«La bolsa vuelve a tener enormes pérdidas en esta jornada de martes. ¡Qué gran noticia para empezar el día queridos oyentes!.
El partido de anoche fue una mejor noticia para todos los seguidores de los locales, que consiguieron un enorme triunfo sobre...».
Con un gesto casi mecánico y tan habitual en el joven que aparcaba su coche en la plaza habitual como cada día, apagó la radio y resopló para darse ánimos, como cada día. Así daba inicio a un nuevo día de trabajo.
Era un chico de costumbres, que no solía variar nunca; Levantarse exactamente a las seis de la mañana en punto, una ducha rápida mientras hacía el café y una tostada de mantequilla y mermelada una vez salía. Luego cepillarse los dientes mientras ojeaba las noticias más destacadas del día en la prensa online, coger el coche rápidamente y tras darle tres golpes al capó se dirigía al trabajo.
Usaba siempre la misma ruta, oía la misma emisora y aparcaba en el mismo aparcamiento una y otra vez.
El joven, de veinte años de edad, de tez morena y pelo negro peinado hacia atrás, había sido considerado un súper dotado en el mundo de la informática desde que, a los quince años de edad, consiguió hackear una página cuya seguridad hasta el momento apenas había podido ser destripada. No fue un delito, ni mucho menos. Dicha página retaba a sus usuarios a conseguir acceder a sus archivos y descubrir el mensaje secreto que entre cientos de gigas de información se escondía.
De ese modo fue como consiguió el premio oculto; trabajar para la empresa desarrolladora del cortafuegos, y aunque al aparecer por primera vez, y ver a un joven de tan solo quince años generaron dudas de la falsedad de aquello, pues pensaban que otra persona había sido el artífice de aquella maravillosa jugada informática.
Comprobaron al ponerle de nuevo la misma prueba que no solo podía acceder por segunda vez, sino que en el lapso de un mes desde el primer acceso, había mejorado sus habilidades y consiguió penetrar aún más en la privacidad de los clientes.
Ese detalle decidieron no contarlo a la prensa, que se encontraba atónita y emocionada a partes iguales. Todos querían la exclusiva de la entrevista a aquél joven desconocido que había optado a un puesto de trabajo de los que solo uno de cada millón consiguen.
Decidió dejar sus pensamientos en ese punto, mientras entraba en el enorme edificio de más de veinte plantas de altura, de las cuales las diez primeras eran enteramente de su empresa.
Con paso rápido y hábil, subió al ascensor que le llevaría a la planta octava, donde se encontraba su despacho. Mientras subía, se alisó la camisa, se colocó la corbata hasta que quedara perfecta, y se metió una pastilla mentolada en la boca.
En ocasiones ser tan perfeccionista le traía problemas. Él era un maníaco con la limpieza, y entre sus muchos defectos, odiaba el contacto con la gente. Se sentía más cómodo ante un ordenador trabajando, creando nuevas herramientas. Sin embargo dado que no puede subsistir solo del aire, no pudo hacer otra cosa que trabajar, asistir a reuniones y a salidas de empresa cuando le era imposible negarse.
-Buenos días señor Mendoza -saludó cordialmente una chica de unos treinta y cabello cobrizo que subió al ascensor en el sexto piso-. ¿Cómo pinta el día?.
-Buenos días Karen. Todo bien, gracias
-Qué serio eres siempre. Deberías abrirte más a otras personas, no vamos a meterte un virus ni a formatear tu disco duro.
Dijo esa última frase mirando hacia sus partes masculinas. Era sabido que había chicas en la empresa interesadas por él, pero sin sentir el menor interés, optó desde un principio por simplemente ignorarlas para no ser descortés, pues aún así le habían enseñado a ser amable con las damas.
-Lo siento Karen, ya sabes que prefiero mi espacio y estar aislado del mundo siempre que pueda. Luis parece estar muy interesado en usted, podría pedirle salir.
-¿Luis? -Soltó una sorona carcajada a la par que el ascensor llegaba a su destino-. Lo primero, no me hables de usted, ni que fuera una anciana. Segundo, Luis será muy simpático pero no es mi tipo.
Salió del ascensor unos pasos por delante del joven, andando como una modelo de pasarela, para dejarle al chico una buena panorámica de su trasero, cosa que ni se molestó en mirar, pues cuando las puertas del ascensor se cerraron ya se encontraba tecleando a gran velocidad en la habitación donde trabajaba.
En aquel lugar, las horas se convertían en segundos. Se sentía un dios con el poder de crear de la nada las más sofisticadas y poderosas herramientas para la seguridad de los millones de clientes alrededor del mundo. No necesitaba protocolos de educación, mantener conversaciones que para él serían aburridas, incluso tediosas. Sólo el y su ordenador era lo que aquella habitación necesitaba para sentirse en armonía con el mundo.
Sobre la mesa donde trabajaba, vio un pequeño sobre rojo, intrigado por el extraño color, dejó sus procesos y sus análisis de sistema y cogió aquel mensaje.
En tinta negra, con letra pulcra y perfecta, estaba el nombre del joven: «Gabriel Lucas Mendoza».
Extrajo rápidamente el contenido; una pequeña hoja de papel escrita a ordenador donde le citaba para el despacho del director. No podía imaginar que quería de él aquel hombre, siempre ocupado con clientes, jugando al golf, o mirando casas para su mujer. La señora Norris amaba gastar; cuanto más caro, más lo quería. Y vivir en la misma casa durante más de tres años le parecía de gente pobre y sin vida.
Decidido a terminar con su trabajo antes de presentarse ante el señor Norris, la guardó rápidamente en su bolsa y, hasta caída la noche, y ya preparando su ropa para el día siguiente, traje azul o negro y camisa blanca «como cada día», no reparó de nuevo en aquel sobre rojo.
«Mañana iré antes de empezar a trabajar y veré qué quiere». Pensó mientras miraba su reloj. Marcaban las diez en punto de la noche, la hora de dormir, como siempre.
A la mañana siguiente, Lucas continuó con su rutina diaria, hasta llegar a la oficina, en el octavo piso. En vez de meterse en la primera puerta a la derecha, siguió hacia delante, cruzando por entre las dos largas hileras de mesas de tele operadores que se encargaban de atender las llamadas de los usuarios que, utilizando su antivirus de escritorio, encontraban dudas de su funcionamiento.
Karen, la chica que el día anterior se encontró en el ascensor, había faltado ese día a trabajar pues su silla se encontraba vacía. Le pareció extraño pues nunca faltaba sin avisar al menos unos días antes.
Se sorprendió a sí mismo al verse preocupado por alguien, pero se quitó la idea de la cabeza mientras llegaba a la puerta que le interesaba, aquella puerta de roble y letrero dorado donde se leía; «James G. Norris. Director»
Llamó tres veces exactamente, como siempre que toca alguna puerta, y sin esperar respuesta, abrió lo justo para asomar la cabeza y pedir permiso para entrar.
