su plato ya estaba servido con una comida fría.

¿Quién sabe desde cuándo estaría servido su plato? Porque la comida de Adrián, Justina y la invitada, seguía humeando calientita.

Elena apretó la cucharilla en su mano, sintiendo como se le iba el apetito, las náuseas se arremolinaban en su estómago y la garganta le dolía.

Ella dejó la cucharilla a un lado y levantó la vista, comenzando a detallar la mujer que estaba sentada junto a Adrián.

Ella era hermosa, muy hermosa, parecía una modelo, delgada, pero con curvas definidas, fracciones delicadas, un largo cabello color miel, piel blanca y delicada como cerámica y labios rojos, seductores y provocativos, ella era perfecta.

Erika, la asistente de Adrián, una mujer que con el paso del tiempo, Elena la había visto cada vez más pegada a su esposo.

Y Adrián no dejaba de sonreír con ella, se acercaban, se susurraban como confidentes, se tocaban con supuesta inocencia, como si intentarán disimular, pero necesitaran el contacto entre ellos.

Y lo peor era que Justina, la suegra de Elena, una mujer de carácter que siempre predicó principios, lejos de escandalizarse por ese comportamiento de su hijo, parecía complacida.

Erika sintió la mirada de Elena sobre ella y de inmediato se acercó sutilmente a Adrián para susurrarle algo.

- Elena, eso es irrespetuoso... - Voceo Adrián molesto.

- ¿Qué cosa? - Preguntó Elena.

- Mirar a nuestra invitada fijamente de esa manera... Es grosero. - Contestó Adrián arrugando más el entrecejo.

- En realidad, lo que me parece irrespetuoso y grosero es como tratas a esta mujer frente a mí... Yo soy tu esposa, Adrián, no una extra en mi propia casa. - Replicó Elena, dolida.

- Oh, lo siento tanto, Elena... No quise ser irrespetuosa. - Erika se tapó el rostro con ambas manos.

Después de todo lo que esa mujer estaba haciendo con Adrián tan descaradamente, ¿Ahora sentía vergüenza? Sopesó Elena.

- ¡Ya basta! - Adrián manoteo el tope de la mesa, levantándose de golpe. - ¡Erika es una amiga muy preciada para mí, quien me ha ayudado mucho en la empresa y no permitiré que le hables así! - Gritó furioso, sorprendiendo a Elena.

- Adrián, hijo, cálmate... - Intervino Justina, con solemnidad. - No queremos que Erika piense mal de ti.

- Lamento tanto todo esto, señora DeLuca. - Esta vez, Erika comenzó a disculparse con Justina. - Quizás debería retirarme de aquí...

Erika comenzó a levantarse, cuando Adrián la sostuvo por la muñeca con delicadeza, acercando su rostro exageradamente al de ella.

- Tú no te vas a ninguna parte, tú no has hecho nada malo, Erika... La que se tiene que ir de aquí, por grosera, es Elena... - Gruñó Adrián, volteando una vez más hacia Elena con una expresión tenebrosa.

Y Elena no lo soportó más, se levantó tan rápido, que se cayó la silla en la que había estado sentada, luego tiró la servilleta sobre el plato de comida frío.

- ¡Erika! ¡Erika! ¡Erika! ¡¿Es que solo piensan en Erika?! ¡¿Y qué hay de mi?! ¡Que soy la verdadera esposa de Adrián! - Rugió Elena.

- ¡Cállate! - Gritó Adrián con todas sus fuerzas, dejando a todos pasmados.

Hubo un momento de silencio, en el que solo se escuchaba la respiración agitada de Adrián.

- No entiendo para qué me mandaste a llamar... ¿Para humillarme? - Murmuró Elena, sintiendo todo su cuerpo temblaba de rabia e indignación.

- Ahora que lo mencionas, salgamos de esto... - Contestó Adrián de mala gana. - Te mandé a llamar porque está semana empieza la temporada de galas de las empresas de tecnología, así que necesito que te olvides de esos malestares que te vives inventando para llamar la atención y te prepares... Como presidente de una de las empresas más importantes, tengo que estar presente y como mi esposa, tienes que está presente...

