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El Cachorro del Dios del Hielo

El Cachorro del Dios del Hielo

Autor: : Lete Medium
Género: LGBT+
Carmelo encuentra el amor en el prometido de su caprichosa hermana, desatando un torrente de secretos y aventuras que no le enorgullecen del todo, sin embargo, para ser el cachorro de un dios a veces hay que dejarse llevar por la tormenta.

Capítulo 1 I Juegos Previos

Si eres un dios juega conmigo hasta la muerte y luego resucítame

Para seguir jugando

La noche era particularmente calurosa ese marzo. La familia Brambilla había organizado la fiesta de cumpleaños número veinte de Ángela, su hija mayor en la mansión de veraneo que poseían frente a las playas de Chichiriviche en el estado Falcón de Venezuela. Para esta familia de profundas raíces ítalo-venezolanas era de extrema importancia que los acontecimientos de su familia fuesen renombrados en todas las redes sociales.

Carmelo se sentía sofocado en medio de tantas personas bailando sin orden alguno, necesitaba tomar aire lo más rápido posible, se dirigió al jardín frondoso de la mansión, tan bien cuidado por los trabajadores de su padre, en especial por Pedro, el moreno musculoso que más de una vez había observado con deseo.

A sus recién cumplidos dieciocho años solía reprenderse por pensar en esas cosas tan a menudo, ni siquiera había besado a nadie aún pero cada vez más se imaginaba en los brazos de Pedro, sintiendo su olor a hombre rudo tras una ardua labor bajo el inclemente sol de la playa.

En esos instantes escuchó unos gemidos desde el balcón que sobresalía del segundo piso, reconoció la voz de su hermana susurrando ¡no te detengas!, picado por la curiosidad se estiró sobre el banco de piedra y observó que la chica estaba de espaldas al horizonte pegada a la barandilla del balcón, mientras un hombre bastante alto le alzaba el vestido, se agachaba y se perdía bajo la enorme falda de seda. Desde dónde estaba Carmelo veía las manos blancas, grandes del hombre aprisionando las manos de su hermana una a cada lado de las caderas de la chica.

Los gemidos aumentaron, mientras el observador se comenzó a calentar, sentía sus orejas rojas y el cuerpo le temblaba incontrolablemente, a tal punto que se cayó sobre los rosales que tenía en la espalda. La chica se asustó con el ruido y salió corriendo dejando a su amante agachado en la oscuridad, sin embargo, el hombre se puso de pie rápidamente y se asomó hacia los rosales, allí vio al chico de espaldas a él, enredado entre las rosas.

Así de accidentado como estaba, el chico pudo girar un poco su cabeza y vio unos enormes ojos aguamarinas brillando de ira en medio de la noche, se desesperó cuando vio que el hombre se movió fuera de su rango de visión, se desprendió de su chaqueta elegante pudiendo salir finalmente del abrazo de las espinas.

Corrió, subió las escaleras que lo separaban de las puertas de la mansión, las abrió de un empujón y entró al amplio vestíbulo, tal como él sabía estaba vacío, todos estaban en el salón del segundo piso celebrando, respirando más tranquilamente comenzó el ascenso por la gran escalera de madera que comunicaba con la fiesta cuando de repente sintió una mano fuerte que lo sujetó por su antebrazo derecho.

Asustado se dio la vuelta para encontrarse de bruces con los mismos ojos aguamarinas que había visto en el balcón, pero ahora, frente a frente, eran aún más impactantes, sobre todo porque estaban rodeados por unas pestañas negras, largas y rizadas, coronados por unas cejas grandes, pobladas. El rostro del hombre era blanco con mejillas rosadas como las de un bebé, una boca carnosa que le sonreía con sorna y enmarcado por un espeso cabello negro de ondas gruesas.

Carmelo se sintió impactado por la belleza del desconocido, además era un hombre de casi dos metros de alto, espalda ancha, cintura pequeña, piernas largas y brazos fuertes. De inmediato intentó recuperar el aliento soltándose del agarre que lo apresaba pero no tuvo éxito.

Hola pequeño fisgón –habló el hombre con una voz juvenil pero algo ronca- ¿te gustó lo que viste?

Suéltame ¿de qué hablas? –Carmelo intentaba con todas sus fuerzas zafarse pero no podía, él también tenía fuerza, practicaba deporte desde pequeño y ahora con su casi metro ochenta de estatura a duras penas alguien podía adivinar su edad- basta, suéltame.