El hombre sentado tras la gigantesca mesa, que parecía más una reliquia de algún museo, le dio paso con un gesto de cabeza. Estaba hablando por teléfono, y aunque al principio pensó que sería algún cliente, segundos después comprendió que era su mujer quien al otro lado, gritaba histérica.
«Ya lo sé amor, aquella casa a los pies de la playa te gustó mucho, era enorme y cara... Pero ese es el problema».
Por los gritos, Lucas sintió que la señora Norris no estaría satisfecha con la negativa de su marido, el que intentaba calmarla diciendo que encontrarían otra mejor.
-Mujeres -suspiraba una vez colgó-. Empiezan pidiéndote un pequeño anillo de diamantes y acaban sacándote casas, barcos privados, y si les dejas, hasta una isla.
-Con los debidos respetos señor, dudo que así sean todas.
-Si, tienes razón. Sólo me desahogo. Bueno ya pensé que no vendrías, te esperaba para ayer.
-Mucho trabajo y no tuve el tiempo. Hoy también tengo mucho que hacer, así que espero que entienda si le digo que sea breve.
El señor Norris miró a aquel joven de tan solo veinte años sentado ante él. En lo más profundo de su alma sentía envidia. El jamás había sido capaz de destacar en nada, siquiera tiene una idea real de qué hace cada uno de sus empleados. Sólo sabe que ese negocio da dinero, y gracias a una herencia recibida veinte años atrás, fue capaz de montar aquella empresa para beneficiarse de un negocio que estaba en pleno auge. En cambio, Lucas, podría llegar no solo a su puesto, sino a tener una empresa aún mayor, más poderosa y con más ingresos. Eso no le gustaba. Le había acogido en su empresa con tan solo quince años y se sentiría engañado si algún día fundase la competencia. Aunque esas ideas de poco iban a servir en aquel momento, pues el motivo de que le citara no era precisamente para felicitar sus labores.
-Siempre estás así Lucas. Eres un adolescente, o un joven tal vez, que no bebe, no fuma, no tienes amigos. Dime, ¿Qué esperas de la vida?. Deberías estar disfrutando de ella y no todo el día metido en una habitación sin ventana, sin nada más que un ordenador y millones de dólares invertidos en las herramientas que creas y pruebas.
-Señor, mi vida personal no creo que tenga relevancia en esta conversación. Me dedico cien por ciento a lo que fui contratado; asegurar la seguridad y la protección de los datos personales de los clientes. Evitar que cualquier pirata sea capaz de atravesar todas las defensas que tanto yo como los demás miembros de este equipo van implantando y creando.
-Pero tienes veinte años... Tú eres la cabeza de ese equipo. Todo lo que crean los demás acaba llegando a tus manos y siempre lo acabas mejorando o desechando si descubres cómo romper esas defensas. Tienes un sueldo el doble de alto que ellos, y sin embargo vives como si subsistieras con un sueldo mínimo. ¿Has visto tu coche? Vamos chico, un poco más antiguo y es en blanco y negro.
Su tono de voz cada vez se elevaba más. Cómo si no comprendiera que por no derrochar dinero ya sería alguien extraño, y aunque pudiera serlo, era cosa de él.
-Señor, ¿Sería tan amable de decirme cuál es el motivo de esta conversación?. Tengo un día de trabajo por delante que no quiero perder.
Lucas comenzaba a sentirse incómodo, no le agradaban las conversaciones tan largas, y aún le frustraba más que no fueran directos al motivo.
-Mira, aunque trabajas muy bien y eres parte importante de esta empresa, por diversos motivos me tengo que ver obligado a no depender de tus servicios.
-¿Qué está queriendo decir? -Se incorporó de la silla y miraba a su jefe con semblante serio. Estaba prestando atención a aquella conversación como nunca antes-. ¿Me estás despidiendo?.
-Últimamente nuestros activos han bajado mucho-Comenzó a excusarse-. La salida a bolsa tampoco nos está dando muchos resultados. El resto de la cúpula dirigente está de acuerdo en que podríamos cambiarte por otra persona más experimentada y que cobraría menos...
-Si es por dinero, bajarme el sueldo -Lucas comenzaba a perder la compostura, y en ese momento no le importaba-. Llevo aquí cinco años y desde mi llegada la empresa no sólo ha doblado la cantidad de clientes, sino que además los ataques e intentos de hackeos han bajado casi a cero. Nadie hasta mi llegada a sido capaz de romper las defensas que con tanto esfuerzo y tiempo he creado.
Aquel hombre, de cincuenta años, pelo canoso y de mirada fría, se sentía incómodo. Sabía que prescindir de Lucas podría significar una enorme vuelta atrás, pero la decisión había sido tomada.
-Lo siento mucho, sabes que no puedo hacer nada. Esta empresa no sólo la dirijo yo. Tenemos asociados, un comité directivo... Esto es lo mejor. Al menos un tiempo. Te prometo que se darán cuenta de su error y recapacitarán, pero hasta el momento agradecería que simplemente acates la decisión y esperes a que te llamemos de nuevo. Por supuesto podrás optar a las pagas del gobierno. Y si no quieres esperar yo personalmente te escribiré una carta de recomendación y hablaré con mis amigos. Son todos dueños de empresas, algunas hasta son mejores que estas que, en mi humilde opinión creció gracias a ti.
-Sus palabras de falso halago no significan nada. Esto no es por dinero o por decisiones. Es por envidia ¿verdad?. Siente envidia de que tenga más capacidad que toda su maldita empresa junta -dijo elevando la voz levemente-.Quiere seguir comprando casas, barcos, y más objetos materiales con el dinero que se ahorre por mi ausencia, que el día que se vaya al otro mundo, no le servirán de nada
La ira que sentía en ese momento le sacaban de sus casillas, pero tuvo la suficiente fuerza de voluntad para no gritar ni perder los estribos.
Salió del despacho de la forma más orgullosa que podía, intentaba tragarse todas las palabras hirientes y mal sonantes que quería gritar sobre todos, que allí plantados, le miraban, algunos sin saber que pasaba, otros con la palabra envidia pegada en la frente.
Lo sabía desde hacía tiempo. Su capacidad natural para destripar cada engranaje de la red global, su enorme habilidad de aprendizaje era algo que no pasaba inadvertido.
En las demás habitaciones, donde trabajaban sus "compañeros" hasta minutos antes, habían abierto las puertas, y todos le veían cruzar el pasillo hacia el ascensor. Ellos eran los primeros que no podían verle. Muchos superaban los treinta años, acercándose a los cuarenta, y no eran capaces de hacer la mitad de lo que él hacía sin cometer errores. Es humano la envidia, pues envidiamos aquello que queremos y no podemos obtener. Pero es una escusa muy fácil para ponerle algo de azúcar a una vida llena de sal. Sin esfuerzo nunca se conseguirá nada, y aquél al que le muestras tu envidia, consiguió lo que tiene gracias a sus esfuerzos.
