Las puertas de hierro del Centro Penitenciario Blackwater
se cerraron con un estruendo metálico a espaldas de Ravyn Hawkins por última vez en su vida, pero el sonido no le trajo el alivio que alguna vez imaginó. Más bien, la hizo sentirse fuera de lugar.
Después de todo... tras cinco años en prisión, había aprendido que la libertad era otro tipo de jaula, solo que con barrotes más bonitos.
Un elegante sedán negro estaba estacionado al otro lado de las puertas de la prisión, y el mayordomo que salió de él llevaba el mismo uniforme inmaculado que ella recordaba de su infancia, aunque ahora tenía el pelo completamente plateado.
Se le acercó con el semblante inexpresivo.
"Señorita Ravyn", empezó en un tono carente de la calidez que ella alguna vez habría esperado, antes de hacer una ligera reverencia. "Debo escoltarla a casa".
Casa. Ravyn encontró esa palabra extraña, pero asintió en silencio, aferrándose con fuerza a la pequeña bolsa de plástico que contenía sus escasas pertenencias: una muda de ropa, una fotografía de sus hijos, secreto que se llevaría a la tumba antes de que su familia se enterara, y el gastado libro de bolsillo que la había mantenido cuerda durante los meses más oscuros.
Se deslizó en el asiento trasero sin decir una palabra, notando cómo los ojos del mayordomo nunca se cruzaban del todo con los suyos en el espejo retrovisor.
Cuando el sedán atravesó las puertas de hierro forjado de la propiedad de los Hawkins, Ravyn no pudo evitar que se le cortara la respiración.
El mayordomo la guio por la entrada de los sirvientes, una pequeña humillación que no pasó desapercibida para ninguno de los dos. Ravyn sabía que, después de todo, sus padres biológicos le habían ordenado al mayordomo que la tratara como a una simple sirvienta. El mayordomo la guio por los pasillos llenos de generaciones de retratos familiares que databan de hacía un siglo.
Cuando finalmente llegaron al comedor, donde Ravyn podía escuchar el murmullo de una conversación y el tintineo de los cubiertos contra los platos, pudo ver a todos sus parientes sentados alrededor de la mesa de caoba, como la imagen de una familia perfecta sin grietas ni oscuros secretos inconfesables. Levantaron la vista cuando ella entró, y por un momento, el tiempo pareció suspenderse.
Garret Hawkins estaba sentado a la cabecera de la mesa, con un traje que probablemente costaba más de lo que la mayoría de la gente ganaba en un año. Su padre biológico: el hombre cuya sangre corría por sus venas pero que nunca la había reclamado como nada más que una obligación.
A su lado, Leonor, su madre solo por ADN, mantenía la compostura con gracia, mirándola únicamente con desprecio y desdén.
Nathan, su hermano mayor, estaba reclinando en su silla, con el aire de un hombre que nunca había dudado de su lugar en el mundo.
Jeremy, el hijo de en medio y el chico de oro de la familia, se sentó más erguido en su silla. A sus veintiocho años, siempre había sido el más ansioso por complacer a sus padres, el que seguía cada regla y superaba todas las expectativas. En su rostro había rastros de culpa, que lograba enmascarar bajo el disgusto que sentía por ella.
Y allí, en el lugar de honor a la derecha de su madre, se encontraba Aspen. La chica que le había robado la vida y era la favorita de todos en la familia.
"Ravyn". La voz de su padre cortó el silencio como una cuchilla. "Te ves... diferente".
"Señor Hawkins", respondió ella, sin que su rostro delatara nada de las verdaderas emociones que sentía por dentro.
Un destello de sorpresa o decepción cruzó por el rostro del hombre ante el trato tan formal. Leonor apretó los labios de forma casi imperceptible, la única señal de que la distancia en el saludo de Ravyn había surtido efecto.
"Por favor", dijo, señalando una silla vacía en el extremo más alejado de la mesa, lo más lejos posible de la familia, aunque técnicamente aún formaba parte de ella.
"Siéntate. María te traerá algo de comer".
Ravyn tomó su lugar asignado sin quejarse, notando que le habían puesto la vajilla de segunda categoría; incluso en su primer día de regreso, no podían evitar tratarla con crueldad.