Cállate de una vez, niñito – el hombre se acercó más a él cubriéndolo con su peso contra el pasamanos de la escalera- no puedes decirle a nadie de lo que viste entre tu hermana y yo en el balcón.

Y si lo digo ¿qué? –Carmelo estaba cada vez más molesto, ese hombre lo estaba aprisionando con toda su fuerza y el cuerpo le dolía- ¿qué harás si lo digo?

Sin esperar un instante más él hombre colocó sus labios sobre los del chico obligándole a abrir la boca y metió su lengua dentro de él de manera ruda, el chico fue tomado por sorpresa, no estaba seguro de lo que estaba pasando, dejó su lengua quieta allí, torpe en medio del torbellino que ese hombre desataba en torno a su paladar, sabiamente su agresor uso toda su boca a su antojo, sacó la lengua del chico y mordió dulcemente la punta antes de separarse de él.

Si lo dices, esto no volverá a pasar y sé que lo deseas –una gran sonrisa se dibujó en los labios del hombre mientras comenzaba a subir las escaleras- te espero arriba cachorro, cuando se te baje la erección.

El chico se ruborizó aún más ante el comentario, tenía la raíz de los cabellos sudados, sentía calor y frio a la vez, su corazón latía rápidamente, la erección no le bajaba y su boca estaba flotando en el paraíso, cada papila gustativa recordaba la presión de esa lengua larga y gruesa recorriéndolas de una manera con la que jamás soñó.

Poco a poco se calmó, subió las escaleras y se mezcló con las personas tratando de mostrarse relajado pero su mirada se perdía en la multitud buscando a ese hombre que había robado la virginidad de su boca, tenía susto de encontrarlo pero no podía pensar en otra cosa.

Su padre lo llamaba desde el otro extremo de la pista, se encontraba rodeado por una decena de empresarios que deseaban ser socios de su compañía, él sabía que tanta atención ponía a su padre de un humor extraño por lo que prefería mantenerse alejado, sin embargo se acercó poco a poco deseando no salir avergonzado esta vez.

Junto a su padre los ancianos de siempre reían felices animados por las copas, no recordó ninguno de los nombres que su padre mencionó mientras se los presentaba, era sin duda un montón de apellidos difíciles de herederos de familias que ya no figurarían más en la alta sociedad venezolana. Al final su padre pronunció el nombre que marcaría su vida desde esa noche en adelante:

¡Ah! Mi buen amigo Alexandre Ragnar –saludó su padre a un hombre detrás de él- llegas a tiempo para conocer a mi último hijo, Carmelo Brambilla, el que va a sembrar más Brambillos en el mundo.

El comentario iba acompañado de una risotada que Carmelo no alcanzó a oír, a centímetros de él y saludando a su padre estaba el demonio de ojos aguamarinas con una sonrisa burlona tan encantadora como cínica.

Un placer conocer a su cachorro –respondió Alexandre dándole la mano al chico- soy Alexandre Ragnar a su servicio señorito Brambilla.

Capítulo 2 II Deseos Prohibidos

Las olas rompían con fiereza en el malecón. Se había alejado de la casa para poder tranquilizarse un poco. Después de que Alexandre se le presentase su corazón se convirtió en un torbellino, no podía dejar de sentir en su boca la sensación del beso, lo quemaba desde los labios, bajaba por su piel con escalofríos y se posaba sobre su miembro viril que no encontraba manera de bajar.

Sabía muy bien que estaba rojo porque sentía el rostro caliente, no podía permitir que nadie lo viera así. Se quitó los zapatos, los lanzó tras unas rocas, desabotonó su camisa blanca manga larga, el viento casi se la arrebató por lo que decidió doblarla bajo una roca. Seguidamente se subió la camiseta dejando al descubierto su torso esculpido. La luna dibujaba cada espacio de su piel morena clara con la ternura de una artista.

Finalmente se despojó de sus pantalones de cuadros marrones. Sus piernas eran la parte que más le gustaba de su cuerpo, las carreras en bicicleta las habían torneado como las de las esculturas griegas, las mantenía depiladas tan lisas como podía.

