Que asco...
Me acordé de sus ojos, de su pelo dorado, de su sonrisa, de su belleza, y de sus palabras...
Y de su olvido.
Es como un remordimiento en mis tripas, en mi mente, en mi conciencia, y en mi alma...
Y la nostalgia me saca una sonrisa.
NIHIL PER DAEMONIUM, NISI DEMONSTRATUM
Nada tiene su causa en el demonio, mientras no se demuestre lo contrario.
Padre nuestro que «no» estás en los cielos...
Los ojos negros de Francis se salieron de sus cuencas. Las paredes temblaban ante las palabras de ultratumba del sacerdote... El alaridos sorbía la oscuridad, dando vueltas en la pesadumbre de la habitación. La niña gritaba retorciéndose como una serpiente sobre la cama desvencijada. Jonathan abrió mucho los ojos, asustado; solo fue por un segundo, pero una fuerza lo atrajo. Su hermana gritó mirándolo con los ojos completamente negros.
-Cierra los ojos-su madre aferró sus hombros con la voz quebrada. Podía sentir la frialdad de su terror.
Jonathan sentía que tiraban de él a la cama de su hermana, la pequeña tiraba de las cuerdas que la ataban, las piernas flojas le temblaron al escuchar unos huesos romperse. Francis llevaba días sin comer, no paraba de gritar y herirse; estaba muy delgada y débil. El sacerdote y su padre la ataron ante una poderosa resistencia...
-La está matando-dijo sin pensar, sólo era niño, pero era horroroso.
El sacerdote vestido de negro repetía incesantemente la oración ante su hermana pequeña. Palabras sim sentido, entrelazadas en versos y arcos que erizaban los vellos de la espalda. Jonathan sabía que era su culpa... Quién sabe que horrores vivió la pequeña, perdida en la sierra antes de encontrarla casi al anochecer.
Los amarres se rompieron, Francis levantó los brazos en ángulos horribles y se incorporó sobre las rodillas con el rostro deforme lanzando miradas despiadadas. La luz mortecina de la lámparas sulfatadas apuñalaban las sombras de su rostro. El sacerdote Claudio guardó silencio con la biblia en las manos y los labios apretados, sus ojos verdes no dejaban ver el espanto que le causaba aquella mueca satánica. Nunca olvidaría esa mirada pueril que lo traería de vuelta a aquel cruel momento... Grabada en su mente como un disco rayado, al cerrar los ojos, permanente.
-¿Quién eres, demonio?
La voz de trueno que salió de la boca de su pequeña hermana, lo atemorizó... Impropia, maligna y nefasta. No debió dejar a su hermana sola en la sierra cuando encontraron los sapos de boca cocida... Habían jugado a los exploradores muchas veces, y cada vez iban más lejos; atraídos por la sutil magnificencia del paisaje que les ofrecía el palco de tierra, un sendero pedregoso, adornado con cristales de cuarzo.
-AQUEL QUE HABITÓ EN CAÍN-anunció la entidad, como salido del abismo-... Y en el faraón... Aquél que mora en la Tierra del Silencio, donde solo existe conglomeración de desgracias.
Francis se puso a blasfemar en otro idioma, no entendía sus palabras pero intimidaban, resonaban dentro de su cráneo como un avispero. Claudio se puso a recitar el rosario, la niña gritó arrancándose el cabello y tirando de sus orejas. La brisa golpeaba fuertemente las ventanas, afuera llovía pesadamente... El sacerdote lo exiliaba, lo ahuyentaba y... Un relámpago surcó la realidad, nublando todo con una esponjosidad reluciente. Escuchó un grito que se prolongó en el silencio hasta que el trueno resonó como un cañonazo en la cercanía... Sus ojos avistaron una silueta que flotaba sobre la cama...
Las ventanas de vidrio reventaron y su hermana cayó al suelo rompiéndose la nariz, en pocos segundos paso de estar en la cama retorciéndose, a estar sobre el piso. Tenía el rostro cubierto de sangre, sollozaba y sufría violentos espasmos. Jonathan se desprendió de su madre, quería ayudar a su hermana a levantarse, pero se encontró con una mirada turbia, sus ojos se blanquearon y una espuma sanguinolenta salía de su boca. Claudio rezó el padrenuestro con una fuerza atronadora, expulsando al espíritu... pero su hermana no paraba de estremecerse con las venas del cuello tensas... se atragantaba con su saliva, se moría...
-No es el diablo-replicó Jonathan, sin querer; había sido testigo de ello muchas veces-... Está convulsionando.
Lo sabía porque Francis nació débil y sufría convulsiones cuando no tomaba sus medicamentos... Su padre Juan y su madre Carmen le susurraron mientras sufría los últimos espasmos, sus ojos recobraron aquella vitalidad, tenía unos ojos cafés espectaculares y brillantes. Le dijo algo a su madre y se quedó dormida profundamente; no volvió a despertar, se mantuvo en calma... El sacerdote escondió la biblia bajo su brazo con el rostro ensombrecido. Carmen rompió a llorar desconsolada junto a Juan.
Lastimosamente, Jonathan recordaría poco de aquel desgraciado día, pero lo llevaría consigo siempre, cada noche... Incrustado en las cortinas pantanosas de su memoria; porque ese día renegó a la religión. Se esforzó por borrar a Dios de sus pensamientos... La rabia se apoderó de su cordura, culpó al sacerdote por la muerte de su hermana enfermedad ante aquella funesta teoría no podía eximirse, porque fue él quien llevó a su hermana pequeña a explorar las tierras de la sierra de María Lionza, la montaña Sorte donde los santeros de todas las regiones subían durante el peregrinaje de la depuración.
Caminó sin rumbo hasta que creció, pesé a que el terror solo estaba comenzando en el pueblito y que de alguna forma lo involucraría años después a revivir los demonios ocultos en la montaña Sorte... Un lugar inhóspito, donde la línea de protección de los ángeles terminaba en una vieja carretera al borde de la vegetación, cuya baranda estaba oxidada como la resiliencia de un anciano que sigue esperando los tiempos mejores... Y más allá, la oscuridad impenetrable de la cadena montañosa, allí donde terminaban los confines del universo y solo existía una inamovible fuerza maligna.
Ana se lanzó a la quebrada desde la pendiente siendo recibida por un tumulto de agua. El líquido oscuro le salpicó el cabello con un chorreo abundante... La joven emergió ante él, risueña, con el cabello rizado chorreando como una fuente, estiró el cuello y le dio un beso sorpresivo en los labios. El cosquilleo le erizó el vello mojado de los brazos.
Jonathan Jiménez no supo que pensar en ese momento, fue tan fugaz y tan mágico. Ni siquiera pudo cerrar ojos al contacto de aquellos labios desconocidos... Sus amigos aullaron como perros revoltoso en una larga nota, colmada de alegría. Tal era su suerte, dar su primer beso en un sitio como aquel... De un augurio fatal. Y con personajes tan peculiares...
