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El curioso embarazo de Joseph ©

El curioso embarazo de Joseph ©

Autor: : WUILDER
Género: LGBT+
¿Estás listo para adentrarte al universo de #ElCuriosoEmbarazoDeJoseph? Recién graduado de la facultad de psicología; Joseph decide celebrar su culminación profesional junto a su mejor amigo, Tayron, en la ciudad del pecado, Las Vegas. Sin darse cuenta se adentra a un belicoso lío lleno, de vastos secretos, del que depende su vida. Sitúa los primeros acontecimientos en juego, tal cual, como un partido de béisbol de las grandes ligas. Joseph está a punto de batear su destino, pendiendo de dos strikes con las bases llenas; el primero al casarse en estado de ebriedad con el ardiente e intimidante (manipulador homofóbico) pelotero, Jules Stronligth; el segundo al saber que está embarazado a través de un ambicioso proyecto antinatural. Jamás creyó vivir el mismo infierno físico-emocional bajo el recinto nupcial. Sus planes de libertad y de autocontrol se esfumaron aquella noche donde prometió que nada saldría mal. Wuilder Vargas Villalobos ©

Capítulo 1 Prólogo

The way you walk, the way you talk. I blame you cuz its all your fault. Ya playin hard don't turn me off. Ya acting hard but I know you soft, you my fetish, I'm so with it. All these ru-mors bein spreaded. Might as well go head and whip it cuz they sayin we already did it, Call on Gucci if ya ever need and I'll be South Beach in the drop top gleamin; order diamonds, Aquafina... Just need you in a blue bikini.

Las bocinas de mi automóvil truenan con la letra de «Fetish» de Selena Gomez ft. Gucci Mane. Tengo el sol en la cara y no logro evitar pisar el acelerador a fondo en el segundo piso del periférico. Los pistones de mi Mustang tragan cinco litros de cadáver de dinosaurio refinado y en-tonces ¡BAM! El flashazo de una cámara de velocidad atrapa mis placas en medio del zumbido de las llantas al correr a 190 kilómetros por hora cuando lo permitido es 60. Me sorprende lo poco que me importa. Bajo el techo des-capotable sin reducir la velocidad y me pongo mis lentes de sol.

Unos ven una ventana a la educación, yo veo un escape a la libertad.

Otro flash, otra multa. Es un reto, es una apuesta. Piso más el acelerador y la estela de polvo se levanta detrás de mí. Adelantó a los conductores lentos y el sonido de sus claxon se ahoga bajo el rugido de mi caballo desbocado.

Flash, Flash, Flash.

¡Esto es histeria!

Giro en el último momento para atrapar una salida que me lleve a Las Vegas. Tengo una recta frente a mí comple-tamente vacía y entonces mi sangre se convierte en novo-caína. El tacómetro se vuelve loco y marca nueve mil revo-luciones por minuto, pero no puedo parar, no hasta llegar a la ciudad, de lo contrario mi mundo me absorbería, volvería a ser un niño y no quiero. Un puente marca la entrada a la élite de la sociedad. Grandes edificios se elevan a mis lados y una patrulla aparece en mi retrovisor pero aquí no impor-ta. Aquí los burdos policías no se meten con los influyentes hijos de senadores y diputados, si nos queremos matar, nos dejan, pero si un pobre diablo se mete con nosotros, ellos nos protegen.

Tras tomar una curva muy cerrada y sacar un poco de humo de llantas, veo, con letras doradas que se elevan so-bre el imponente edificio principal, que aparece el nombre que vengo persiguiendo: Las Vegas.

Observó alrededor del lugar a través del parabrisas del Mustang, podía sentir a mi mejor amigo en el lado de copi-loto. Todo lo que nos está sucediendo es figurado, poder estar aquí es genial y lo hace todo mejor cuando es la pri-mera vez. Cada individuo por igual ama cuando está vi-viendo una primera vez y no seré la excepción de ello. Ha-bía escuchado cientos de cotilleos de esta famosa localiza-ción, deje que todos los rumores me envolvieron hasta to-mar la decisión de acercarme y acentuar la impertinente experiencia de sobrevivir a la ciudad del pecado.

«Lo que se hace en Las Vegas, se queda en Las Vegas»

Minutos después de registrarnos en el hotel y de repo-sar del enigmático viaje me encontraba en la habitación presidencial, es la primera vez que manejo un automóvil tantos kilómetros. Estaba acostumbrado a viajar en los Jets privados de mi familia, o los choferes junto a los hombres encargados de la seguridad de nuestra familia nos traslada-ba de un lugar a otro; por tanto, mi cuerpo se sentía cansa-do. Guardaba una sonrisa reembolsada en mis labios, en este momento no hay nada que impida sentirme libre y tranquilo, el lado pertinente de mi mente aclamaba que to-do estaba bien, que dejara de preocuparme por las sensa-ciones negativas que me transfería mi padre.

Tengo tan solo una semana de haberme graduado con honores de la universidad. Poder decir que me gradué de psicología es genial, en cierto modo, puesto que fue la pri-mera carrera que se me vino a la mente en cuanto me gra-dué de la preparatoria, aunque hubiese preferido haberme graduado en «Música & Arte». Padre jamás lo hubiese permitido; él mismo quería que estudiara derecho, así poder seguir su blasfemado legado, llenándome como un vaso de agua de nudos neuróticos narcisistas como sadomasoquista. Por lo que permitió a duras penas que estudiara psicología, alegando que era mucho más aceptable que Música y Arte.

Sincerandome no recuerdo si alguna vez me ha demos-trado algún efecto positivo o sintético. Aunque parezca masoquista siempre trato de mostrarle lo mejor de mí: sa-cando excelente notas, llevándoles las pantuflas o entre-gando el periódico. Sin embargo nunca fue suficiente para él. Por otro lado está madre totalmente diferente a él. Son dos polos completamente opuestos. Demostrándome su dulzura, su amabilidad y lo extraordinaria que puede llegar a ser. Pero siempre estaba esa manipulación por parte de mi padre que hacía que todas mis admiraciones se esfuman porque odiaba que mi madre fuera una bella mujer inhibida, detestaba su lado sumiso y servicial ante un hombre que: «la amaba a su modo», citando sus palabras.

