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El señor Sapo y la pareja feliz

El señor Sapo y la pareja feliz

Autor: : Anys Felici
Género: Cuentos
Alguien podría asegurar que eso no es amor, sino dependencia, una línea muy fina que nuestros protagonistas traspasan una y otra vez. De niños aprendemos este sentimiento de nuestra familia, lo que hace que nuestras relaciones futuras se vean influenciadas por esos patrones, Wendy piensa que el futuro no traerá más esperanza que el presente y no merece la pena arriesgarse. El amor de una madre es incomparable, fuerte y grande, capaz de superar los obstáculos que le ponga la vida, de sacrificios inmensos por la seguridad y felicidad de su hijo. Matteo desapareció un 12 de octubre de la Romería, tenía dos años. El duelo de su madre será un camino pedregoso, cargado de tristeza y desconsuelo. Una soledad y un vacío que nadie podrá llenar. A ella la privaron de un lugar donde ir a llorar, un sitio al que visitar y encontrar consuelo. Sobre ella revolotea la incertidumbre, no acepta que su hijo murió y está dispuesta a encontrarlo. Ana Brenda nos demostrará que no hay dolor como ese, ni palabra que lo defina.

Capítulo 1 Prólogo

Zapopan, Jalisco, México, 12 de octubre de 1991.

La familia Passerini viene desde Milán, Italia. Un taxi los lleva del aeropuerto hasta Providencia. Son un joven matrimonio, él de origen italiano y ella de Jalisco, con un pequeño de dos años que nació en Monza, un pueblecito cerca de Milán. Hace seis años que Ana Breda no pisa el suelo mexicano, sin embargo no se olvida de sus raíces.

Carlo Passerini es un hombre elegante. Viste un traje formal en color oscuro, camisa blanca, pantalones con tirantes, en la cabeza lleva un sombrero de copa corta Trilby, el cabello negro, barba y bigote apenas naciendo. Ana Brenda es una mujer distinguida, con vestido de manga tres cuartas, color azul marino con botones blancos, tacones bajos, abrigo largo y el cabello alborotado. Matteo, sobre los hombros de su padre, va mirando a la gente; cubre sus rizos con un sombrero igual, su atuendo es un trajecito con chaleco formal.

La familia se integra a la comitiva que se mueve hacia el centro. Carlo lleva a su mujer de la mano, la sujeta con fuerza para que no se le pierda entre tanta gente, es difícil abrirse camino. Las danzas alegran las calles con sus cantos, risas, bostezos por la desvelada... Todos van con devoción acompañando a la Generala: la Virgen de Zapopan. Hoy no hay clases. Pocos saben que es aniversario de la fundación de la Universidad de Guadalajara, no se trabaja en toda la zona metropolitana, es un día asueto. El Ayuntamiento se encarga de la seguridad de los peregrinos. Una cuerda de gran densidad limita el espacio para dar principio y fin a cada comitiva. La Virgen de la expectación viene muy atrás, no ha pasado la glorieta de la Normal, mientras que la familia Passerini acaba de cruzar plaza Patria.

Amanece en la ciudad, no hay nada abierto, y Matteo quiere orinar. Carlo suelta la mano de su esposa, coge a su hijo en brazos y busca un lugar apartado de la comitiva. Ana Brenda es alta, pero tiene que pararse de puntas para alcanzar a ver y poder localizarlos. Se adentran en una calle oscura donde hay autos estacionados en las dos aceras. Carlo deja a su hijo para que el niño orine al filo de una banqueta tras una camioneta. Se aleja para dar privacidad. Lleva cigarros a donde quiera que vaya, nunca faltan en su bolsillo. Mientras fuma escucha voces, pisadas que se acercan a toda prisa. Carlo se hace a un lado para dar paso a los extraños, pero ellos se detienen justo detrás él.