Ana soltó una risita disimulada. No era especialmente hermosa pero tenía un rostro tentador, risa sencilla y la piel morena de las Indias mestizas. Sus ojos brillaban con una grácil juventud propia de una naturaleza majestuosa y conservadora. El ruido de una gaviota lo sobresaltó, estaban a una prudente distancia del mar.
-¿Qué fue eso? -Fue todo lo que pudo decir... Tamaña tontería que salió de sus labios, rápidamente se arrepintió con las orejas acaloradas. Pero el beso de nada no provocó su exclamación.
Richard Ramírez soltó unas carcajada estruendosa.
-Lo dejó mongólico.
Génesis Rodríguez lo acompañó con una risa renuente al igual que Marco y Ester... Los cuatro los observaban muy juntos sobre la gran roca erosionada de la quebrada, sus pies metidos hasta las tostadas rodillas se bamboleaban como péndulos. Richard encendió un cigarro húmedo con dificultad y después de una profunda bocanada, lo pasó a Génesis...
-No hablo de eso-el sol le tostaba las mejillas así que no sintió cuando se le enrojecieron.
Aguzó el oído hasta escuchar otra vez aquel lamento prolongado perderse entre los matorrales. Jonathan clavó los pies en el suelo de sedimentos del fondo de la quebrada, palpó un par de rocas y... cayó en la cuenta de lo que estaba haciendo. Ana apenada se sumergía en el agua fresca ante él, debía sentirse una tonta después de invitarlo a la salida y robarle un beso. Mientras él actuaba como una estatua como solo se comunicaba con gruñidos... Le gustaba un poco Ana, y se sorprendía de que aquella atracción fuera recíproca.
Jonathan salió chorreando del agua, sentía la ropa interior cargada de arena. En un principio, no quiso volver a los alrededores de aquella montaña fúnebre con tan pésimos recuerdos impregnados de melancolía. La visitaba en sueños tenebrosos, pero siempre despertaba. Ni siquiera le gustaba mirarla, en la distancia desde el pueblo, con la muerte de su hermana pequeña, repudiaba la idea de adentrarse en la montaña. Francis suplicaba dormida que se marchará...
-¿Adónde vas? -Preguntó Ana.
Los cuatro jóvenes lo miraron confusos mojándose los pies con el agua fresca... Pero Jonathan no podía relajarse en aquel lugar. Volvió a escuchar el aullido, alargado finalmente con un regusto amargo en su boca, que se deslizó por su garganta y permaneció allí por toda la eternidad... Lo llamaron por su nombre, era una voz conocida, pero olvidada... Corrió entre los matorrales pisando el monte robusto con cuidado de no patear un animal ponzoñoso. El túnel olía a caramelo fundido... El lamento subió una última vez por los árboles espesos, más débil que nunca y se esfumó de la faz de la tierra. Vio un pequeño vestido celeste perderse entre las sombras verduscas... Tropezó con un zarzal de jalapatras y las espinas dolorosas cubrieron sus pantorrillas velludas. Se topó con aquel muñeca de tamaño humano con un espanto... El hombre permanecía tumbado con una mueca de horror, el rostro pálido, los ojos cerrados, la boca cocida con brusquedad y un ramo de flores rojas en las manos. El olor dulzón y agradable desapareció, aquel sitio apestaba a sangre y tabaco... La niña se alejó con el revoltoso cabello chocolate ondulando sobre sus hombros...
-¿Francis? -Vociferó al levantar la vista del cuerpo mutilado y no encontrar nada... solo el vacío que ocupaban las sombras vegetales que proyectaban los árboles evanescentes.
Los jóvenes aparecieron detrás de él como espectros, soltaron un par de gritos y Ester vomitó... Jonathan se inclinó con el oído dispuesto, el hombre no respiraba y para su sorpresa lo que sostenía en la mano no era un ramo de flores, sino sus tripas ensangrentadas. Sintió náuseas al respirar el aroma putrefacto del cadáver...
-¿Qué vamos a hacer? -Richard aspiró el cigarrillo hasta la colilla y sufrió un acceso de tos-... Esos satanistas deben estar cerca. Van a cortarnos nuestras partes íntimas para ofrecérselas al diablo...
-Deja ese cigarro-sugirió Jonathan malhumorado.
Génesis tenía cara de llanto y estaba a punto de tragarse todos los mosquitos de la montaña.
-¿Qué es eso? -Ana se acercó al cuerpo con el rostro ceniciento, se agachó un poco y levantó una estatua de madera de María Lionza... La deidad custodia de la montaña.
Jonathan clavó sus ojos en la muerte desnuda de contextura esbelta... Un mareo lo descontroló... las náuseas al ver aquella mujer lo atormentaron. Aquella era la misma figura que su hermana menor encontró dibujada en un camino de viejos árboles frutales en la montaña, y la condujo a la muerte... Intentó quitársela de las manos a Ana pero ella se inmutó.
-Tú no crees en estas cosas-dijo la joven aferrándose a la estatuilla-... Ni siquiera crees en Dios... Arrepiéntete, hombre de poca fe.
-Ana no es momento de jugar... Dame eso...
-No-admitió juguetona-... Esta fino, vale...
Ana presa de una incontenible exasperación, quizás ejecutada por la excitación de la aventura y la tragedia se inclinó tomando su delgado brazo, y le propinó un flameante beso allí mismo... Sus labios magnéticos acariciaban su mentón y lo mordían... sabía que aquella hermosa satisfacción solo era pasajera, que un hechizo siniestro se había apoderado de ambos al contemplar aquel espectáculo macabro. Nada tenía sentido, todo era un chiste tenso que un pésimo profanador contaba ante ruido de las manecillas de un viejo reloj de sala...
Quería arrancarle de las manos aquella fea creación de algún artífice de maquiavélicos procedentes. Miró al cadáver y se sintió miserable por haber escuchado aquel llamado; ahora estaban en un lío... De alguna forma la montaña los reclamaba, los atraía y los devoraba. Tal como ocurrió hace nueve años... Aquel día, poco a poco, empezó a revivir el tormento que lo hizo perder su creencia y que empujó a su familia a la destrucción... Porque así lo anunció el portavoz del infierno...
«Dejad, los que aquí entráis, toda esperanza».
Otra vez, querida vida...
Lo vuelvo a intentar.
Yo solo quería un día diferente...
Uno donde me dijeran un «te amo».
Pero no es así.
Nunca es así...
Supongo que debo acostumbrarme.
Yo...
No puedo enamorarme.
Tienes razón, yo tampoco estaría junto a alguien así...
Lo siento.
Al fin, y al cabo... me merezco, esta soledad.
Capítulo 2.
A pesar de que sus discusiones sobre el tema de la religión eran muy violentas. Ana aceptó ser su novia en abril, los dos nunca volvieron a poner un pie en las cercanías de la montaña Sorte desde el descubrimiento del cuerpo mutilado. Incluso asistía a misa los domingos solo para complacerla. El detective Pierre del CICPC los interrogó de forma inquisidora, sobre todo, aniquiló a Jonathan con sus preguntas incómodas sobre cómo descubrió el cuerpo y si estaba involucrado. La investigación seguía abierta en agosto mientras el verano terminaba.