Reviso el reloj de mi muñeca. Suelto un sonoro quejido al notar que aún es temprano para explorar la ciudad. Aun así, las calles están repletas de gente caminando o de autos muy lujosos trajinando de un lado a otro. Lo inicuo de este sitio es que todas las mañanas están engalanando las vías. Por lo cual, hay un tráfico de los mil demonios. Peor que en San José de California.

-¿Listo? -flanqueo la cabeza al ver a mi mejor ami-go.

El viento nocturno se liga al gélido aire acondicionado de la habitación del hotel donde nos estamos alojando du-rante los tres días.

Para no hacerlo esperar más por mi respuesta, asiento con la cabeza dejando salir un mudo: -Sí... -tengo un ligero hormigueo en mi abdomen. Dejó de lado mi ansie-dad y exprimo todo el significado de la diversión en mi organismo. Una dosis de endorfinas y de serotoninas y Bum todo listo.

-¡Entonces vamos! -Desprendo una risita al ver el frenesí en Tayron.

Él es hijo de unos médicos muy reconocidos. Los cua-les están buscando estrategias más avanzadas para poder extirpar tumores cerebrales y que estos no sean tan invasi-vos a la hora de una cirugía.

-Primero déjame marcarle a madre. Debe estar preo-cupada por no haberla llamado hace una hora. Recuerda que siempre lleva la contabilidad del tiempo cuando estoy en otro lugar.

Lo confuso de madre es que es una mujer sobreprotectora cuando no estoy en casa y cuando estaba en las garras de padre nunca intervino, nunca me protegió.

Marco una serie de números en el celular, lo posiciono en mi oreja derecha y comienzan a sonar unos cortos soni-dos de repique. No resuenan tres veces cuando mi madre contesta de inmediato.

-¡Joseph! ¡Ya me tenías preocupada! -ruedo los ojos riéndome entre dientes-; ¿llegaste bien, cariño?

-Sí madre, ya estamos aquí -observo a través del ventanal la conglomerada ciudad. Lo hermoso que luce con todas aquellas luces y como la oscuridad queda en un se-gundo plano-. Vamos a explorar la ciudad -logró escu-char cómo suspira.

-Bien, te dejo para que disfrutes, cariño. Mucha cons-ciencia con todo lo que haces, te amo.

-Tranquila, lo sé perfectamente, yo también te amo madre.

-No tomes demasiado Joseph, mira que estás con el aguafiestas de Tayron y bueno...-sonrió ante su tono.

-Sí madre. Tranquila.

-Adiós cariño. ¡Cuídate! ¡Y mándame fotos!

-Adiós mamá -cuelgo riéndome de lo risueña que suele ser.

Madre adora que cada vez que no estoy con ella le en-vié fotografías en donde me encuentro, cada vez que ob-servó un ave la fotografió y se lo envió. En el fondo el sig-nificado de eso era que anhelaba que fuese libre en todos sus sentidos, que se empoderara un poco y se diese cuenta de lo importante que es para mí.

En el reflejo del ventanal puedo observarme desde la cabeza a los pies. Sonrió de lado, notando lo atractivo que me veo. Mi cabello castaño está un tanto alborotado, ta-pándole casi los ojos. Llevo una camisa negra con diseños de singulares rosas moradas. Unos vaqueros negros que se ciñen a mis piernas, un par de Adidas blancas con franjas negras en los costados. Acomodo un poco con ayuda de mi mano derecha los densos cabellos, hago una pose para nada masculina burlándome de mí mismo.

-Será la mejor noche -murmuro para mí mismo.

«...o eso espero»

Capítulo 2 UNO

Mis ojos observan los cinco tipos de personas que asis-ten a los sitios nocturnos. Los primeros, que bailan como si la vida dependiera de ello, mostrando sus mejores bailes. Los segundos, que bailan perezosos sin entender del todo el ritmo de la canción actual, sin importarles su alrededor. Los terce-ros, se mantienen sentados aislados, esperando que alguien se les acerque y, aun así se embriagan, haciendo el ridículo. Los cuartos, son los que ven a todos como presas de caza (así co-mo Tayron).

Y los quintos, que vienen para sentirse libres de responsabilidad y apegarse a la embriaguez (ahí encajo, yo).

Don't Let Me Down de The Chainsmokers ft. Daya truena en todo el casino.

El retumbar del bajo de la música elevaba el emocio-nante espectáculo de unos hombres que bailan llamando en-deblemente mi atención ¿cómo no? ¡Están buenísimos! El ambiente se siente excitante, atractivo e impetuoso. Hay má-quinas que desprenden vapor de diferentes colores. Hay luces por todos lados en conjunto de reflectores. Se halla una tari-ma con grandes pantallas en donde el Dj está operando. Algo más que resuena en el aura, son las bufonas carcajadas de las personas ebrias. Mi corazón late precipitadamente. Paralizó con vigor el balaustre del sillón (donde estoy sentado conti-guo a mi amigo). Se siente el olor a nicotina y los restos del alcohol salpicados en mi camiseta.

Tayron está conversando animadamente con una chica que se situó hace unos minutos en su regazo. El título de me-retriz, fue lo primero que me llego a la mente cuando la vi y tomarse la atribución de coquetear con ambos. De forma par-ticular tuve que actuar demostrando mi orientación sexual. Ya que no dejaba de mandarnos indirectas. Mi mejor amigo, co-mo cosa extraña (que se note el sarcasmo), aprovechó el mo-mento de ligar con ella.

Alrededor de una hora habíamos conseguido llegar a una de las discotecas más famosas de The Strip. Además es el hotel donde nos estamos alojando, por el tiempo que estare-mos. El calor es muy preciso y el licor asume una parte de la responsabilidad.