- ¡¿Malestares que me invento?! - Repitió Elena, indignada, notando como Adrián y Justina, la miraban con desprecio. - ¡Quizás si estuvieras conmigo como tu esposa, te darías cuenta de que no se trata de ningún invento!... ¡Y si tanto te molesta eso, lleva mejor a tu amante, Erika, y no a mí, para que te sientas más cómodo!

Y ahí estalló todo, Adrián caminó hacia Elena como un toro y en un instante le soltó una bofetada que le volteó la cara, haciéndole saborear sangre.

- ¡¿Cómo te atreves?! - Gruñó Adrián.

Y de nuevo, solo hubo silencio, todo lo que se escuchaba está vez, era el quejido de Elena mientras se sostenía la mejilla caliente.

- ¡Bueno, ya es suficiente! - Está vez fue Justina quien intervino, levantándose de su lugar con la autoridad de una matriarca. - ¡Elena, deja de actuar como una niña malcriada y egoísta! Adrián nunca te molesta para nada por tus malestares y cuando te necesita como su esposa, ¿Le sales con esto? ¿Qué tan malagradecida puedes llegar a ser?

Elena solo la pudo mirar desde su lugar, con el cuerpo encorvado por el malestar y aún sosteniéndose la mejilla adolorida, al tiempo que intentaba recuperar el aliento.

- Cumple tu papel como su esposa de alguna forma, ya que no has podido cumplir como se debe como mujer... - Concluyó Justina, dejando a Elena fría.

Y sí, era cierto, Elena no había cumplido como debía en su mundo, dejando un heredero, ella no había podido darle un hijo a Adrián.

Elena uso toda la fuerza que le quedaba, se enderezó como pudo y con los puños apretados a los costados, respiró profundo, se dio la media vuelta y salió del comedor sin decir una sola palabra.

Debía salir de ahí antes de que la vieran derramar una lágrima, ella no iba a permitir que la vieran quebrarse, ni llorar.

Y al salir, Elena escuchó una última frase a su espalda.

- Qué fastidio con esa mujer... Algunos cuerpos solo sirven para adornar... Pero Elena hasta para eso falla... - Comentó Justina con malicia y junto a ese comentario, se escucharon las sonrisas de Erika y Adrián.

Elena apresuró el paso, sintiendo como todo dentro de ella se hundía, su cuerpo temblaba, la garganta le ardía como nunca, se sentía mareada, las náuseas se fortalecían.

Entró en su habitación y corrió a su baño privado para agacharse junto al inodoro sintiendo como algo se le devolvía del estómago.

Terminó vomitando y cuando miró, sus manos se le pusieron frías y su piel palideció, ella había vomitado sangre.

Capítulo 2 No lo entenderías

- Los resultados son concluyentes. - El doctor abrió el expediente frente a él. - Adenocarcinoma Gástrico... Etapa cuatro.

Elena escuchó las palabras.

Las escuchó, las procesó y, sin embargo, tardó un momento en asimilar todo.

- ¿Etapa cuatro? - Repitió Elena, con un ligero temblor en la voz.

- Me temo que sí... - El doctor Ramírez la miró con una expresión llena de lástima y compasión. - El tumor ha progresado de manera significativa... Hay compromiso de ganglios linfáticos adyacentes y algunas lesiones que requieren evaluación urgente.

- ¿Cuánto tiempo? - Preguntó Elena directamente.

- Eso depende de muchos factores. - El médico bajó la mirada. - Con quimioterapia paliativa podríamos...

- Doctor. - Elena lo interrumpió. - Por favor.

- Meses. - Respondió el doctor finalmente. - Con un especialista y el tratamiento adecuado, quizás más... Sin el...

No terminó la frase, no era necesario.

Elena asintió despacio, mirando un punto indefinido sobre el escritorio, meses, tenía solo meses.

Esa mañana había desayunado con comida fría, mientras su esposo le sostenía la muñeca a otra mujer, y ahora tenía meses de vida.

¿Por qué? ¿Por qué le estaba ocurriendo todo esto?

- Hay algo más que debo mencionar... - Continuó el doctor. - Este tipo de cáncer gástrico podría tener un componente hereditario, de haberlo, eso nos podría ayudar con su caso... ¿Tiene usted antecedentes familiares? ¿Algún familiar directo que haya padecido cáncer gástrico?