Al volver a casa después del interrogatorio, descubrió a su padre dormido en la cocina, se había bebido tres botellas de ron y la cuarta reposaba en la mesa. No odiaba a su padre por sumergirse en aquel sistema deprimente de autodestrucción... No... No era su culpa lo que había pasado en la montaña Sorte, ni la muerte por negligencia durante el exorcismo de Francis. Tampoco fue su culpa el suicidio de mamá, como él así lo decía... Toda aquella ruina era culpa de Jonathan Jiménez por explorar junto a su hermana la montaña encantada cuando eran niños. Verlo hundirse cada día en la miseria era el peor veneno...
Los meses pasaban desapercibidos y la euforia de Ana se fue apagando... El problema empezó con un disgusto exagerado por los símbolos religiosos. No soportaba tener cerca una cruz y los cantos en la Iglesia de San José de la parroquia, la torturaban. Jonathan no asistía por voluntad a la iglesia desde que el sacerdote Claudio fue apresado por el asesinato imprudente de su hermana. Un sentimiento de rechazo a lo religioso había nacido en su corazón y se arraigó muy profundo... Y la joven religiosa que con tanto esfuerzo quiso conducirlo por el camino de Dios, repentinamente dejó de ir a misa y a evitar de forma brusca todo lo relacionado con el catolicismo.
El rechazo solo fue el principio del problema, Ana comía y bebía muy poco. Su madre decía que por las noches gritaba y se mostraba agresiva. Aquella aversión lo preocupaba en gran manera porque su hermana murió por deshidratación y desnutrición... Los recuerdos enterrados de la montaña Sorte regresaban a él cuando miraba el suvenir que Ana conservó de su encuentro con la muerte. La estatuilla de María Lionza permanecía en su mesita de noche mientras su madre trabajaba en la farmacia. Ver a su novia enflaquecer igual que su finada hermana le causó gran pesadez...
Las interminables conversaciones que terminaban en prolongados besos se convirtieron en rotundos silencios. Ya no existía la magia de la relación... El furor del amor se extinguió y se sintió triste por perder lo único que de verdad le daba sentido a sus días. Y de esa forma supo que la felicidad de sus días estaba contada... Las peleas juguetonas se convirtieron en discusiones sin sentido y resentimiento.
Su madre la llevó al psicólogo pero no determinaron una enfermedad mental, sólo un poco de estrés hormonal... En opinión de Jonathan, el psiquiatra debió hacer más pruebas para determinar que ocurría, porque las pastillas que su novia tomaba no mejoraron su humor ni sus pesadillas. A principios de septiembre, Ana rompió la relación cuando él tomó la estatuilla de madera y la escondió, Jonathan se sintió devastado... Fue a visitarla en varias ocasiones, pero la única vez que pudo entrar fue cuando un hombre vestido con un espléndido traje negro estaba en la puerta.
-Dios te bendiga-lo saludó el hombre, debajo del sombrero negro unas cejas pobladas y grises escondían unos ojos verdes, tenía un rostro afable y surcado de arrugas.
Jonathan asintió complaciente, la presencia de aquel hombre religioso lo incomodaba. Tenía una cruz de madera colgando del cuello y un maletín de cuero muy pesado. No le gustaba el tono arrogante en la voz de los hombres de Dios... Sentía que formaba parte de un afán tergiversado inútilmente para ocultar la verdadera cara del hombre.
Ana vivía en la calle Penitencia de Chivacoa, el pueblo más cercano a la montaña Sorte. La calle estaba conformada por casas de bloques y techos de zinc, durante los días de mucho calor aquella zona era lo más cercano al infierno. La señora Marcano salió de la casa angustiada y abrió la desconchada reja de hierro.
-Señor Fernando, gracias a Dios-la señora Marcano parecía muy preocupada-. Jonathan... Ana está muy mal.
Después de una ligera insistencia, la mujer los dejó pasar a la pequeña casa... El ambiente era pesado y oscuro, un ligero inquietante olor a arsénico no lo dejaba tranquilo. Ana era la única hija de una madre soltera, era una casa pequeña pero cómoda. Los tres se sentaron en una mesa pequeña con un floral marchito en el centro. Se miraron largo rato, sopesando inusitadamente el paladar de sus bocas antes de articular palabra... La mirada serosa de Luz Marcano no lo dejaba tranquilo...
-¿Cómo está ella? -Preguntó Fernando.
-Ella-la mamá de Ana pensó largo rato... Tenía un aspecto enfermo-. Casi no duerme, no come y no bebe agua... Quería llevarla con un doctor, pero no quiere salir de la habitación. Mis últimas esperanzas se las encomiendo a Dios.
-Ella necesita ver a un doctor-susurró Jonathan como un autómata...
Fernando asintió con una sonrisa complaciente, lo miró, sus dientes gastados resplandecían con un tono amarillento. Por un momento un síntoma de repulsión apareció en su laringe, pero resultó inverosímil ante una presencia mayor en la plenitud de aquella persona. Lo conocía de algún lado, un matiz familiar en su rostro austero no lo dejaba en calma... Lo turbaba.
-Iré a ver cómo está...
El hombre se dirigió a la habitación del fondo raspando el suelo duro con sus zapatillas de cuero. Jonathan lo siguió mecánicamente, con zancadas violentas detrás del señor de sombrero ladeado, en su interior crecía un fuego, alimentado con cada insuflación de aliento aquella llama frenética ardía con viveza. Llegó a la habitación de su pérdida y estuvo a punto de arrollar al anciano con una embestida, se fue calmando con cada respiración, le resultaba insufrible pensar... Aquellas emociones negativas no eran propias de su personalidad. Se asomó por la puerta de la habitación... Lo que vio lo dejo horrorizado. Ana tenía las mejillas hundidas y los ojos inmersos en profundas ojeras como cuencas sumergidas en profundos mares desconocido; no dejaba de agitarse y tambalearse con espasmos desagradables. Los ojos se le llenaron de lágrimas y reprimió un sollozo en su garganta que lo lastimó, sintió muy cansado... Quería marcharse y a la vez destrozar un objeto con las manos...
El sacerdote se sentó en la cama frente a Ana y la joven empezó a llorar... Algo en aquella voz le heló la sangre... No era Ana, pero... ella luchaba. Con cada respiración parecía afligirse y la presencia del sacerdote la mantenía en tensión, como un animal preparado para escapar ante su depredador... Los dientes de la joven crujían, los mantenía apretados y cuando mordía se arrancaba tiras del labio... La sangre corrió por su mentón, aterrorizada bajo la mirada al suelo y tembló como un perrillo acongojado.