Una pistola le apunta por la espalda. Carlo levanta las manos y se pone disposición de los asaltantes; es despojado del reloj de mano, de la cartera de piel y del anillo de compromiso. Piensa en su hijo. Es obligado a hincarse y mirar el piso. Trata de localizar a Matteo y recibe un golpe en la cabeza. El asalto concluye con amenazas. Los delincuentes abandonan el lugar aprisa, se confunden entre el gentío. Carlo no pierde el tiempo, limpia la cara con la mano, se pone de pie, regresa a por Matteo, pero ha desaparecido.

Capítulo 2 La Romería

La romería es una peregrinación que se hace especialmente para visitar una ermita. En la ciudad de Zapopan, Jalisco se realiza cada 12 de octubre, desde 1734. La imagen de la Virgen mide apenas treinta y cuatro centímetros, es morena, hecha de pasta de maíz. Los accesorios que complementan su atuendo de peregrina son un pequeño sombrero de paja; debajo de sus manos llevará un relicario y piedras preciosas, con un niño Jesús de oro en el centro; tiene un pequeño veliz dorado, por haber sido declarada ‹‹Patrona de los Agentes Viajeros››. Es apodada ‹‹La Generala››.

Con casi cinco siglos de historia, cada año es venerada por miles de fieles, dentro y fuera de su basílica en Zapopan, uno de los municipios que conforman la zona metropolitana de Guadalajara: la capital del occidental estado de Jalisco.

Betin es un peregrino que va andando por la avenida. El chico madrugó, pero sabe que va a valer la pena el desvelo. Ha subido de rango, puesto que va a cumplir seis años. Es muy viejo para pedir limosna por las calles, ahora vende chicles en los cruceros y aprende el negocio familiar. Su apariencia es la de un pordiosero: pantalones de brinca charcos pues la prenda deja al descubierto los tobillos delgados, no hay calcetines, botas viejas y desgastadas, un abrigo que le regalaron en las Navidades pasadas, robado por su puesto, pero abrigador. Hoy es un excelente día para llenar los bolsillos de dinero y otras chucherías.

En una hora empezará a amanecer en la ciudad de Zapopan. Luis camina a medio metro de distancia de la joven Wendy, lleva en su bolsillo dos carteras. La sucia gorra de red le cubre parte del rostro superior y del cabello grasoso. Tiene botas negras de trabajo, mezclilla en color gris, chamarra con doble vista, interior oscuro, exterior un cuadrado en color rojo y azul. Wendy no corre con la misma suerte que su acompañante, no hay nada en su bolsa de mano. El vestido que usa es una talla de niña, el abrigo tejido de franela con algunos agujeros ya no conserva el color original porque se perdió con el tiempo y ahora es pardo. Su rostro es tan agradable que la gente siempre la recuerda.

Matteo camina entre los peregrinos sollozando, sujeta la cuerda que limita las comitivas. El sombrerito se le cae de la cabeza y es aplastado por los peregrinos, eso le hace llorar. Sin soltar la cuerda, camina asustado entre la gente. El llanto del niño llama la atención del señor Sapo, un hombre obeso que voltea para todos lados. Es un ladrón que conoce su oficio. Se acerca al pequeño y se da cuenta que no lleva la calcomanía de identificación. Los organizadores las ponen a disposición de la gente para escribir datos importantes: nombre y apellidos de los infantes, dirección y teléfono. El señor Sapo le echa una última mirada y le toma de la mano.

Al sentir la mano gruesa y rasposa del hombre gordo, Matteo Passerini se asusta y trata de huir. Luis y Wendy cruzan la avenida. Ella abraza al pequeño para darle consuelo. Betin se une a ellos y todos juntos salen de la comitiva. Matteo se mueve y pesa mucho para una mujer delgada. Luis lo toma en brazos, para él, trece kilos no son nada. No es el primer muchacho que llevan a casa. Wendy se quita su abrigo y cubre al niño.

