Dicen que para que el mundo sea mundo deben existir todo tipo de personas, la diversidad es la que hace la existencia exótica. Sin embargo, la mayoría de los seres humanos son tan impredecibles, que nunca llegan a conocerse ni a sí mismos. Siendo así que el camino hacia el hallazgo de la propia identidad, está pavimentado en temores e inseguridades.
Cielle se sentía en total control de su vida, de su personalidad y sus emociones. A tan solo dos años de haberse graduado, sobresalía como uno de los abogados jóvenes en ascenso dentro de todo New York. Aunque carecía de renombre, poco a poco su talento en los tribunales se hacía pasar de boca en boca, logrando ser tachado como un genio de habilidades innatas.
Mas, el control que mantenía sobre su vida, parecía haber desaparecido en cuestión de instantes. Aquello no fue para nada de su agrado, menos aún al hallarse en una situación que le resultó tan dolorosa como inesperada.
Un día antes le había sido informado en el bufete donde trabajaba, la existencia de un caso de apariencia imposible. Sin pensarlo dos veces decidió tomarlo, antes de siquiera leer el informe, su ego y sed de reconocimiento fueron los responsables de tal desliz.
Así que allí estaba justo frente a él, luciendo una sonrisa cínica y chantajista: Su ex, la persona a la que años atrás rompió el corazón. Observando una vez más el rostro que había tratado de olvidar y durante años guardó como solamente un recuerdo, el mejor y quizás también el peor, en mismas proporciones.
No sabía cómo sentirse, ni siquiera cómo expresarse. Después de tanto tiempo le costaba devolverle la vida a un recuerdo, porque si lo hacía traería consigo los demonios que sepultó junto a sus sentimientos, porque eso significaría padecer nuevamente por cosas que creía haber superado, pero sobre todo, porque se negaba a perder la estabilidad que tanto le costó construir.
–Cielle D' La Fontaine. –Aquel nombre destiló de entre los labios del contrario como veneno que quemaba al hablar, con tanto rencor que no pasó desapercibido para el nombrado.
–Idan –saludó fingiendo indiferencia y frialdad.
–Diría que el mundo es un pañuelo pero... No creo que estés aquí por simple coincidencia.
–¿Por qué otro motivo lo estaría?
–¿Acaso no leíste mi nombre en la solicitud por escrito? O quizás conoces a muchos Idan Evigheden.
–No revisé tal informe.
–Entonces debo cuestionarme contratar a un abogado así de incompetente.
–Es curioso que me llames incompetente cuando eres la persona que está a punto de ir a la cárcel, y ciertamente, no me parece ser eso algo muy inteligente.
–Que lástima –se encogió de hombros –, creí que venías a mí porque me extrañabas.
–No guardes falsas esperanzas después de tanto tiempo. Te pido que hagamos esto lo más profesionalmente posible.
–Pensé que renunciarías.
–Renunciar no es algo que aplique a mi día a día.
–Que curioso, yo recuerdo todo lo contrario.
–Tus recuerdos son de un yo pasado, uno que ya no existe y se quedó en el olvido, junto a ti.
–Es poco probable –ladeó el rostro –, no creo que puedas olvidarme fácilmente, sigo siendo el que tomó tu virginidad.
–Y yo sigo siendo el que tomó tu heterosexualidad –contestó con cierto deje de autosuficiencia –. Y justo ahora soy el que tomó tu caso, puedo salvarte o hundirte en la cárcel, después de todo espero que mal no recuerdes que tienes cinco denuncias.
–No creo poder olvidarlo. –Se levantó de su lugar tras el escrito, y caminó hasta el gran ventanal de cristal para mirar desde las alturas de un piso veinte, a los periodistas que lo acechaban en la entrada.
Desde que hacía un mes atrás, se confirmó la noticia de las cinco denuncias en contra de Idan Evigheden, director general de una de las empresas regentes del comercio en la ciudad, la prensa no dejaba de seguirlo en busca de un buen reportaje. Mantener un perfil bajo era cada vez más complicado para él, y eso obviamente traía repercusiones negativas para la empresa.
–¿Qué pasa contigo, Evigheden? –preguntó el abogado mirando al que aún permanece de espaldas –. Dejé de verte hace siete años y en esto te convertiste, un criminal.