Luego de recoger rápidamente sus pertenencias en su habitación de trabajo y llegar al coche, se sintió inútil, completamente vacío y sin nada que pudiera devolverle la cordura que sentía que iba perdiendo.
Su vida siempre había girado en una rutina casi automática, y ahora no sabía qué hacer, pues todas esas horas que le quedaban por delante, se suponía que las gastaría trabajando.
Allí se quedó sentado, sin arrancar el vehículo, durante lo que le parecieron horas, y resultaron ser tan solo quince minutos.
«cómo es el tiempo, siempre se mueve a la misma velocidad, pero lo sentimos diferente dependiendo de nuestro ánimo» pensó mientras se decidía a volver a casa. Allí ya pensaría que hacer, si buscar un nuevo trabajo, o esperar a que la empresa que le acababa de despedir colapsara por la ineptitud de los empleados que quedaban actualmente.
Tras pensar eso, una macabra idea le cruzó la mente. No iba a esperar a que otro hiciera lo que por derecho, debía hacer él; Atravesar las defensas que el mismo había creado, y demostrar cuanto le faltaban por mejorar. Se darían cuenta que sin él, no podrían seguir protegiendo los datos ni la seguridad de nadie, y volverían suplicando su regreso.
Aunque no era vengativo, necesitaba hacer una excepción en su vida, y con suerte, pues ni el despido había firmado aún, volvería como si nada hubiera pasado.
Y con esos pensamientos, y replanteando bien su estrategia, puso rumbo a casa, donde tendría largas horas de trabajo y planificación, lo que más le gustaba hacer.
Las horas siguientes se centró únicamente en preparar todo lo necesario para perpetuar su ataque; su ordenador portátil, y un pendrive que guardaba en su interior el programa que usaría.
Había trabajado en el durante años, pues era el responsable de asumir si era tan poderoso para romper las defensas y, de hacerlo, sabía que debía mejorar aún más el cortafuegos.
Sabía que en la versión actual, su virus no podría hacer nada pues días antes había creado una nueva barrera para impedir su acceso, por lo que estaba añadiendo nuevas funciones y códigos que le ayudasen en su cometido.
Sabía que no sería fácil, no solo iba a atacar lo que con tanto cariño había creado, sino que el riesgo era enorme; cualquier fallo significaría acabar posiblemente en la cárcel, y perder para siempre la oportunidad de que volvieran de rodillas suplicando su ayuda.
El reloj de muñeca, que como cada día, dejaba en la misma repisa de su dormitorio, marcaban las ocho de la noche. El cielo americano ese día amenazaba con una poderosa lluvia, aunque poco le importaba.
La hora siguiente la usó para sus rutinas diarias, pues a esa hora es cuando solía llegar a casa; limpiar a conciencia cada mancha y mota de polvo que encontraba, tomarse su segunda ducha del día, que se torna más larga que la de la mañana, y cenar algo ligero para que no sintiera pesadez en el estómago a la hora de dormir.
A las nueve en punto de la noche, con una hora por delante antes de ir a dormir como cada día, a las diez en punto, se puso manos a la obra y comenzó su recital de habilidad tecleando a una velocidad casi imposible de imaginar. Abría programas, los ejecutaba, y así estuvo durante diez minutos hasta tener todo preparado para el único intento que tendría.
La lluvia caía fuertemente en el momento que activó el ataque. Estaba absorto en la pantalla, corrigiendo o cambiando cualquier dato del programa a medida que avanzaba para evitar que fuera detectado.
Seria un proceso largo, pero confiaba ciegamente en su habilidad.
Media hora más tarde, había llegado al punto crítico; las últimas defensas que días antes había implementando.
Aún no habían detectado el intento de acceso, era una buena señal. Sin embargo no podía confiarse aún, pues estaba luchando contra él mismo. Un error sería fatal.
Siguió trabajando calculando cada paso, cada posible error, y se adelantaba a lo que pudiera pasar. Conocía muy bien lo que hacía, sabía hasta donde tenía que llegar para conseguirlo. Casi estaba hecho; en unos minutos la información privada de todos los clientes alrededor del mundo estarían en sus manos. No la usaría con ningún fin delictivo, solo demostraría cuan vulnerable se volverían sin él a partir de ese momento.
Se levantó de la silla del salón donde había estado trabajando, y se estiró aliviado. Sólo unos segundos. Había atravesado cada una de las barreras previstas... Todas salvo una.
El ordenador se quedó congelado. Todo lo que había avanzado se estaba perdiendo. Algo estaba provocando que saliera del sistema, y no podía teclear nada; se había quedado literalmente inmóvil ante el ataque de aquello.
Las cientos de línea de código que durante cinco años había estado creando en aquel pendrive desaparecían a gran velocidad. Estaban eliminando el programa y no podía evitarlo. Aunque sacara el pen de la ranura para romper la conexión, el programa ya estaba dentro de él.
No sabía cómo había sido posible. Él no había creado esa poderosa arma defensiva y sin embargo se hallaba ante «una obra de arte» que pudo burlar todo lo que había conseguido.
Sintiéndose derrotado, solo le quedaba mantener una mínima esperanza en que aquel programa destructor no hubiera conseguido adivinar la ubicación del ataque. Retiró el pen y desenchufo el equipo de la toma de corriente. Forzó el apagado del portátil y se derrumbó sobre la silla. Sabiéndose derrotado, no sabía cómo seguir con su vida a partir de aquel momento.
«tal vez fuera cierto que habría personas más preparadas que yo» pensaba en silencio.
A las diez en punto, se dirigió hacia la cama, pero esa noche sabía que no sería capaz de dormir; había fracasado en lo que se consideraba experto, y eso estaba hiriendo su orgullo.
La lluvia había decidido dar una pequeña tregua, sobre las dos de la mañana, cuando una llamada inesperada le sacó de su sueño. Sabía que su número estaba en el registro de personal de la empresa, por lo que preocupado pensó que se trataría del señor Norris para pedir explicaciones.
Miró aquel número desconocido durante unos segundos; no era de su antiguo jefe pues lo tenía agendado, por lo que, esperando que no hubiera sido localizado ya, cogió la llamada.
-Hola. ¿Eres Gabi, verdad?.
La voz de aquella mujer le resultaba muy familiar, y solo conocía a una persona que le llamaba así muchas veces de forma cariñosa.
-¿Karen? -Estaba incrédulo, molesto por aquella llamada que rompía su rutina de sueño-. Ya te dije que no estoy interesado en salir con nadie. Volveré a dormir y si es otro asunto, llámame mañana.
-¡Por favor no cuelgues!. -hablaba asustada, desesperada por poder comunicarse con alguien-. Estoy en problemas Gabi, por favor necesito que me ayudes.
Lucas nunca había tenido especial interés en los problemas ajenos. Simplemente hacia su vida y dejaba que el resto del mundo girase a su ritmo. Pero la voz tan suplicante de aquella mujer, de algún modo le hizo sentirse una vergüenza como hombre si le negaba la ayuda.
-¿Qué te ocurre? -preguntó sin interés ni curiosidad. Simplemente haría lo que tuviera que hacer y volvería a dormir.