Ingiero otro trago y relajó la tensión en mi cuerpo. Tengo muchas ganas de bailar y de moverme libremente por el sitio; si bien, es algo que casi no puedo permitirme. En las discotecas siempre hay paparazzis encubiertos que gozan en capturar cada escena de personajes reconocidos. De verdad no deseo tomar la atención, suficiente tengo con que me ha-yan reconocido como el hijo de Harold Rodsonwell. Se vuel-ve sofocante y áspero. Asi mostrar algo que después se riega como pólvora y después... bueno.

Aclaro. La opinión que la gente tenga sobre mí me da totalmente igual. El problema cae, sobre lo estresante que se volverá mi teléfono celular con las numerosas llamadas y mensajes de mi padre para recriminarme sobre mi endeble comportamiento.

Lidio con mis pensamientos mientras seguía analizan-do una vez más el alrededor de la discoteca.

Trato de encontrar algún mesero para que trajera un tinto de verano o, al menos, un Martini. Mi garganta se encontraba reseca, se me había acabado el trago. Necesito más alcohol que ayuden a limpiar los rastros del dulce Vodka. Esta vez prefiero una bebida más agridulce.

De cierto modo, me siento incomodo, estando en lu-gares que son abordados por muchas personas. Es tan gracio-so notar como un psicólogo contiene sombras...; yo soy más de libros y de música con audífonos.

Tayron hace que la fémina se levante del regazo para posteriormente elevarse del sillón; noto como su cuerpo se tensa y observa mi expresión. Instintivamente dirijo la mirada hacia su paquete. Veo la prominencia de este. Subo la mirada topándome con su burlona expresión. Ruedo los ojos y omito las palabras que quería formular. Se acerca hasta el oído de su acompañante, separa sus abundantes hebras con el dorso de la mano. Le comenta algo que hace que la muchacha se ruborice y asienta incitada. Se retira de nuestra proximidad, mueve sus caderas provocando un gemido de mi amigo. No soporto sus idioteces ni mucho menos sus ligues de una noche. Luego de perder con la mirada a la extraña se ubica en cuclillas frente a mi presencia. Conservando su sagaz fisonomía. Puedo visua-lizar con la clara iluminación su cabello chocolate. Determino su cuerpo estimando sus rasgos y expresión: pestañas hermo-sísimas, cejas diagonales, labios encarnados de color sandía, pómulos cuadrados, cuerpo tallado por horas en el gimnasio portando una estatura de un metro con ochenta y tres centí-metros.

Simplemente un adonis. Uno muy promiscuo.

-Quiero que hoy liberes esa loba que llevas por dentro -lo miró entrecerrando mis ojos, detesto cuando hace ese tipo de bromas-, ¡es enserio! me preocupas, bro -bromea codeán-dome.

Le exterminó con la mirada (¡cómo si eso le hiciera daño!). Imbécil.

-Tal vez... -susurro. Entrecierra los ojos viéndome fija-mente y atestigua despacio.

-Iré a la pista de baile junto a la sexy chica -sonríe pedante viéndose el pecho. Se sube un poco la camisa dejando ver su tallada V que ligeramente se esconde bajo su pantalón de mezclilla.

-Si, lo que sea -no le tomo importancia y suspiro derrotado cuando se aleja.

Intenta llamar la atención de algunas personas que observan su caminado. De chico: «sexy-malo-que-solo-pienso-con-la-cabeza-de-abajo»

Bueno así es el. Un rompe corazones.

Puedo sentir el escaso aire acondicionado sacudirme el cabello. Siento una ligera molestia en mi cuello, no podía descifrar de qué se trataba. Por inercia llevó la mano que man-tengo desocupada al sitio afectado. Al pasar de unos minutos y sentirme un poco solitario trato de fijar mi atención en al-guien para socializar.

El juego de las luces y el vaho artificial, los tragos y la estruendosa música crean sensaciones en el individuo como si estuviera en éxtasis. Hay emociones positivas donde gana la dejadez del raciocinio. De igual manera podría considerar ante mi ojo crítico algunas personas importantes caminar de un lado a otro exteriorizando sus costosas y delicadas prendas de modistas famosos. Unos que otros se quedaban estudian-do de pie a cabeza hasta sonreían. Seguro me conocen por las detractadas revistas de farandulas a la cual de cierta manera me había vuelto un «embajador».

La tenue luz de la rectangular pista de baile apenas se colaba por los rostros agraciados de personas que casi tenían intimidad. Los bailes en este tipo de sitios conllevan a ser un tanto eróticos, sensuales incluso amorosos. Los silbidos, aplausos, gritos, chillidos refunfuñaba en mis oídos. Para es-tablecer el progreso de un sutil dolor de cabeza.

Desciendo los ojos para observar el suelo de mármol brillante, inhalo difícilmente, sentía pesarme los ojos. Es como si la pesadez de pronto fuera parte de mí. ¡Claro que no lo permitiré! ¡Estas son las pocas oportunidades en las que pue-do disfrutar como se debe! Paso saliva y me dejo llevar por la valentía de disfrutar, cuando estaba a punto de ponerme de pie escuchó una voz que hace que mi cuerpo se estremezca.

-Buenas noches -es ronca, profunda, tenaz. Sus recónditos ojos me transmiten un escalofrío que camina por cada poro de mi piel sensible. Su penetrante repaso azul-acero me hace perder en un infinito abismo-. ¿Puedo sentarme junto a us-ted? -instintivamente giró hacia el asiento donde minutos atrás estaba sentado Tayron. Puedo sentir aun así su fuerte aura. Todo en el causa escalofríos sensuales.

-Claro -tartamudeo bajamente creyendo que no me escu-chó, pero es todo lo contrario-... no hay problema -titubeo una vez más, en voz alta.