–Te recuerdo que tú mismo acabas de sugerir llevarlo todo de una manera estrechamente profesional. Por lo tanto, abogado, no es su deber cuestionar mis decisiones personales, no es juez para juzgar y definitivamente no está en posición para reñirme.
–Créeme que no tengo la más mínima intención de entrometerme en tu vida más de lo necesario. La única razón por la que estoy tomando este caso a pesar de todo, es porque representa para mí el mayor reto al cual enfrentarme posiblemente en toda mi futura carrera en la abogacía.
–Sabes algo, he comenzado a encontrarle el lado bueno a esto –confesó con malicia para girarse y nuevamente hacer contacto visual con Cielle.
–¿Cuál?
–Para poder defenderme tendrás que empaparte con todo lo respecto a mis crímenes, con todo lo respecto a este mundo. Sumergirte en aguas tan turbulentas no tiene modo de escape.
–¿Te parece eso algo que deberías disfrutar?
–Por supuesto. Eres un cobarde Cielle, yo lo sé, por eso quiero descubrir qué tanto soportarás antes de huir como siempre haces.
–No negaré que me sorprende lo mucho que has cambiado, Idan, pero no me subestimes. Antes de algún día infravalorarme recuerda que un sabio dijo una vez: La ventaja de ser inteligente es que así resulta más fácil pasar por tonto.
Sus miradas conectaban de una manera poco amistosa. Se trataba de una pelea silenciosa donde el rencor de Idan se había vuelto el arma desencadenante de tal contienda.
Aunque Cielle nunca esperó tener un reencuentro con su amor de la juventud, en el fondo siempre supo que si algo así sucedía no sería en buenos términos y, definitivamente no sería recibido con un abrazo y gratos recuerdos. Conocía el error que cometió y por ello esperaba estando consciente ser el objeto del rencor de Idan.
Pero... ¿Por qué más que rencor sus ojos destilaban tanto odio? Quería preguntarle pero no recibiría una respuesta, por lo menos no pronto.
Por la mente de Idan pasaban muchas cosas en aquel momento. Durante tanto tiempo albergó aquel resentimiento, que tener en frente al dueño de su dolor le pareció un juego sucio del destino. A pesar de eso no pudo evitar contemplarlo y que una parte de él se sintiera orgullosa de la persona en la que se había convertido. Su mente nunca albergó duda alguna de que Cielle tendría un buen futuro, pese a todos los años que pasó sin verlo.
La vida a veces parecía ser injusta y poco equitativa con las personas, un ejemplo de ello era el joven D' La Fontaine. Desde niño sobresalió en cada aspecto, con un intelecto digno de envidia y una belleza desbordante que, con el paso de los años no hacía más que aumentar. Nunca padeció del dolor de la pérdida, y quizás por eso creció como una persona fría y autosuficiente.
–Tus ojos no han cambiado nada –rompió el silencio Idan para comenzar a caminar más cerca, lo suficiente como para que su mano alcanzara el rostro del contrario –. Aunque me atrevo a decir que todo lo demás sí –deslizó su pulgar por la mejilla de Cielle, que se encontraba petrificado por tal repentino e inesperado comportamiento –. Este rostro se ha tornado muy hermoso, incluso más que antes, es una lástima que ahora sienta repulsión por ti porque no cabe duda de que aún eres extremadamente apetecible.
–¿Qué te has creído? –En un acto de rabia, el abogado golpeó la mano que sostenía su rostro y lo empujó para alejarlo unos pasos –. Me debes respeto, infeliz. ¿Conoces acaso el significado de la palabra profesional?
–No realmente, ¿te importaría enseñarme? –preguntó con un tono bañado en sorna.
–Eres un... –dejó allí la frase para tomar una larga inspiración de aire, buscando un consuelo a su enojo.
Al decidir que no quería estar ni un segundo más dentro de aquella oficina, Cielle tomó su portafolio de la silla frente al escritorio. Sin decir una palabra más salió dando un fuerte portazo que hizo estremecerse cada objeto en las cercanías de la puerta.
Observándolo marcharse, la amplia y burlona sonrisa en los labios del criminal desapareció, dando paso a una seriedad casi amenazante.
De la puerta en la pared izquierda de la oficina, salió un hombre alto y pálido, uniformado en un traje negro con corbata.