-Estoy cerca de tu casa, no quiero seguir en la calle, estoy empapada y muerta de frío y miedo... ¿Podría pasar esta noche allí?. Te explicaré todo cuando llegue.
-Nunca ha entrado nadie en mi casa sin ser estrictamente necesario, y no creo que sea tan importante...
-¡Joder, Gabi, quieren matarme! ¡¿Acaso eso no es un motivo estrictamente necesario para ti?!
Durante un momento se quedó en silencio. Aquella mujer cuyos días en el trabajo solo intentaba conseguir la atención del joven, ahora parecía histérica, asustada y sin ningún control sobre su voz, que ya gritaba en una desesperación que Lucas jamás había oído en nadie.
-Está bien -aceptó de mala gana-. Pero si lo que me cuentes no me parece nada peligroso te irás.
-Vale, gracias, muchas gracias -Lloraba aliviada-. En un minuto estoy en tu piso.
Mientras esperaba a su llegada, una fugaz idea cruzó su mente. «¿Y si ya sabían lo que había hecho y Karen venía por orden de su jefe a buscar una confesión?». Le preocupó esa idea, hasta el límite de no abrir la puerta cuando llegara. Pero cambió de idea cuando la mujer llamó varias veces. Su voz al teléfono era demasiado real para haber sido producto de una farsa.
Consciente de que un error sería un gran caos en su vida, decidió abrir. Karen entró corriendo completamente mojada y exhausta.
-Gracias a Dios que abriste... Aquí estaré a salvo, seguro.
Hablaba a medida que con gran esfuerzo tomaba aire. Parecía que había estado corriendo durante mucho tiempo.
Como muestra de caballerosidad le cedió asiento, y un vaso de agua que vacío de un sorbo. Esperó a que la chica recuperase el aliento y luego preguntó:
-Cuéntame lo que ha pasado. Te brindo dos minutos de mi tiempo.
-Me metí en un lío. Hoy no fui a trabajar por qué tenía mucha fiebre, entonces al volver del hospital vi en un callejón cerca de mi casa, como dos hombres disparaban a otro. Salí corriendo por supuesto por qué me miraron, pero yo a ellos no les pude identificar. Admito que llamé a la policía, pero solo dije que había visto a una persona muerta, y tampoco les dije mi nombre.
-¿Hasta dónde quieres llegar con esto? -preguntó el joven impaciente por que fuera directa al grano.
-Hace una hora, me desperté al escuchar un ruido en la planta baja de mi casa, y al mirar había dos hombres con pistola en mano que comenzaron a disparar contra mí. Conseguí saltar por la ventana y, aunque me hice un poco de daño, creo que el miedo evitó que me matase. El caso es que aquellos tipos, tal vez pensaron que les podría reconocer y venían a por mi.
-¿Estás segura de eso? -Aunque a Lucas no le preocupaba mucho el mundo más allá de su propia vida, que una compañera de trabajo afirmase estar bajo pena de muerte no era algo que podía obviar.
-Uno era de piel morena y el otro era blanco, parecía ruso o algo así... Es lo único que pude ver esta noche. No sé si fueran los mismos, pero atando cabos no veo otra explicación.
-¿Y por qué no llamas a la policía?
-¿No te parece raro que en sólo unas horas hubieran adivinado donde vivo? Estoy segura de que si no hubiera llamado a la policía aún estaría durmiendo plácidamente.
-¿Estás queriendo decir que la policía dió tu dirección a esos asesinos?
-Estoy segura de ello. Aunque no di mis datos, llamé desde el teléfono fijo de casa, por lo que saben perfectamente quién soy.
-No me puedo imaginar algo así, simplemente habrán querido asegurarse de que no hablases y te buscaron.
-Sea lo que fuere ,Gabi, por favor... No me dejes a mi suerte. Déjame dormir aquí hoy. Mañana te prometo que iré a casa de mis padres y me esconderé allí. No viven en la ciudad por eso no pude ir hoy.
-Está bien... Me siento en la obligación moral de ofrecerte asilo ya que no puedo mandarte a la muerte, pero mañana a primera hora te marchas.
-¡Oh, gracias! -Se abalanzó sobre Lucas y le besó la mejilla repetidamente.
-Odio el contacto físico, por favor aparta -espetó de mala gana.
-Lo siento, no pude evitarlo. Mira, duermo en este sofá y a las siete me marcho.
-Lo primero será que te tomes una buena ducha y te cambies de ropa, o acabarás con un buen resfriado.
Agradecida y aliviada de no seguir bajo el frío cielo nocturno de new York, aceptó el ofrecimiento y se dirigió hacia la ducha.
Lucas le dio una de sus camisas y un pantalón vaquero que apenas usaba.
-Seguro que te queda grande, pero al menos no estás con la ropa mojada -decía desde el otro lado de la puerta-. Deja tu ropa en el cesto que tienes ahí y te la lavaré para mañana.
-Muchas gracias -respondió desde el otro lado mientras el sonido del agua chocaba contra su piel-.Eres un encanto de persona, por eso tienes a tantas enamoradas de tí.
Ignoró aquel cometario típico de la chica, y se dirigió a la cocina para preparar algo caliente. Toda su rutina estaba siendo destruida por la llegada de Karen, pero no podía ignorarla.
De reojo, observó el ordenador sobre la mesa y recordó el desagradable final que su intento de demostrar su capacidad había tenido.
Cuando Karen salió del baño, con la camisa apenas tapándole por debajo de la cintura, se acercó a Lucas con el pantalón en una mano y con la otra asegurándose que la toalla estuviera bien sujeta sobre su cabeza.
-Me queda muy grande, aunque casi medimos lo mismo, tú estás más fornido y grandote que yo -decía mientras paseaba su mano sobre el pecho del chico-. La camisa apenas me tapa, pero si eres tú, no me importa si quieres mirar.
La mirada de aquella chica, tan cargada de deseo, habría prendido a cualquier hombre, pero Lucas simplemente sentía que era incómodo que invadiera su espacio personal de aquella forma.
-Karen, ya he perdido mucho tiempo de sueño. Lavaré tu ropa y me iré a dormir. Tómate la bebida caliente que te preparé y duerme.
La chica, un poco enfurecida por la cantidad de veces que había sido rechazada, lanzó un bufido y se tendió en el sofá, tapándose con una manta que Lucas le había dejado allí, cerró los ojos y se olvidó de todo.
El sol apenas empezaba a salir cuando una sensación de peligro recorrió la espalda de una dormida Karen. Se incorporó lo más rápido que pudo y miró toda la estancia; no había nada extraño o fuera de lugar, solo un ordenador y un pendrive encima de él.
El miedo que había sentido hacia horas, le había despertado de su sueño, por lo que se levantó sin hacer ruido y sacó su ropa de la secadora. Se desnudó sin ningún pudor allí mientras alisaba rápidamente su ropa interior y se aseguraba que estuviera bien seca.