La conversación se reanudó a su alrededor como si ella fuera un mueble. Nathan y Jeremy discutían mientras Leonor y Aspen hablaban sobre las próximas galas benéficas y viajes de compras.
Mientras tanto, Ravyn comió la sencilla comida que María puso ante ella, que también distaba mucho del elaborado banquete que el resto de la familia disfrutaba, y escuchó su conversación, poniéndose al día con todo lo que desconocía.
La antigua Ravyn habría intentado unirse a la conversación, desesperada por cualquier migaja de afecto, perdiendo la dignidad en el intento, pero las cosas habían cambiado.
"Se te preparó la habitación del sótano", anunció Leonor durante una pausa en la conversación, sin molestarse siquiera en mirar a Ravyn. "María te mostrará dónde está todo".
"Gracias, señora Hawkins", dijo ella, y esta vez Leonor detuvo la mano a medio camino de su copa de vino.
El trato formal quedó suspendido en el aire entre ellas y Ravyn sonrió con suavidad para sí misma, sabiendo que si Leonor decía algo al respecto, significaría que su decisión de tratarlos como extraños los estaba lastimando.
Después de la cena, la joven siguió a María por los pasillos hasta una puerta que nunca había notado cuando era niña.
La habitación del sótano era pequeña pero estaba limpia, amueblada con lo básico: una cama individual, una cómoda estrecha y un pequeño escritorio debajo de una ventana a ras de suelo. Olía levemente a productos de limpieza y a desuso.
"Siento que no sea mucho, señorita", susurró María, alisando con sus manos curtidas la sencilla colcha con energía nerviosa, sin atreverse a mirarla a los ojos.
"Intenté hacerla cómoda".
"Es perfecta", respondió Ravyn, y lo decía en serio. Después de una celda de prisión, esto se sentía como un lujo para ella: sin compañeras de cuarto, sin torturas programadas. "Gracias por su amabilidad".
A María se le llenaron los ojos de lágrimas y apretó la mano de Ravyn levenemente, antes de alejarse a toda prisa.
Apenas había terminado de desempacar sus escasas pertenencias cuando escuchó pasos acercándose y se dio la vuelta para ver a Jeremy en la puerta, luciendo agitado. Tenía el cabello despeinado, la corbata aflojada y el rostro enrojecido por lo que parecía ser una mezcla de vino y frustración.
"Hay una fiesta mañana por la noche en la casa del abuelo", comenzó él, apoyándose contra el marco de la puerta como si fuera dueño no solo de la casa, sino de su misma existencia.
"La historia familiar es que has estado en el extranjero todos estos años: estudiando en Europa, viajando, encontrándote a ti misma. Cualquier estupidez que suene creíble. Bajo ninguna circunstancia dejarás que piensen otra cosa. ¿Me entiendes?".
Ravyn emitió un pequeño sonido de reconocimiento; no era acuerdo, ni sumisión. Era más bien para indicar que lo había escuchado.
La respuesta evasiva rompió cualquier moderación que Jeremy hubiera mantenido.
Su rostro se oscureció, y antes de que Ravyn pudiera reaccionar, le dio una bofetada que le partió el labio, dejándole el sabor a sangre en la boca.
"Cuando te hablo, respondes como es debido", gruñó él, con la voz áspera por una emoción que ella no pudo identificar.
"No soy un guardia de prisión al que puedas ignorar. Soy tu hermano, y me mostrarás el respeto que merezco".
Ravyn giró lentamente la cabeza para volver a mirarlo, y levantó la mano para tocarse el punto ardiente en su mejilla. No lo miró mientras hablaba.
"Me disculpo, amo Jeremy. No volverá a suceder".
"Yo... tú...". A él le costó trabajo encontrar las palabras, claramente desprevenido ante su total distanciamiento emocional. "Maldita sea, Ravyn. ¿Por qué actúas así? ¿Como si ni siquiera me conocieras?".
'Porque no te conozco', pensó ella pero no lo dijo. El Jeremy que alguna vez había conocido había muerto el día en que ayudó a incriminarla por asesinato. Este hombre con su rostro era un extraño que casualmente compartía su sangre.
"Entiendo mi lugar, amo Jeremy", dijo ella en su lugar. "No causaré ningún problema".
Él no tuvo tiempo de responder. Aspen apareció al pie de la escalera, con un aspecto inocente para cualquiera lo bastante crédulo como para verla como un ángel.