-¿Quién eres? -Soltó el hombre con una voz suave pero autoritaria. La extraña cruz que colgaba de su rosario se desplazaba en círculos concéntricos, e invertía su giro con cada palpitación... Nunca había visto una madera tan dorada y brillante, era un detalle difícil de notar... pero el torbellino rítmico de aquella reliquia lo ponía nervioso, ya no sentía las llamas de la rabia, en cambio; su cuerpo flotaba, invadido por una profunda ligereza que sopló el aliento de brisa fresca en su interior. Un calor paternal lo hizo bostezar y esperar lo mejor de aquel hombre...
Ana no decía palabra pero gesticulaba con violencia, parecía inmersa en un trance abominable. Cuando Fernando volvió a formular la pregunta, rompió a llorar con una voz poderosa... Fernando tocó el crucifijo en su cuello, sus dedos arrugados acariciaron la figura con una sutileza armoniosa.
-¿Sabes qué es esto?
Ana siseó como una serpiente y se contoneo dolorida. El solo ver la cruz le causaba un gran dolor... Fue testigo de ello muchas veces, al verla arrugar la nariz y despuntar las cejas con cualquier insinuación. El hombre repitió la primera pregunta y Ana se puso a gritar y a maldecir... Luego soltó una risa gutural, baja... El sacerdote entonó en voz baja lo que parecía ser el padrenuestro en latín... Después de un rato de gritos, Ana cayó en un silencio demencial... Fernando asintió y guardó reposo.
-¿Desde cuándo está así? -Como la madre de Ana estaba en la cocina preparando café, asumió que la pregunta era para él.
-Desde que descubrimos... un cuerpo satanizado en la montaña Sorte-sus ojos se desviaron a la estatuilla de madera. Ana la había pintado y decorado.
-Estoy enterado-Fernando tomó a María Lionza y esto enfadó en gran manera a Ana-. Ella presenta los síntomas de una posesión. La iglesia debe aprobar el exorcismo para...
-¡No! -La respuesta de Jonathan fue descontrolada-... No... No creo que esté poseída por un demonio. Es decir, puede tener alguna enfermedad mental como...
-No descarto esa idea-el sacerdote giró la estatua de madera en sus manos con los labios apretados-. ¿Puedes llevarme a esa montaña?
Un sudor frío recorrió la frente de Jonathan... pero si era la única forma de convencer a aquel hombre de no practicar un peligroso exorcismo con Ana estaba dispuesto a regresar a aquella montaña del diablo. Asintió débilmente y Fernando guardó la estatua en su maletín ante un estallido encolerizado de la joven. El hombre sacó una cruz de plata y la depositó en una esquina de la cama... Ana guardó silencio, sus dientes crujían. La señora Luz entró poco después...
-Señora Marcano, llámeme si ocurre algo inesperado o si intenta hacerse daño.
Fernando se bebió el café caliente de un trago y junto a Jonathan caminaron por la polvorienta calle hasta el Mercedes gris descascarillado, estacionado a pocas casas. La puerta del Mercedes no abría por afuera, así que tuvo que esperar a que el sacerdote lo abriera. Los asientos de tela gastada estaban llenos de agujeros y el carro se demoró un rato en encender.
-¿El oficio no paga tan bien como hace años? -Preguntó Jonathan, afilando cada palabra. Así como con Ana, siempre estaba preparado para cortar en pedazos a un creyente...
-Peor es andar a pie-el carro arrancó lentamente con un ronroneo atascado del motor. Conducir a la montaña era sencillo, porque era visible desde aquella calle. El hombre manejó en silencio, tanteando el volante de piel gastada-. ¿Por qué no crees en Dios? Eres un joven bueno y amable.
-Tengo mis razones-carraspeó-... Elegí no creer en Dios por decisión propia. He decidido ser bueno por voluntad, sin el soborno del cielo.
-Lamento lo que le pasó a tu hermana...
-Era solo una niña-replicó Jonathan apretando las muelas, seguía desmoralizado a causa de Ana... De alguna forma quería salvarla del pesar que le arrebató a su mejor amiga-... ¿Por qué Dios permitiría que una niña muera y una familia se destruya? ¿Dónde está la benevolencia? No venga a decirme que seré su mejor guerrero, porque no quiero serlo.
-Las cosas pasan-Fernando se quitó el sombrero, se estaba quedando calvo y su cabello era blanco como el casabe-... Él deja que pasen cosas, para que puedan pasar otras... No todo debe tener sentido siempre... al menos, al principio. No todos pueden ser salvados.
Jonathan se lamió los labios.
-¿Él no puede salvarlos a todos?
Fernando negó con la cabeza.
-Nadie puede salvar a todas las personas, ni siquiera Dios, puede salvar a los hombres de ellos mismos. No crees en Dios, pero... ¿Crees en el diablo?
No supo cómo responder a esa pregunta... Había visto cosas... Maldiciones encarnadas, influencias extrañas, rumores, tragedias, experiencias. Al menos, cada persona del pueblo había experimentado alguna anomalía inexplicable. Por otro lado... su carácter escéptico se fue imponiendo sobre la creencia espiritual.
-Cuentos que nos dijeron desde muy pequeños para controlarnos... ¿No le ve conveniente? El castigar a los malvados y ricos en un infierno horroroso, y a los pobres y humildes concederles un paraíso eterno. La religión es real para los ignorantes, falsa para los sabios y útil para los poderosos.
Fernando asintió pensativo... el parabrisas deformaba la luz en largas ondas de aspecto siniestro. Sintonizó la radio Jirajara 97.7 FM y el sonido lejano de un arpa resonó en la carcacha metálica. Vitico Castillo cantó a toda voz Corazón de Concreto... La música inundó el estrecho espacio del coche con bellos versos de desolación.
-Tenía una hermana pequeña llamada Sara-contó el hombre-... También soy venezolano, aunque el acento se me ha contagiado con los años. Al mediodía debía pasar por su salón a recogerla e irnos a casa... Un día se me fue la hora jugando al fútbol en la cancha del colegio. Sin saber que unos secuestradores fueron a buscar a mi hermana y... se la llevaron.
»Ocurrió en Maracaibo hace unos cuarenta años, pero no hay un día en que no piense en mi falta. Mi hermana Sara nunca apareció, pero sus órganos seguro fueron usados en rituales satánicos. Lo único que recuperamos fue su hígado en una lata maltrecha de sardinas.
»Trato de no pensar en ello, pero mientras más lo evito más fuerte se vuelve... Cada vez que intento salvar a una persona de una posesión... supongo que sigo tratando de salvar a Sara de las garras de los hombres malvados que se la llevaron.
Jonathan tragó saliva, decidido. El Mercedes abandonó la vieja carretera y se adentró en un camino de tierra traqueteando con las piedras. La vegetación se volvía cada vez más espesa mientras se acercaban a la quebrada... Tenía un mal presentimiento. La música se fue distorsionando a medida que se acercaban a la montaña Sorte... Hasta que la voz potente del cantante llanero se convirtió en un zumbido estático. Parecido al lamento prolongado del alma al abandonar el cuerpo... El sonido que capturaba el aparato era el residuo de la creación del universo, el descontrol procedente de la gran explosión. Jonathan apagó la radio.