Se sienta con parsimonia; puedo estudiar con breve-dad sus movimientos y las acciones que estos resaltan. La posición de sus ojos atraviesan un duelo pesado con los míos. Es una sensación peligrosamente mortal donde el ganador decide qué hacer con el otro; es un desafío sin reglas y una habilidad de carecer de actitud. Sin que note la ansiedad de mis movimientos traspaso una mirada reveladora a las perso-nas que nos rodean a una distancia considerable. En su mano derecha lleva un vaso de vidrio que contiene un líquido que podría definir como: Whiskey, con un limón troceado dándo-le un sabor agrio. Observarle es adentrarme en una percepción amena. Todo él irradia lujuria y machismo. Por un instante, puedo lucir la curiosidad en lo conocido que se me hace. No puedo definir de donde, aunque, siento que lo conozco de un lado. Trato de no hacerlo sentir incómodo ante la sensación que abarca la confusión ante el reflejo de mis expresiones.

Piel blanca tostada, como si de un guerrero vikingo se tratara; cabello cobrizo, como la sensación de encontrarse en una gélida noche; ojos azules aceros, como un mar profundo y tormentoso; un metro noventa y dos centímetros de imponen-cia; labios en forma de corazón finos, de color sandia, bas-tantes apetecibles; pómulos fuertes, con dos hoyuelos atracti-vamente lujosos, hombros anchos, cadera ancha; es un hom-bre tosco. Lleva una camiseta Adidas negra con un sweater del mismo color.

¡Santo cielo! Este es un hombre por el cual todos y todas suspirarían y se inclinarían. Irradia belleza, sensualidad, deseo, pasión... Mi vista sigue viajando hasta posarme en el tatuaje en la palma de su mano, una especie simbólica de ro-sas azules con bolas de béisbol en llamas naranjas; un diseño bastante íntimo. Sin olvidarme del el número once marcado en el centro. Abro los ojos impresionado hasta saber de quién se trata. Oh, Joder...

-Jules Stronligth -murmuró seguro. Dejo salir un pequeño jadeo ahogado. Miro de reojo a unas mujeres que no le quitan el ojo de encima.

-Me siento halagado de que no me hayas reconocido desde un principio, Joseph -se me tranca la respiración al notar que desde un principio me reconoce-, te hacía en San José, estu-diando...

-Hace un par de días me gradué...-hago una pausa notan-do su perpleja mirada-: de psicología.

-Eso es genial -comentó dándole un pequeño trago a su bebida-. Entonces ya cuento con un psicólogo personal -siento que me convierto en fuego.

¿Me estaba coqueteando? Imposible.

-Mi mejor amigo se volverá completamente loco cuando se entere que estoy hablando contigo -radicalmente cambió el tema-. Estoy casi seguro que le dará un infarto -sonríe de lado. Pudo palpar el abrupto cambio de tema. Sin embargo no hace tanto hincapié.

-¿Fanático del equipo?

-Ni que lo digas -ruedo los ojos divertido-. Estuvo todo el día estresado porque jugaban y no podía verlo. En la auto-pista el internet es muy rencoroso -no deja de sonreír.

Hace unos movimientos con sus manos llamando la atención de alguien. Al instante noto unos meseros (y yo que llevaba rato tratando de contactar alguno. Viene, él, mueve su mano y aparecen). No me había percatado que algunos hom-bres imponentes, completamente trajeados, estaban a nuestro costado observando el lugar. Es obvio, que el mismo pelotero de las grandes ligas, estaría escoltado, como si se tratara del presidente de los Estados Unidos de América.

¡Qué ansiedad tener a este espécimen de hombre conmigo! De solo volver a observar siento mis mejillas arder.

-Por favor tráenos unos Whiskys y no dejes de hacerlo -el camarero, que había llegado hace unos segundos, anota lo que el jugador de béisbol le había pedido; se retira no antes de darnos una última mirada a ambos.

Que extraño ese tipo... se me hace conocido pero no sé de dónde.

El ambiente se empieza a tornar tirante y doy la califi-cación de que debo levantarme he irme a mi habitación antes de que caiga en las garras de este hombre, que últimamente ha estado en los ojos de todos. Es el jugador más reconocido y respetado de todo el mundo. Es un beisbolista que ha marca-do muchos récords en el mismo juego. El número 11 es el emblema y número que lo representa en todo acometimiento, lo cual me da cierta curiosidad de saber por qué ese número en su vida.

-¿Y qué haces aquí? -pestañeo varias veces al salir de mi ensoñación. Mantiene su acuosa mirada puesta en mí, especí-ficamente en mis ojos. Es como si estudiara la profundidad de mis pensamientos-...digo, en una discoteca -no me di cuenta en qué momento el camarero trajo los tragos. Jules me pasa uno; lo tomo con ansiedad. No me gusta el whiskey. Prefiero los Martinis o el Vodka. En el whiskey siempre le agregan sustancias que no se notan a simple vista. Además me traen problemas. No sé beber licor. Las pocas veces que lo he hecho, terminó muy mal. Y eso también se refiere en la cama con un hombre desconocido.

-Tratando de salir de las ensoñaciones -tomo un poco del líquido castaño, casi ambarino, de mi vaso de vidrio-. ¿Y tú? -Mira pidiendo que termine de hablar-, ¿qué haces en Las Vegas? Digo, no es que no puedas venir... solo que...

Él me observa con gracia y sonríe ceremoniosamente.

«Oh, Dios mío... maldita sonrisa moja bragas»

-Hoy tuve un partido de béisbol contra los Grandes de San Francisco y decidí darme un respiro, estamos en la final de la temporada -con razón Tayron estaba que se volvía loco por ver televisión.

-Oh -es lo único que sale de mi boca. Me sigue mirando desconcertado pensando que diría más.