Elena abrió la boca para responder que no, cuando un recuerdo viejo la envolvió.

Su padre sentado a la orilla de su cama con una expresión llena de dolor, diciéndole: "Tu mamá se fue, Elena. Pero tú y yo vamos a estar bien".

Él nunca le había explicado de qué se fue, nunca le dijo por qué su madre murió o qué tenía, su padre nunca quiso hablar de ello y ella, con el tiempo, aprendió a no preguntar para no hacerlo sufrir.

- Mi madre murió cuando yo era una niña... - Contó Elena. - Pero nunca supe exactamente de qué.

- Sería muy bueno saberlo, si existiera un antecedente de cáncer gástrico en su familia directa, eso explicaría en parte sobre la progresión de su enfermedad y nos ayudaría a darle un mejor tratamiento... - El doctor tomó su bolígrafo y comenzó a garabatear entre papeles. - Le recomendaría investigarlo.

Elena asintió en silencio, ¿Investigarlo? Como si tuviera tiempo para eso ahora.

...

- Señora DeLuca, el sistema rechaza la cobertura... Su póliza fue cancelada hace seis meses. - Anunció la cajera de la clínica.

- ¿Qué? - Elena arrugó el entrecejo, totalmente confundida. - Debe ser un error, mi padre pagó la prima completa por diez años antes de morir... Es un fondo blindado.

- Lo siento, pero aquí figura una solicitud de retiro voluntario de fondos firmada y procesada, el saldo de su cuenta médica está en cero, quizás deba pasar luego por la aseguradora para hablar con ellos... Pero para pagar la consulta y los exámenes de hoy, debe realizar un pago inmediato en débito o crédito. - Explicó la cajera.

- Está bien, entiendo... - Elena asintió y sacó una tarjeta de su bolso.

Mientras la cajera se cobraba, Elena miró su teléfono celular, ¿Debería llamar a Adrián?, ella recordó todo lo que sucedió esa mañana y volvió a guardar su teléfono.

No, quizás no, tenía que darle la noticia, pero quizás era mejor hacerlo personalmente, así también le preguntaría si sabía algo sobre el seguro, porque ahora ella necesitaba ese seguro más que nunca.

Se suponía que debía llorar, se suponía que debía llamar a su esposo, se suponía que ella debía hacer algo, pero en ese momento, ella se sentía incapaz de reaccionar.

Elena salió de la clínica y cuando cruzó la puerta, fue que se dio cuenta de que estaba lloviendo, volvió a sacar su teléfono y llamó a su chofer.

- Lo siento, Señora DeLuca, Pero el señor Adrián me llamó urgente y tuve que irme. - Anunció el chofer al otro lado de la línea.

- ¿Qué? - Elena exhaló.

De inmediato, Elena colgó y marcó el número de su esposo, ¿Cómo podía haberse llevado a su chofer? Ese era su auto y su chófer personal, el mismo Adrián le asignó desde que se casaron.

El teléfono de Adrián repiqueteo muchas veces, Elena tuvo que insistir bastante hasta que por fin él respondió.

- ¿Qué quieres...? Habla rápido que estoy en una junta... - Soltó Adrián sin mucho interés.

- Es que... Estoy en el hospital y...

- ¿De nuevo te sientes mal? Tómate una aspirina y acuéstate a dormir, no me hagas perder tiempo en esto... - Respondió Adrián con hastío.

- No, no... Es algo más grave. - Murmuró Elena sintiendo ya el nudo en la garganta.

- No intentes manipularme...

- ¡No! - Gritó Elena llena de impotencia. - Adrián, llueve a cántaros, necesito volver a casa y no tengo como...

- Yo lo necesito... - Replicó Adrián. - Tú nunca lo usas, nunca sales de casa, ¿Te tenías que antojar hoy, que yo lo necesito?

- Adrián, no lo hice a propósito, ¿Crees que me gusta enfermarme? - Contestó Elena, irritada.

- Lo haces para llamar la atención...