-El ser humano necesita creer en algo-musitó Fernando-... ¿Entonces tú crees en extraterrestres y en monstruos marinos?
Jonathan se encogió de hombros, con una sonrisa burlona.
-El universo es muy grande, demasiado. Y no hemos explorado el océano completamente... Cualquier criatura podría existir en el mar o en otro planeta como... Europa, una de las lunas de Júpiter; es un planeta hecho de hielo con océanos bajo su superficie congelada.
-Tampoco hemos explorado a profundidad el pensamiento, la consciencia y el entendimiento... ¿Qué nos hace creer en Dios? Bien podrías entregar tu vida a Dios y si no es real, no perderás nada. Pero si es real y no crees en él, lo perderás todo...
Jonathan bajó del carro para abrir el portón oxidado de dos puertas que conducía hasta una de las quebradas. Siguieron manejando en silencio hasta que el sendero se volvió muy sinuoso y no pudieron seguir en carro. Continuaron el trayecto a pie, rodeados de espesa vegetación. El rumor del agua los acompañó entre los robustos árboles desconocidos y la humedad. Hacía mucho calor y los puripuri los molestaban... Eran alrededor de las cuatro de la tarde, así que solo les quedaban unas tres horas para el anochecer. Perderse en la montaña era muy fácil, con la espesa vegetación, que la lluvia inclemente hizo prosperar de mayo a septiembre. Para su sorpresa, el sacerdote Fernando se adentró con rapidez en la montaña, pese a su edad, no se tambaleó a medida que los jalapatrás espinosos cubrían sus pantalones y las cigarras en los árboles emitían su peculiar estruendo. El hombre se movía con fluidez, pisando el montarascal con sus zapatillas de cuero duro. En poco tiempo, llegaron a una quebrada y el hombre sacó la estatua de madera de su traje, porque el maletín lo dejó en el Mercedes.
-¿Aquí encontraron a María Lionza?
-No-le costó seguirle el paso al don, porque llevaba un pantalón corto y unos zapatos de tela. Tenía las piernas cubiertas de pequeñas espinas, rasguños y picaduras. En sus oídos no dejaban de zumbar los mosquitos-... Fue muy extraño porque estábamos en el agua y escuché al hombre.
Fernando asintió con la cabeza, pensativo. El sombrero oscuro no dejaba ver la expresión de sus ojos. Jonathan lo condujo por el grueso matorral, recordando el lugar. Desde la última vez que estuvo allí, la vegetación había crecido en gran medida. Le costó la integridad de su zapato gastado, encontrar el sendero; caminó con cuidado, escuchando el chillido de los lagartijos.
-María Lionza es la figura central del llamado Espiritismo Marialioncero-explicó el hombre, mientras le seguía el paso, pegado a su espalda-. Culto, en el que se mezclan ritos, indígenas y africanos. Ha absorbido elementos místicos y teológicos de otras culturas.
»En América, representa un símil de la diosa Venus y Gea, diosa de la paz, el amor, la armonía; siempre relacionada con la magia del agua, el trueno, perfumes, bosques y montañas. También representa el misterio universal de la feminidad, el amor y otras representaciones de la naturaleza.
Llegaron al lugar del acontecimiento y no encontraron nada. Permanecía el hedor a descomposición y tabaco, impregnado en el aire maldito. Arrugó la nariz al regresar a ese lugar, de inmediato; se sintió mareado y famélico. Debía tener una fiebre muy mala. El anciano miró el lugar, pero donde antes estuvo el cuerpo del hombre, solo quedaba un nicho de tierra infértil.
-¿No te parece raro que aquí donde encontraron al hombre mutilado no haya crecido vegetación con las lluvias en Chivacoa?
Jonathan se inclinó con el ceño fruncido. Estaba formulando una explicación escéptica cuando un presentimiento espantoso le vino a la cabeza...
-¿Usted no es un sacerdote, verdad?
El hombre se irguió pasándose una mano envejecida por la boca.
-Soy demonólogo y exorcista-confesó el hombre-... Fui entrenado en Roma por un experto de alto nivel... y hace poco regresé al país a investigar la montaña del Sorte. Conozco el caso de tu hermana y muchos otros en el pueblo.
-Entonces, bien sabe, que a mi hermana no la mató un demonio-soltó rabioso.
El exorcista escogió bien sus palabras antes de replicar:
-He visto suficientes posesiones, para afirmar que los demonios son reales. Pero, no descarto la posibilidad de que Ana Marcano tenga un trastorno mental curable... y me aseguraré de que no maltrate su cuerpo durante el exorcismo; que la diócesis debe aprobar. Por ahora, no tengo suficientes pruebas de que un demonio tenga control sobre su cuerpo.
-¿Entonces me trajo aquí solo para sermonearme?
Fernando se inclinó un poco y su silueta cobró vida.
-¿Sabes que son los Carismas?
Jonathan se encogió de hombros, seguía bastante disgustado con el hombre por engañarlo.
-¿Qué voy a saber yo?
-Son los dones que nos brinda Dios para impartir su mensaje-Fernando se quitó el sombrero y se limpió el sudor de la calva prominente con un pañuelo. Mientras hablaba, miraba de hito en hito a los matorrales, buscando indicios-. Jesús tenía potestad para expulsar demonios y le confirió este don a sus discípulos. En la historia, han existido santos capaces de curar y predecir catástrofes. Cada persona tiene un carisma diferente. Un don...
Jonathan miró al cielo, el sol anaranjado se estaba ocultando entre los árboles de la espesura.
-¿Cuál es su don?
-Discernimiento-el hombre avanzó entre los matorrales con la vista en el suelo-. Hace mucho calor...
-¿Y cuál es mi carisma? -Preguntó con entusiasmo.
El hombre sonrió divertido.
-Debes tener fe... Suficiente para mover montañas y derribar murallas.
Lo siguió, penetrando en la vegetación. Iban en descenso por una pendiente y la quebrada se escuchaba cada vez más lejos. El suelo húmedo estaba resbaloso y los tentáculos de niebla se retorcían en las copas de los árboles centinelas. Dado el silencio, a Jonathan le picó la curiosidad, no quería involucrarse; pero de alguna forma ya era parte del problema...
-¿Qué sabe del culto de la montaña del Sorte?
Fernando se dio vuelta, el sudor corría por su barbilla y su cuello arrugado. Se lo veía bastante fatigado en aquella montaña. Contrario, Jonathan dejó de sentir el malestar; le costaba un poco respirar, pero era por el esfuerzo. La fatiga y la calentura habían sido reemplazados por congoja.
-¿Y ese entusiasmo repentino?
-No se confunda, don-dijo. Tropezó con una piedra muy dura y se tambaleó-... Quiero salvar a Ana de su enfermedad, así como ella me salvó a mí de mi tristeza.
-El amor que sana-sonrió el anciano y rejuveneció unos diez años-... Pues, es una creencia que se encuentra en gran parte de las Américas.
