Ni los nudillos blancos, ni el dolor punzante en las palmas le hicieron darse cuenta de la fuerza que estaba usando para empuñar las tijeras; fue el frío que le llegó a los huesos de golpe después de una oleada acalorada de rabia, desespero y ansia. Fue dejar el filo inmóvil del arma a escasos milímetros de la garganta.
Damián deseaba hacerlo, no por terminar el acoso o el dolor, era para rebelarse de alguna manera. ¿Dejaría eso algún mensaje a sus acosadores, verdugos, a su padre? Entre más lo pensaba, menos tenía sentido. El impacto que causaría su muerte sería más para aquel que tuviera la desgracia de encontrar su cuerpo en el campo fuera del instituto, y siendo honestos, nadie lo encontraría como un suicidio, mucho menos un mensaje. Sería algún asalto, algún accidente o a lo mucho una lástima. Aunque hubiera una carta, o una prueba de todo y todos los que lo hicieron tomar tal trágica decisión, nadie la vería y a nadie le importaría, tal como mientras sigue vivo.
Quizá si el calor durara un poco más, quizá, sería recordado por cosas más interesantes que por ser el estudiante callado e introvertido del que sólo se conoce su apellido, no su nombre.
Dejó caer el brazo, ya entumecido y previamente adolorido por los moretones de la paliza usual de la tarde. Las tijeras no se fueron muy lejos, consolándolo con un "tal vez no hoy".
Respiró profundamente y a mitad de ello sintió más dolor, en las costillas y la espalda. ¿Sus matones habrían podido por fin romper algo y perforarlo, asesinarlo? No, eran más listos que malvados, y tampoco sentía que moría, sólo sentía lo usual y lo odiaba.
Odiaba el dolor y odiaba existir.
El cielo tenía rato de haber oscurecido, así que la única luz que iluminaba el campo trasero del instituto, aquella zona donde los alumnos buscaban algo de intimidad durante los festivales hacía años, pero vacía en los días ordinarios como los actuales, era la de un antiguo poste que el director no había considerado actualizar cuando las instalaciones se mejoraron. La luz, tan vieja, opaca y amarilla, a punto de desvanecer, era igual que la existencia de Damián y la única que merecía alumbrarlo, aunque sólo iluminara su camino, y no su presencia a los demás. Esa misma luz logró, milagrosamente, encandilarlo lo suficiente mientras estaba tendido, descansando de la paliza y la persecución, y recordarle que debía levantarse, cruzar el estacionamiento, la siguiente calle y esperar el autobús.
Como pudo, como todos los días, levantó su cuerpo, sus cosas, las tijeras y las lágrimas de incertidumbre que le quedaban para volver a casa.
Nadie le preguntaría cuándo fue la última vez que su rostro no estuvo inflamado, y tampoco le preguntarían cuándo dejó de importarle, aunque ninguna respuesta la conocía. No podía sentir lástima por el aspecto de sí mismo, sino sólo dolor, y necesidad de que terminara. Meticulosamente terminaba de colocar las últimas gasas y cinta para piel en el ojo izquierdo, no por ser perfeccionista, sino por no desperdiciar, con una exactitud que un voluntario de primeros auxilios envidiaría. No quedaban demasiadas cosas qué usar en su botiquín, así que no iba a darse el lujo de perder nada.
Se miraba con indiferencia a sí mismo en el espejo de su baño «Así es como todos te miran» se rió apenas con una sonrisa. «Tal vez yo también me golpearía» se mintió.
Si había algo que odiara quizá un poco más que los golpes, empujones y tirones en la preparatoria, era regresar a casa y lidiar consigo mismo, solo. Regresar al apartamento que se caía de a poco, de apenas doce metros cuadrados, demasiado frío en invierno y demasiado caluroso en verano, era tan desgastante como la carrera de todas las mañanas. Una casa que intentaba expulsarlo, y en vez de sentir el desconsuelo, se sentía aferrado a vivir en ella. Si él no podía huir, su departamento tampoco.
Una bombilla era suficiente para alumbrar el lugar. No valía la pena arriesgarse a un incendio o una factura de luz más alta. La lámpara de mesa, aunque en el suelo al lado del colchón, era suficiente para alumbrar la cocineta y lo que apenas estaba dispuesto a comer. «Oblígate a comer» insistía, aunque doliera y no tuviera ganas. Hace mucho que había perdido más de cuatro kilos debajo del mínimo para alguien de su complexión, así que eso no le ayudaba a verse mejor, ni sentirse mejor. En su momento cuando se dio cuenta del descuido, intentó recuperarse, aunque los resultados todavía no se veían.
El uniforme le quedaba más grande que el día que mandaron a confeccionarlo, aunque al menos podía seguir usándolo, pero era un recordatorio de todos los días que él mismo se hacía daño. ¿Cómo culparía a otros de acosarlo si él se hería a sí mismo?
O quizá la falta de apetito empezó después. Eso tampoco lo sabía, y tampoco nadie iba a preguntárselo.
Quizá la desnutrición lo hacía sentir más frío del que debería tener, porque incluso la cobija, después de un rato encima de él, estaba helada. Seguramente era el balcón, que anhelaba tapar con las cortinas, pero la vista al cielo, diferente al del campo donde terminaba tendido todos los días, se veía cuando menos lindo. Estrellas tenues pero abundantes. Finalmente algo que no dolía antes de dormir.
Damián despertó como cada mañana. No había júbilo si era un viernes o desaliento si era un lunes. Todos los días se sentían igual, así no había un subibaja de emociones innecesarias. Al parecer siempre demasiado temprano, prefiriendo evitar el intercambio de miradas en su camino en dirección a la escuela, nunca durante el transporte sino en los pasillos. Tampoco quería ser el primero, como rata atrapada en su madriguera, en el salón de clase, y aventar una moneda para saber su destino tomado por la segunda persona que entrara en el aula. No, hace mucho que había dejado de hacer eso.