–¿Qué haremos con él, jefe? –preguntó observando al joven empresario, que segundos atrás había tomado asiento en su escritorio.
–Nada por el momento –respondió, para posteriormente tomar de la gaveta de su escritorio, una navaja corta de plata con una inscripción en la hoja –. Necesito a D' La Fontaine, a pesar de todo es una persona tenaz, si alguien puede ganar este caso es él.
–¿Y después?
–Después seguiremos con lo planeado. Cuando haya finalizado el caso sabrá demasiado sobre mí, sobre la organización, así que lo mandaremos seis pies bajo tierra.
–¿Puedo hacerle una última pregunta, jefe?
–Adelante.
–¿Por qué acepta que su abogado sea justamente él?
–Dicen que todo monstruo es creado por otro monstruo. Sin saberlo Cielle se volvió el forjador de lo que soy ahora, por ello quiero retribuirle de la misma manera, mostrarle un poco de lo que creó hace siete años atrás –deslizó el dedo por la hoja de la navaja, haciéndose una pequeña cortada en el dedo índice –. O quizás es solo que soy demasiado rencoroso, quién sabe.
Después de abandonar la oficina de Idan, Cielle se dirigió más temprano de lo usual a su departamento. Aprovechando aquellas horas que le restaban de la tarde, decidió comenzar a estudiar por primera vez el caso. Normalmente debería haber revisado aquel informe antes de tomar la decisión de aceptarlo, pero otra vez había dado riendas sueltas a su ego y hasta cierto punto creyó merecer las consecuencias.
Después de esparcir los documentos sobre la mesa, se colocó los lentes y centró su atención en los expedientes. En definitiva sería ese por mucho, el trabajo más complicada con el que habría de lidiar en los próximos años, y eso era para él una satisfacción. Sabía que si lograba vencer en ese caso de apariencia imposible, ganaría aquello que tanto anhelaba: renombre. Y aunque egoístamente disfrutaba del reto que significaría, no podía evitar quedarse pasmado ante el record criminal que estaría cargando Idan si perdían el juicio. ¿Cómo había cambiado tanto? ¿Dónde estaba el chico que escribía poemas en las páginas de sus cuadernos? El que sonreía como un ángel y le llenaba la casa de margaritas a su madre, ese niño de mirada avellana... ¿Había muerto?
Estaba tan enfrascado en sus pensamientos, en el remordimiento y el sentimiento de culpa que permanecía albergado en su corazón, que ni siquiera fue consciente de la persona que ingresaba a su departamento, hasta que esta palmeó la mesa para hacerlo tener un sobresalto.
–Estás distraído, D' La Fontaine –reclamó la joven, sentándose en la silla frente a él –. Podría fácilmente haber sido un agresor.
–Teniendo en cuenta mi humor actual, creo que el agresor debería tener miedo de mí –comentó burlón, relajando su endurecida expresión –. ¿Has venido a algo en particular?
–Sí. Hoy en la tarde Nadine comentó en la oficina que te toca defender a tu ex –movió las cejas de arriba abajo insinuante –. Así que vine a que me cuentes todo.
–No puedo creer que Nadine sea tan floja de lengua –entornó los ojos para resoplar.
Sabía que los comentarios corrían rápidamente en el bufete, pero jamás imaginó que tanto. No habían pasado muchas horas desde que salió del encuentro con Idan, así de camino a casa decidió llamar a su jefa Nadine y explicarle la situación. Al parecer no había ella perdido ni un segundo de su tiempo para volver todo un entretejido chisme.
–Cuéntame –lo incitó su amiga para agarrar su mano y sacudirla de manera insistente.
Selene era la más allegada amiga de Cielle, la había conocido en su periodo de estudiante. Ambos asistían a la facultad de Derecho y comenzaron a pasar mucho tiempo juntos. Aunque eran polos totalmente opuestos, habían logrado hacer una maravillosa mezcla, y siete años después incluso trabajan en el mismo bufete. Selene era de ese tipo de abogadas que se saltaba de lleno tomar algún caso complicado, no porque careciera de intelecto, pues eso le sobraba, sino porque a ella le gustaba estar lejos de cualquier estrés. No aspiraba alcanzar ningún reconocimiento con su trabajo, siendo tan desinteresada y despreocupada que a veces Cielle se preguntaba si realmente tenía alguna ambición en la vida.