»El culto a María Lionza se extiende por buena parte de Venezuela, principalmente en la zona central del país-el anciano giró la cabeza como si escuchara un sonido desconocido-... Pero es en la montaña del Sorte, en Yaracuy, donde tiene su máxima expresión. Los creyentes de este culto van a la montaña, y arman sus portales y altares.
»Subiendo a un lado del río que baja de la montaña, se puede ver a los feligreses que se sumergen en los pozos y se bañan bajo las caídas de agua. Purificaciones y despojos para aquellos que hacen brujería. En los portales, la gente observa cuando un creyente es poseído por uno de los espíritus que son invocados para hacer alguna purificación. Estos espíritus hablan a través de quien es poseído y traen mensajes para los presentes.
-¿Espíritus? -Jonathan recogió un guijarro alargado de aspecto curioso-... He visto a personas extrañas en el pueblo, todos los años... en estas fechas-le quitó la tierra húmeda a la piedra, la sentía rugosa y era blanca como-... Un hueso... Esto es un hueso humano, es una quijada.
Fernando tomó la quijada con una mirada preocupada. A lo largo del trayecto siguieron encontrando huesos robados... mientras escuchaban como el ruido de fondo los llamaba cada vez más lejos... al corazón de la montaña contaminada.
-Son huesos usados para brujería, pero aún no es la fecha-Fernando recogió un fémur, una tibia y un pedazo de cráneo. Jonathan también portaba una audaz colección de arqueólogo-... ¿Cómo es el cementerio del pueblo?
-La última vez que fui a visitar a mi mamá y mi hermana, había tumbas saqueadas; las más antiguas ni siquiera tienen lápidas... Las de ellas, las cuido cada vez que puedo... no soportaría saber que sus restos son usados para actos crueles. Se roban el mármol y los ataúdes, también he visto a los enterradores reabrir las tumbas para meter otro muerto... ¿Por qué alguien haría eso?
-Los paleadores y santeros-apuntó el hombre mirando alrededor-... Existen muchas creencias religiosas... que tratan con asuntos metafísicos. En este pueblo, convergen las tradiciones africanas e indígenas en un caldero de conocimiento... La magia puede ser atractiva para las personas, pero para Dios, son solo tentaciones del diablo que imitan su poder. Demonios, que se disfrazan de santos para atraer almas. Es aborrecible, presenciar como los brujos siembran sus conjuros en este jardín de los lamentos... Los que terminan atormentados por los espíritus que invocan los peregrinos, son los pobladores que nada tienen que ver con la montaña.
-Ellos tienen fe en sus creencias... ¿Odias a los brujos?
-Odio la maldad.
El rumor del agua los tomó por sorpresa, cuando una pendiente inclinada los condujo hasta una pequeña quebrada rocosa, bordeada por sedimentos de caolín. El cauce crecido había derribado varios árboles, los troncos podridos se apilaban en un pequeño dique, obstruyendo el flujo de hojas y desperdicios en un cúmulo de colores marchitos. Un olor putrefacto lo desconcertó, para susto, descubrió un bulto blancuzco flotando en el montículo de desperdicios del arroyo.
Jonathan por poco resbaló en el agua al inclinarse, el hombre se metió hasta la cintura en el arroyo negro y volteó el cuerpo de un niño degollado. Fernando soltó un avemaría y arrastró al niño fuera del agua. El joven contempló aquel espectáculo sínico, sin parpadear...
-No puede ser-Jonathan arrugó la nariz y el olor delirante lo mareó, las náuseas lo dominaron...
El rostro lechoso e hinchado del niño mostraba signos de golpes y cortes. De la garganta rajada y cosida, salían gusanos amarillos. Fernando hizo algo impensable, tiró del gastado hilo negro y deshizo la costura en un parpadeo. El recuerdo de los sapos de boca cocida, que encontró su hermana hace nueve años; lo golpeó de forma dolorosa... Lo había olvidado... El hedor que brotó de aquella herida incurable le enrojeció los ojos a Jonathan y no pudo contener las horcadas. Se dobló por la cintura y vomitó un agua verde con gusanos negros nadando...
Fernando tenía la mano izquierda cubierta de gusanos y un...
-Un hueso humano... en la garganta de un niño muerto-siguió hurgando en la garganta degollada y tocó algo-... ¿Pero qué mier...?
La niña harapienta se asomó por la ventana de la patrulla en el cruce del semáforo.
-Señor, no tiene...
-Diu a creé to ce que mois oils von-gritó Juan, cosas sin sentido; pero que a los oídos de la niña era un idioma extranjero, de un tipo extranjero con otro idioma y otros problemas-... Et ma done to' ce que jai.
La niña puso los ojos en blanco y se fue. En otros tiempos, aquello lo hubiera hecho reír... Pero cada vez que veía a un niño pidiendo dinero en la calle, recordaba el lugar en el que estaba y la vida que vivía, día a día... Condujo por las calles sucias, cubiertas de vagabundos y niños harapientos... Todos tuvieron su oportunidad, aquí, los rechazados se mantenían unidos como el pegamento. Le gustaba pensar que en algún lugar en el fondo del abismo, agonizaban aquellos seres atormentados por el recuerdo de haber sido memorables para alguien. Un letargo solitario conocido como olvido...
«Que vida tan bella-pensó... Hoy comería arroz viejo y plátano sancochado, pero comería-... Hay personas que no tienen nada que comer».
Claro, si su esposa y sus hijos le dejaban algo que almorzar... Juan soltó una triste risotada porque recordó, que no tenía esposa, ni hijos... Ya eran cuarenta años de soledad, en su departamento... Sobreviviendo de a poco todos los días, buscando, juntando y aprendiendo para comer y pagar el alquiler. Quizás una botella de ron de forma casual, para olvidar su miseria... La monotonía de su vida lo acompasaba día a día, con ligeras descargas de emoción, extrañándose en aquellos tiempos de risas. Alguna vez se enamoró... en la universidad. Le parecía que fue hace media hora...
«Pero me alejé de ella, porque tenía algo que yo no... Un futuro... Su familia era adinerada y la mía subsistía con el día a día-pisó el acelerador esperando que el motor explotará-... Y ella se casó con alguien mejor que yo, y se fue de este chiquero». Tristes almas que se desintegran en el fondo del olvido, donde el recuerdo de haber sido entrañable para un desconocido era el estigma del pensamiento.
Apagó la radio y le pareció escuchar una voz, bajo las ondas superfluas... Un poco de la radiación residual... Juan se quedó allí, manejando a toda velocidad, junto al resto de almas en pena, encerradas en la simulación del purgatorio. Un país deprimente, como la vida misma... Sufrir hasta recibir tu dosis de anestesia, luego caer otra vez hasta que despiertas y no sabes quién eres... Vivir con tranquilidad el resto de tus días, hasta que finalmente mueres. Existiendo diligentemente hasta el final del mes y sonreír de vez en cuando.
«Que vida tan bella» pensó Juan. El motor no explotó y ningún carro embistió al suyo. La vida gana otra vez, la vida gana siempre...