"Jeremy, ¿qué está pasando aquí abajo?".
"Escuché voces altas y pensé... ¡oh!". Soltó un jadeo teatral al notar la marca roja en la mejilla de Ravyn. "¿Qué pasó? ¿Estás lastimada?".
Se apresuró a acercarse con una gracia ensayada, y extendió la mano como si fuera a examinar la herida. Ravyn retrocedió con suavidad, evitando el contacto sin que pareciera deliberado.
"Estoy bien", dijo simplemente la chica.
"Oh, Ravyn, te he extrañado muchísimo", dijo Aspen, con la voz temblando de falsa emoción. "Estos años sin ti han sido muy duros. Mantenía la esperanza de que escribieras, o llamaras, o... algo. Sé que las cosas fueron difíciles antes de que te fueras, pero siempre te consideré mi hermana, sin importar lo que dijeran los demás".
"Es muy amable de su parte decir eso, señorita Aspen", respondió Ravyn, con un tono neutral y educado.
El trato formal tuvo el efecto deseado. La usurpadora perdió la compostura por un instante, revelando un destello de furia que cubrió rápidamente con una mirada de confusión herida.
"¿Señorita Aspen?", repitió ella, y su voz se quebró ligeramente. "Ravyn, ¿por qué eres tan fría? Somos familia".
"Tal vez", continuó Aspen, acercándose a pesar del evidente deseo de distancia de Ravyn. "¿Podríamos hablar en privado? ¿De hermana a hermana? Siento que tenemos mucho de qué ponernos al día".
"No creo que sea necesario", dijo Ravyn con calma. "Estoy bastante cansada por el viaje".
"Por supuesto", dijo la otra en voz baja, enmascarando su ira bajo una fachada de abatimiento.
"Debes estar exhausta. Podemos hablar mañana, antes de la fiesta. Tengo tantas cosas que quiero compartir contigo. Yo solo... espero que puedas perdonarme por cualquier cosa que creas que he hecho mal. Nunca quise que fuéramos unas extrañas".
Con eso, se dio la vuelta y se alejó mientras Jeremy se quedaba un momento más, con expresión contrariada.
"La fiesta es a las siete", dijo él finalmente. "No nos hagas quedar mal".
Luego él también se fue, dejando a Ravyn sola en su santuario del sótano.
A la mañana siguiente, la cocina ya estaba llena de actividad cuando Ravyn llegó.
La conversación se interrumpió en el instante en que apareció en la puerta, y seis pares de ojos se volvieron hacia ella con sorpresa.
"¡Señorita Ravyn!", jadeó María, casi dejando caer la bandeja de plata que había estado puliendo por la impresión, recuperándose finalmente tras el impacto inicial. "No debería estar aquí abajo".
Las otras sirvientas inclinaron la cabeza de inmediato, saludando a la hija biológica de la familia Hawkins, un título que Aspen estaba desesperada por poseer. Pero Ravyn levantó la mano, deteniéndolas a mitad del movimiento.
"Por favor, no lo hagan", dijo en voz baja. "Ya no hay necesidad de eso".
Las mujeres intercambiaron miradas inseguras. Elena, la sirvienta más joven que no podía tener más de veinte años, parecía particularmente confundida sobre lo que estaba pasando.
Probablemente había sido contratada después del encarcelamiento de Ravyn y solo sabía de ella por susurros, susurros que la pintaban como una hija en desgracia que había avergonzado el apellido Hawkins.
"Pero señorita", empezó María con vacilación. "Usted es de la familia...".
"No soy nadie especial", la interrumpió Ravyn, negando suavemente con la cabeza. Luego añadió: "Solo una persona más en esta casa".
Se acercó a la gran mesa de madera, donde vio las comidas que las sirvientas habían preparado para sí mismas; al lado estaban los platos elaborados y costosos ya servidos para la familia.
Sin dudarlo, Ravyn se dirigió hacia las comidas más sencillas. Se lavó las manos en el pequeño fregadero designado para el uso del personal, consciente de que todos los ojos en la cocina observaban sus movimientos.
Le dio un pequeño mordisco a la bola de arroz y cerró los ojos brevemente en señal de aprecio.