–Sí, es mi ex –respondió el joven abogado después de segundos en silencio.
–Nunca me hablaste de él.
–Pasó hace mucho tiempo, es algo que trato de no recordar.
–¿Tan malo fue?
–Por el contrario, fue demasiado bueno, pero no acabó bien.
–Así que después de mucho tiempo se reencuentran nada más y nada menos que como abogado y cliente. La vida es tan irónica a veces.
–Me preocupa en especial su caso.
–Ya oí que es muy complicado, pero aún no sé por qué.
–Entre otras cosas porque tiene un hermoso récord de cinco denuncias graves –explicó Cielle para extenderle uno de los informes.
–¡Demonios! –chilló sorprendida ojeando el documento +. ¿Es en serio? Está acusado de asesinato, lavado de dinero, tráfico de drogas, posesión ilegal de armas y secuestro. No es una broma el chico.
–Me molesta ver en lo que se ha convertido.
–Pero ese no es tu problema, si realmente es parte de tu pasado, su presente no debería preocuparte.
–No es así de sencillo –suspiró –. En esa historia yo soy el villano. Fui un grandísimo idiota con Idan, era él de ese tipo de personas que desarrollaban fácilmente dependencia emocional, yo lo sabía y aún así lo dejé enamorarse de una manera intensa, lo dejé volverse adicto.
–¿Adicto a qué?
–A mí, a mi compañía. Cuando debí ayudarlo a ser libre solo lo apresé más –deslizó el dedo por el borde de la taza de café entre sus manos, su mirada se encontraba tan perdida en el contenido de la misma que pareciera que allí, dentro de aquel oscuro café, pudiera ver reflejado el pasado –. Todo eso para al final, irme de su lado sin siquiera despedirme.
–Metiste la pata Cielle, te olvidaste de la responsabilidad afectiva. No pretendo consolarte porque realmente te equivocaste.
–Lo sé.
–Pero el tiempo pasó y existe algo llamado madurar. Él y tú tienen que entender que todos cometemos errores.
–¡Sí, Selene! –exclamó exasperado para ponerse de pie en un acto de desesperación –. Sé que tienes razón pero él también la tiene al odiarme. Mi culpa fue romperlo en pedazos y tengo miedo de ver como él mismo los juntó, para crear esto que es ahora.
–¿Entonces qué harás?
–Aún estoy debatiéndolo.
–Abandona este caso, deja que otro se haga cargo.
–Nadie más del bufete quiso tomarlo.
–Él puede encontrar otro abogado, esa no es justificación. Lo que creo es que tú estás tratando de enmendar tus errores del pasado haciendo esto.
–Se lo debo.
–Esa no es la manera correcta. Estás haciendo esto solo para consolar tu alma que se siente culpable. Algo así está lejos de ser un acto de bondad, es solo egoísmo. Lo haces por ti no por él, otra vez saldrá herido.
Silencio, eso hubo después de las palabras de Selene. Como siempre la castaña tenía los argumentos perfectos, digno de una gran abogada como ella.
Cielle sabía que estaba siendo egoísta, siempre lo había sido cuando se trataba de Idan, tanto en el pasado como ahora. Era su ambición la que lo llevaba a cometer tales errores una y otra vez.
El persistente sonido del teléfono de Cielle inundó el ambiente. Tomándolo en sus manos comprobó que se trataba de un número desconocido para él. Suponiendo que se trataría de Idan decidió contestar, sin embargo lo recibió una voz irreconocible.
–Señor D' La Fontaine.
–Hola –respondió con tono cauteloso.
–Por buenas fuentes sé que será el encargado de la defensa del señor Evigheden.
–Así es.
–Por su bien y de todo el que lo rodea, será mejor que se asegure de que Idan Evigheden se pudra en la cárcel.
–Que grandísima estupidez –respondió en casi una carcajada irónica –. Si alguien como yo se dejase amedrentar por amenazas como esa, definitivamente no habría elegido ser abogado. No pierda su tiempo conmigo, porque cuando alguien decide ponerme trabas, más me motivo a lograr mis objetivos.
Sin permitir al contrario ni respirar una vez más, colgó el teléfono para dejarlo caer bruscamente sobre la superficie de la mesa de cristal.
–¿Pero qué ha sido eso? –preguntó Selene.