Según la revista People. Jules Stronlingth, es un hom-bre homofóbico, hubo docenas de ocasiones donde reporteros le hacían preguntas sobre «¿Qué sucedería si te enamoras de un hombre?... o, ¿Qué pasa si un fanático de la comunidad LGBTQ+ se insinuara?»; Jules, siempre respondía cortante que no era un marica como para fijarse en algún hombre. Con-sideraba que esos asuntos eran asquerosos y que hasta podría golpear a cualquiera que trate de intentar algo indecoroso con él. Cosas como esas hacen que me incomode su presencia. Tiene una linda novia, modelo de lencería y embajadora con-temporánea de uno de los desfiles de la semana de la moda en París. Mi madre asiste a sus desfiles de moda. Las veces que le acompañaba, tuve algunas conversaciones con la fémi-na. Inspira bondad. Según los medios cercanos de ambos, dicen que Jules es un hombre que solo quiere a las chicas para acostarse con ellas y poder disfrutar de lo que la vida le regala a diario.

El tiempo pasa volando. Hemos conversado de mucho y de poco. Jules tiene ese aire volátil genial. Es como una montaña rusa. Tiene un ego, bueno... más grande que el Mon-te Everest. Sin darnos cuenta, llevamos más de veinte vasos de whiskey, diez vasos de Vodka y unas cuantas cervezas sin gases.

No sabía cómo mantenerme de pie.

Empecé a decir incoherencias.

Bailé con un cuerpo muy pegado al mío.

Sentí girar todo mi entorno, para más tarde, no ver.

Escuché algunas campanadas, risas cada vez más fuer-tes; aplausos, que casi me hacen caer.

Hubo algunos flashes.

Lo último. Sentir el peso de un cuerpo más grande, sobre el mío.

Caigo en un fino abismo.

Siento náuseas.

Luego oscuridad. Más oscuridad.

Capítulo 3 DOS

Tengo calor; mucho calor. Mi cuerpo se siente fastidioso, sin fuerzas. Hay un aroma entre canela, vainilla y transpiración que tantea mis fosas nasales. Los párpados pesan. Se hallan en una combinación entre somníferos y alcohol.

Mi estómago se comprime tanto, que aumenta las ganas de evacuar todo. Siento arcadas; llenas de desdén. En mi rostro se siente el amanecer. La aurora solar reside en su punto más alto.

Tengo tanta hambre.

Al tratar de recobrar mi conciencia y de la situación. Estaré vomitando todo lo que ayer bebí y engullir. El malestar de la cabeza, incremente unos niveles más desdichados. Cierro con pesar los párpados y vuelvo a abrirlos. Todo mí alrededor da vueltas. El mareo es instantáneo. Recuerdo porque odio tanto las sensaciones de la resaca.

Eso me pasa por haber bebido tanto. Joder. Hago promesas de que no volveré a beber y después estoy ebrio hasta la médula.

Llevo una de mis manos a la boca y bostezo. Mitigo los escabrosos sonidos. Sigo parpadeando, pongo empeño para adaptar el enfoque de mis ojos, en un objeto brillante, que resalta en uno de mis dedos. Encaró el panorama, noto con exactitud que, se trata de un jodido anillo y no cualquier anillo, es el anillo. Sin comprender del todo intento movilizarme a través de la cómoda cama. Supongo que uno de los síntomas, de la resaca, es delirar. Estuve bebiendo tanto, que jamás había podido experimentar está síntoma.

Joder y mil veces joder. Soy peor que un camionero bebiendo licor. He aquí las consecuencias.

Procuró incorporarme donde sea que estuviera acostado. Sin embargo, dos cosas me lo impiden, el primero, un ligero ardor en la espalda baja. El segundo, un brazo adherido alrededor de mi cadera. El individuo que está a mi lado comienza a removerse. Aquel brazo contiene unos finos vellos cobrizos, aparte que es duro y pesado. Está muy sujeto a mi cintura; impidiendo que haga cualquier movimiento. Es una posición incómoda. Es ahí, cuando percibo no solo mi desnudes sino también la de él...

Poco a poco empiezo a percatarme de la oscura cabellera a mi lado. La sorpresa se queda corta al vislumbrar a "un Jules" despertando junto a mí. Siente mi mirada. Despliega su brazo de mi cadera. Se despereza; usa sus manos como brochas paseándose por el rostro. Intenta borrar las huellas de insomnio. Batallo internamente con mil docenas de dudas... pero, no hay respuestas. Sus facciones se contraen trayendo consigo un reflejo confuso y enojado. Bajo la vista, recorro su rostro colérico, sigo el camino por su pecho fuerte y marcado. Logró determinar los montículos inflados de musculos. Sin embargo, toda la trayectoria se ve afectada, al posar mis orbes: en su mano derecha, elevada en al aire. Para ser más exactos en su dedo medio. También posee ese anillo, solo que este no es tan llamativo como el que cargo puesto. Jadeo fuerte al finalizar el rompecabezas en mi mente. Mi respiración empieza a agrietar. Mis ojos se humedecen por lo que mi psiquis emprende a dar revuelcos queriendo recordar lo ocurrido de ayer.

Risas. Bebidas. Besos. Flashes. Bebidas. Dos sonoros «sí.» Nuevamente flashes. Besos. Manos recorriendo cada parte de mi cuerpo. Flashes. Besos. Sexo. Sueño.

¡Mi padre me va a asesinar! ¡El agente de imagen de mi padre! ¡Y yo también colaborare en mi asesinato! Un temblor recorre todo mi organismo; intentó girar en dirección del beisbolista. Antes de hacerlo, soy empujado con rudeza fuera de la cama. En la caída golpeó mi cabeza con el orillo de esta; terminó en el suelo doblándome del dolor. Dirijo mi mano derecha al sitio afectado. Hay un líquido viscoso en la palma. El haber tocado el área afectada, se convierte en otro error, el dolor incrementa.

-¡Sandeces! -sollozo fuerte. Noto la palma de mi mano cubierta por una capa de sangre solidifica. La hediondez de esta hace que me maree. De reojo, mis ojos distinguen como Jules se levanta de la cama tirando del cabello una y otra vez. Muestra indicios de ansiedad y desesperación. Trata de calmarse, sin embargo, falla una y otra vez.