Si llegaba lo suficientemente temprano, se escondería en la biblioteca, escurridizo, y esperaría unos diez minutos antes de clase para salir. Suficientes alumnos, suficiente movimiento entre los demás para pasar desapercibido. ¿Quién interrumpiría una conversación agradable con sus amigos para siquiera mirarlo? Afortunadamente, casi nadie.
Es por el rabillo del ojo, todas las mañanas al doblar a la izquierda para entrar al aula, que siempre tiene que darse cuenta que habrá cuando menos alguien reconociendo su existencia, aunque ambos sientan desdén por ello.
Él le sostiene la mirada a Damián, incluso cuando ambos se han dado cuenta que se han visto y de que seguir sosteniendo aquellos ojos podría indicar provocación. Damián es el primero y siempre el único en palidecer y congelarse. Un pequeño error que sucede todos los días, ¿podría eso llamarse un error? ¿No podría asumirse que se está buscando una pelea? Porque los breves segundos en que tiene ojos azules en su mira reconoce la dominación y desprecio del dueño. Pero Él definitivamente tiene conversaciones más importantes que atender que soltar un golpe, una burla o un escupitajo a Damián. No perdería su tiempo, Él no.
Y a pesar de ello, es quizá la mirada más amable que ha recibido desde el primer año de la preparatoria. Tal vez el único que no es un verdugo ni un ángel. Simplemente desearía ser visto por los demás como Él lo mira todos los días: ni un más ni menos.
¿Habría, sin embargo, una razón por la que ese día en particular, aquella mirada se afilara mientras se callaba, alzara la barbilla y dejara de recargarse en la pared?
«Está viniendo» se dijo, muy dentro, muy silencioso, temiendo que escucharan su cabeza y eso hiciera enfadar a los demás.
Fue breve el tiempo que se congeló, y luego de recobrarse dio un paso en frente al aula a buscar su lugar, el escondite frente a todos, con el corazón en los oídos y la sangre ardiendo.
«Lo hice enfadar, corre» pero el cuerpo no lo siguió, y de todos modos, ¿a dónde correría? Fue apenas para dar un segundo paso que un empujón en el pecho lo hizo retroceder a la pared a un lado de la puerta. "Mierda" hubiera querido decir, por la presión en los moretones adoloridos del día anterior, y del anterior y anterior, y por la sorpresa que lo dejó casi sordo. «Crees que estás huyendo pero ellos ya te atraparon hace tiempo» escuchó a su padre en su mente, y casi nada al muchacho de uno ochenta que lo acorralaba.
-Te pregunté de qué vienes hoy. ¿Un pirata? -preguntó, innecesariamente demasiado cerca para una conversación, pero perfectamente para demostrar la diferencia entre tamaño y fuerza.
El muchacho pesaba al menos el doble que Damián y le volaba más de diez centímetros. Otros dos chicos, quizá demasiado iguales al primero terminaban de rodearlo.
-¿O una momia? -agregó el mismo, riéndose-. ¿Qué te pasa? ¿Por qué no te ríes?
Hace tiempo que Damián había dejado de reírse. El acoso no mejoraba si eras un lamebotas, además que le dolía sonreír o hacer cualquier gesto. Lo cierto es que estaba paralizado y entumecido. ¿Así de temprano? Pensó que había tomado las medidas necesarias para evitarlos, al menos por la mañana.
¿Fue la mirada breve que colgó hace nada la que había ocasionado su mala suerte? Probablemente. ¿Dónde estaba Él? Por un hueco entre los gigantes apenas veía siluetas de compañeros, y como un fantasma, esos dos ojos azules fijamente.
-Es un fantasma -repitió entre carcajadas y el muchacho le soltó al menos tres golpes con la palma de la mano en el hombro a Damián. En ese punto quería gritar, pero se mordió la lengua, temblando de dolor-. Riete, carajo.
-¿Por qué se reiría? No eres divertido -dijo el segundo entre carcajadas, burlándose-. Además, ¿no te daban miedo los fantasmas?
-Zombies, carajo, no son lo mismo -dejó de reír el primero. Miró al segundo encima del hombro, enfureciéndose rápidamente-. Si no era para reírnos, ¿por qué vendría así? -regresó la mirada a Damián-. ¿Querías asustarme viniendo de zombie?
Era increíble para Damián, y para muchos en su situación, la creatividad con la que matones como él poseían para jugarse con diálogos, situaciones y premisas totalmente absurdas, pero justificadas para ellos, para meterse con alguien más.
"Si no querías un zombie, no me hubieras golpeado ayer". Alguien mucho más valiente, fuerte y ágil habría respondido, pero el que estaba ahí era Damián, él no era eso.
-Viene el profesor.
Eran las palabras favoritas de Damián, y lo que le hizo por fin tener un respiro de alivio. Tan rápido como lo acorralaron, tan rápido como todos se dispersaron. ¿Cuánto poder y cuánta autoridad tenía un maestro para mover masas, incluso las más grandes, de miedo y respeto? Recordó que la gente solía moverse así por su padre. No siguió a los demás inmediatamente, sino después de sentir las piernas menos temblorosas y la sangre fluyendo otra vez. No valía la pena mirar a ningún lado. Quienes hubieran visto lo anterior no movieron un dedo ni alzaron una voz durante el momento, menos después, y quienes ignoraran aquello completamente, lo verían sólo como el ratón asustado que era.
La mala suerte acompañándolo lo hizo girar, quizá porque buscaba el cielo de la ventana a tres filas de donde estaba. Un azul claro que le recordara que el día apenas empezaba, pero se topó el azul de las noches, oscuro, que hace rato lo habían atrapado.