- ¡Ya basta! - Elena sentía como las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos. - Adrián, necesito a mi chófer, estoy en la clínica y está lloviendo mucho, llámalo y dile que venga a buscarme.

- Adrián, cariño, ya me voy... El chófer me está esperando... - Se escuchó la voz de Erika al fondo de la conversación.

- ¿Cómo...? ¿Cómo pudiste...? - La voz de Elena sonaba cada vez más quebrada. - ¿Y por esa mujer...?

- ¡Ya deja el drama, ok! Es algo importante, Erika me está ayudando con la empresa, a diferencia de ti, aporta en algo... No la voy a poner a sufrir tomando taxis por toda la ciudad con extraños... Tú solo vas del hospital a casa, así que deja de joder y toma un taxi.

Adrián colgó y Elena no pudo más, una silenciosa lágrima bajó por su mejilla al tiempo que Elena comenzó a avanzar bajo la lluvia torrencial como un zombi.

Se abrazaba a su misma para calentarse, su cuerpo se estremecía por el frío, no tenía ni un paraguas, ni un abrigo, solo tenía un sobre médico que se estaba humedeciendo bajo sus brazos y unos zapatos completamente equivocados para caminar sobre el pavimento mojado.

Avanzaba en automático, sin mirar para los lados, sin punto fijo, pensando en la voz del doctor diciendo "meses", cerró los ojos sintiendo un escalofrío, cuando un auto apareció sin aviso.

Los frenos chirriaron a centímetros de ella, Elena retrocedió de un salto cayendo sentada sobre un charco al tiempo que sintió como el corazón le golpeó el pecho con fuerza.

La puerta del conductor se abrió de golpe.

- ¡Dios mío! - Se escucharon pasos rápidos sobre el asfalto mojado.

Elena levantó la vista, el hombre que tenía frente a ella era alto, elegante y sumamente atractivo, con el cabello oscuro brillando con las gotas de la lluvia.

- ¿Estás bien? ¿Te lastimé? - Él se agachó y comenzó a tocarla con cuidado, revisándola.

- Estoy bien... - Musitó Elena aún aturdida.

Y entonces, él extendió la mano hacia ella con caballerosidad, para ayudarla a levantarse y cuando Elena se levantó, sus miradas se encontraron.

- Elena... - Susurró el hombre, sorprendido.

- ¿Nos conocemos? - Elena parpadeó, perpleja.

- Si, soy Leandro Montclair. - Él extendió una enorme y perfecta sonrisa, provocando un pequeño sobresalto en el pecho de Elena. - Estudiamos juntos... Hace años.

Elena lo miró con más atención, había algo familiar en él, en la línea de su mandíbula, en la forma en que se paraba.

- Leandro... - Lo repitió Elena despacio. - Sí... Te recuerdo.

- Que bueno... - Leandro le sostuvo la mano con algo más de fuerza y fue entonces cuando ambos se dieron cuenta de que seguían tomados de la mano y demasiado cerca.

Elena lo soltó de golpe, retrocediendo unos pasos, sus mejillas se encendiendo de inmediato sin que ella supiera todavía porqué.

- ¿A dónde vas? - Preguntó Leandro.

- A casa.

- ¿Caminando bajo está lluvia? - Leandro la miró sorprendido.

Elena no respondió, bajó la vista con cierta vergüenza y entonces, Leandro se volvió hacía el auto y abrió la puerta del copiloto.

- Sube... Te llevo.

- No es necesario... - Negó Elena apretando el sobre húmedo contra su pecho.

- Elena. - La interrumpió, Leandro. - Estás bajo la lluvia, sin transporte, y casi te atropello... Déjame llevarte, por favor.

Elena miró la puerta abierta, miró la lluvia, miró sus manos que sostenían el sobre con los resultados que le habían dicho que se estaba muriendo sin que nadie estuviera a su lado.

¿Qué más le podía pasar? Así que, asintió y subió al auto.

Ella miró alrededor con curiosidad, en un asiento trasero notó que había un par de batas de doctor colgadas, ¿Leandro era médico? Bueno, hasta donde Elena recordaba en el colegio, él era un chico muy listo.

Por el camino él no habló mucho, solo lo básico, pero Elena había notado como deslizaba la mirada hacia ella a cada segundo, detallándola.