Se asomó al agua para observarse, sobre él brillaba la luna en su cenit mostrando sus abdominales agitados por su respiración, los dos lunares pequeños que tenía sobre la tetilla izquierda aparecían muy claramente. Esa era la parte de su cuerpo que no le gustaba en absoluto, estaba en contra de esos lunares desde que tenía memoria.

Otra cosa que lo perturbaba era su prominente erección que el bóxer rojo hacía más grande, además estaba completamente mojado con lubricación, deseando deshacerse de ella entró al agua que no estaba tan fría como esperaba. Ese día el calor fue tan alto que aún a medianoche el mar estaba tibio como una bañera con burbujas.

Enseguida el agua relajó sus músculos, dio dos vueltas lentas por la playa en calma, pero lo que en realidad quería hacer era soñar, se puso a flotar tranquilamente mientras observaba la luna que muy pronto le recordó los ojos aguamarinas de Alexandre.

Sonrió mientras llevaba su mano derecha a su boca recordando ese beso apasionado que lo hizo estremecer, pasó su mano izquierda por sus tetillas pensando en cómo se sentía el pecho de ese hombre sobre el suyo, recorrió su abdomen y llegó a su miembro erecto que contento de liberarse del bóxer salió disparado hacia arriba con sus orgullosos dieciocho centímetros apuntando al cielo.

Su mano frenética lo acarició por todo lo largo, su vena nunca estuvo tan prensada en el pasado, su miembro era grueso por lo que normalmente se sentía abrumado al tener erecciones en público, sin embargo, allí solo en medio de la noche era libre de recorrerlo mientras pensaba en la sensación de tener a Alexandre sobre él y su boca jugando con la suya, haciéndola su esclava mientras sodomizaba a su lengua.

De pronto una voz familiar le susurró al oído ¡cuidado!, Carmelo soltó su pene, lo guardó en el bóxer y se sumergió en el agua. Casi de inmediato apareció en el malecón su hermana acompañada por cuatro de sus amigas y ¡Vaya sorpresa! Alexandre Ragnar, quienes al parecer por la cantidad de botellas que traían, habían decidido llevar la fiesta a la playa.

¡Ah hermanito! –Lo llamó Ángela- estás disfrutando de la playa solo. Eso es trampa.

Las cinco chicas se despojaron de sus vestidos raudas como un rayo y bromeando entre ellas saltaron al agua, afortunadamente ninguna notó la erección de Carmelo que en ese momento luchaba con todas sus fuerzas para controlarla. Ángela se giró hacia Alexandre que seguía en las rocas, en cuclillas, observando el cuadro. Moviendo sus grandes senos con coquetería lo llamó.

Alex, ¿vas a unírtenos? –le preguntó con picardía- ¿o eres de los que prefieren mirar?

Un coro de risas femeninas siguieron al comentario y las chicas comenzaron a jugar entre ellas lanzándose chorros de agua, sin embargo, el corazón de Carmelo se paralizó ante la expectativa de ver a ese hombre sin ropa. Tímidamente lo miró de reojo mientras decía, lo más sarcásticamente que podía:

Dudo que un hombre como él quiera jugar en la playa con unos niños como nosotros.

La risa de Alexandre no se hizo esperar, era una carcajada cristalina con un ligero toque ronco que resonó en todo el espacio abierto.

Seguro que quiero jugar con unos niños como ustedes –respondió Alexandre- pero me gusta mirar primero mientras la diversión es inocente.

¿Ah sí? –quiso saber Lucía, una de las amigas más animadas de Ángela- ¿y qué pasa cuando te unes al juego?

Bueno –los ojos de Alexandre brillaron al responder- los juegos serán más interesantes pero la inocencia se habrá ido por completo.

Todo lo había dicho mirando fijamente a Carmelo pero las chicas no se percataron de nada y seguían riendo e invitándolo a unírseles. El corazón del chico pareció detenerse cuando Alexandre tiró sus zapatos a un lado y comenzó a desvestirse.

La luna amaba a Alexandre, no existía otra explicación. Desde que comenzó a desabrocharse la camisa negra, brilló más intensamente sobre él. No cargaba nada bajo esa seda oscura, sus pectorales parecieron romper la camisa, eran perfectos, fuertes, prominentes, tenía todos los abdominales marcados tan profundamente que la piel se veía tersa, como la de un bebé. Los brazos eran torneados como los de un boxeador, fuertes, hermosos, marcados hasta el mínimo detalle, en el derecho tenía un tatuaje que lo recorría por completo compuesto por diferentes formas que más tarde Carmelo conocería bien, pero justo en ese momento no podía cerrar la boca mientras lo veía con el corazón en alguna parte de su cerebro.