-¡Maldición! -su cabreo, vas más allá de la normalidad. Me levanto del suelo con cuidado. Con las piernas temblorosas camino en dirección a la puerta que está abierta; perteneciente al cuarto de baño. No me molestó en cubrir mis partes íntimas, supongo que las vio como un ladrón desvalijando su botín-. ¿Qué mierda sucedió entre... nosotros?

Cuelgo una mirada reveladora. El incremento de dolor de cabeza es mucho más insoportable. A pesar de, no pestañea y un resentimiento sombrío abarca toda la iris de sus ojos. Paralizó todo mi sistema corporal. No sé si fue por la energía o porque soy un maldito sumiso de mierda. Su vista es brumosa. No desproporciono ninguna queja que emane de mi boca; queriendo huir de mis labios. El malestar de cadera se enlaza con el daño de mi cabeza. Abro un cajón donde indica «Primeros Auxilios». Extraigo un par de gasas y agua oxigenada. Ubico todo en el lavamanos abriendo con mis temblorosas manos la llave que deja salir enseguida el agua. Remojo un poco y las situó en mi cabeza. Me pillo al ver mi cuerpo cubierto por algunas sombras entre purpurinas y rojizas difundidas desde mi cuello, hombro y torso. Giro mi horizonte hasta mi espalda donde consigo mucha más de estas. Oigo algunos ecos de objetos volcando contra el suelo en la habitación. Mis ojos barren con sutileza el cuarto de baño. Aprecio el afanoso y rígido ambiente que se ha creado. Indudablemente no sería buena idea molestar a una persona encrespada. Siempre trae complicaciones. Con mi padre es casi lo mismo, por eso prefiero alejarme o afirmar así no tenga la razón.

Minutos después. Estoy duchado y atendido la contusión en la cabeza, salgo del cuarto de baño con una diminuta toalla enrollada a la cadera. Hay un par de gasas estériles cubriendo una parte del cráneo. Tuve que cortar el cabello en la parte afectada para poder curarla. Había aprendido primeros auxilios a los dieciséis años de edad. Camino en dirección de vuelta a la habitación, por el camino encuentro una parte de la ropa que usé el día anterior. Diviso a Jules sentado en uno de los tres sillones que están frente a la cama; tiene los codos apoyados en el sillón, sitúa una de sus manos en el rostro y la otra en medio de sus piernas. Es una postura bastante masculina. Lleva puesto un bóxer negro de la marca Calvin Klein. Todo él refleja definición y cuidado de su esculpido cuerpo. Toda mi entidad es fuego. Soy consciente de las sensaciones que me prorrumpe. Con las mejillas calientes sigo observándolo como si fuese un colegial frente a una clase de sexología avanzada.

Regreso con la ropa en mis manos hasta el cuarto de baño. Me cambio enseguida. Ubicó un bóxer azul marino tirando de la plateada pretina a la cadera. Del resto de la vestimenta que utilice ayer, no queda casi nada. La vergüenza cae repentinamente sobre mí. Puedo discernir que él pelotero es un bárbaro en la cama. El mismo dolor indispensable en la cadera junto a los chupones dosificados en el cuerpo son las respuestas.

¿Pero qué mierda? ¿Qué son esos pensamientos tan degenerados, Joseph? Más o menos serían los comentarios que idearía madre.

Nuevamente emigro del baño consiguiéndome al beisbolista. Vislumbro su reflejo ambarino posado en mi mano. Desciendo el espectáculo a ella. No quita el ojo de la mía ni de la suya; es una inundación de desconciertos bilaterales (será pendejo. Como si no se lo hubiese notado en un principio) todo parece aclararse cuando sus ojos se vuelven atónitos. Mi ceño se frunce ante su reacción, tampoco esperaba una de dicha. Aunque no deseo admitir, su reacción crea un revuelo en mí estómago. Todo en él es histeria y pólvora.

-¿Qué mierda...?

Un par de toques a la puerta llaman nuestra atención. Dejamos el juicio a medias. Las fricciones se hacen cada vez más constantes y estresantes. Paso saliva con pesadez. Ojala y no sea mi padre.

Jules toma un pantalón de chándal, se lo coloca rápido. No retiro la mirada de su ancha espalda; sin darme cuenta, me ruborizo al notar algunos arañazos. Sus hombros están tensos. La mandíbula está estrujada. Gracias a todos los santos que yo no soy la persona que está tocando la puerta con esa insistencia; seguro estará con el rostro desfigurado (y con esos enormes brazos, aún más). El beisbolista abre la puerta ruidosamente. Por ella atraviesa una mujer, y no cualquier mujer. Conserva el cabello castaño fosco. Sus ojos se pasean por toda la estadía, su ceño está densamente fruncido, sus fríos sentidos me observan escuchándome hasta sorprenderse de las gasas en mi cabeza. Jules tiene los brazos cruzados dejándose ver, más fuerte de lo que es. Mira reprobatoriamente a la mujer que me observa con confusión.

-Joven Rodsonwell. Mi nombre es Nattasha Wilson, representante general de los YNY y manager directo de este cabeza dura -señala a fornido hombre quien no deja de observarnos con desdén. El fortachón se encamina al sillón donde estaba anteriormente. Diagonal hay una pequeña mesa en la cual se halla una botella de Whiskey y un par de vasos de cristal medianos. Uno de ellos con el líquido más abajo de la mitad. Ambos vemos como bebe el resto de golpe. Por instinto hago una mueca

» -... como decía... -tira un periódico junto una revista. Automáticamente me pongo ansioso. Es una revista que siempre está detrás de mí buscando chismes todo el tiempo; por la que continuamente estoy escampando. «Drama» es un nombre perfecto para la industria de la farándula de Estados Unidos-... tenemos que hablar seriamente de lo que sucedió anoche-nos señala-. Es un tema complicado y... precipitado.