Él todavía no lo miraba, pero por el susto de las coincidencias, porque sabía que no existían y sólo anunciaban problemas, Él seguramente lo sintió y volteó, sin sorpresa y observó a Damián sin más interés que toparse con la nada.
Además de las breves y poco impulsivas emociones que lograban sacarlo del hilo constante de la desconexión, Damián podía enorgullecerse con ironía de su capacidad de resignación, del pasado, de su presente y del dudoso futuro que tenía. No podía leer nada claramente, y no porque terminara muerto pronto, simplemente su futuro ni ninguno de sus tiempos le pertenecía.
Pero la rutina de ese día lo tenía cansado. No pedía clemencia, ni lástima ni misericordia, sólo quería que todo terminara.
Comer, incluso, con el dolor y ansiedad, escondido en el espacio pequeño que suponía la entrada a su madriguera, porque ya estaba demasiado dolorido para arrastrarse dentro, lo hicieron sentirse más enfermo de lo usual.
-Quizá hoy- se murmuró, pero no con esperanza.
Las clases que eran quizá lo más irrelevante en todo su día, eran el único momento de paz y seguridad de que nada ocurriría. Los intermedios, el almuerzo, el final, esos eran los momentos decisivos en los que deseaba tener suerte, aunque nunca la tenía.
Terminó en la biblioteca después para hacer sus tareas, y la de sus acosadores. Se preguntó si tenía algún sentido hacerla, ya que de todos modos iban a golpearlo, entregándola o no, pero le ganaba tiempo para relajarse y dormir entre los anaqueles de libros. En casa al menos no tendría que mantenerse despierto haciendo nada más. Y siendo así desde que recuerda, en ese momento particularmente se sentía desesperado.
Una anticipada paliza, con músculos y huesos ya cansados. La mente ya desgastada. No supo si los que lo golpeaban eran los mismos de la mañana, o si eran personas diferentes, si se reían o le gruñían. Sólo sentía el usual dolor, la creativa humillación de ser escupido, lanzado y pateado. Damián no era siquiera una mascota porque no era capaz de hacer nada. Sólo era un saco de huesos del que resultaba divertido sacar gritos y lloriqueos. Así hasta dejarlo aturdido.
Cuando quiso irse a casa, después de pasar otro rato tendido, olvidó ir a la enfermería para abastecerse pues sólo quería huir. Subir tres pisos a la enfermería para tomar algo que no le serviría de nada, además de aumentar sus probabilidades de ser interceptado por otros otra vez, no le resultaba algo inteligente ni siquiera aunque tuviera la cabeza molida.
Tal vez al subirse al autobús esa vez, no tendría que bajarse nunca. Tal vez sólo algo milagroso pasaría. Tal vez sólo habría un silencio, un punto final, no tenía que ser la muerte, sólo tenía que ser algo. Eso lo motivaba a arrastrar sus pies pesados por el camino.
Pero el ruido que lo rodeaba se hacía más real. Sus oídos dejaban de estar entumecidos, como si hubieran roto burbujas de agua en ellos. Fue doloroso, como todo.
Estaba oscuro, más que el día anterior. Probablemente tardó demasiado en llegar a la parada y había perdido el transporte, y tendría que esperar otra hora, con suerte cuarenta minutos. Hacía frío y la espalda la tenía empapada aún de sudor y la humedad del cesped.
Suspiró con dolor, idéntico a cada respiro, ya fuera por sus heridas o por el frío.
-¿No te duele? -escuchó detrás, en la oscuridad.
Nadie en el instituto tomaba el transporte público, al menos, que Damián supiera. Siempre estaba vacío aunque fuera el espacio perfecto para hacer algo ilícito. Todos los alumnos tenían a alguien que viniera por ellos, y los que tenían edad suficiente, o dinero, traían sus propios autos. Quizá vio a alguna anciana o personal de intendencia esperando ahí con él, pero eso era a las largas horas de la noche. El asiento de espera era viejo, pero aún funcional pese a la falta de uso, con una brillante luz blanca que en días como ese, a veces se opacaba. Alrededor de una cuadra, hacia el estacionamiento de los estudiantes, estaba sumido en oscuridad. No tuvo que preocuparse de que lo siguieran antes por ese camino, pero ahora, esa voz y esa pregunta que siempre es acompañada de un empujón, apretón o golpe, lo dejó inmóvil.
-No es tan malo como parece, ¿o sí? Lo haces parecer sencillo -agregó quien detrás suyo se aproximaba, sabiéndolo porque la voz se hacía más fuerte y escuchaba el eco de los zapatos caminando a él.
Deseó que no hablaran con él, que no se refirieran a él, pero sabía que era la única persona ahí, y probablemente la única a quién le preguntarían tal tontería.
Apretó las manos, nervioso. Tenía frío y estaba húmedo, y ahora se sentía más mojado con el sudor de las palmas.
-Vaya, qué grosero. No te gusta hablar, ¿verdad? -escuchó ahora al costado. el otro se había sentado al otro extremo de la banca.
No quiso voltear, ni responder. Quien quiera que le hablara obviamente venía por él. ¿Y qué se supone que le haría? ¿Qué cosa diferente pasaría? Era más de lo que podía soportar, al menos por ese día.
-Lo siento, sólo quiero irme a casa -susurró con la voz cortada y seca. En realidad, ese tono era suficiente para un ambiente donde sólo estaban ellos dos. Deseaba sonar lo suficientemente asustado para no buscar más provocaciones. «¿Cuándo te ha funcionado eso, tonto?» pensó. Quizá debió haber sido más firme.
-¿Cómo te llamabas?
Él ignoró, como debía esperar, su petición.
-D-Damián.
–Sí, Damián. Eres el hijo del gobernador. ¿No?