Las danzas se estacionan en la plaza Juan Pablo II, esperan la llegada de la generala. Luis, Wendy, Betin y el señor Sapo, desvían su camino rumbo al periférico. Es un día de suerte, evitan las calles que llevan a la basílica, caminan y caminan sin dejar rastro.

En la romería el nombre de Matteo Passerini es voceado y se reporta la desaparición. La lista de personas perdidas es larga, casi al final todos encuentran a sus familiares. La fiesta religiosa dura dos o tres días para todo aquel que quiera presenciar a María en su casa, la Basílica de Zapopan. Las danzas continúan durante horas. El inicio del recorrido es en la Catedral de la ciudad de Guadalajara.

Por la noche la foto de Matteo Passerini se muestra en televisión, en la bañera, sonríe a la cámara junto a su madre en un baño refrescante. Ofrecen recompensa en letras grandes para toda persona que de información del pequeño niño italiano. En el noticiario matutino, Ana Brenda pide por la vida de su hijo; el marido la abraza con fuerza, ella está cansada, pero le quedan fuerzas para suplicar con llanto que le devuelvan a su pequeño.

El temor a ser atrapado detiene al señor Sapo para acercarse a cobrar la recompensa por el niño italiano. Matteo Passerini llora día y noche, balbucea cosas que nadie entiende, apenas sabe algunas palabras en español. Todos se tapan los oídos para no escuchar los berridos, a Luis le molesta más que a los demás. Wendy lleva sin salir tres semanas por cuidar al niño.

Anochece, Betin se acuesta en su catre a dormir mientras los adultos ríen, beben alcohol y juegan a las cartas. Matteo se despierta y vuelve a llorar, eso enloquece a Luis que levanta al niño y lo acomoda sobre las rodillas para nalguearlo. El señor Sapo detiene la mano de Luis. Wendy se encarga de hacer callar al niño. Le canta ‹‹A la ru ru, nene, a la ru ru ya, duérmete mi nene, duérmase ya...››. Lo llama Diego, es un nombre bonito y de alguna forma tiene que llamar al pequeño.

La foto de Matteo Passerini sigue en los noticiarios. El señor Sapo necesita salir fuera de la ciudad, encarga el niño a Luis y a Wendy y se va. En ausencia del señor Sapo las puertas se abren a las nueve de la noche. Wendy prepara algo para cenar. Llevan licor y cigarros. Luis mandan a los niños a dormir, la función empieza y termina cuando todos descansan embriagados.

Meses después.

Al otro lado del periférico que rodea la zona metropolitana, Ana Brenda se rehúsa a regresar a Milán. Carlo ama a su esposa pero empiezan a tener problemas, todos los días reciben llamadas diciendo que vieron al niño con la intención de cobrar la recompensa. Matteo no aparece se lo tragó la tierra.

Carlo termina con todo, no más anuncios, no más llanto, no más súplicas ni llamadas falsas, le pide a Dios que su hijo aparezca porque no está dispuesto a ver morir a su mujer de pena. Ella está de nuevo embarazada. Con tanto sufrimiento, cada día se la ve más frágil, delgada y pálida. Carlo quiere que su segundo hijo nazca en Milán. Le pide irse de México por el bien de todos. Ana Brenda acepta regresar. Antes de partir, quiere ir a pedir un favor, como uno más de los miles de feligreses que acuden a María rogando un milagro.

Los ojos de Ana Brenda se llenan de lágrimas al pisar el suelo de la iglesia, se pone de rodillas y recorre las bancas arrastrando las piernas, suplica por la vida de su hijo en cada movimiento. Al llegar al altar y contemplar la imagen, hace una promesa: el 12 de octubre perdió a Matteo y ese día regresará, año tras año, hasta que un día vengan los dos. Ruega a la Virgen que le permita mirar a su hijo una vez más. Se persigna, limpia sus rodillas. El ruido de los tacones retumba en el templo. Bandadas de palomas vuelan y comen de lo que los peregrinos les ofrecen, el excremento mancha el piso y es por eso que los visitantes se cuidan. A la salida un limosnerito pide caridad, tiene la mirada fija en el suelo, no se le ve el rostro, solo su mano extendida. Ana Brenda no es una mujer generosa, ni caritativa, pero se detiene y saca un billete de su cartera, se lo da a la mujer que acompaña al niño y luego se va a prisa.