En ese momento fue cuando Lucas salió de su habitación, y la vio de espaldas completamente desnuda; su piel era blanca y muy bien cuidada, y se notaba que la chica se cuidaba y hacia ejercicio, pues tenía unos glúteos bien definidos. Sin embargo, no sentía nada.
-¿Es que acaso eres gay? -preguntó una dolida Karen mientras se giraba hacia él-. Estoy desnuda ante ti y siquiera parece que la sangre vaya a donde tiene que ir.
Se ofendió ante la falta de interés del chico, y rápidamente se vistió dándose de nuevo la vuelta.
-¿Acaso tendría que darte el placer de tener sexo cuando yo no tengo el menor interés? Eres preciosa Karen, eso no te lo niego. Búscate a otro hombre cuya sangre si vaya a donde tú quieres que baje.
Molesta, término de vestirse y sin mediar palabra se marchó cerrando de un portazo.
«Si llegan a matarme, te sentirás culpable por haberme dado calabazas de esta manera». Gritaba mientras bajaba las escaleras.
Frustrado por su pérdida rutinaria que cada día seguía a rajatabla, y molesto por la actuación de aquella chica que, más que agradecida, parecía que Lucas le debiese algo, miró su teléfono, accediendo a las noticias diarias mientras preparaba el café.
En la prensa no mencionaban nada extraño, o que pudieran referirse de algún modo a su actuación de anoche por lo que más tranquilo, y una vez había terminado su ducha y su habitual desayuno, se sentó en el sofá donde Karen había dormido, no sin antes colocarlo tres veces para que estuviera correcto, y pensó en como tomaría aquel día, y el resto de su vida ahora que tenía por delante doce horas en las que no estaba trabajando.
En aquellos momentos en los que se encontraba sumido en sus pensamientos, el teléfono pitó varias veces. Había recibido un mensaje del hombre que hasta el día anterior, había sido su jefe.
«Tenemos que hablar.
Aparcamiento del
Centro comercial
11:25 am».
Aquel mensaje puso en máxima alerta todos sus sentidos. Sabía que ya habría llegado a su despacho, y por ende, podría haberse enterado del intento de acceso no autorizado. Su mente cavilaba entre el ir y con orgullo confesar, o fingir el no haberlo leído y desaparecer por un tiempo.
Entre sus dudas, pensando en los miles de destinos posibles, se percató de que el pendrive que había dejado sobre el portátil ya no se encontraba allí. No había más explicación a aquello; Karen se lo había llevado, seguramente como venganza hacia él por no mostrar interés en un rato de sexo.
Enfadado por aquello, pero sin perder consciencia de todo el problema que podría causar que cayera en manos equivocadas, se dirigió a su coche, y arrancó con la esperanza de encontrarla antes que saliese de la ciudad.
El tráfico a aquella hora de la mañana no daba tregua a los impacientes; decenas de coches pasaban a duras penas entre el cruce que dividía las dos direcciones de la carretera en cuatro salidas más.
La rotonda en el centro, un enorme círculo de flores, cuyo destino más seguro sería acabar aplastadas por las ruedas del primer despistado que pasara por allí, ofrecía un esquema de color rojizo y amarillo. Salir del frío gris de la ciudad, y mirar aquellas flores, solía ser un placer para Lucas, aunque en ese momento apenas les prestaba atención.
Comprobaba mentalmente todos los sitios donde Karen pudiera estar; paradas de autobús, el metro, buscando un taxi, incluso el aeropuerto era una opción.
Al desconocer por completo dónde vivían los padres de Karen, no podía adivinar en qué lugar la encontraría. Sabía que no vivían en la ciudad, pero tal vez siquiera vivan en el país. El riesgo a buscarla y perderla era demasiado grande, por lo que tenía que delimitar su búsqueda al menor rango de espacio posible. Pensarlo era más fácil que hacerlo, al no tener una clara idea, solo daba vueltas con el vehículo entre las calles, esperando tener la suerte de su parte y encontrarla caminando.
Detuvo el coche en una pequeña calle rodeada de bellas casas con preciosos jardines bien cuidados. Aquella zona era una parte adinerada de la ciudad, por lo que dudaba que Karen hubiera pasado por aquel punto, pues no la llevaría hacía ningún lugar donde pudiera huir, acaso que ese no fuera su objetivo real.
El reloj del salpicadero marcaba las once en punto cuando Lucas llegó al aparcamiento del centro comercial situado a escasos cinco minutos a pie desde las oficinas. Aquella idea le hizo pensar; Si todo fue una trampa de Karen, era posible que estuviera con James y, si se quedaba a comprobarlo tal vez acabaría detenido.
El teléfono que tenía guardado en el bolsillo interno de la americana azul marino comenzó a sonar. Asustado miró el remitente; De nuevo, el número que aquella noche había llamado, Karen.
Sintiéndose estúpido por no recordar que podría localizarla fácilmente si tan solo llamaba una y otra vez hasta que respondiese, contestó a la llamada.
-Karen, ¿Dónde estás? Te has llevado algo peligroso y mío -recalcó esa palabra-. Por favor, devuélveme el pen.
-Gabi, estoy en la oficina. Recojo unas cosas y me voy -hablaba en voz baja, como si temiera ser oída-. Mira, olvidemos el pen por ahora, cuando he llegado me enteré que habías intentado piratear los servidores o no sé qué cosa de informáticos. El caso es que James te citó para que confieses. Aún no llamaron a la policía, pero ya que me has ayudado esta noche, y aunque sigo enojada contigo, te digo que si te quedas ahí hasta que el jefe llegue tendrás problemas.
La sangre de Lucas se helaba por momentos. Estaba siendo totalmente consciente de que sus esfuerzos habían sido en vano. Todo lo que había logrado en cinco años, lo tiró por tierra un desconocido con solo un día trabajando allí.
No quería acabar en la cárcel y mucho menos que todo el mundo sepa que el chico prodigio había fallado en algo así.
-Gracias por la información, pero necesito recuperar el pen.
-Te daré una dirección, es la casa de mis padres. Apúntalo en algún lugar y cuando consigas esconderte, ven a por él.
No estaba seguro de ir, sabía que tendría que sufrir de otro intento de Karen por tener alguna relación sexual, pero no podía olvidar el pendrive. Dentro estaba el programa destructor, y si era capaz de analizarlo hasta su base más profunda, sería capaz de completar su objetivo aunque ahora fuera un fugado de la ley.
Sin hablar nada más, arrancó el coche y salió sin destino fijo, solo quería estar lo más lejos posible de aquel lugar.
La antigua casa de sus padres, que compraron cuando emigraron de México en busca de un mejor futuro cuando el joven solo tenía dos años, estaba situada en un barrio conflictivo, pero tenía esperanza en que nadie lo buscaría allí mientras pensaba su siguiente paso. Debía salir de la ciudad, incluso del país.