Todos lo sabían. Era lo único que sabían de él. No que era el hijo del gobernador Ehecatl, sino que era su "bastardo" aunque lo que era era mucho más complejo que sólo ser un hijo extramarital. Damián era más como un aborto en vida. Despreciado por su padre y su familia, y por todo lo que elevaba el prestigio de aquel hombre.
Ser no deseado era el menor de sus problemas, lo que realmente dolía era que no podía escapar de eso, no importa a dónde fuera. Le temía a ese hombre, mucho más que odiarlo, porque lo que él le hacía, el mundo parecía ser una extensión de eso.
-Sí -susurró todavía más bajo.
-¿No te cansas de tomar el mismo camión de mierda todos los días?
-N-no. Yo vivo lejos de aquí, no sé cómo más...
-La casa del gobernador está cerca.
-Y-yo no vivo ahí.
-Ah... sí.
Pero todas esas preguntas ya tenían respuestas conocidas incluso antes de cuestionarlas. El tono condescendiente con el que las hacía y afirmaba detonaba la mofa que le hacían. Y quizá eso era lo único que terminaba de destruir su espíritu. A su cuerpo podía tomarlo y levantarlo, pero no tenía fuerza en brazos ni piernas para levantar el orgullo pisoteado que agonizaba cada vez que le recordaban quién era y qué no era.
Un Savedra.
Eso ya era un insulto viejo y dado por sentado. El acoso empezó desde ahí seguramente. Los compañeros lo molestaban ya sólo como una rutina. ¿Por qué tenían que recordárselo ahora? Ahora que estaba cansado.
-¿No te duele?
Damián apretó la cien. Claro que le dolía, pero no estaba furioso, estaba tratando de contener un sollozo y las lágrimas que se le acumulaban en los ojos. En el izquierdo resultaba particularmente incómodo. Después una honda respiración de la que se arrepintió, pues expulsar el aire era por pausas causadas por un quejido breve.
-¿Necesitas algo de mí...?
-¿Estás cansado? -interrumpió el espacio que habría de quedar después de una pregunta y antes de una respuesta. Evidentemente, no estaba ahí para una conversación equilibrada.
No era valentía ni tampoco un acto osado, Damián no tenía el deseo de pelear, y aún así tuvo el valor de alzar la mirada y girar a ver a su acompañante seguido con los dientes apretados y los ojos empapados, y con desafío.
Después sorpresa.
Los ojos azules siempre estuvieron ahí, adornados con una sonrisa y confianza, casi regocijada, mirándolo fijamente, o dentro de él. La mirada le recordó a la de su padre y a la de la gente que lo rodeaba a él, sólo que menos cruel, quizá porque era joven y aún le faltaban muchos pecados por cometer.
-¿Hmn?
A Damián se le escapó en las ideas aquello con los que iba a atacar inútilmente. Sería un: «¿puedes dejarme en paz?» o algo torpemente brusco pero aún comedido. Él parecía saberlo, y se burlaba con esa sonrisa «una maldita sonrisa atractiva» de haberlo dejado sin palabras.
-Y–yo...
Él hizo un chasquido con la lengua, interrumpiendo a Damián otra vez. Él estaba muy cerca, más de lo que había anticipado. Su mueca se hizo a una de desagrado al tener a Damián de frente.
-Se ve horrible -Él señaló el ojo izquierdo, el que Damián tenía particularmente inflamado y que le impedía abrir el ojo y que ya no tenía cubierto. Le habían quitado el parche que tenía para refrescar el hematoma esa misma tarde.
Una vez más, Damián se quedó sin palabras. El muchacho, como la mayoría ya a esa edad, era más alto y seguramente más fuerte que él. Se veía atlético, muy atractivo y fresco. El cabello que le caía en el ojo derecho le daba un aire enigmático, sin llegar a ser pretencioso. Era tal vez la primera vez que lo había visto tan cerca y con oportunidad de escanearlo completamente, y Él le estaba dando esa oportunidad, como si disfrutara de ser observado. Los demás se habrían impuesto a que viera al suelo, que desviara la mirada. Pero Él, nuevamente, no. Él no tenía miedo de que lo vieran, de que conocieran algún punto débil o sensible «seguramente no lo tiene». Él parecía ser el tipo de persona que podría presentarse desnudo en una multitud, y aún así no tener nada de qué avergonzarse, sino todo para ser admirado.
¿O era todo este pensamiento y conclusión sólo porque tenía una cara linda y nunca lo había golpeado?
Cuando pudo concentrarse otra vez, cuando dejó de admirar, se giró. «Supongo que no quiere seguir viendo ese lado». O lo intentó. Pudo medir apenas la distancia que había entre ambos cuando Él estiró el brazo, alcanzándole la mejilla izquierda, evitando que volteara. Contrario a su pronóstico ante cualquier toque, el roce no dolió aunque era firme, casi como si en vez de girar su cuerpo, hubiera manipulado el aire, sin presión, sin fuerza. Pero era solo su percepción. Ciertamente, nadie tendría que apretarlo tan fuerte para hacerlo girar, y quienes lo hacían con brusquedad era porque querían lastimarlo. Y Él, aunque se burlara de Damián, no parecía tener esas intenciones.
«Corre» se dijo. La caricia en el rostro que le siguió lo estremeció y paralizó. «Corre», pero, ¿a dónde? No necesitaba medirse contra él para saber que si quisiera alcanzarlo lo haría con mucha ventaja.
-¿No estás cansado de esto todos los días? -ahora Él susurraba y Damián asintió, presa de un pánico del que no podía huir-. ¿Te gustaría que terminara, ahora?
No sabía si tomarlo como una amenaza, pero así lo hizo. La caricia, el suave agarre, la voz melodiosamente grave que se hacía en el susurro. Era tentador, como si la muerte le estuviera hablando. Quizá era un sueño, el previo antes de morir. No recordaba a nadie que le hablara así, y cuando encontraba algo diferente, siempre era para peor.