"Está delicioso", le dijo a Rosa, la cocinera que lo había preparado con una sonrisa en el rostro. "Está condimentado a la perfección".
Rosa, una mujer de unos cincuenta años que había trabajado para la familia Hawkins durante más de dos décadas, la miró con los ojos muy abiertos. En todos sus años de servicio, ningún miembro de la familia había elogiado jamás su cocina, al menos, no directamente en su cara.
Las otras sirvientas comenzaron a relajarse lentamente, al ver que Ravyn era humilde y le gustaba pasar el rato con ellas en lugar de estar al frente con su familia.
Iba por la mitad de su segunda bola de arroz cuando la puerta de la cocina se abrió y apareció el mayordomo, Harrison.
"Señorita Ravyn", dijo formalmente. "La familia la espera en el comedor".
Ravyn asintió en reconocimiento, pero no hizo ningún movimiento inmediato para irse.
"Gracias, Harrison. Por favor, hágales saber que iré en breve".
"Debería ir", susurró María con urgencia. "No les gusta que los hagan esperar".
"Estoy segura de que no", respondió Ravyn con calma, dándole otro mordisco a su bola de arroz. "Pero no he terminado de comer".
Podía sentir cómo la ansiedad del personal aumentaba con cada minuto que pasaba.
Elena no dejaba de mirar hacia la puerta como si esperara que la familia irrumpiera en cualquier momento. Rosa se retorcía las manos con nerviosismo, dividida entre su genuino afecto por Ravyn y su miedo a disgustar a sus empleadores.
Thomas le ofreció un tazón pequeño de la sopa de verduras que había estado comiendo.
Ravyn lo aceptó con una cálida sonrisa. "¿Qué tiene esto? Huele de maravilla".
"Solo zanahorias, cebollas y papas", dijo Rosa rápidamente. "Nada elegante. Puedo prepararle algo mejor si...".
"Esto es perfecto", la interrumpió la joven, probando el sencillo platillo.
Estaba saboreando la calidez de la sopa cuando la puerta de la cocina se abrió de golpe con la fuerza suficiente para hacer temblar las bisagras. Toda la familia estaba en el umbral: Nathan a la cabeza, con el rostro ensombrecido por la furia, seguido por Jeremy, Leonor, Garret y Aspen. El personal se puso de pie de un salto de inmediato, haciendo profundas reverencias y alejándose de la mesa.
Ravyn permaneció sentada, con la cuchara a medio camino de sus labios. Miró a su familia con la misma expresión tranquila que había mostrado la noche anterior, como si su evidente enojo no tuviera ninguna importancia para ella.
"¿Qué crees que estás haciendo?", chilló Nathan con una voz peligrosamente baja.
Ravyn terminó su cucharada de sopa antes de responder. "Desayunando".
"En las dependencias del servicio", añadió Leonor, con la voz afilada por la desaprobación. "Como una cualquiera... como si no pertenecieras a esta familia".
"La pertenencia", comenzó Ravyn, pensativo. Dejó su cuchara y remató: "Se gana, señora Hawkins. No se reclama".
El trato formal volvió a dar en el blanco. Leonor se sonrojó. Garret dio un paso al frente; su compostura de hombre de negocios se resquebrajó un poco.
"Eres nuestra hija", dijo con firmeza. "Sangre de nuestra sangre. Este comportamiento es inaceptable y nos deja mal a todos nosotros".
Ravyn soltó una risa suave y carente por completo de humor. "¿Su hija? Ayer me asignaron al sótano y me hicieron comer sola en el extremo más alejado de su mesa como a una extraña. ¿Hoy se oponen cuando elijo comer con personas que realmente agradecen mi presencia?".
"¿¡Cómo te atreves a hablarle así a papá!?", gruñó Jeremy, dando un paso al frente de forma agresiva. "Después de todo lo que esta familia ha hecho por ti...".
"¿Todo lo que han hecho por mí?". La voz de Ravyn se mantuvo serena, pero algo en su tono hizo que Jeremy se detuviera a mitad de camino. "Por favor, joven amo Jeremy, ilumíneme. ¿Qué han hecho exactamente por mí?".
"Basta de estas tonterías", dijo Nathan. "¿Quieres actuar como si no pertenecieras a esta familia? Bien".