Carlo promete a Ana Brenda regresar

a México después de que nazca su segundo hijo para continuar buscando a Matteo.

Capítulo 3 Antes de ellos tres

Zapopan, Jalisco, año de 1989.

Wendy y su madre lavan y planchan ropa ajena. Es el sustento de ambas mujeres. Una vez seca, hay que plancharla y doblarla correctamente. Acarrean agua a cualquier hora del día. El líquido vale oro para los quehaceres del hogar. Cargan una cubeta en cada mano y hacen pausas para descansar. Viven en una vecindad por el Vigía, un barrio viejo de Zapopan. La chica tiene catorce años es delgada y agradable, desprende el olor de la adolescencia y eso llama la atención de su padrastro. El hombre es un borracho que invita a sus amigos a la casa, juegan a las cartas hasta el amanecer. Entre estos hay un viejo gordo, desagradable y mal oliente al cual lo apodan el señor Sapo, otro es joven alto y apuesto de nombre Luis, de dieciocho años, igual de sucio que el viejo, pero con una voz seductora y una sonrisa celestial.

Luis lleva un tiempo observando a Wendy en sus tareas. La mira cargar el agua a todas horas, y un día se ofrece a ayudarla, es guapa, pero al padrastro nada de esto le gusta. La ve platicando fuera de la casa y la mete a empujones. Luis sabe que el padrastro la quiere para él y que cuando la madre los deja solos pretende tocarla. Wendy es una chica recia y ha sabido zafarse de las manos del padrastro.

Días después, Luis regresa más temprano que de costumbre; aguarda en su escondite durante horas, hasta que la madre de la chica sale con un balde y deja la puerta abierta. Wendy está lavando en el patio sin ser consciente de que su padrastro observa y espera a que la madre esté lo suficientemente lejos para cogerla desprevenida, ‹‹Esta vez, no te escapas››, dice el hombre frotándose las manos. Desea a la muchacha y la quiere ¡ya!, no se fía de Luis que la ronda día y noche.

Luis escucha el forcejeo y corre en su ayuda. En el patio contempla a Wendy con la pantaleta colgando en las pantorrillas, llorando y tratando de bajar su falda para cubrir sus partes íntimas. El padrastro está sobre ella, quiere penetrarla. Luis aprovecha que el hombre está distraído para asestarle un golpe en los riñones con el puño cerrado. Este siente tal dolor que arquea la espalda, momento que utiliza el muchacho para cogerlo del cuello y arrástralo lejos del cuerpo de Wendy que se cubre asustada. Inmoviliza los brazos y sigue golpeando sin piedad el rostro de aquel borracho.

Los vecinos alarmados piden auxilio. Un niño sale a avisar a la madre de Wendy. Ella abandona la cubeta y corre hacia la casa. El padrastro sangra y se queja de los golpes recibidos. Todo el mundo lo observa, incluso el insolente de Luis, que abraza a Wendy con una sonrisa de triunfo. El odio le invade y echa a las dos mujeres.

- ¡Esta es mi casa! ¡No quiero volver a verlas, las recogí de la calle y así me lo agradecen! ¡Fuera!

La madre suplica, se lanza a las piernas del padrastro, llora y pide piedad. Él la avienta varias veces al piso mientras camina dentro de la casa, lejos de las miradas de los curiosos. Ella gatea y lo sigue. Wendy no tiene a dónde ir y no quiere pedir perdón para que la reciban nuevamente. Solo conoce a Luis de hace cinco días, pero no sabe qué será de ella y decide confiar en él.