Damián lo miró con mucho miedo y con incredulidad, temblando. Él lo leyó, lo soltó y lanzó una carcajada.
-Quiero decir, das mucha lástima. ¿Has visto un perro en la calle, golpeado y agonizante? Bueno, da pena. Claro que un animal no lo merece, pero una persona como tú, eso no lo sé. Pero cuando todos los días pareces una persona diferente por cómo te dejan, uno empieza a sentirse mal por ti.
«¿Y por qué ahora? ¿No ayer, ni antes?». Damián apretó los labios antes de que un sollozo se le fuera. Estaba siendo roído, torturado por ese vaivén de gestos amables, palabras duras y humillaciones.
-No parece que me creas.
-No, no lo creo...
Él sonrió ampliamente, como si lo atraparan en una mentira, aparentando estar avergonzado, pero tomándolo con ligereza, porque no era nada grave. Claro que Damián no le creía, llevaba siendo el hueso que todos mordían por tres años, ¿qué lo hacía diferente ahora?
-Quiero ayudarte.
-¿Para qué?
De alguna manera lo sacó de su guión, supuso. Quizá Él se esperaba un Por qué y no un Para qué. Razones podía haber un millón, nobles, subjetivas o puntuales. Absurdas incluso. Pero el fin, ahí era donde cambiaba el valor, si el asunto era viable, con sentido, si podía realmente creerle. Él no esperaba esa pregunta de alguien tan desesperado como Damián, y eso le gustó. Tardó mucho más en responder de lo que había hecho en todo el resto de la conversación.
-Te diré esto más claro, porque los rodeos no van contigo, ¿verdad? Yo quiero algo, quiero un juguete, y quiero uno como tú.
Primero era un perro, después un juguete. Damián nunca fue una persona, pero no lo culpaba a Él por ser el primero en verlo así, porque no lo era, y tampoco sería el último.
Lo que no entendía es porque todo iba en torno a una conversación en vez de directamente ser tumbado en la banqueta, sometido y obligado a serlo, como con todos los demás.
Por eso, seguía incrédulo.
-¿Como yo?
-Estás solo. Vives solo, no tienes amigos. Los maestros te ignoran y tu familia te repudia. No tienes nada. Incluso si quisieras ir y contarle a alguien lo que te estoy diciendo, ¿quién sería?
No le dijo nada que no supiera y nada que fuera mentira. Aún así, dolió.
-¿Por qué no sólo haces lo que quieres como-
-¿Como todos los demás? Sí. Sería más rápido. Es sólo que no me gustan algunas cosas. No me gusta la violencia, y menos contra alguien que perdería contra una chica de cincuenta kilos. ¿O eran cuarenta y cinco? Cómo sea, entenderás que es patético, desgastante. Yo no quiero lastimarte. Sólo quiero un juguete con el que pueda jugar.
»Y lo otro, es que no me gusta compartir. Un juguete comunitario. ¿Te viste ya? Claro que sí. Te dejaron poco más que molido. ¿Jugarías con una muñeca atropellada?, ¿tendrías una figura derretida? ¿Podrías usar una consola partida a la mitad? Nada de eso es apetecible.
Podría haber usado la lógica como un ancla, pero el antojo, lo último que dijo como un motivo, lo estremeció. Seguía con miedo, completamente convencido de que nada de lo que escuchaba era una buena idea. Estaba siendo reducido cada vez a menos, y aún así, la exclusividad, la ausencia de violencia y un diálogo aunque iba de un solo lado eran suficiente para mantenerlo atento, interesado.
-Sobre todo. Nunca le haría nada a nadie que no fuera consensuado. Si fueras mi juguete, tendrías que quererlo. Y te daría buenas razones para desearlo. Esto terminaría, Damián. No más tundas, ni amenazas. Ninguna de tus cosas volvería a ser escondida ni destrozada. No habrá tareas o proyectos extras que no sean los tuyos. Lo único que tienes que hacer es querer ser mi juguete.
Ese sería el momento donde esperaría el golpe, un ataque, cualquier cosa. La declaración de una broma, pero no la expectante mirada del otro, que por fin esperaba a que Damián respondiera.
Pero sus alarmas se habían encendido, y la cálida luz del autobús que iba llegando a unos metros le dijeron que ahora sí podía correr. Y quería hacerlo.
-Vete, Damián. Es tarde. Ten una linda noche.
Escuchó antes de huir entre las puertas del vehículo, sin darse cuenta cómo Él se sacudía la mano que lo había acariciado antes.
«Está loco» «¿Pero no lo estarían todos entonces?» «Sólo porque no te golpeó no significa que sea mejor. O que no lo hará después» «Debí haber dicho que sí».
Al final, dando vueltas en el frío, debajo de las cobijas, concluyó que frente a todas las posibilidades, debió haber dicho algo más que sólo correr. Él tenía razón y lo asustó mucho. ¿Podría haberlo seguido? ¿Y para qué? Fue honesto en su punto, aunque no sabía si en los métodos también. Pero todo en lo que podía pensar era en el producto vendido y menos en su precio. Él sería un gran vendedor, o estafador, quizá hasta podría ser gobernador.
Damián apretó los ojos. El cansancio había desaparecido, al menos mientras iba a casa, ignoraba su rutina de curación y cena y se metía directamente en la cama como una rata buscando un hueco para esconderse. Sentía que Él era una persona peligrosa, o incluso peor que los matones de la escuela. Si no fuera todo un blufeo, ¿quién sería para creerse capaz de lo que prometía?
Tomó su teléfono, que siempre estaba en silencio y abrió la conversación del grupo silenciado de la clase. Miró entre los mensajes, siempre eran los mismos quienes dominaban el diálogo, chicas en su mayoría. Quiso identificar algunos de los nombres, relacionarlos con él.