Con un violento movimiento de su brazo, hizo volar el tazón de Ravyn. La sopa salpicó por todo el suelo, y los fragmentos de cerámica se esparcieron en todas direcciones. El personal jadeó y se apretó aún más contra las paredes, claramente aterrorizado de quedar atrapado en el fuego cruzado.
Nathan se inclinó hasta que su rostro quedó a centímetros del de Ravyn, bajando la voz a un susurro que de alguna manera transmitía más amenaza de lo que habrían hecho los gritos. "Si no te consideras mejor que la servidumbre, entonces puedes comer como ellos. Del suelo, como el animal que has elegido ser".
La cocina quedó en un silencio sepulcral. Incluso Aspen, que había estado observando la escena con una satisfacción apenas disimulada, parecía sorprendida por la crueldad de su hermano. El personal se veía horrorizado; varias de las sirvientas se cubrieron la boca para sofocar jadeos de consternación.
Ravyn miró el desastre en el suelo, la sopa derramada, la cerámica rota, las verduras esparcidas, y luego levantó la vista hacia el rostro expectante de Nathan. Podía ver lo que él quería: que ella se derrumbara, que llorara, que suplicara perdón y prometiera ser la hija agradecida y sumisa que esperaban que fuera.
En cambio, se puso de pie lentamente y caminó hacia donde había caído el trozo más grande de zanahoria. Sin dudarlo, se arrodilló y lo recogió, quitándole un pequeño trozo de cerámica antes de darle un mordisco deliberado. La verdura aún estaba caliente, aún condimentada con el toque cuidadoso de Rosa.
"Delicioso", dijo, mirando a Nathan con una sonrisa serena. "Rosa, realmente eres una cocinera excelente".
El color desapareció del rostro de Nathan mientras Ravyn seguía comiendo, hurgando en la sopa sin ninguna mirada de dolor ni enojo en su rostro. Sus acciones horrorizaban a su familia.
"Esto es una locura", susurró Leonor. "Ha perdido la cabeza".
"Las zanahorias están particularmente buenas", continuó Ravyn, ignorando a la familia Hawkins y dirigiéndose directamente a Rosa. "¿Las cultivaste en el jardín, Thomas?".
Thomas, con aspecto de querer desaparecer por completo, logró asentir débilmente. "Sí, señorita. En la parcela sur".
"Puedo notar la diferencia que hacen las verduras frescas", dijo Ravyn, dándole otro mordisco. "Mucho mejor que... bueno, que lo que he estado comiendo".
Garret dio un paso al frente, con el rostro pálido por lo que podría haber sido conmoción o furia. "Ravyn, detén esto de inmediato. Te estás avergonzando a ti misma y a esta familia".
Ravyn lo miró, aún arrodillada en el suelo de la cocina, y ladeó un poco la cabeza. "¿Lo hago, señor Hawkins? ¿O simplemente estoy cumpliendo con sus expectativas?".
Antes de que alguien pudiera responder, Harrison apareció en la puerta.
"Perdonen la interrupción", dijo con suavidad. "Pero el auto está listo para su partida hacia la residencia de la señora Hawkins mayor".
Nathan se apartó de Ravyn, con el pecho agitado por la rabia reprimida.
"Límpiate", ordenó con frialdad. "Nos vamos en veinte minutos".
Ravyn se levantó del suelo con gracia, sacudiéndose un polvo imaginario del vestido. "Por supuesto. No quisiera hacer esperar a la señora Hawkins mayor".
Mientras la familia salía en fila de la cocina, Aspen se demoró un momento. Sus ojos verdes se encontraron con los de Ravyn con una malicia inconfundible, y sus labios perfectos se curvaron en una sonrisa que no albergaba ninguna calidez.
"¿Divirtiéndote?", preguntó en voz baja, con un tono demasiado bajo para que el personal restante la escuchara con claridad.
"Inmensamente", respondió Ravyn con la misma quietud. "¿Y tú?".
Ravyn había elegido deliberadamente el asiento del copiloto, junto al conductor, en lugar de sentarse en la parte trasera de la limusina, donde estaba el resto de la familia.
"Señorita, ¿está segura de que no estaría más cómoda atrás?", preguntó el chofer, en voz baja, mientras sus manos curtidas ajustaban el espejo retrovisor.