Cojo la revista de sus manos. Siento una presencia a mis espaldas. Es Jules. Roza sus manos con las mías. Se sintió... bonito, extraño, denso. Atrayendo el periódico siento un cosquilleo en mi espalda, parece sentirlo, no obstante lo evita empujándome despacio. Cierro los ojos de nuevo con más fuerza. Mis labios se tornan en una afable línea recta. El dolor de cadera aumenta y lo callo.

Abro los ojos y evalúo como la respiración cambia en ambos. Oigo como algo se quiebra contra la pared. Ni eso hará que mi cuerpo reaccione. Ya no siento el calor corporal, que Jules, me estaba brindando segundos antes.

En la portada de la revista aparece una foto donde se ve perfectamente Jules y yo dándonos un beso y no cualquier beso, ES UN BESO. Con mucha ambición, afecto y... ¿sentimientos? Si bien, mi verdadera atención está dirigida es en la ubicación donde fuimos fotografiados... es en una capilla... Otras imágenes, aunque más diminutas, resaltan, tratan de nuestras manos entrelazadas; donde están los anillos que cargamos en nuestros dedos. La última que sobresale del resto aparecemos entrando al hotel. Reviso la página dieciocho y ahí... está el artículo que nos incumbe por completo.

«El jugador de béisbol de las grandes ligas Jules Stronligth y el hijo del millonario abogado Harold Rodsonwell, Joseph Rodsonwell o ¿Joseph Stronligth Rodsonwell?... ¡se casaron privadamente en la ciudad de Las Vegas! Uno de nuestros fotógrafos de Nevada, capturó la química de los dos reconocidos; desde el casino Venetian. Sin embargo, lo que más impactó fue su matrimonio en privado. ¿Qué sucedió con la mujer que aclamaba ser novia del pelotero? ¿Acaso siempre fue una farsa? Información cercana, revelaron que ellos se veían en privado en múltiples ocasiones ¿Cambió la táctica de su juego tan rápido?»

Inhalo dificultosamente, miro de lado a la mujer que intenta calmar a Jules, quien gira proyectándome furia, disgusto, lujuria...

«Algunas de las personas que estuvieron presentes dijeron que parecía uno de esos amores eternos...» coloco mis ojos en blanco por décima vez en lo que lleva de la mañana, ¡como si eso fuese verdad!... « ¿Cómo fue que tomaron esa decisión así de simple? ¿Qué sucederá luego de esto? ¿Habrá niños corriendo por las mansiones de estos hombres pronto? ¿O simplemente intentaron casarse para llamar la atención?»

El dolor de cabeza incrementa. Un sutil mareo me hace posar mi mano en el área afectada de la cabeza.

-¡Maldita sea!, ¿No ves que es cierto? -el alarido de Nattasha, hace que me estremezca-. ¡Tú sabias las consecuencias de haber bebido tanto anoche! -Sigue regañando a su cliente-: ¡imagínate si fuera otra cosa!... ¡Un maldito accidente! ¡U otra cosa, Stronligth! ¡Qué poca responsabilidad tienes! ¡Por lo menos nosotros sí pudimos observar sus rostros para notar que estaban ebrios, de lo contrario pensaríamos igual que esta maldita revista de mierda! -protesta enojadísima. Jules custodia su vista en mí. Sus ojos espían esperando que dé un movimiento para poder atacar. Paso saliva ansioso. Dejó la revista sobre la cama.

-Cállate, Wilson -increpa de vuelta Jules. Su voz se halla rasposa. En mi estómago hay una danza sin fin que me tiene desconcertado. Toda esta información abrumadora me produce arcadas. La mujer lo observa furiosa. Luego fija la mirada en mí. De modo drástico cambia su actitud. Pego un brinco al sentir ambas miradas sobre mí presencia.

¿Qué puedo opinar en este momento?

«Tú eres el psicólogo, imbécil. Piensa en algo»

-Yo... -la chica toca el pecho de Jules diciéndole que se calmara, dejó salir un sonoro suspiro-... no sé... cómo fue que esto -nos señaló a ambos- sucedió.

-¡Claro que no lo sabes!... imbécil -ruge a excepción de la última palabra; claramente se escucha. Mi cuerpo tiembla ante su gruesa voz-. Si estábamos ebrios, maricón -mis ojos se humedecen. Cada poro es abordado por la ansiedad y estas son secuelas de una infancia antiestética.

Mi teléfono comienza a sonar en algún lugar de la habitación. La ansiedad acrecienta. Tengo un mal presentimiento. El teléfono está en la alfombra tirado en la entrada de la habitación. Entrecierro mis ojos y llegó hasta él. Lo tomo, es una llamada de mi madre, exhaló. Miro la pantalla decidiéndome si contestar o no...

-¿Qué no piensas contestar, marica? -la voz de Jules vuelve a resonar hiriéndome por completo. Cada palabra es una puñalada afanosa.

-¡Jules! -Sermonea Nattasha- ¡Deja de tratarlo así! Porque no creas que no solo lo observan de esa manera, ¡También se trata de ti también! ¡Así que cállate antes de que te patee las bolas y te enseñe a respetar para que te respeten, idiota!

Acepto la llamada y lo posiciono en mi oreja derecha, escuchó la exclamación de mi madre.

-¡Dios santo, al fin contestas mi llamada! -siento dos lágrimas descender de mis ojos ante la ligera voz de mi madre, con ella puedo destruirme. Tal cual, como de un rascacielos se tratase.

Madre es madre.

-Madre -musitó.

-Joseph -resopla- ¿Por qué no me dijiste nada? -su voz suena decepcionada, nuevamente-. Me hubieras explicado... yo... me siento desertada...

Siento más lágrimas proceder de mi ojos. Doy vuelta y me adhiero a la pared dejándome caer hasta quedar sentado en la fría alfombra.