Ambos jóvenes toman una ruta que cruza el periférico, bajan y caminan por las calles, pasan por el panteón de Altagracia. Suben varias manzanas y se meten en una calle angosta; el concreto se termina y ellos continúan, se detienen en la última finca en obra negra.

Wendy tiene miedo, pero sigue a Luis dentro del lugar. Allí está el señor Sapo y otros hombres que juegan a las cartas. Hay licor y mucho humo de cigarro, catres apilados, cobijas viejas y rasposas, una cocineta y mucho patio. Luis señala el camino con un gesto. Paredes de tabla roca dividen un rincón del resto, una cama con sábanas sucias y almohadas de piedra. Luis entra despreocupado a ese lugar sombrío, descorre la cortina que sirve como puerta y parte de la pared. Wendy conoce el precio de la vida y lo que su padrastro quería, se lo va a cobrar el joven.

Resignada se desnuda y se acuesta en la cama. Siempre soñó que su primera vez sería con un hombre al que amase, con el que estuviera casada, pero las circunstancias la obligaron a dejar su casa. Luis no es delicado ni considerado, en unos segundos le tiene dentro. No le importan ni sus quejidos ni sus sollozos. Rechina el viejo colchón. Los hombres de afuera escuchan en silencio y miran maliciosos, se sonríen con los gemidos de él, y se sofocan con los quejidos de ella. Durante largos minutos son los ruidos que se oyen y compiten con los grillos que cantan afuera su agradable melodía.

Wendy descubre el oficio de los dos hombres viviendo en esa casa ruinosa que gestiona el señor Sapo. Poco a poco, se hace un hueco entre ellos. La verdadera razón por la cual es apreciada es porque mantiene la boca cerrada, coopera y no hace preguntas. Como es joven atrae a los hombres, nadie se atreve a faltarle el respeto por temor al señor Sapo. Piensan que son familia por como la cuida, alguna sobrina lejana, pues físicamente solo comparten el color de piel morena. Por eso ofrecen dinero por estar con ella una noche, si fuera una hija, ya mirarían mucho ofender al Sapo con tal proposición. Los admiradores de la muchacha, que son muchos, se desilusionan cuando el hombre les echa del hotel al ver los billetes sucios encima de la mesa. Wendy observa desde la distancia, no quiere que ninguno de esos borrachos la toque, se escaparía si no fuera porque la seguridad que le ofrece el señor Sapo no la tenía en su antiguo hogar. Algo ha aprendido en todo este tiempo en el hotel, y es que, estos huéspedes, que van y vienen a diario, se conforman con verla desnuda en los brazos de Luis. A ella nada de todo eso le gusta, pero de madrugada y después de embriagarse, se dirige dócil a la cama; descorre las cortinas y, ante los ojos de todos ellos, permite que su novio la haga suya.

Cierta tarde, Luis llega con un niño de cuatro años que no hace más que llorar y patalear durante horas. Lo encierran en un cuarto que el señor Sapo tiene destinado para ambientarlos a su nueva vida. El chamaco es grande y sabe que fue arrancado de la mano de su madre; es difícil conseguir un comprador para un niño tan mayor. Luis se justifica diciendo que, de lejos, parecía pequeño por eso lo robó. Llora y dice que su nombre es Adalberto, pero en el hotel nadie lo llamará así. Wendy es la celadora y de nombre le pone Betin.

El señor Sapo regresa de un viaje de tres días. No ha conseguido comprador para el niño, él estaba seguro de que tal cosa sucedería porque lleva años en el negocio y un niño tan mayor es complicado de colocar. Tiene que pensar qué hacer con él. ‹‹Hay que enseñarle a mendigar››, dice al fin. Wendy se encargará, las responsabilidades dentro de la casa cada día son mayores y ha demostrado fidelidad.