La vivienda, cerrada por cuatro años, mostraba un aspecto de dejadez y olvido total. Sus paredes, grafiteadas y el pequeño jardín, del tamaño justo para aparcar un coche de tamaño mediano, estaba lleno de botellines de cerveza y jeringas que usarían los drogadictos de la zona para coger su colocón de sustancias no solo ilegales, sino destructoras para el cuerpo. No entendía como las personas se destruían a sí mismas bebiendo alcohol, fumando, o tomando drogas. Todo el mundo piensa que su hora jamás llegará, y hasta cierto punto, se sienten inmortales. Imaginan esos casos en las noticias y piensan, «a mí no me pasará».
Nadie está fuera del alcance de la fugaz y mortífera mano de la parca.
Aparcó el vehículo entre dos estrechas calles, un poco alejadas de la vivienda, de ese modo se aseguraba que no encontrasen el vehículo y dedujeran su paradero.
Una vez en la puerta principal, con notable esfuerzo, consiguió que la oxidada cerradura cediera con la presión de la llave y entró.
Aquella casa, hacía cuatro años, fue cerrada cuando sus padres murieron allí dentro. Unos vulgares ladrones en busca de dinero para su dosis diaria de estupefacientes fueron sorprendidos por ellos, y el miedo a que llamaran a la policía fue mayor que el sentido común; dispararon un total de siete veces cada uno, sellando el destino de sus padres, e invitando a la muerte a llevarse sus almas.
Sentía escalofríos allí dentro, pero no tenía otro sitio donde esconderse. Se aseguró que todos los accesos a la vivienda estuvieran cerrados, ya fueran las dos puertas que permitían entrar; una siendo la entrada principal, y la otra la puerta trasera, que daba a la cocina, y las ventanas de la planta baja y la superior.
Estaba nervioso, pasaban de las doce del mediodía por lo que James sabría que no se presentó, solo tendría que llamar a la policía y la ciudad entera se convertiría en un campo de supervivencia. Debía pensar rápido, James era un tipo poderoso con mucha influencia en las más altas cortes de la ciudad, y si quería, se terminaría pudriendo en la cárcel hasta el día de su muerte. No podía darle el placer de derrotarle en esta ocasión, aunque falló en su ataque, aún seguía libre, y acabaría escapando y completando su objetivo de venganza.
El primer paso que tomó fue apagar el teléfono y sacar la batería para evitar ser localizado por ese medio. Luego, cogió un amarillento papel y un bolígrafo y comenzó a escribir todo lo que debería llevar consigo, sin saber el destino que le esperaba hasta salir del país, no podía dejar nada a la suerte.
Varias horas más tarde, mientras escribía y corregía una y otra vez sus apuntes, maldiciendo la enorme cantidad de polvo que allí había, y reprimiendo sus deseos de limpiar a fondo cada rincón de la vivienda, se percató del sonido de un par de coches que habían parado en la pequeña carretera de la parte trasera. Rápidamente recogió el papel de la mesa y subió al piso superior, metiéndose en una de las habitaciones que daba a aquel lugar, para mirar por entre la espesa cortina, en busca de aquellos que allí pararon.
Dos hombres vestidos de negro bajaron de cada vehículo; su constitución física era muestra de estar preparados para partirle cualquier hueso del cuerpo antes de poder siquiera preguntar el motivo. Intuyó que, o eran peligrosos criminales al que debía dinero, «cosa que no era cierta», o federales.
Uno de ellos, de aspecto serio, miró directamente hacia el lugar donde se escondía, rápidamente se quitó de la ventana con el corazón en un puño, esperando que no le hubieran visto.
Los oía hablar, pero no era capaz de entender que estaban diciendo. Se acercó de nuevo a la ventana, pegando el odio todo lo que pudo para poder comprender quienes eran esas cuatro personas, y que querían de él.
Durante varios minutos, se mantuvo inmóvil, pero seguía sin oír nada, hasta que uno de ellos habló a través de un megáfono:
-Gabriel Lucas Mendoza, sabemos que te escondes en esta casa. Tenemos permiso para entrar y sacarte a la fuerza, pero te damos la oportunidad de salir por tu propio pie -Tras segundos de pausa añadió-. Soy el agente Erick Forbes, del FBI. Tienes un minuto para salir si no quieres que entremos por la fuerza, y eso no te gustará.
El tono de aquel hombre sonaba amenazante. El mismísimo FBI se había presentado en su casa, no tenía cómo escapar y, si no salía, podría acabar herido o incluso muerto.
No entendía como le habían localizado tan rápido, acaso que le hubieran estado siguiendo, no entendía como dieron tan rápido con aquel lugar, y aún más importante, que supieran que estaba allí sin ningún tipo de duda.
Su mente empezó a trabajar a una velocidad endiablada, tenía dos opciones; intentar huir y arriesgarse a acabar aún peor, o entregarse y contar con la suerte de poder librarse de algún modo... Cosa que sabía perfectamente no sería posible.
-Señor Gabriel Lucas, este es mi último aviso -Volvió a hablar aquel hombre-. Sal de una vez o nos veremos obligados a entrar a la fuerza y reducirle.
La gente empezaba a agolparse alrededor de la zona. Los vecinos cercanos miraban la escena sin entender que hacían en una casa vacía durante cuatro años. Las personas que iban de paso, giraban la cara para no cruzar mirada con ellos, pues tenían encima cosas por las que podrían ser detenidos durante años.
Sintiéndose derrotado, a sabiendas que huir sería imposible, descorrió la cortina y abrió de par en par la polvorienta ventana.
-No sé que quieren de mí -hablaba con la esperanza de que no albergaran pruebas suficientes para culparle-. Pero no opondré resistencia.
Con las manos en alto en señal de rendición, esperó a que dos de los agentes entraran en la casa. Ya no podía correr ni esconderse, pero no estaba todo terminado. Debía confiar en que su programa hiciera un buen trabajo y evitara que lo localizaran.
Esposado y dentro de uno de los dos coches negros que rápidamente salieron de la calle donde los curiosos hablaban y algunos reconocían a Lucas, seguía pensando en cada posible paso qué debería tomar; Si no tienen pruebas concluyentes, de nada les servirá intentar que confiese. Era su única baza, y no iba a dejarla escapar.
La pequeña sala de interrogatorio donde le habían sentado una hora antes, comenzaba a sentirse pesada y agobiante. Sabía perfectamente qué dejándolo solo allí durante tanto tiempo, esperaban que se derrumbara e hiciera más fácil el posterior proceso de interrogación.
En las películas, esas salas tienen un enorme cristal, donde desde el otro lado observaban todo lo que los sospechosos hablaban o hacían, sin embargo esa habitación era un único cubo con una puerta, una pequeña mesa de aluminio, y una silla del mismo material. Ni siquiera había una cámara de seguridad para observar el interior, cosa que le preocupó, pues podrían obligarle a confesar de formas claramente ilegales y muy dolorosas.