–Acaban de amenazarme para que haga a Idan ir a la cárcel.
–Deja ese maldito caso.
–No, ya lo decidí, continuaré.
–Escucha mis palabras, Idan Evigheden será tu perdición.
Dos golpes en la puerta interrumpieron la conversación. Cielle arrugó la frente confundido, no esperaba visitas y el portero nunca dejaba pasar a nadie sin antes avisarle, Selene era la única excepción.
Haber recibido una amenaza de muerte tan solo pocos segundos antes, hizo que la situación pasara a ser aterradora. No fue el único que lo creyó, pues al mirar los ojos de su amiga y verlos desorbitados por el temor, supo que ella estaba pensando en exactamente lo mismo que él.
Mientras caminaba lentamente hacia la puerta, veía los gestos de la castaña casi implorando que no se atreviera a abrir.
–No abras, es un sicario –susurró ella.
–¿Por qué un sicario se tomaría la molestia de llamar a la puerta?
Armándose de valor se asomó a la mirilla. Soltó una exhalación de alivio para abrir la puerta y dedicarle una mala mirada al visitante.
–¿Qué quieres Evigheden? –preguntó entornando los ojos.
–Que cálido recibimiento –ironizó para hacerlo a un lado e ingresar al departamento.
–No te dije que podías entrar.
–Me has dejado entrar incluso entre tus lindas piernas, así que imagino tu casa no es una excepción.
Selene carraspeó para hacer notar su presencia. Sabiendo que la conversación entre esos dos posiblemente iría más a lo personal que a lo laboral, decidió escurrirse entre ambos para salir del departamento, cerrando la puerta tras de sí.
–¿Qué quieres? –volvió a preguntar Cielle.
–Venía a informarte que mañana tendremos nuestra primera reunión como abogado y cliente. Será en mi casa, a las cinco de la tarde.
–¿Cuál es la necesidad de venir personalmente? Podías haber mandado un email, tienes mi correo profesional.
–Pasaba por aquí –comentó mirando los alrededores -. Lindo apartamento.
–Ya vete de una vez.
–Será mejor que me escuches, me ha llegado información, el juicio será en tres meses.
–¿Por qué lo han aplazado?
–Se retrasaron las investigaciones contra mí. Parece que el demandante y principal testigo ha muerto en custodia policial.
–¿Murió?
–Lo asesinaron –comentó despreocupadamente mientras caminaba por los alrededores mirando el departamento –. Según supe le cortaron la lengua, la policía la encontró clavada sobre la mesa.
–¿Según supe? –torció una mueca de incredulidad –. Tuviste algo que ver cierto.
–¿Cómo puedes creer algo así de mí? –dramatizó.
–Porque te beneficia a ti.
–Tienes un buen punto ·se encogió de hombros –. Sí, tuve que ver.
–Estás enfermo, Idan –lo contempló pasmado para pasarse las manos por el rostro.
–Solo un poquitín –le guiñó un ojo juguetón –. Esto apenas comienza así que prepárate, mi niño de ojos bellos, porque todavía quedan cabezas por rodar si quieres ganar este caso.
–¡Es un maldito desquiciado! –gritó colérico Cielle, casi al borde de un colapso nervioso. Era tanto aquel incontrolable enojo que incluso sentía sus extremidades entumecidas.
–D' La Fontaine, relájate. –Nadine lo sostuvo de los hombros y lo sacudió ligeramente, para hacerlo enfocarse – Llevas media hora en mi oficina gritando como un demente, pero no entiendo nada de lo que dices.
–Ese tipo, Evigheden, es un bastardo.
–¿Qué sucedió? –preguntó preocupada por el comportamiento histérico del contrario.
Nadine era la jefa de Cielle desde hacía dos años. Cuando el joven se graduó y no conseguía empleo en ningún bufete ella le abrió las puertas. Aunque eran un negocio relativamente novato, con el pasar de los años y en parte gracias a él, habían ganado mucha popularidad, auge y por ende clientela de alta categoría. Confiaba mucho en el talento de Cielle, después de tanto tiempo sabía bien el tipo de profesional que era, así como el tipo de persona también. Nunca antes lo había visto en ese estado, tal descontrol no era propio de él. Solía ser muy centrado, frío y calculador en gran medida. Era una persona con gran temple a pesar de su edad y por ello, siempre sabía controlarse emocionalmente. Entendió Nadine, que algo grande debía de estar pasándole.