Ella lleva a Betin a una iglesia para ver cómo reacciona la gente. Los feligreses lo miran con lástima y sueltan algunas monedas sobre su mano temblorosa. Él quiere regresar con su madre y solloza, pero no pide ayuda por miedo; sabe que si dice más de la cuenta se llevará una paliza. La instrucción es lenta, pero poco a poco Betin aprende a ganarse el pan pidiendo limosna.

Sin reglas ni llamadas de atención el tiempo va trascurriendo. Luis y Wendy son felices, no obstante, la felicidad no es eterna. Ella se da cuenta que lleva dos meses sin tener la menstruación. Sabe que hay que tomar precauciones, pero el miedo a que Luis la eche a la calle la hace callar. Ahora siente náuseas y siempre está cansada, con sueño. No quiere que la vea desnuda ni soporta que la miren teniendo sexo, debe cuidarse y no desea beber ni fumar. Las negativas enfurecen a Luis, acostumbrado a que ella le dé siempre por su lado y jamás le diga no.

Una noche se enfada cuando ella rehúsa sus caricias y le confiesa el secreto. Este se enoja, se pasea nervioso por la sala y maldice:

-¡Eres una estúpida si no sabes que te tienes que cuidar! -Se muestra agresivo y malhumorado-. Estés o no panzona vas a hacer lo que yo te diga.

Al negarse Wendy a lo que quiere Luis, la golpea con fuerza en el rostro y cae al suelo; la patea, pero no se siente satisfecho, desabrocha su cinturón de cuero y lo dobla para azotarla.

El señor Sapo regresa con Betin y encuentran a la chica tirada en el piso, temblando, quejándose de dolor. Wendy parece desequilibrada, ausente, mira sin saber dónde está. Va descalza, perdió los zapatos; tiene miedo de que la sigan golpeando, teme por su bebé y sale llorando. Camina por la oscuridad bajándose el vestido, anda sin rumbo. A cincuenta metros está la finca más próxima, un corralón que por las noches parece abandonado. Alguien la sigue, escucha las pisadas y acelera el paso. «¿Será Luis que viene a matarme?», se pregunta angustiada. Una mano callosa y gruesa la detiene unos metros antes de llegar. El señor Sapo no se fía de las mujeres resentidas y despechadas. Wendy sabe mucho de sus negocios y se ha vuelto un arma de doble filo, está herida, y puede vengarse de todos ellos, por eso la siguió desde que salió dando tumbos del hotel.

El señor Sapo debe convencer a la chica, cueste lo que cueste, mentirá si hace falta, le prometerá lo que ella pida con tal de que regrese. Es un viejo astuto, lleva años haciendo negocios oscuros y manipulando a la gente. Sabe cómo engañar a una chiquilla dolida con su novio. Le jura que la valora más que a ninguno y que la quiere como a una hija. Al final Wendy regresa, sabiendo que todo lo que escuchó son mentiras, pero dónde va a ir embarazada.

Luis duerme plácidamente, está borracho, no oye que han regresado hasta que siente el primer latigazo que rompe la manta de la camisa que viste. Grita más fuerte cuando recibe el segundo golpe que lo deja sin aire, el último lo hace temblar de dolor tal como ella lo hacía cuando la golpeó. El señor Sapo sale con la fusta en la mano, es un regalo de su juventud y la cuelga en la pared. El castigo fue suficiente para que ella sienta que se hizo justicia y ya no quiera irse.

Wendy se mueve hacia el rincón y se desnuda con cuidado. Está cansada de tanto caminar, del miedo y la tensión, solo quiere dormir. El roce de la ropa le causa dolor, entra en la cama y cubre los dos cuerpos con un cobertor grueso con la imagen de un jaguar. Escucha la respiración lenta y el quejido de Luis, pero no piensa curar las heridas de su espalda ni consolar el dolor, solo quiere descansar y cierra los ojos vencida por el sueño.