«¿Estamos todos de acuerdo? @todos» Damián nunca había contestado, pero sabía que nadie necesitaba contemplarlo. La conversación era del ciclo escolar anterior, por junio.
Números y nombres irreconocibles dijeron que sí.
«@Conrad, responde!»
«Muchos mensajes, me perdí. Contexto»
Una cantidad generosa de emojis y mensajes de risa continuaron.
«Ni siquiera estoy bromeando»
«Discúlpeme señor amo Conrad. Le enviaré un correo adjuntando el archivo del asunto a su correo»
«Mamón. Lo quiero sobre mi escritorio mañana, y no hablo del documento. Pero en serio, denme un puto resumen»
Más emojis de risa, y otros con caras sonrojadas.
Conrad, sí. Él era el presidente de la clase. Tenía un auto bonito, plateado oscuro y bien pulido, lo había visto algunas veces en el estacionamiento cuando lo cruzaba, con un grupo de chicos y chicas. Conrad era popular, era querido y parecía que los grupos se formaban en torno a él. Pero eso no significaba que tenía poder.
Abrió sus redes sociales y buscó su nombre. Esperaba tardarse un poco, pero por la localización y las coincidencias de la escuela, lo encontró como primer opción en el despliegue. Obviamente no eran cuentas amigas y él tenía su perfil limitado a sus contactos, a excepción de algunas publicaciones donde estaba etiquetado.
Eran la mayoría de una misma cuenta que sí era pública y buscó ahí.
Dantte Astori. A él sí lo conocía. Él no era alumno, pero figuraba muchas veces como parte de la administración de eventos, conferencias y presentaciones que se hacían en la universidad y que se invitaba a preparatoria. Lo conoció en el curso de inducción de la preparatoria, y Dantte era muy formal, pero tenía un rostro amable. Su perfil decía que estaba en la universidad, pero que trabajaba también en la preparatoria sin especificar en qué. Todas sus fotos eran de eventos con pies de foto descriptivas sobre quienes estaban ahí y el nombre de la razón. Tenía más un uso de difusión que personal. Las vinculadas con Conrad se veían a Dantte rodeándolo con un brazo, feliz, y un Conrad sonriendo abochornado. «Mi hermanito antes de tocar en el festival".
-Mierda -gritó.
Unas fotos más abajo, al parecer, estaban Dantte y el decano, a quien reconocía incluso como colega de su padre, estrechados, con ropa casual y en un restaurante. «Septuagésimo cuarto aniversario de mi abuelito, el profesor Norb–»
Era suficiente.
Damián apagó el teléfono, no sólo dejó la pantalla oscura sino que lo apagó. No necesitaba la alarma del día siguiente. Probablemente no dormiría esa noche.
La gente poderosa era la que le daba más miedo. Creía tan cierto que ellos tuvieran gustos y actitudes despiadadas.
Conrad fue lo último que pensó y en la caricia espeluznantemente amable que le dio.
Al salir del departamento y a punto de dejar el edificio, el casero, un anciano de cara arrugada y sin cabello, persiguió a Damián con poco más que maldiciones y gritos. Innecesarios, Damián se detuvo al escuchar el primer "alto".
-Te corte la puta agua caliente, mierdilla -seguía maldiciendo, ya sin aire, después de llegar con Damián.
No era la primera vez.
-Lo siento mucho, ¿qué fue lo qué pasó?
-Estamos a cinco de este mes y no me has pagado.
Damián apretó los dientes. Su padre hacía siempre lo mismo. Tenía de sobra para pagar el departamento y hasta uno más grande y más, pero siempre, con Damián, los pagos no llegaban, y tampoco el dinero para mantenerse. Había intentado explicarle al casero que él tampoco tenía dinero, pero no podía culparlo tampoco.
-¿No ha llegado el depósito?
-¿Eres sordo? Es lo que te estoy diciendo.
-Lo lamento -el anciano giró los ojos-. Le mandaré un mensaje para recordarle...
-Si el domingo no me has pagado, el lunes sacaré toda tu mierda a la basura. Dile eso a tu padre.
El anciano se fue sin más. Tal vez era quien menos lo asustaba, aunque tenía prohibido confiarse. Un par de veces lo había golpeado ya con un tubo al llegar tan tarde, incluso cuando ya se había percatado que era él. Sí, el anciano era el menor de sus males, el asunto era cuando llamaba a alguno de sus hijos. Tenía que llamar a su padre.
Definitivamente más temprano de lo normal después de una noche intranquila, tomó un poco más de desayuno aunque no lo terminó. Se duchó y fue a la escuela. Podría haberse sentido más tranquilo, pero estaba fatigado física y emocionalmente. Se sintió más enfermo que el día anterior (¿no era eso ya una acumulación de muchos días anteriores?) pero la conversación con Conrad habían agilizado y revitalizado sus ideas sólo un poco.
Aunque Conrad quisiera reducir su integridad a la de un juguete, había reafirmado que sólo sería si Damián sentía deseo de eso, aunque pudiera ser mentira, pero hizo sentir a Damián poder. Le recordó que estaba vivo y que tenía cuando menos un anhelo.
Esta vez descartó la biblioteca. Fue directamente a la enfermería para esconderse en un rincón entre un pasillo enmarañado, sin embargo, cuando llegó ahí, estaba ya abierto con el doctor.
-¿Te caíste otra vez? -preguntó incrédulo.
-Sí.
El médico suspiró y giró los ojos. Se llevó los dedos a la cien, como si fuera a preparar un sermón.
-No puedo ayudarte si no dices nada. No nací ayer. Sé cómo son los muchachos.