Su cintura era estrecha, alargada, coronada por dos líneas que se escondían en su bóxer negro con una desfachatez inconcebible. Tenía piernas largas, con todos los músculos prominentes pero sin exagerar. Era una mezcla entre boxeador y tenista que robó el aliento de los presentes y no se los regresó por un buen rato. Carmelo notó que aún en reposo, el miembro de Alexandre se veía robusto en consonancia con el resto de su cuerpo.

El pene de Carmelo por otro lado, perdió la batalla, se elevó hasta el cielo y ya el chico sabía que no podría bajarlo aunque lo golpease. Finalmente Alexandre se lanzó al agua, nadó alrededor de todos y emergió en el centro del círculo de chicas asustándolas. Las risas y los elogios mutuos no se hicieron esperar, parecían un grupo de amigos que se reunían tras años de ausencia.

Carmelo disimuladamente se fue alejando hacia el malecón, deseaba salir de allí para que no vieran su situación, pero el cálculo le falló, en un instante Alexandre, con la excusa de nadar un rato, se sumergió y lo arrinconó tras unas rocas.

Hola cachorro –le susurró- hermosa erección, no me digas que es por mí.

Mi nombre es Carmelo –respondió el chico perturbado por que el hombre lo había notado- es por culpa del agua y ahora debo irme.

Tranquilo, déjame ayudarte –los ojos de Alexandre brillaron con malicia- espero que sepas mantener la boca tan apretada como tu traserito de burbuja.

Sin esperar respuesta, se sumergió y Carmelo sintió como le liberaba el pene de su prisión. Luego sintió una humedad diferente a la del agua, era infinitamente cálida, sintió escalofríos por todo su cuerpo y se le escapó un gemido, rápidamente Alexandre subió el brazo derecho y le cerró la boca.

Mientras tanto la boca de Alexandre estaba de todo menos cerrada, pasó de su pene a su trasero en un instante. Lo volteó con cuidado de no dejar de cubrirle la boca con la mano y Carmelo sintió el escalofrío más grande de su vida hasta ese momento cuando la lengua gruesa, divinamente larga de su captor dibujó el contorno de sus nalgas para luego conocer la línea divisora.

El hombre utilizó su mano libre para separarlas con delicadeza para recorrer todo el interior con la lengua lenta y pausadamente en un instante que fue eterno para el chico que estaba más que rojo con la sangre agolpada en su cara. Su interior hervía cuando sintió como el dedo anular derecho de Alexandre entraba en su boca mientras el de la otra mano entraba en su trasero con seguridad, no aguantó más y su pene explotó de pacer.

Ragnar sintió la eyaculación del muchacho y dejó el dedo allí presionando hasta que se vació por completo, luego subió hasta colocarse a la altura de su oreja, sin dejar de jugar con su hoyito.

Bien hecho cachorro –susurró mientras sonreía con placer- de ahora en adelante serás mío, soy tu dueño y tu eres mi mascota. Me darás placer y solo acabarás cuando yo lo desee.

Carmelo sintió cuando retiró de golpe el dedo de su trasero, le destapó la boca y se hundió en el agua de nuevo sonriendo al alejarse. Sus traviesos ojos aguamarinas brillaban con la complicidad de la luna y su boca rosada le lanzó un beso de despedida.

El chico se quedó allí, con sus ojos ambarinos abiertos, no sabía si estaba asustado, enojado o emocionado. Sus bóxers estaban en alguna parte de sus piernas, flotando como su cabeza. Ese hombre en una sola noche había trastornado por completo su vida y aún faltaba mucho más por ser trastornado.

Capítulo 3 III Dime que No es Cierto

La brisa del mar se colaba por los ventanales abiertos de la habitación de Carmelo cuando finalmente atravesó la puerta. No tenía ánimos para cerrarlos, arrojó su ropa descuidadamente a un lado y se lanzó sobre la cama adoselada.