En aquellos días de triste pobreza y marginación, era normal y miserable ver como los niños esqueléticos de las calles desaparecían sin dejar rastro. Nadie parecía notarlo, a nadie le importaban... Ni siquiera a él. Y cuando aquel sacerdote extranjero encontró el cadáver descompuesto de un niño. A nadie le importó...
-Estas cosas pasan-señaló la forense alisándose el cabello rizado...
Todo estaba bien, los robos eran ordinarios, las denuncias raras veces llegaban a algún lado. Un niño desaparecía en las calles y nadie hacía nada porque...
«Estas cosas pasan»... Soltó el volante y se masajeó las sienes hasta que el semáforo dañado le indicó que debía parar. Este pueblo siempre había sido extraño...
Siempre pasa. El amor nunca se da. Envejeces... Estás solo, para siempre... Estas cosas pasan, sin duda; les pasan a todo el mundo. En algún momento... Personas desaparecen y la policía mira para otro lado. ¿Y qué si existían indicios de brujería en la escena del crimen? Un asesinato es solo eso... Poner fin a la vida y memoria de una persona. Que lamentable que vivamos en un mundo donde esto siempre pase... y a nadie le importe.
El uniforme azul desteñido le estaba quedando flojo a Juan, cada vez estaba más flaco... Siempre había sido un hombre robusto de apetito voraz, pero la crisis económica estaba llegando a su punto crítico. El sueldo era una increíble mota de polvo en su billetera, debía matraquear o morir de hambre. Por eso, cuando vio a un personaje mal estacionado en la calle, se detuvo a su lado hasta que el hombre salió con el ceño fruncido. Enseguida Juan usó una frase impopular para los policías, pero con mucho poder.
-Dame para el fresco...
El hombre lo pensó largo rato, luego sacó la billetera y le dio unos cuantos bolívares, no mucho, lo suficiente para un almuerzo barato y seguir patrullando. Repetía el mismo circuito hasta que el día se acababa o ocurría algo interesante... En una de esas situaciones se cruzó con el viejo carro del sacerdote. Era un tipo viejo, con un espléndido traje negro y un pesado maletín. Detuvo el auto junto a él. Fernando seguía empeñado en descubrir la falla de su motor, que impedía que el carro encendiera. Se veía bastante viejo sin el sombrero negro.
-¿Necesita ayuda, padre?
La radio rechinó y se escuchó un severo susurro bajo las ondas de radio... El padre tenía las mangas negras recogidas hasta los codos, los dedos manchados de grasa y la frente arrugada perlada de sudor.
-No-respondió el anciano, se pasó una mano por el cabello blanco y se manchó de grasa negra-... Es el viejo debate entre la ciencia y la religión.
Juan se bajó de la patrulla y se dirigió al frente del carro, con la tapa abierta se veían los complicados circuitos eléctricos y dispositivos ennegrecidos. Un vapor neumático le golpeaba las mejillas endurecidas por la barbita...
-No debería quedarse mucho tiempo aquí, accidentado... Es un pueblo peligroso.
-¿Sabe usted de mecánica?
-Bueno-Juan se inclinó un poco hasta deslumbrar los complejos engranajes de la máquina... Parecía el corazón expuesto de un animal extraño. Con sangre negra y espesa, y venas de acero. Pero no entendía como funcionaba aquel organismo de acero-... Parece que le falta gasolina.
-Pero el tanque esta lleno-inquirió el sacerdote, tenía el cuello cubierto de sudor salado y una mancha de humedad cubría traje negro, adornando la cruz y el rosario en su pecho-... Además, no creo que sea un bote.
-Pues... Ya sabe como son estos carros. Es difícil encontrarles la falla... Ellos no pueden escuchar que agarramos algo de dinero porque les da hambre... Y con la escasez de la gasolina lo mejor que puedo hacer es remolcarlo a...
-La iglesia... Que Dios lo bendiga, señor.
-Por supuesto-sonrió...
Ató el carro del padre al capo del suyo y lo remolcó unas cuantas calles hasta la capilla del pueblo. Cuando llegaron, un montón de niños con ropas sucias corrieron al carro del sacerdote y lo recibieron con risas y las manos extendidas. Fernando sacó de su maletín una bolsa de caramelos y los repartió entre los niños sin mesura. Al rato el montón de niños se iban sonrientes con las manos llenas de caramelos.
Fernando se dirigió a él, su semblante sonriente se endureció... Leyó el nombre en su uniforme.
-¿Es un pueblo peligroso?
Juan se encogió de hombros.
-Bastante...
-¿No han encontrado más accidentes?
-Por ahora no... Aunque se preocupa demasiado, padre. Estos niños ni tienen salvación, sus padres los dejan a sus anchas. No quieren ir a la escuela, ni ser personas de bien.
-Todos tienen salvación, señor Juan...
-Podría ser... Pero comete un error si cree que puede cambiar a las personas de este pueblo. Crecí aquí, así que los conozco. Ninguno es tan bueno como dice ser, todos los que asisten a la iglesia los domingos despilfarran su dinero en santería y tabacos. Mi abuela era de esas, le llamaba magia espiritual, invocaba a la Virgen María y el Espíritu Santo. Leía las cartas, veía y hablaba con los muertos... Decía que era una pitonisa. No intente salvar sus almas, todos en este pueblo creen en algo más poderoso que la religión cristiana.
-¿Usted basa su fe en las creencias de los prójimos?
-Creo en unas cosas, y en otras no...
-Nadie es totalmente bueno... Señor Juan... Y nadie es enteramente malo. La gente basa sus creencias en lo que creen que es cierto... Pero debe entender que los demonios también imitan los milagros del Dios verdadero.
Una sonrisa incrédula asomó por las mejillas de Juan.
-¿Entonces los habitantes de este pueblo adoran demonios en secreto?
Fernando se puso el sombrero negro sin pronunciar palabra y se marchó a la inmensa iglesia de gruesas puertas de madera. Lo vio desaparecer como un espectro... Como si estuviese hecho de arena y se lo llevara el viento del atardecer. Juan se quedó solo, con sus pensamientos. Santos y demonios. Cada familia creía en un santo distinto, que concedía diferentes milagros... Había visto sus altares cubiertos de velas y inciensos delirantes. María Lionza, el espíritu de la montaña Sorte; José Gregorio Hernández, el médico de los pobres... Santa Bárbara... Altares. Demonios. Esperanza... Creencias... Magia y misterios.
La forense lo supo, veía una historia detrás de aquel asesinato. Una historia macabra y demencial.
-El niño estaba en avanzado estado de descomposición, pero tenía severas lesiones. Como si se defendiera de su agresor antes de que le hubiera cortado el cuello con un fragmento de hueso. Pero... En su espalda hay testigo de latigazos, cortadas profundas que debieron dolerle muchísimo. Eso es crueldad humana... y a un niño...
«Los extremos de la religión». Aquel niño muerto quizás no fue planeado, sus padres lo veían como una carga y lo dejaron salir de casa. A jugar y vagar a su antojo por las peligrosas calles... Que mala suerte. Pero... «Estas cosas siempre pasan». Con demasiada frecuencia... Todo el tiempo...