–Él... –D' La Fontaine guardó silencio, evitando continuar y decir aquello que sabía debía permanecer como un secreto entre él y su cliente.
Recordó las últimas palabras de advertencia que le había dado Idan el día anterior, antes de marcharse. Con tono amenazante aseguró: «-Si te estoy diciendo todo esto, es porque como mi abogado estoy en la obligación de contarte siempre la verdad, para que así puedas crear una bien estructurada defensa. Mas te advierto, mi niño de ojos bellos, que si te atreves a decirle algo de esto a alguien más, esa será la última vez que lo veas con vida. »
Por su tono de voz sabía que Idan no bromeaba, era un hombre de armas tomar y sumamente peligroso. Personalmente no le temía pero sabía que nunca podría bajar la guardia, ni dormirse en los laureles. Mientras tuviera que convivir en el mundo de Idan Evigheden, debía volverse tan o más audaz que él, porque a pesar de todo de lo único que estaba seguro, era de que no huiría nunca más.
–No puedo decirte Nadine –suspiró y dio la espalda para cubrirse el rostro con las manos.
–Ya sé que cada caso es confidencial, pero no debes ser tan estricto, somos compañeros.
–Lo sé, es por tu bienestar que no puedo entrometerte en esto. Créeme que mientras menos sepas, mejor será para ti.
–Me asustan esas palabras –contrajo las facciones con preocupación –. ¿En qué te he metido al asignarte ese caso?
–No es tu culpa, después de todo yo lo acepté –volteó para verla a los ojos –. Descuida, sé cuidarme solo y no será esta la ocasión en que pierda, ni en los tribunales ni en el sucio juego de la vida.
La tarde llegó bañando el cielo con sus tonos rojizos. El sol que comenzaba a descender con sosiego, podía ser divisado desde las orillas del río Hudson, muriendo allí, tras los altos edificios de aquel bosque de concreto llamado ciudad. El reloj había marcado las cinco de la tarde, así que Cielle ya se encontraba saliendo de la oficina. Era también esa la hora en que debía ir a casa de Idan a la primera reunión abogado-cliente. Sin embargo, entendió a esas alturas que no podría llegar pues no tenía la dirección. Después de la discusión de aquella tarde, el acaloramiento lo había hecho perder lo profesional para llegar a volverse ofensivo.
–Maldita sea –gruñó mientras caminaba rumbo a su auto en el estacionamiento –. Bueno, pues tendremos que quedar otro día –habló para sí mismo.
Cuando llegó al auto se detuvo a unos pies de distancia. Allí estaba, ligeramente recostado sobre su parabrisas, mientras lo miraba esbozando una sonrisa maliciosa.
–Vaya que puntual –miró Idan su reloj –, son exactamente las cinco.
–Genial –farfulló rodando los ojos.
–Vine a buscarte, espero que no hayas olvidado nuestra cita de hoy.
–Cita de trabajo –rectificó el abogado.
–¿En qué acabará esta cita de trabajo? –fingió estar pensativo –. Es decir, antes teníamos "citas de estudio" que terminaban en la cama, en la mesa, en el escritorio, en el baño, en el balcón una vez si mal no recuerdo.
–Cierra la maldita boca –gruñó con los puños apretados –. No es un tema que quiera recordar.
–¿Por qué? Que yo sepa no son malos recuerdos, al menos no esos.
–Eres mi cliente, no tenemos otros temas que tratar que no sean los que respectan al caso.
–Lo sé, pero nos guste o no donde hubo fuego cenizas quedan. Tú y yo siempre tendremos temas personales que tratar.
–No te entiendo –confesó Cielle mientras negaba –. Aseguras no sentir nada por mí, pero en la mínima ocasión sacas estos temas a la luz.
–Me malentendiste, no es que sienta algo por ti, bueno en realidad sí, te odio –sonrió de labios hipócritamente –. Aunque eso no es algo que desconozcas, eres perspicaz así que supongo lo sabes.
–Justo por eso es que me da asco tu farsa.
–¿Farsa? -torció la boca –. Si eso es lo que crees, pues bien. No tengo ganas de discutir nada de eso ahora –señaló al auto –, sube, yo conduciré.