Luego de unos minutos, la mansión DeLuca apareció al final del camino privado, iluminada y perfecta desde afuera, como siempre.

Elena bajó del auto antes de que Leandro apagara el motor.

- Elena... - Leandro la llamó, ella se quedó mirándolo por un momento, esperando que le dijera algo. - ¿Estás bien?

Era una pregunta simple y, sin embargo, Elena sintió que algo dentro de ella se oprimía al escucharla, porque llevaba horas, semanas, meses sin que nadie se la hiciera.

- Sí... - Respondió Elena, como cualquiera lo haría. - Gracias.

- Si necesitas algo... - Leandro habló despacio, como si eligiera las palabras. - Lo que sea.

Él extendió una tarjeta hacia ella que Elena tomó y la miró como si quisiera decirle algo más, como si sospechara algo.

- Señora DeLuca... - La llamó una muchacha del servicio desde la puerta.

- Lo siento, me tengo que ir... - Elena se dio la media vuelta para entrar en la mansión.

Leandro apretó los labios como si se estuviera conteniendo, mientras la vio marcharse esbozó otra sonrisa cálida hacía Elena y luego de un momento, arrancó el auto.

- Mientras usted estaba fuera... El señor DeLuca dio instrucciones de... - La muchacha del servicio tragó saliva. - Sus cosas han sido trasladadas.

- ¿Qué? ¿A dónde?

Elena entró en su nueva habitación, estaba en el ala de servicio, era pequeña, con una ventana que daba a la pared del edificio contiguo, una cama angosta y su ropa doblada en pilas ordenadas.

Ella cerró la puerta y se sentó en el borde de la cama con el sobre médico sobre las rodillas, sacó su teléfono y le marcó a su esposo, él debía darle una explicación, pero por más que insistió, está vez, Adrián no contestó.

Y entonces, en ese cuarto que olía a pintura vieja, sola y en silencio, Elena dejó caer la cabeza entre las manos y lloró cómo nunca había llorado en su vida.

Capítulo 3 La flor marchita

En los siguientes días Adrián no apareció y no contestó el teléfono con la excusa de que estaba muy ocupado con el evento.

El evento era una serie de fiestas de gala se llevaban a cabo cada año por las más grandes empresas de tecnología mostrando sus avances.

Este año, la empresa de los DeLuca, sería quien daría la primera fiesta y obviamente su presidente Adrián DeLuca debía estar ahí junto a su esposa, jugando a la familia feliz.

Así que Elena acepto ir porque está era su única oportunidad para ver a Adrián antes de que volviera a desaparecer y hablar con él sobre su enfermedad, sobre el seguro, sobre su cruel exilio en una habitación del servicio.

Adrián llegó a la mansión DeLuca a buscar a Elena a las siete en punto, ella ya estaba lista, esperándolo sentada en el borde de la cama angosta, con un vestido azul medianoche puesto y los guantes blancos sobre el regazo.

Se había arreglado frente al pequeño espejo del baño, con la luz insuficiente y sin la mesa de maquillaje que tenía en su antigua habitación, y aun así había quedado bien.

Eso también podía llamarse como un tipo de resistencia y fortaleza, no estaba dispuesta a dejarse vencer, no estaba dispuesta a dejar de luchar, su fe la mantenía en pie.

Adrián abrió la puerta sin tocar y la miró de arriba abajo como si le hiciera una evaluación rápida, pero aparentemente, no encontró ninguna objeción, porque lo único que dijo fue:

- El auto está abajo. No me hagas esperar. - Luego Adrián se dio la media vuelta para marcharse.

Durante el trayecto hacia la gala en la limusina, Adrián no decía nada, solo revisaba su teléfono, respondiendo mensajes con una concentración que solo reservaba para las cosas que le importaban de verdad.

- Adrián... - Elena rompió el silencio. - Tenemos que hablar.

Adrián levantó una mano para acallarla, sin siquiera levantar la mirada del bendito teléfono.

- Adrián, tengo que decirte algo muy importante... - Insistió Elena con algo más de carácter, obligando a Adrián a despegar la mirada del teléfono.