«Entonces sabe que no hay nada que se pueda hacer» pensó, y no lo diría. El médico era una buena persona, serena y considerada. Había tratado bien siempre a Damián, y le daba más medicamentos y elementos extra que pudiera necesitar, porque sabía que lo hacía. Damián trataba de no molestarlo todo el tiempo, así que iba solo cuando estaba en su límite.
Damián estaba en silencio, dejándose tratar sin quejas.
-Señor.
-¿Sí?
-Hoy tengo deporte en el cuarto módulo, pero no me siento bien. ¿Cree que podría...?
-Sí. Sabes que sí. Tendré el reporte antes de que llegues. No estaré desde el tercero, pero dejaré abierto para ti. Cierra cuando estés aquí y cuando te vayas.
Damián asintió.
-Gracias.
Para cuando Damián salió de la enfermería, un poco menos adolorido por los analgésicos, poco faltaba para iniciar las clases. Los pasillos estaban repletos de nuevo y el nerviosismo se apoderó de él otra vez. Quizá debió esperar un poco más en la enfermería antes de salir, pero estaba ya a medio camino y ya había molestado al doctor lo necesario ese día.
Apretó la mochila contra el pecho cuando, antes de entrar a su aula, vio parados a los tres muchachos de ayer en la puerta. Su corazón se aceleró en pánico cuando uno lo miró, hizo una mueca y después regresó a la conversación con los otros dos. Usualmente cuando eso pasaba, segundos después irían a su dirección a hacer su acto de presencia, de intimidación. Sólo se quedaron en lo suyo.
Y Damián, parado unos segundos incrédulo. Apresuradamente entró y se hundió en su pupitre, demasiado ansioso.
Cuando no pasó nada pudo levantar la mirada al pupitre de enfrente. Conrad estaba recargado en la paleta del pupitre escuchando a alguien más, pero sabiendo que lo estaba mirando a él. Él tenía una sonrisa.
Pudo dormir en la última camilla de la enfermería todo el cuarto módulo y el almuerzo gracias a un té que el médico le dejó antes de irse. Amaba las camillas de la escuela porque eran especialmente cómodas, al menos más que el frío y delgado colchón que tenía en el suelo de su departamento. Las cortinas lo aislaban y el olor a desinfectante lo hacían sentir más seguro.
El medicamento, el dormir y esconderse en un lugar que sabía que era seguro hicieron un milagro en él. El resto del día podía seguir como fuera, se sentía listo para el caos otra vez.
De vuelta, esperaba una pila de uniformes que tendría que lavar ese fin de semana como puntualmente pasaba cada semana. «Hoy es viernes», se había dicho desde que el anciano lo amenazó. Su pupitre, en cambio, estaba íntegro tal y cómo lo había dejado antes de irse a la enfermería. No había ropa, ni basura del almuerzo. ¿Se habrían equivocado? O tal vez Damián se equivocó de asiento.
No era el caso, y tampoco podía preguntarle a nadie qué estaba pasando. Nadie le prestaba atención mientras entraban y acomodaban a que entrara el siguiente profesor.
Sintió un vacío, uno agradable, pero ilusionarse con eso era muy pronto. Todavía quedaban horas para terminar el día.
Y nada pasó. Ni fuera de la biblioteca, donde lo habrían interceptado para que hiciera los deberes de otros más, ni dentro de ella, donde habrían volcado sus cosas, apuntes y libros. Damián aún así hizo las usuales copias extra, y esperó afuera de la biblioteca treinta minutos. Nadie apareció, o al menos nadie que lo mirara y mucho menos dirigiera la palabra.
Se sentía incómodo de irse así, sin confrontación, sin puñetazos, sin nada. Y era increíble. Pero todavía no. Miró el cielo y apenas estaba oscureciendo cuando pasaba por el campo trasero donde siempre terminaba tumbado. Ahí lo llevarían a rastras, pero ahora caminaba ahí por su propia voluntad. El mismo poste con la misma luz.
Esta vez no estaba solo.
Mientras estaba absorto en la paz que había tenido ese día, fuera de sí con la mirada en aquella luz, lo sacó de su trance un susurro.
«Un gemido» Damián se escandalizó al darse cuenta. Bajando la mirada del poste, vió un poco más allá de la oscuridad, en la malla ciclónica, dos siluetas pegadas, una de espaldas a la malla y la otra presionándose el cuerpo contra ella. Eran uno solo. Eso era todo lo que Damián necesitaba interpretar para ponerse rojo.
-¿Qué estás haciendo? -le gritó la misma voz que gimió-. ¡Lárgate, mirón!
Damián sabía que se referían a él, porque era el único por ahí, a menos que se lo dijera a la silueta frente a la muchacha, que por la forma en la que estaban pegados, o enredados, dudaba que fuera así.
Se puso tenso, nervioso y torpe.
-¡L–lo s–siento!
Titubeó, como si hubiera olvidado el camino por el que debía seguir para ir a la parada. La silueta del muchacho se separaba, ahora sí eran dos diferentes y eso espantó a Damián. Arruinó su racha con eso.
«Viene a golpearme». Pero Damián aún estaba lejos, y estaba el estacionamiento en el camino. No podía dudar más si quería evitar el problema, todavía tenía una oportunidad. Empezó la carrera antes de que el hombre alcanzara a verlo y viera a donde huía.
Corrió al estacionamiento, evitando a la poca gente que había ahí. Quiso aprovechar la oscuridad y volverse sigiloso entre los autos, pero a veces las piernas le flaqueaban, ya fuera por el miedo o su debilidad. Se escondió detrás de una camioneta unos minutos, y para su mala suerte escuchó que entraban varias pisadas al lugar, y se dispersaban entre los autos. «mierda» apretó los ojos y decidió que era mejor moverse antes de que lo encontraran en el mismo escondite.
El ojo izquierdo no le ayudaba a tener la mejor visibilidad, y la oscuridad lo empeoraba. No tardó en encontrarse en un callejón sin salida de autos y malla para que una linterna lo iluminara.