-Madre, no es eso... -escuchó un sollozo de su parte; cierro mis ojos con ímpetus, sísenlo el rostro lentamente-... te explico cuando esté en casa.

-Tu padre está muy enfadado, dijo que demandaría a los patrocinadores de ese jugador -pongo mis ojos en blanco ni eso puede detener las lágrimas.

« ¿Cuándo no lo haces padre?»

-Mamá... debo colgar, te hablo al rato -no la dejo responder. Cuelgo de una vez.

Observo la pantalla. Tengo varias notificaciones. Mensajes, llamadas perdidas, WhatsApps, Twitts... en fin; creo que cree la tendencia que no quería crear.

Me levanto del suelo, Nattasha está callada viendo un punto fijo. Jules sigue bebiendo de su Whiskey. Por lo menos estoy quebrandome en la alfombra. Hice a mi madre llorar. La decepcione nuevamente. Algo más que añadir a la lista. Aún sostengo la camisa rota entre mis manos, la llevo hasta mi pecho, fue un regalo de Tayron.

¡Mierda no me acordaba de él!

Con mi mano derecha busco en mi celular el número de mi amigo, marcando enseguida. Comienza a sonar los tonos. Uno, dos, tres. Uno, dos y tres, suena un chirrido de aceptación.

-Espero que tengas una respuesta a lo que estoy observando en este instante. Y quiero la verdad «Señor, Stronligth Rodsonwell» -trago saliva ante su subraya en el apellido al que me he adherido.

Mierda, estoy casado.

-¿Dónde estamos? -le pregunto a Nattasha. Procede a revisar en su cartera la revuelve un poco; saca un papel de color café. Lo tiende, enseguida lo tomo. Leo el contenido y se lo vuelvo a pasar.

-¿Y bueno? -Su insistente voz me hace eufórico, intento controlarme, no tengo la necesaria confianza con estas personas como para gritarle a mi amigo por celular.

-Estoy en el mismo hotel que nos estamos hospedando, pero en la habitación del último piso, en la presidencial -escucho el pitido de que el estúpido Tayron me colgó-, Imbécil -pronuncio.

«Que le vaya a colgar a las meretrices con las que se acuesta»

Giro el cuerpo. Recibo unas características expresiones por parte del dúo de individuos que me suministran atención de distinto carácter. Me acerco a la mujer. Tiene un iPad al que le teclea, le lee y le habla. Mantiene un auricular en su oreja izquierda, como si se tratase de un guardaespaldas.

-Acaban de salir por las noticias estelares, su obra de arte -satiriza Nattasha recibiendo un gruñido de parte de Jules-. Parece que el porcentaje de 100%, el positivismo de las personas al ver esto es el 78% y el negativismo es el 22% por lo cual a los patrocinadores le pareció algo que influenció en positivo en las ventas de sus productos de la que eres parte.

En mi caso produjo un caos. Nattasha.

Jules la observa entre embrollado y pasmado. Como no entiendo nada no hago ninguna expresión facial.

Más bien tengo hambre. Todo ese caos me ha causado un repentino apetito.

La puerta empieza a sonar y Jules nuevamente va y la abre; entra un cabreado Tayron, quien observa mal a Jules. Guau, y yo creí que gritaría como infante lleno de felicidad al poder ver su estrella deportiva, pero en vez de eso lo mira malamente. Doy un paso hacia atrás. Tayron me ve amenazante. Elevo las manos en son de paz. De todas formas no podría escapar, con solo el mastodonte de Jules que está impidiendo la entrada y salida de la puerta, no saldría ileso.

-¿Entonces qué quieres decir? -inquiero a la respuesta del manager del pelotero. Trato de inhibir el austero ambiente cada vez se pone peor, temo que se vuelva una de las guerras mundiales.

-Lo que quiere decir es que... -es interrumpida por su celular. Hace un amago con la mano, yéndose a contestar.

Dios mío. Que frustrante es todo esto.

Minutos después regresa. Tiene una mano en la sien, la masajea. Por lo menos a mí se me disipó el treinta por ciento del dolor de cabeza.

-Jules, necesito hablar contigo, por favor, es urgente -me digno a observar a mi amigo. Quien, en todo este tiempo, se mantuvo silencioso y eso es algo impropio de él.

-No quiero comentarios respecto... -alzo mi mano señalando el lugar-... A esto ¿sí? -asiente poco convencido-. Madre, llamo -me mira boquiabierto. Me arrastro hasta la cama. Tomó asiento en ella, dejó caer mi cuerpo completo en ella. Tayron imitó mi acción. Muerdo mi labio ligeramente reprimiendo una frustrante eufonía-: La decepcione nuevamente, piensa que esto lo tenía planeado y que no le comente porque intuía que no le tengo confianza -observó la cubierta. Es de un tono blanquecino grisáceo, con algunos detalles fuertes de pronunciación. Lo que más me llama la atención es el número perfectamente pintado. Me pregunto que significa tanto ese número para Jules.

-Bueno... le dirás y ella deducirá -giro mi semblante para volver a detallar al idiota que tengo como amigo-, me siento un maldito niño, nunca pensé estar tan cerca de mi jugador estrella -cascabelea-. Es algo indescriptible... -el semblante cambia al notar algo en mí-, ¡¿Qué sucede?! ¡¿Por qué lloras?! -los sollozos salen espontáneamente de mi boca, él se acerca y me abraza con fuerza. Pasa su mano por mi cabello acariciándolo.

-No sé qué hice mal -hipo-... ayer prometimos que solo nos íbamos a divertir y... hoy amanezco casado y con un hombre que me odia por mi condición sexual y que siente que lo saque del armario de la peor manera... -balbuceo entre las lágrimas saladas.

-Ay, Joseph -sigue acariciando mi cabello. Siento mis párpados caer lentamente.

El cansancio cae en mi cuerpo, Morfeo arropa con su suave y áspera cubierta todo mi cuerpo. Quedo solo en mis pensamientos. Solo nuevamente, sin poder ser rescatado.

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