"Estoy perfectamente bien aquí, gracias", respondió Ravyn, acomodándose en el asiento de cuero y cerrando los ojos. "Prefiero la vista".
"El clima está perfecto para las fotos al aire libre", comentó Leonor, con el entusiasmo ensayado de una mujer que había orquestado innumerables eventos sociales. "Los jardines serán un telón de fondo absolutamente impresionante".
"Mamá, me estás poniendo nerviosa", dijo Aspen, entre risas, que sonaban ligeras y musicales. "Es solo una reunión familiar, no una sesión de fotos para una revista".
"Toda reunión es una actuación, querida", intervino Nathan, con la voz cargada del peso de la sabiduría familiar. "La reputación se construye sobre la consistencia".
Ravyn mantuvo los ojos cerrados, dejando que sus voces la envolvieran como un ruido de fondo.
"¡Ah!", exclamó Aspen de repente. "Olvidé mencionar que Miles estará allí esta noche".
El auto quedó en silencio por un momento, mientras el nombre, o más bien a quién pertenecía, se asentaba sobre todos ellos.
Ravyn tensó brevemente la mandíbula, pero mantuvo su postura relajada y los ojos cerrados.
"¿Miles Archer?", preguntó Jeremy, con genuina incertidumbre, "Pensé que estaba...".
"Comprometido con alguien de la familia Morrison, sí", terminó Aspen rápidamente, proporcionándoles la información.
"Pero eso se canceló hace meses. Ha estado preguntando por las reuniones familiares, queriendo saber cuándo podría volver a ver a todos".
Leonor emitió un suave sonido de interés. "Qué considerado de su parte mantener la conexión con la familia, incluso después de...".
No terminó la frase, pero todos sabían a qué se refería. Incluso después de la desgracia de Ravyn. Después de que su compromiso matrimonial con Miles Archer se cancelara porque la enviaron a prisión en lugar de a Aspen.
"Siempre pensé que Miles era maravilloso", continuó Aspen, adoptando un tono soñador que no ocultaba el hecho de que estaba enamorada de él.
"Incluso cuando éramos más jóvenes, estaba muy enamorada de él. Siempre fue tan amable conmigo, tan protector. Por supuesto, nunca dije nada porque...", dejó la frase en el aire con delicadeza.
"Porque estaba comprometido con Ravyn", terminó Nathan sin rodeos. "Aunque supongo que eso ya no es un problema".
"Naturalmente, cualquier acuerdo previo es nulo y sin efecto", dijo Garret, hablando por primera vez desde que comenzó la conversación.
"Las circunstancias han cambiado por completo. Si Miles desea explorar su interés dentro de la familia, sería... apropiado".
Ravyn abrió los ojos y observó la ciudad pasar a través del parabrisas, con una expresión serena.
Podía sentir sus miradas sobre ella, esperando alguna reacción: celos, ira, desamor. En lugar de eso, simplemente sonrió.
"Qué maravilloso para ambos", dijo sin darse la vuelta. "Agradezco que se preocupen por la felicidad de todos. Aspen merece a alguien que la valore, y estoy segura de que Miles hará exactamente eso".
"Eso es... muy maduro de tu parte", dijo Leonor con cautela, claramente tanteando el terreno. "Me alegro de que entiendas que a veces las circunstancias requieren... ajustes".
"Oh, lo entiendo perfectamente", respondió Ravyn, ensanchando ligeramente su sonrisa.
La limusina atravesó las puertas de la finca principal de los Hawkins, una extensa mansión que hacía que su propia casa familiar pareciera modesta en comparación.
Al bajar del auto, la familia se organizó naturalmente en formación, con los padres a la cabeza, seguidos por los hijos.
Ravyn los siguió a una distancia respetuosa, sin querer que la identificaran con el resto de la familia.
Miles estaba de pie cerca de la entrada, su alta figura elegante en un traje azul marino perfectamente entallado. Cuando vio a la familia acercarse, sonrió.
"Leonor, Garret", dijo, abrazándolos brevemente mientras añadía.
"Ambos se ven maravillosos. Y Nathan, Jeremy, qué bueno verlos a los dos".
Sus ojos recorrieron a Aspen con un afecto evidente.
"Aspen, estás absolutamente radiante. Los años han sido muy amables contigo".