La vida del hotel regresa a la normalidad, nada parece alterar el ir y venir de los huéspedes. El señor Sapo se va de negocios.

-Ese es mi trabajo -le dice a la pareja que se queda a cargo de todo.

Cinco días más tarde llegan unos hombres con apariencia extraña. En secreto le dicen a Luis que traen dinero para pagar por la función que solo se presenta en ese lugar, ríen y miran a Wendy de forma maliciosa. Ella escucha temerosa a que Luis acceda a la propuesta, tiene miedo pero él la defendió del padrastro, la recogió de la calle y está embarazada; van a tener un hijo, nunca la vendería por dinero. Pero, a pesar de eso, sabe que no se puede fiar de la gente, ni siquiera de Luis, que no dudó en golpearla aun sabiendo que espera un hijo suyo. Regresa a la cocina y se encarga de la cena, de recoger y lavar los platos, manda a dormir a Betin y también se retira. Deja a los hombres jugando al dominó.

De madrugada, Luis la despierta para tener intimidad. Ella accede pero, de pronto, se siente observada, con fuerza avienta a Luis con las piernas y él cae de nalgas al suelo; esto provoca la risa de las personas que los miran. Colérico se levanta, toma a Wendy del cabello y la estrella contra la pared. Mareada protege su vientre, recibe varias patadas y pierde el sentido a los pocos minutos.

-Wendy -la llama Luis y la zarandea con desesperación, sin embargo, ella no responde.

«Está muerta», murmuran los huéspedes, temen acercarse, y se van por miedo a involucrarse en un asesinato. Luis huye creyendo, que esta vez la golpeó con demasiada fuerza y que ella no lo perdonará. Esculca sus bolsillos y deja sobre la mesa el dinero que le pagaron por observar, como si los billetes estuvieran malditos.

Tanto alboroto despierta a Betin que encuentra a Wendy tendida en el piso. Entre las piernas le corre un hilo de sangre. Llorando sale en busca de ayuda, toca en la primera casa y luego en la siguiente hasta que le abren la puerta. «¡Santa madre de Dios!», exclaman. «¡Pero qué le pasó a esta muchacha!», «¡Rápido, rápido hay que llevarla al hospital!». El lugar más cercano es el hospitalito.

Cuando el señor Sapo regresa, encuentra a un extraño en el hotel cuidando del niño. Es el vecino de la casa más cercana, lo ha visto en contadas ocasiones, pero él no habla mucho porque no desea confraternizar con nadie, sabe que los ojos indiscretos pueden tirar por tierra su negocio. Por eso cuando el hombre le relata lo sucedido la rabia lo inunda, quiere encontrar a Luis y matarlo por poner en riesgo todo lo que tanto le costó crear. Si Wendy hubiera muerto, atraería a la policía. Al investigar, lo más seguro es que lo culparían y hasta la cárcel podría ir a parar.

En el hospital, Wendy aguarda la peor noticia. Por la hemorragia tuvieron que cauterizar el útero, dejándola sin posibilidades concebir. Ella rompe a llorar, se siente inestable y cae desmayada. Pensaba ponerle el nombre de Luis si era un varón, y si era niña Guadalupe como la Virgen. Llegó a imaginar sus ojos, soñó que lo tenía en brazos y lo arrullaba para dormirlo. Debido a su estado, el doctor ordena descanso y es internada durante cuatro días.

La dan de alta pero continúa deprimida, casi no come y a penas duerme, piensa en el hijo que nunca nacerá. No guarda cama, camina como distraída y a veces se le ve llorando. Como si aún estuviera embarazada, acaricia el vientre con amor.

-Luisito -musita al viento y limpia sus lágrimas.