- ¿Es de vida o muerte? - Preguntó Adrián con evidente molestia, arrugando el entrecejo.

¿Era de vida o muerte? Para Elena si lo era.

- Por qué si no es algo que sea de vida o muerte en este preciso momento, solo me harás perder el tiempo, estoy ocupado terminando de afinar los últimos detalles de la fiesta y sabes lo importante que es esto... - Continuó Adrián con frialdad.

- ¡Esto es más importante...! - Intentó objetar Elena, cuando el teléfono de Adrián empezó a repiquetear como loco en sus manos, acallándola.

- Sea lo que sea que me quieras decir, estoy seguro de que puede esperar hasta después de la fiesta... - Concluyó Adrián.

Luego él se volteó y contestó el teléfono hablando casi en susurro, entonces Elena entendió que solo quería hablar con esa mujer, Erika.

...

La gala del Consorcio Tecnológico DeLuca se celebraba en el Gran Salón Meridian, un espacio que existía para recordarle a la gente cuánto dinero podía gastarse en una sola noche.

Con arañas de cristal, mesas con flores blancas y fotógrafos en cada entrada.

Elena entró del brazo de Adrián, como se esperaba, saludó a las personas que se esperaba saludar y sonrió en los momentos precisos, como se debe, ella buena en eso, siempre lo había sido.

Pero está noche en particular, Elena notó pequeñas cosas diferentes, primero que Adrián la soltaba del brazo más rápido de lo habitual, sin simular; luego notó que Justina, la miró desde lejos con una sonrisa satisfecha y maliciosa.

También notó que varias personas del círculo cercano de los DeLuca no la saludaron, solo hablaban en voz baja mirándola de reojo y además notó a Erika, ella usaba vestido rojo que no dejaba nada a la imaginación y hablaba con el coordinador del evento como si ella fuera la que mandara ahí, esa noche.

Elena tomó una copa de agua de una bandeja que pasó cerca y se ubicó en su lugar, la mesa principal, junto a Adrián, donde correspondía.

Cuando llegó el momento del discurso principal, Adrián subió a la tarima, Elena lo observó desde su asiento, el salón lo escuchaba, las cámaras los reporteros lo seguían de cerca y entonces, Adrián hizo una pausa.

- Esta noche... - Retomó Adrián, con una voz que llenaba el salón. - Quiero aprovechar este espacio para ser honesto con todos ustedes, con nuestros socios y con nuestra comunidad... - Otra pausa. - El matrimonio es una institución que merece respeto y el respeto comienza con la verdad.

Elena sintió que el estómago se le comenzó a revolverse.

- Mi esposa, Elena y yo, por mutuo acuerdo, hemos tomado la difícil decisión de iniciar los procesos de divorcio... - Adrián no la miró mientras lo decía. - Ha sido una decisión meditada, dolorosa, pero necesaria para ambos... Así que les pido discreción y respeto en este momento privado que, entiendo, ahora es público.

El salón quedó en silencio por exactamente dos segundos, luego comenzaron los murmullos.

Elena no se movió, con el corazón galopante, sintió todas las miradas girar hacia ella de manera simultánea, como una marea, sintió el calor de los flashes de las cámaras que los fotógrafos, quienes habían redirigido toda su atención hacia ella para capturar su reacción.

Pero Elena había actuado tanto en este mundo que había aprendido a actuar muy bien y solo asintió como si de verdad hubiera estado de acuerdo con lo que decía Adrián.

Ella mantuvo la espalda recta, mantuvo la copa de agua en la mano y mantuvo la expresión serena.

Elena no pensaba darles el gusto, no pensaba hacer de lo que quedaba de su vida, un circo para ellos.

Pero por dentro, algo se le estaba rompiendo en silencio.

Ahora ella entendía por qué Adrián nunca estaba, por qué no le contestaba las llamadas, por qué había sido relegada por su esposo a ese pequeño cuarto de servicio.

Fue entonces cuando Erika se movió, acercándose a Elena con una supuesta expresión de preocupación.

- Elena... - Empezó a hablar Erika, en voz baja, pero lo suficientemente audible para la mesa contigua, para los fotógrafos cercanos, para el periodista que claramente estaba grabando desde su teléfono a dos metros de distancia. - ¿Estás bien, querida? Con tu condición... esto debe ser muy difícil para ti.