"Miles", susurró ella, mientras el color subía a sus mejillas y le ofrecía la mano.
"Qué bueno verte de nuevo".
Cuando su mirada finalmente se posó en Ravyn, hubo un momento de incómodo reconocimiento.
"Ravyn", dijo simplemente, ofreciendo un breve asentimiento. "Te ves... bien".
"Gracias, señor Archer", respondió ella con el mismo tono formal. "Es un gusto verlo de nuevo".
Dentro de la mansión, la fiesta estaba en pleno apogeo.
Los abuelos de Ravyn presidían la reunión cerca de la chimenea principal.
"Abuela, abuelo", dijo Ravyn al acercarse, con una voz cálida y llena de afecto genuino. Estos dos, al menos, siempre habían sido amables con ella, aunque no hubieran podido protegerla cuando todo se vino abajo.
"Ravyn, querida", dijo Margaret, con los ojos que se le iluminaban mientras abrazaba con ternura a su nieta.
"Qué hermosa te ves. Ven, cuéntanos sobre tus viajes. Hemos oído cosas maravillosas sobre tu tiempo en Europa".
Antes de que Ravyn pudiera responder a la mentira, el suave tintineo de un tenedor contra una copa de cristal atrajo la atención de todos. Nathan estaba de pie cerca del centro de la sala, con su copa de champán en alto mientras todas las miradas se fijaban en él.
"Si me permiten su atención, por favor", dijo en voz alta, lo suficientemente fuerte como para que se le escuchara una vez que los susurros y murmullos se calmaron.
"Tenemos una maravillosa noticia que compartir".
Junto a Nathan, Aspen resplandecía de emoción, con la mano apoyada ligeramente en el brazo de Miles, que estaba de pie muy cerca de ella.
"A nuestra familia le da una gran alegría anunciar el compromiso de nuestra querida Aspen con Miles Archer", continuó Nathan, sus palabras resonando en la silenciosa sala. "Su boda tendrá lugar en la primavera, y no podríamos estar más encantados de dar la bienvenida oficialmente a Miles a nuestra familia".
La sala estalló en aplausos y felicitaciones. Ravyn se unió a los aplausos, observando con una expresión neutra cómo Miles deslizaba un brillante anillo de diamantes en el dedo de Aspen. La pareja se besó brevemente, mientras los flashes de las cámaras los fotografiaban.
"Qué romántico", suspiró alguien cerca de Ravyn. "Hacen una pareja tan hermosa".
"La pareja perfecta", coincidió otra voz. "Ambas familias deben de estar encantadas".
Ravyn siguió aplaudiendo hasta que el momento pasó y la conversación reanudó su flujo normal.
Se dirigió hacia las mesas de refrigerios, de repente anhelando algo para ocupar sus manos y darse una excusa para moverse entre la multitud sin entablar conversaciones sobre su vida personal.
En la mesa del bufé, Ravyn examinaba una escultura de chocolate particularmente intrincada cuando dio un paso atrás para verla mejor y chocó de lleno con alguien detrás de ella.
"Lo siento mucho", comenzó, dándose la vuelta con una sonrisa de disculpa. "No estaba viendo por dónde...".
Las palabras murieron en su garganta al encontrarse mirando hacia arriba, al par de ojos grises más impactantes que jamás había visto. El hombre era alto, considerablemente más alto que ella; tenía el cabello negro, como si se lo hubiera alisado con los dedos, y rasgos marcados que parecían sacados de una escultura renacentista.
"No ha pasado nada", dijo él, con un ligero acento que ella no lograba identificar. "Aunque quizás quieras rescatar esa fresa antes de que se caiga".
Ravyn bajó la vista y vio que el choque había hecho que una fresa cubierta de chocolate se tambaleara en la escultura, y ahora estaba precariamente equilibrada en la palma de su mano. Se rio, divertida por lo que veía.
"Excelentes reflejos", dijo ella. El desconocido tomó un tenedor de la mesa junto a ellos, asegurando la fresa correctamente.
Observó cómo él le llevaba la fresa a los labios. El chocolate todavía estaba ligeramente tibio de la cocina, y la fresa debajo estaba perfectamente madura. Al morderla, una pequeña gota de jugo se escapó y corrió por su barbilla.