Treinta minutos más habían pasado, y aún nadie entraba en aquella habitación. Se encontraba dominado por el estrés y el efecto de claustrofobia se hacía más evidente a cada segundo. Sin poder mantenerse sentado, comenzó a dar vueltas por la habitación. Sabía que querían romper toda su capacidad de razonamiento, y debilitarlo mentalmente para conseguir su total colaboración. No pensaba rendirse por mucho tiempo que estuviera allí solo, sería capaz de refutar las pocas pruebas que tuvieran, o al menos eso esperaba.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por una persona que entró a paso calmado; era una mujer de unos veinticinco años, de un cabello rubio platino y duros ojos verdes que escaneaban al joven como si fuera una máquina de rayos X.
-Siéntate -ordenó con una fuerza en la voz que le hizo obedecer sin apenas darse cuenta.
-¿Por qué estoy aquí? -preguntó con la mayor inocencia en la voz de la que fue capaz debido a su estado físico y mental actual-. Llevo casi dos horas aquí encerrado y no sé la razón.
La chica, de pie al otro lado de la mesa, sostenía una carpeta marrón en una mano y la otra apoyada firmemente en la fría superficie de aluminio.
-No tengo ganas de escuchar escusas, ni falsos cuentos chinos. Anoche lanzaste un ataque cibernético a la empresa en la que trabajabas hasta ése mismo día -decía mientras soltaba sobre la mesa la carpeta-. Aquí dentro están todos los datos obtenidos por el programa de defensa al cuál no pudiste evitar. Admito que fue una hazaña increíble, pero puesto que tú mismo la habías creado, no sería difícil. Sin embargo, una última actualización llegó cuando tú sustituto dedujo que la fragilidad de dicho cortafuegos podría ser enorme, dado que si el creador fue despedido, podría hacer cosas terribles como venganza.
Lucas escuchaba en silencio. Se sentía un idiota cuya ira consiguió darle la razón a aquella persona que ahora, estaría recibiendo vítores y alabanzas de sus antiguos compañeros de trabajo.
Sin siquiera pedir permiso, abrió la carpeta esperando encontrar alguna laguna donde poder escapar, pero lo que vió le dejó sin palabras; aquél nuevo programa que había conseguido pararle, había obtenido todo de Lucas, desde una copia exacta del programa utilizado hasta toda la información de su disco duro. Absolutamente todo lo que escondía en su portátil, su dirección, y la dirección IP entre muchos más datos, se encontraban ante él. Si Lucas hasta ese momento pensaba que era un prodigio en el campo de la informática, esa persona desconocida le hizo ver que no era más que una mosca atacando a un fiero león.
-¿Qué me va a pasar? -preguntó sereno, sabía que no tenía salvación, pero no quería darle a aquella mujer el lujo de sentirse superior.
-El señor Norris tiene muchos contactos, entre ellos jueces. Quiso darte la oportunidad de explicarte pero no apareciste a la cita, y eso le enojó mucho. Así que... Yo calculo como mínimo unos veinte años de cárcel.
-¿¡Veinte años¡? -No podía dar crédito a lo que el joven estaba oyendo-. ¿¡Qué clase de justicia corrupta es ésta!?
La chica sonrió maliciosamente, y se marchó sin esperar una confesión oficial. No le hacía falta, tenían el poder para hacer lo que quisieran. Sabía que a partir de ese momento su vida se convertiría en un infierno, y no estaba preparado para ello.
Los dos días siguientes, estuvo recluido en una celda de las oficinas del FBI a la espera de su traslado a prisión hasta el día del juicio. Una simple cama cuyo colchón, apenas visible por el mínimo grosor que tenía y un inodoro donde no quería acercarse aunque le estallara la vejiga.
El lugar olía a polvo y humedad, y todas sus manías compulsivas y sus rutinas que a rajatabla debía seguir, gritaban en su mente por la necesidad de seguir con su vida cotidiana. Sabiendo que ya no podría ser el mismo, solo le esperaba ser capaz de cambiar, o acabaría muy mal.
Al tercer día, el cambio de guardia en los calabozos le hizo saber que ya había amanecido. Sin ventanas ni ningún tipo de contacto con el exterior o algún reloj, la única forma de no volverse completamente loco era observar a los guardias para tener una conciencia del tiempo.
El guardia, un hombre regordete y con poblado bigote, se acercó a la celda de Lucas, y apenas sin ganas, habló:
-Quieren hablar contigo para algo importante, levántate.
Abrió la puerta, le esposó, y le guío por los pasillos hacia la misma sala donde tres días atrás había sido interrogado.
-¿Por qué estoy aquí otra vez? -preguntó nervioso. No quería pasar otras dos horas solo. Era peor castigo que la celda.
El guardia no respondió, le metió dentro y sin quitarle las esposas, salió del cuarto cerrando de un portazo. No sabía que querían de él, si una declaración o confesión, o simplemente torturarlo mentalmente hasta que no pudiera mantener la cordura. Sin saber que le iba a deparar las horas venideras, se centró en esperar cerrando los ojos, entrando a un mundo donde no pudiera sentirse encerrado y prisionero.
Lejos de todo pronóstico, no necesitó ni cinco minutos luchando contra aquél confinamiento. La mujer que días antes había conocido en esa misma sala, a entrar con la misma mirada arrogante y gesto serio.
-¿Por qué estoy aquí de nuevo? -preguntó intentando conseguir el dominio de la conversación-. Llevo tres días encerrado en ese maldito habitáculo, sin poder asearme ni lavarme los dientes, y sobre todo, comiendo comida de calidad dudosa.
-Cierra la boca o te la cierro yo -Hablaba despacio, apretando los dientes a cada palabra. Estaba muy furiosa, y fue suficiente para que Lucas sintiera que había sido derrotado de nuevo.
Tomó otra pequeña silla apoyada en un rincón de la habitación de la que no se había percatado antes, Y puso frente a Lucas al otro lado de la mesa, mirándole fijamente, era posible que intentara buscar algún motivo para golpearlo, o que no sabía cómo abordar el tema de la conversación.
-Vas a estar en la sombra muchos años -Comenzó a hablar sin apartar la vista del joven-. No va a ser agradable. Seguramente acaben violándote, y usando tu maldito culo como recolector de semen. Desearás morir antes del primer año de condena... Eso es, claro, si les interesaras como putita. Tal vez solo quieran hacerte la vida imposible, te torturarán, te harán sentir un maldito infierno cada día que pases allí, hasta que llegue el día que algún preso burle la seguridad de los guardas y te clave un puto cepillo de dientes en la garganta. Será una muerte lenta y dolorosa, ya lo creo.
Los ojos se le iluminaban con una irá propia de una asesina hablando de sus trabajos. Lucas estaba al borde de un ataque de ansiedad. La vida en la cárcel no pintaba precisamente placentera, pero había cometido un error y ahora debería pagarlo.
-No sé qué quieres de mí, ¿Acaso me acusan de algo tan grave como para desearme una muerte así?. Me da igual lo amigo que sean de ese maldito viejo de James, que lo único que sabe hacer es gastarse dinero en la bruja de su mujer para intentar mantener el cuento de qué son un matrimonio feliz.