El detective Pierre investigaba el caso, pero como era el único detective instruido en la universidad, su trabajo en el pueblo era arduo y complicado. No solo debía encontrar a los asesinos de niños, también debía lidiar con denuncias de fraude, investigación de robos, casos más desconcertantes como profanaciones en el cementerio y desapariciones.
Juan miró con detenimiento la imagen del Cristo de San Damian que vigilaba su retrovisor... Era un recuerdo del antiguo oficial que conducía aquella patrulla. Un fanático de la manga de coleo y la bebida, que, cuando estaba borracho, le disparó a una mujer y lo mataron a golpes en la plaza de toros.
El cuerpo policial estaba ocupado con casos más entusiastas que la desaparición de niños sin importancia. El resto se ocupaba de matraquear un poco para la familia y la comida. Santos y demonios... Fanáticos religiosos y de la manga de coleo. Todos apilados en un pueblo de un poco más de cuatrocientos kilómetros, junto a una montaña mística. Durante las fiestas de mayo era común ver a los peregrinos viajar a la montaña para realizar sus rituales. Formaban parte de la cultura del lugar... Era una época ajetreada donde algún borracho armado mataba a alguien o asustaba a un barrio. Pero nada llegaba tan lejos...
Al norte del pueblo, en la antigua calle Avaricia, se alzaba una fachada de tres plantas, cubiertas con cerámicas espléndidas, enrejada con bellos diseños, un techo de tejas coloniales y una inscripción en letras doradas sobre la puerta del jardín de rosas: «Susana». De niño, Juan la llamaba la Casa de Susana, y quería vivir allí junto a su esposa. Cuando creció, descubrió que aquella hermosa casa pertenecía a la difunta esposa de uno de los alcaldes del pueblo... estaba vacía desde hace mucho tiempo. Y era carísima...
Nunca pudo comprarla, ni pudo tener una esposa... Aquel remordimiento lo consumía como una obsesión. No era una persona normal y lo sabía... Y lo asustaba. Dejar ir el amor, por no sentirse suficiente... Porque sabía que ella merecía a alguien mejor.
«¿Cuál era su nombre?-se estacionó junto a la hermosa casa con tonos pastel, las rosas del jardín se exhibían bien cuidadas del implacable verano. Meditó largo rato el nombre de su amada-... Ah, ya lo recordé... No debí hacerlo».
El último año se mudó una familia colombiana, cosa rara; porque la pésima economía en Venezuela inspiraba a los jóvenes a irse del país. Contrario al caso, los Flores... Eran particularmente extraños, Manuel Flores vestía de blanco de pies a cabeza y casi no salía de la Casa de Susana; aunque habían quitado la inscripción, Juan la seguía llamando así. Era una familia normal, aunque los niños no asistían a la escuela y los padres parecían no trabajar, pero estaban siempre ocupados. Durante la fiesta de mayo, ellos peregrinaron a la montaña Sorte y regresaron tres días después.
-¿Puedo ayudarlo, señor?
Una mujer vestida de blanco apareció frente a su patrulla, tenía el cabello marrón recogido y los ojos verdes muy brillantes.
-¿Están bien por acá?
Aquella mujer debía ser la esposa de Manuel Flores. Se la veía joven y vivaz... un poco regordeta de cintura y algunas arrugas en el cuello. Sí, rasgo a rasgo se fue desvelando la verdadera edad de la mujer. Lo asustó el envejecimiento en sus ojos y el cansancio en su piel.
-Sí... Por supuesto.
-Están desapareciendo los niños en el pueblo, debe tener cuidado con sus hijos. No los deje salir solos a la calle...
-Sí, señor... Muchas gracias por preocuparse... También estamos preocupados por nuestros niños.
La mujer se dirigió a la gran casa y abrió la reja, desapareció a través de los arbustos de rosas y la puerta de caoba... Cosa rara, tuvo un extraño presentimiento. Aunque quizá fuese parte de la envidia filtrada que contenía en su conciencia. Ellos tenían la Casa de sus Sueños... La casa donde se supone, debería vivir él con su esposa y sus hijos.
Bajando por la calle que conducía a los bloques departamentales, su teléfono sonó... Con un repiqueteo espontáneo que le puso los pelos de punta. No tenía un teléfono inteligente, tenía lo que llamaban comúnmente un «cacharrito». Atendió la llamada desconocida y una voz femenina lo aturdió:
-Juan-era la forense.
-Aja.
-Se robaron el cuerpo del niño.
-¿Qué? -llegó al largo edificio de pintura desconchada y apagó el auto-... ¿Cómo qué se lo robaron?
-No está... Alguien entró y se lo llevó.
-Voy...
Condujo hasta el departamento del CICPC bordeando por las lindes del pueblo, en dirección a la montaña... Estaba atardeciendo con un particular tono violáceo y vio a lo lejos en la carretera, la vieja baranda de acero se caía a pedazos con el viento. La calle empinada subía por las cercanías de la montaña y bajaba abruptamente, divisó a lo lejos a un animal andrajoso que se zambullía en los arbustos. La patrulla imparable no podía detenerse por la fuerza de la gravedad, apareció ante el parabrisas el animalejo, pálido y esquelético... Sacó la pistola Glock del estuche en su cintura, pero el animal desapareció... Aceleró por la carretera destartalada, acompañado de pensamientos de duda. Aquella horrible monstruosidad no era un animal perteneciente a la fauna de Venezuela, más bien, asemejaba a un niño, pero se comportaba como un animal que huía de las luces de la patrulla... Se acercaba al rastro del decrépito ser... Pisó el acelerador por error y un cuerpo impactó contra la parte frontal de la patrulla. Escuchó una docena de crujidos, como si chocase contra un saco de huesos... Un chillido casi animal lo aturdió.
El cuerpo blancuzco golpeó el parabrisas justo cuando la patrulla se detuvo... Pisó tan fuerte el freno que el motor se apagó. El cuerpo recorrió el techo del carro y fue a parar a las ruedas traseras... Estuvo largo rato esperando que su corazón dejará de latir tan fuerte... Tomó la Glock en su funda y la sintió muy pesada. Nunca la había usado en su guardia, aunque sabía muy bien como disparar. Abrió la puerta...
Juan se acercó a la parte trasera de la patrulla, el techo estaba abollado, pero no había rastros de sangre en el vehículo... el aroma a descomposición y formol no lo dejaba respirar. Se asomó detrás del carro esperando encontrar un cuerpo infantil. Pero no había nada...
Solo la oscuridad y el remordimiento...
Tuve un sueño.
Y tú estabas allí...
Me besabas con posesión, con fuerza, con electricidad.
Tu lengua recorría mis labios.
Estabas en mí y aquel sueño nunca terminaba.
Añoraba hace tiempo tus bellos párpados y tu nariz de malvavisco.
Ojalá soñara así todos los días.
Aun muero por probar tus labios de azúcar.
Y tu sonrisa de gata juguetona.