"Así es", dijo él en voz baja, extendiendo la mano para atrapar la gota con el pulgar. "Como se deben comer las fresas".
Ravyn sintió que el calor le subía a las mejillas, pero en lugar de retroceder y huir de la tensión que se gestaba entre ellos, se encontró sonriendo.
"Tu turno", dijo, tomando otra fresa de la mesa. Sintió un calor inexplicable en su corazón, pero tampoco quería parecer tímida frente a este desconocido.
El desconocido era un poco más alto que ella. Sin pensar, se inclinó y atrapó la fresa con la boca. Ella vio sus pestañas temblar ligeramente mientras él bajaba la mirada, lo que alivió un poco su corazón durante los últimos días de intentar mantenerse serena y contenida. "Esto es completamente ridículo", dijo ella.
Él le ofreció una pequeña trufa de chocolate, sosteniéndola justo fuera de su alcance para que tuviera que inclinarse más cerca de él. "Las mejores cosas suelen serlo", respondió, su voz tan baja que tuvo que esforzarse para oírlo por encima del ruido de la fiesta a su alrededor.
El chocolate se derritió en su lengua mientras sus rostros permanecían muy cerca el uno del otro, tan cerca que ella podía ver destellos plateados en los ojos verdes de él.
"Tu turno", susurró, seleccionando un pequeño trozo de jengibre confitado y llevándoselo a sus propios labios.
Él se inclinó para tomarlo y, por un momento que se extendió como la eternidad, compartieron el mismo aliento. El gesto se sintió natural e íntimo, como si lo conociera de antes.
Cuando se enderezó, sus manos encontraron de alguna manera la cintura de ella, atrayéndola suavemente contra él mientras ambos se disolvieron en una risa silenciosa por su propia audacia.
"Estamos montando una buena escena", murmuró él contra su oído, pero su tono daba a entender que no le importaba en absoluto.
"¿Lo estamos?", respondió Ravyn, sus manos encontrando de alguna manera el camino para descansar sobre el pecho de él. "No me había dado cuenta".
Pero incluso mientras lo decía, se dio cuenta del peso de las miradas, de cómo las conversaciones se habían acallado a su alrededor.
Su familia estaba paralizada cerca de la celebración del anuncio de compromiso, con expresiones que iban de la sorpresa a la furia. Miles parecía como si alguien lo hubiera abofeteado, con la copa de champán olvidada en la mano.
"¡Ravyn!". La voz de Miles atravesó la sala con una ira inconfundible mientras se acercaba a grandes zancadas hacia ellos, con el rostro sonrojado de indignación. "¿Qué demonios crees que estás haciendo?".
El desconocido, que aún no sabía cómo se llamaba, no la soltó de su suave abrazo. En cambio, se giró ligeramente, posicionándose de modo que la protegía parcialmente del avance de Miles mientras la mantenía cerca de su costado.
"Disculpe", dijo el desconocido, con un tono de cortés desconcierto en la voz. "¿Pero le está hablando a mi acompañante? Porque estoy bastante seguro de que está ocupada en este momento".
"¿Tu acompañante?", la voz de Miles se elevó, atrayendo aún más la atención de los otros invitados. "¡Estás manoseando a mi prometida!".
"Disculpe, Pero creo que está confundido", dijo el otro de nuevo, su tono ahora con un matiz peligroso bajo su cortesía.
"Su prometida", señaló hacia donde Aspen estaba de pie cerca de la chimenea, con su anillo de compromiso captando la luz. "Está allá. Esta encantadora mujer me ha estado haciendo compañía, y no recuerdo que mencionara ningún compromiso previo".
El silencio que siguió fue ensordecedor. Todos en la sala ahora pusieron su atención en ese pequeño drama, incluyendo a los horrorizados de la familia de Ravyn. Nathan parecía estar pensando en recurrir a la violencia, Jeremy tenía la mandíbula tan apretada que parecía que se le iban a romper los dientes, y Eleanor parecía estar pasando por algún tipo de crisis interna.
"A menos que", continuó el desconocido, sus ojos grises ahora fríos como el acero invernal. "Esté sugiriendo que está comprometido con ambas mujeres. Porque eso sería... complicado".
El rostro de Miles pasó por varios tonos de rojo mientras luchaba por encontrar las palabras. "Yo... ella... estábamos... antes ella...".