Se quedó observando el techo mientras recordaba los avances de Alexandre en la playa. Sus ojos estaban muy abiertos con incredulidad y su boca comenzó a reír de manera incontrolable. Todo su cuerpo estaba en shock, ninguno de sus músculos sabía cómo reaccionar, temblaba, respiraba con dificultad, reía y se preguntaba continuamente ¿qué fue lo que pasó?

Uno de los habituales atravesó la pared, así le llamaba Carmelo a los espíritus que veía desde que era un niñito, éste era su favorito: un chico alto, delgado, vestido como un español de la época colonial, blanco y con unos ojos grandes, marrón oscuro capaces de ganarle al tiempo y a la muerte.

Mi niño, faltó un pelo de caballo para que fuerais atrapado –habló con su voz aterciopelada el espíritu- aunque vuestras manos no estaban en la masa propiamente.

Calla, Esteban –le susurró Carmelo al tiempo que le lanzaba una almohada que lo atravesó y chocó contra la pared- te he dicho que no me veas en esos momentos.

Lamento mi indiscreción, mi niño –respondió Esteban acercándose a la cama- pero no tiene porque sentir pena ante mi presencia. Yo me siento agradado de que me permita estar en todos los momentos de vuestra vida.

Bueno, cuando veas a un catire alto con ojos aguamarinas cerca de mí –dijo Carmelo pícaramente- es mejor que te alejes Esteban, junto con los demás habituales porque pueden pasar cosas muy excitantes.

Ese hombre no es de fiar, señorito –respondió el espíritu con preocupación- sus intenciones son oscuras y oculta un frío que incluso nosotros sentimos.

Pero, sin lugar a dudas es el hombre más hermoso que existe –respondió Carmelo ensimismado- bueno, el hombre vivo más hermoso que existe, Esteban.

El espíritu esbozó una sonrisa triste, se dispuso a atravesar la pared y a modo de despedida susurró: todas las rosas tienen espinas.

Carmelo no estaba de humor para caer en la melancólica advertencia de Esteban. Por su cabeza rondaba la voz ronca de Alexandre, sentía sus manos gruesas acariciarlo, su boca envolver la suya, casi sin querer llevó su mano izquierda a sus muslos, recorrió su trasero de la misma manera que él lo había hecho e introdujo un dedo lo más adentro que pudo en su apretado ano.

El pequeño orificio se abrió ante la embestida, estaba caliente y palpitante, más deseoso aún que el propio Carmelo por sentir ese dedo largo y masculino forzándolo a expandirse, ¡quería más! Palpitaba con una fuerza inimaginada, parecía querer engullir el dedo que el chico empujaba dentro de él.

De un momento a otro sintió que iba a explotar de nuevo, el olor de Alexandre se encontraba en el aire, lo sofocaba, quería que se materializara allí frente a él para que siguiese disponiendo de su cuerpo a placer. Sin poder aguantar más, Carmelo eyaculó con fuerza. ¡De esto se trataba la felicidad! No podía pensar, todo se le puso en blanco por unos instantes que deseo fueran eternos.

El sol de la mañana lo encontró tendido sobre la cama de manera desordenada, desarropado y desnudo, con el abdomen lleno de su semen seco, se sintió un tanto avergonzado mientras caminaba hasta su baño. Se observó en el gran espejo del tocador:

Tenía costras brillantes desde la barbilla hasta el abdomen, las tocó un tanto distraído, la verdad es que quería observar lo que le había llamado la atención a Alexandre la noche anterior, se colocó de espaldas al espejo y torció el torso para apreciar su trasero. De verdad tenía forma de burbuja, no lo había notado antes pero sus nalgas eran redondas, firmes, sobresalientes, se las acarició mientras sonreía.

En el mismo piso del baño hizo sus ejercicios matinales, concentrándose en sentadillas para hacer aún más visible su trasero, mientras las gotas de sudor recorrían su tersa y morena piel, pensaba en un plan para seducir a ese hombre, deseaba tenerlo, acariciarlo, besarlo cuando quisiera y no solo cuando Alexandre lo arrinconase.

De hecho, se prometió que el próximo en dar el paso para un encuentro secreto sería él. Tomó una larga ducha, lavó su cabello castaño rojizo con cuidado de dibujarle ondas que cayeran suavemente sobre su ojo derecho, luego escogió los accesorios, unos brazaletes de oro, un anillo de dragón recientemente comprado y finalmente se calzó un bóxer negro con pantalones blancos desgastados, sneakers y una sudadera negra que se le ceñía en la cintura como un guante.