-Me da igual si lo que hiciste fue grave o no... Pero no soporto a la gentuza que no respeta la ley, y si es necesario pagarles con su misma moneda no tengo el menor problema -Tras una pausa siguió hablando-. Sin embargo, aún hay una forma de que te libres de la cárcel.
El odio en su voz expresaba el poco interés de aquella mujer en que pudiera salvarse, pero si tenía una oportunidad no iba a dejarla pasar.
-¿Qué forma es esa?
Tras su pregunta, otra persona entró en la habitación, y con un gesto de cabeza hizo que la chica se marchara sin ninguna pregunta. Si ella tenía una fuerza de intimidación enorme, aquel hombre la superaba con creces.
De cabello negro, algo largo que le caía hacia atrás, menos un par de mechones que caían sobre su rostro, y mirada impenetrable y amenazante, ese hombre debería ser un alto cargo.
Se sentó en la silla que ahora quedaba vacía, y rascando su barba bien perfilada y cuidada, dirigió su mirada grisácea al joven. Aquella conversación decidiría el destino de Lucas de evitar la cárcel, pero cada vez estaba más seguro de que la alternativa no iba a ser agradable.
-Mi nombre es Jake Arrow -Se presentó con una inesperada sonrisa en su rostro, que parecía más amable que segundos antes-. Disculpa el comportamiento de Úrsula, tuvo ciertos problemas y la convirtieron en una desquiciada.
-No es razón para que me trate peor que a aún terrorista, señor -Más calmado, volvió a su tono de voz habitual.
-Lo sé, lo sé -Se disculpó-. Pero sí está claro que ese viejo amargado tiene mucho poder dentro de la organización. Quiere hacerte pagar por lo que hiciste, pues se cree el dueño de todo lo que le rodea.
A medida que aquel hombre hablaba, Lucas no podía dar crédito a lo que decía; pareciese que se burlaba del señor Norris o que no le tuviera el más mínimo aprecio.
-Si tanto poder tiene aquí, ¿No sería imposible llegar a un trato?
-No tiene poder, tiene amigos... Más que amigos simplemente se hacen favores mutuamente. En esta sociedad en la que vivimos, aquellos que están en las más altas cumbres, políticos, embajadores, reyes... Todos tienen secretos. Muchos de ellos, serian suficientes para acabar en la cárcel, pero vivimos en un mundo corrupto dominado por el dinero donde el que tiene, siempre acabará librándose de todo. James le brinda protección especial a esos datos, a cambio de favores y una buena cantidad de dinero.
-Y sin embargo, ¿Me estás queriendo decir que la razón por la que estás aquí ahora, es por qué hay algo aún más importante? Lo suficiente al menos para ignorar las peticiones de James.
-Eres muy listo chico, tenían razón al llamarte genio -Sonreía amablemente-. Entre tú y yo, no veo tan grave tu intento de venganza, pero necesitamos hacerte está proposición por qué librarnos de este problema es más importante que estar aquí acusándote de todo lo que se le ocurra al viejo.
-Señor Arrow, disculpe mi prisa, pero quiero salir de aquí ya. ¿Podría decirme qué me proponen?
-¿Conoces a Baltazar Ivanov? -preguntó sin perder la seriedad en su mirada.
-Claro que le conozco -respondió tras un estremecimiento repentino al pensar en él-. Es hijo producto de una violación. Su madre era mexicana, su padre ruso. Según sé, cuando cumplió los quince años abandonó México y llegó a Rusia, donde mató al hombre que violó a su madre. Y a día de hoy es un criminal con cientos de acusaciones que luego no se pueden demostrar; asesinatos, extorsión, venta de drogas, trata de blancas...
-Así es. Es el líder de una banda criminal, y el más buscado en medio mundo. Siempre se está moviendo, y toda prueba que podemos conseguir acaba desapareciendo. Por eso te necesitamos a ti.
-¿Y qué se supone que debo hacer yo? -indagó, preocupándose por la idea que le venía a la mente.
-Es evidente que eres mexicano, y eres casi idéntico a su hijo al que hace cinco años que no ve. Hace tres días encontraron su cadáver. Estaba dispuesto a colaborar pues no le gustaba la vida que su padre llevaba. Sé qué está muerto, pero no hay indicios de que haya sido obra de Baltazar o sus hombres -Añadió al ver la cara del chico-. Tú misión será infiltrarte haciéndote pasar por él, y desde dentro conseguir todas las pruebas necesarias para arrestarlos. Al ser un experto en informática, te resultará mucho más fácil.
-¿¡Estáis locos!?. No pienso meterme en casa de un criminal como él. Su hijo iba a confesar y lo asesinan, ¿Enserio piensas que fue coincidencia?
-Al parecer fue un simple accidente. Iba borracho en el coche y se salió de la vía. No puedo obligarte, pero si consigues que sea detenido, miles de mujeres quedarán en libertad de nuevo. Muchas personas que viven bajo el yugo de su poder, podrán descansar al fin... No es sólo a ti mismo a quien ayudarás al evitar la cárcel, sino a muchas más personas inocentes cuyo destino les puso bajo las manos del hombre equivocado.
-Hace unos días, mataron a un hombre en un callejón... -habló Lucas al recordar el incidente con Karen-. ¿Apareció en estos días el cadáver de alguna mujer pelirroja, de pelo rizado y unos treinta años?
La imagen de Karen llorando por teléfono al pensar que su vida corría peligro, y la confesión de ésta al decir sobre los intrusos en su casa, le vino a la mente cómo un aviso de que algo iría mal.
-Si hubo un asesinato, es más, perpetrado por los hombres de Baltazar, no sabemos dónde se esconden, pero no hemos hallado a nadie con esa descripción en los días siguientes ¿Por qué? -respondió intrigado el agente.
-Por nada... Necesito pensar. No puedo tomar una decisión tan absurda en unos segundos.
-Te damos tres días. Puedes volver a tu casa ese tiempo, pero si intentas huir no solo romperán el trato, sino que te encerrarán de por vida. Y yo no puedo hacer nada para ayudarte en eso -advirtió el agente.
-Está bien, gracias.
-Otra cosa, no hables a nadie de esta conversación. Sabemos que en la cartera de Baltazar hay policías, y gente importante. Cualquier error te costará la vida, y el finalizar la misión -ordenó Jake con su mirada clavada en el chico.
-Está bien... Por ahora solo necesito volver a casa -respondió Lucas incómodo por la mirada del agente.
Finalizada la conversación, el agente Jake se ofreció a llevar al joven a casa. Este aceptó pues no quería caminar oliendo tán mal como olía. El cielo se había vuelto grisáceo. Aquella mañana de abril amenazaba de nuevo con una fuerte lluvia, pero ya no le importaba eso; lo único que deseaba en ese momento era dormir durante horas, sin pensar siquiera en sus hábitos de rutinas diarios.
Mirando aquel cielo, los ojos le iban pesando más y más, hasta que el sueño se apoderó de su cuerpo.