Luis aparece una tarde cuando Wendy prepara la cena, está sola en la casa. Se acerca y se deja caer de rodillas pidiendo perdón, abraza las piernas de ella, dice que está arrepentido, que nunca le va a volver a pegar, besa las pantorrillas y sube sus manos hasta los muslos. Wendy ama a Luis a pesar de todo, se enamoró del hermoso rostro cubierto de mugre, del pelo mediano y grasiento, de la piel blanca sin un solo lunar, de los finos vellos que cubren todo el cuerpo, los labios pequeños y la nariz puntiaguda. Deja que Luis juegue bajo el vestido, que la levante y bese con desesperación, que la deposite en la cama y hagan el amor.

El señor Sapo piensa en él y en su negocio, porque, al fin y al cabo, solo importa lo que es suyo, lo que tiene, y ese muchacho borracho y atolondrado, casi lo hace desaparecer. Ya no tiene que buscarlo, lo encuentra durmiendo plácidamente. Viene acompañado de dos hombres: el «Toques», conocido en el barrio por dar descargas eléctricas, y por otro que por unas cuantas monedas hace lo que sea.

Luis despierta cuando alguien le sujeta los brazos y lo levanta de la cama, lo desprenden de la ropa, lo amarran a una silla de madera, introducen sus pies desnudos en un balde lleno de agua... Esto lo inquieta y lo aterra «¡¿Qué me van a hacer?!», piensa. El señor Sapo le informa que Wendy no le va a poder dar un hijo nunca, no quiere revelar delante de nadie que temió por su negocio porque pueden verle vulnerable y cualquiera quitarle lo que es suyo. Lo justo es que él tampoco pueda concebir, ya le hará saber con el tiempo, porque de tal castigo, con eso ambos van a quedar a mano.

El Toques da la primera descarga. Los gritos son aterradores, los hombres lo sueltan cuando las chispas de electricidad saltan. Luis aturdido cae al suelo, suplica clemencia y trata de huir. Convulsiona al recibir la segunda descarga, las venas del cuerpo parecen huir de tan cruel martirio, los músculos resaltan en brazos y piernas. El Toques no va a parar de castigar hasta que reciba la orden.

Wendy se acerca al escuchar los gritos. No da crédito al horror que ve. Luis llora como un niño, suplica entre balbuceos y gemidos. Pide clemencia de rodillas ante el señor Sapo, quiere que ordene al Toques que se detenga

-¡Por favor, por favor, suéltenlo ya! -pide Wendy entre lágrimas y sollozos, añade que responderá por él. Nunca volverá a pegarle porque se lo prometió en la cocina, le cuenta al señor Sapo. Se aman.

El señor Sapo consiguió lo que buscaba. Si detiene la tortura, Wendy le deberá una y a Luis le ha demostrado quién manda, ya le recordará que puso su negocio en la cuerda floja y que los vecinos ahora están pendientes del hotel. El Toques obedece, poco le importa estar más o menos con el pobre desgraciado porque ya cobró sus buenos pesos. Guarda todos los cables y se va por donde vino. El otro hombre lo sigue en silencio, mira antes de irse con miedo al señor Sapo; no quiere volver a verlo, es cruel y despiadado a pesar de su sonrisa.

Wendy desata desesperada a Luis y lo arrastra como puede a la cama, el Sapo les observa sin mover un músculo. Antes de irse mira a la muchacha y le dice que todo esto lo hizo por ella. Es mentira, pero nadie olvidará durante una larga temporada a quién deben obediencia. No se le ocurrirá delatarlo ante la policía, pues se cobrará la afrenta de una forma u otra.

El cuerpo de Luis convulsiona, ella tiene miedo de tocarlo, piensa que la electricidad continúa en él. Llora porque contempla su padecimiento, lo cubre con el cobertor y lo cuida toda la noche.

Luis permanece en cama varios días, parece un fantasma, no responde a los cuidados que con amor recibe. El señor Sapo trae un fulano que se hace llamar doctor, el cual le administra una droga elaborada con productos naturales que le sume en un profundo sueño. Ella descansa al verlo tranquilo, poco a poco él recobra la cordura.

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