- ¿Mi condición? - Elena la miró, confundida.

Erika abrió los ojos con una expresión de horror perfectamente fabricada, como alguien que acaba de darse cuenta de que dijo algo que no debía.

- Oh, Dios, lo siento... - Susurró Erika, llevándose una mano a la boca al tiempo que miraba alrededor con pena. - No quise... Es que estaba tan preocupada por ti, con lo del diagnóstico... No pensé que todavía no era público.

Eso fue una detonación, en los siguientes treinta segundos, Elena escuchó la palabra "diagnóstico" pasar de boca en boca por el salón como una corriente eléctrica.

Vio a los periodistas intercambiar miradas y vio a Justina, observar la escena con satisfacción.

Con toda la elegancia y sobriedad que pudo, Elena dejó la copa de agua sobre la mesa, se puso de pie y sonrió para el público, era una sonrisa pequeña, perfecta.

Miró a Erika directamente a los ojos por un momento, solo un momento, y lo que Erika encontró en la mirada de Elena no era lo que esperaba encontrar.

No fue miedo, no fueron lágrimas, sino una rabia e impotencia contenida que asustó tanto a Erika, que terminó dando un pequeño paso atrás de manera involuntaria.

- Disculpa... - Soltó Elena, levantando una mano para empujar a Erika por un hombro, apartándola de su camino.

Todos se sorprendieron, pero Elena no volteó la mirada hacia nadie, ya no le importaba lo que murmuraban, ya no le importaba el impacto que estaba causando, solo le importaba salir de ese infierno.

Así que Elena caminó hacia la salida, con la espalda recta mientras los murmullos crecían a su espalda, pero antes de llegar a las enormes puertas del salón, algo la detuvo, una especie de presión.

Se escuchó una rasgadura y Elena sintió como la tela del delicado vestido de encaje que usaba se le desprendía de su pecho.

Tuvo que llevarse las manos rápidamente hacia el pecho para no quedarse semidesnuda, la piel se le puso pálida, la respiración se le agitó, sorprendida, Elena volteó y vio que Erika pisaba la larga cola de su vestido.

- UPS... - Soltó Erika con una expresión de inocencia. - Disculpa. - Agregó al final con un ligero tono de ironía.

Con una diminuta sonrisa ladeada, Erika levantó el pie de la cola del vestido, liberando a Elena, quien terminó cayendo.

- Ay, pobre... - Erika dibujó su mejor expresión de lastima y estiró su mano hacia Elena, al tiempo que los fotógrafos tomaban la escena, Elena ya se lo imaginaba: la buena samaritana de Erika, ayudando a la pobre Elena.

Elena se sostuvo el vestido con una mano y con la otra le soltó un manotazo a la mano estirada de Erika, azotándola.

- ¡Elena! - Se escuchó la voz de Adrián que se acercaba para consolar a Erika. - Que malagradecida eres... Precisamente por eso me estoy divorciando tuyo...

Elena se levantó elevando la cara con toda la dignidad que pudo y se volteó hacia la salida.

Las puertas del salón se cerraron detrás de ella, amortiguando el ruido, y entonces el pasillo quedó en silencio, frío y vacío.

Elena caminó hasta el primer rincón donde no había cámaras ni personal del evento y se apoyó contra la pared con la espalda, cerrando los ojos.

Y ahí, en la soledad, ella al fin dejó que las rodillas cedieran despacio hasta quedar sentada en el suelo frío del pasillo, con el elegante vestido azul medianoche extendiéndose a su alrededor.

La cabeza le daba vueltas, el estómago ardía, la garganta estaba tensa, respiró, respiró de nuevo.

Luego sacó el teléfono del bolso, miró la pantalla, no tenía a nadie a quien pudiera llamar, eso ya lo sabía, así que lo guardó otra vez.

Al día siguiente, el titular del periódico digital más leído de la ciudad tenía una foto tomada en el momento exacto en que ella se encontraba en el piso con la mano de Erika estirada, con el titular:

"La flor marchita del Imperio DeLuca".

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