Ya para salir de la habitación, rescató sus confiables lentes oscuros de debajo del escritorio y bajó las escaleras brincando los tramos de tres en tres. Ese día era el primero de su vida, después de desayunar, buscaría a Alexandre para hacerle notar lo guapo que se veía, empujarlo contra una pared, pararse de puntillas y probar la dulce boca de ese hombre despampanante.

Su búsqueda no duró mucho, sentado a la mesa del comedor estaba Alexandre en compañía de su padre y hermana. Tomado por sorpresa, Carmelo caminó despacio por la estancia hasta llegar a su lugar en la mesa.

¡Hijo! –lo saludó Antonio Brambillo- bajas temprano a desayunar, siéntate. ¿Recuerdas al señor Ragnar? Le gustó mi propuesta y está pensando seriamente en invertir. Ángela y tú heredaran la compañía por lo que este trato debe alegrarlos aún más que a mí.

Es decir que ¿el señor Ragnar se quedará un tiempo? –Preguntó Carmelo intentando aparentar indiferencia- y ¿Cuál es la propuesta papá?

Permítame Tony, es que no puedo pensar en otra cosa desde que la compartió conmigo –intervino Alexandre- tu padre piensa unir sus hoteles y crear el mayor resort de toda América latina aquí en Falcón, con mis conocimientos hoteleros y la belleza del lugar esté se convertirá en el destino turístico más visitado en menos de un año.

¡Vaya! Es un gran proyecto –Carmelo no estaba para nada entusiasmado con esa idea, su sueño era convertirse en chef y no en manejar hoteles toda su vida- no sabía que usted tuviera conocimiento hotelero señor Ragnar.

Alexandre está bien –respondió el aludido- seremos socios y creo que debería existir mayor confianza entre nosotros Carmelo. Soy dueño junto a mis hermanos de Ragnarok, la cadena de resorts de hielo más grande del mundo. Me encantaría que me acompañaras algún día a alguno de mis hoteles. Sé que te divertirás mucho.

Las mejillas de Carmelo se encendieron con ese último comentario, no le cabía duda que sería muy divertido estar completamente a solas con él, lo anhelaba pero le causaba temor a la vez. No sabía de qué era capaz ese hombre al tenerlo indefenso en una habitación. Solo podía guiarse por las conversaciones que tenía a menudo con su amigo Robert, pero estaba casi seguro que él exageraba en la cantidad de placer que sentía cuando un hombre lo penetraba.

Su cabeza se aisló de la conversación, recordando detalles sucios de cuando Robert había perdido la virginidad tiempo atrás, se fue de acampada con un tío y su primo, pescaron, jugaron, se bañaron en el agua fría y en la noche el primo de Robert tuvo una erección de la que el chico no pudo apartar la mirada, el tío al darse cuenta hizo que su sobrino se la chupara a su hijo, al poco tiempo Robert sintió un dolor punzante en su ano, su tío se abrió paso por completo dentro de él.

Cuando Robert recuperó el aliento le pidió que la sacara y por toda respuesta recibió una nueva embestida aún más fuerte y el primo le llenó la boca con su miembro grueso y venoso. Estuvieron turnándose padre e hijo hasta el amanecer. Ya al día siguiente Robert era el chico insaciable que conseguía hombres a diestra y siniestra.

¡Anoche mismo me lo pidió! – la voz de Ángela trajo a Carmelo de vuelta al presente- por supuesto acepté. Él es un cielo ¿qué te parece hermanito?

¿Qué? Perdón me distraje un poco –Carmelo pestañeó varias veces para enfocar su atención- ¿qué te pidieron?

Alexandre me pidió anoche que sea su novia –repitió Ángela emocionada- seguimos celebrando después que te fuiste, ¡odioso! Al cabo de un tiempo nos alejamos de los demás y, bueno, resumiendo me lo propuso y acepté ¡claro!

Los ojos de Alexandre no se apartaban de los de Carmelo estudiando sus reacciones. Éste era consciente de que había palidecido, tenía una expresión de asombro tatuada en la cara mientras buscaba una explicación en la mirada fría azul-verdosa del hombre que tenía al frente.

Se levantó torpemente de la silla, dio una excusa cualquiera y regresó lo más rápido que pudo a su alcoba.

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