–¿Vamos a tu casa?
–Sí, no traje mi auto así que iremos en el tuyo.
Cielle le lanzó las llaves del auto a Idan para tomar el asiento del copiloto. Durante gran parte del trayecto ninguno dijo una sola palabra, ni siquiera compartían una sola mirada ni por coincidencia. La situación definitivamente se había vuelto tensa, otra vez, después de la discusión. Aunque era algo usual en ellos, todas sus conversaciones terminaban con una pelea, algunas incluso iniciaban siéndolo. Teniendo ambos un carácter tan parecido y un orgullo tan inquebrantable, eran de esperarse tales contiendas.
Luego de un largo recorrido llegaron a Upper East Side.
–No sé por qué me extraña que vivas en el barrio más caro de todo New York –confesó Cielle, rompiendo el hielo.
–¿Dónde creías que viviría?
–Tengo el prototipo de un traficante que vive en una hacienda alejada de la metrópoli.
–No veas tantas películas de narcotráfico. Vivo en un apartamento, pero recuerda que soy empresario –elevó una ceja Idan.
–Y mafioso.
–Ya que quieres desempolvar mi expediente delictivo, te advierto que no te gustará.
–¿Hay más por descubrir?
–Oh sí –se humedeció los labios –, te diré al llegar a casa, no quiero que te lances del auto –dijo burlesco, a pesar de ello el instinto de Cielle no lo tomó como una broma.
Lo que restó del viaje fue en otro sepulcral silencio. Al llegar se estacionaron frente a un alto edificio de apartamentos con fachada de vidrio templado. Al bajar del auto, uno de los trabajadores del edificio tomó las llaves para estacionarlo. Siguiendo a Idan, atravesaron las amplias puertas mecánicas de la entrada. Había un total de tres trabajadores en los alrededores: dos guardias y un hombre junto al ascensor, el cual se encargó de marcar para ellos el último piso al ingresar.
–Este edificio es despampanante –comentó el abogado –. ¿Cuánto se supone que ha de costar el alquiler de un departamento?
–No lo sé, compré todo el edificio, no pago renta.
–Estúpido yo por preguntar.
–No lo hice por simple derroche. Actualmente tengo todos los departamentos ocupados por mi personal más allegado.
–¿Tus trabajadores viven aquí?
–Sí, pero no precisamente los trabajadores de mi empresa.
–¿Entonces?
–Digamos que ahora mismo estás rodeado de asesinos y contrabandistas.
–Dios mío –se llevó una mano a la frente.
No sabía por qué seguían sorprendiéndole ese tipo de cosas. Debería haberse acostumbrado ya al hecho que todo aquello que rodeaba a Idan eran crímenes y malas ideas.
Las puertas del ascensor se abrieron y ambos avanzaron. A unos metros habían dos puertas, una en cada pared del largo corredor que adornaba aquel piso. Idan tomó la de la izquierda para teclear la contraseña en la puerta y que esta se abriera emitiendo un sonido rítmico.
–Dime algo Evigheden, ¿cuántas personas trabajan para ti? –preguntó Cielle, estando aún ambos en el corredor, sin haber ingresado al departamento.
–Oficialmente unos 260 en la empresa.
–¿Y extraoficialmente?
–Ya veo por dónde vas –asintió comprendiendo –. No tengo un número exacto pero muchos más, y sí, me refiero a criminales de toda calaña.
Una vibración procedente de su portafolios captó la atención de Cielle. Sacó del interior su teléfono y descolgó la llamada apenas ver que se trataba de Selene.
–Hola –saludó aún bastante conturbado.
–Cielle, ¿dónde estás ahora mismo? –El tono de voz que empleó fue preocupante para su amigo, que notó la inquietud en ella.
–Estoy en una reunión de trabajo.
–¿Con él, verdad?
–Sí.
–¡Sal de ese lugar ahora mismo! Tienes que irte lejos de él.
–Espera, toma algo de aire y relájate. ¿Qué está sucediendo?
–¡No estás seguro cerca de ese tipo!
–¿Por qué?
–Hoy después de que te fuiste llegó un nuevo documento a la oficina, desconozco el remitente pero era sobre él –respiró entrecortadamente –. Desconoces de todos su peor delito, ese hombre es un terrorista.