-¿Alumno, está drogado? -Un profesor de edad lo atrapó.
-¿Q–qué?
-Joven. Sé que es viernes, pero si va a consumir algo, hágalo en otro lado. Aún pueden suspenderte. Váyase a casa o llamaré a seguridad.
Damián estaba seguro que el maestro no lo reconocía y tampoco quería hacerlo. Sonaba cansado y parecía querer irse a casa, como él. Sonó la alarma de un auto al lado.
-Lo siento mucho. Me iré ya a casa.
-Buenas noches.
Damián tomó esa confusión como escape y se escabulló en la salida al otro lado, la que estaba directo a la calle de su parada.
Cuando salió, apenas aliviado vislumbrando la banca vacía, con el cielo ya más oscurecido y yendo con toda esperanza a ella. Escuchó los pasos que lo seguían de nuevo. Volteó sobre el hombro izquierdo a la oscuridad y no estaba solo. Al arrancar otra carrera, se tropezó con la maleza crecida de la zona de la que nadie se ocupaba.
-¿Qué mierda fue eso? -Conrad lo alcanzó todavía en el suelo, donde Damián cayó de rodillas y de manos. Dolían muchísimo, conteniendo las lágrimas-. ¿Te crees un ninja o un espía?
Conrad se quedó parado a lado suyo, esperando a que se levantara, con una inquietud que podía ver en sus piernas, casi bailaban incómodas. Cuando levantó la mirada y pudo verlo con la poca claridad que podía ofrecer la luz lejana de la banca aún, Conrad se estaba cubriendo la mitad de la cara con una mano.
Sin entender que estaba pasando, y con su rostro denotando esa confusión. Conrad se echó a reír.
-Entraste al estacionamiento, e intentaste esconderte y eso -quería tratar de explicar entre las risas-, pero, o sea, todo se veía desde fuera. Dios, qué vergüenza fue verlo todo. Fue como una película de suspenso, pero sin el close up, sólo un sujeto corriendo entre autos sin sentido, sin nada de tensión. O sea, mucha pena. Definitivamente parecías borracho.
Conforme más explicaba, menos contenía su carcajada, doblándose de la risa. Y a como eso pasaba, Damián empezó a ponerse rojo y ciertamente avergonzado. La sangre en el rostro evitó que siguiera sintiendo el dolor en las rodillas y pudo ponerse de pie inmediatamente. Respiraba agitado, pero parecía que su situación se había aligerado.
-¡Y–ya!
-¡Debí haber grabado eso! ¡Fue oro!
-¡D–deja de reírte!
Damián se cubrió el rostro todavía de la vergüenza, sin preocuparse del todo por el peso de su exigencia. De todos modos, Conrad seguía riéndose, aunque intentaba no hacerlo. Tuvo una sensación de complicidad, una confianza de la que sabía que no podía fiarse, pero la risa de Conrad era... divertida.
En la banca, agregó:
-Mientras te ganabas el Oscar pasó tu camión. Lo vi desde la banqueta, ya sabes...
-¡Basta! ¡Por favor!
Era lo más clara y alta que había escuchado su propia voz en mucho tiempo. A Conrad no parecía molestarle.
-Está bien. De todos modos quería preguntarte cómo fue tu día.
Damián sintió que la temperatura bajaba de golpe, que toda la tensión regresaba. Él era la misma persona que ofreció comprar su alma y la misma que podía compartir una risa con él. Su carisma lo asustó.
-¿Fue bueno? ¿Te gustó?
Le encantó. Pero no quería que su rostro lo delatara. Se limitó a guardar silencio.
-Lo del campo trasero y el estacionamiento fue tuyo. Tu cabeza y tu culpa. Debías haber salido temprano. ¿A qué te quedaste esperando en la biblioteca? Quería hablar contigo, pero ella llegó y, bueno, parece que te asustan las mujeres.
Damián volvió a ponerse rojo y pálido al mismo tiempo, si es que eso era posible.
Ellos se estaban besando, estaban abrazados. Estaban tocándose.
-No quise molestar a tu novia... lo siento mucho.
-Oh, no. No es mi novia. Ella seguro está bien.
Se quedó en silencio, procesando la idea.
-¿Tu amiga?
La cabeza de Conrad onduló de un lado a otro. Tampoco podía decir que eran amigos. Quizá ella era también un juguete.
«¿También?» pensó.
-Así que fuera de tu paranoia, apuesto que tuviste un lindo día.
Damián se sacudió la cabeza. Recordó lo que encontró anoche.
-¿Cómo lo hiciste?
-Ese no es tu problema -Conrad le sonrió y se sentó a su lado. La familiaridad y fluidez con lo que lo hacía espantó a Damián-. Tú no tienes que preocuparte. Sólo tienes que saber que hoy podrían ser todos los días, pero sin la última parte de suspenso -se le dibujaba la risa en los labios, sin soltarla-. Pero si crees que tu vida era mejor ayer, entonces...
-No era mejor ayer.
Conrad se quedó en silencio un segundo. Parecía querer controlar la sonrisa que se hacía más grande antes de continuar.
-¿Entonces?
-¿Qué se supone que haría?
Parece que el muchacho no podía contener el entusiasmo, aunque nunca perdió la compostura. Sólo se puso de pie.
-Todo lo que yo quiera.
-¿Voy a matar a alguien?
Conrad rió.
-De todas las personas, ¿crees que le pediría al chico ninja que matara por mí? Rayos. ¿Por qué mataría a alguien?
A Damián no le dio gracia.
-No haré, ni harás, nada que no quieras, Damián. En el momento que quieras detenerte, lo harás y te dejaré en paz. Retiraré mi parte y seguirás con tu vida como siempre ha sido.
-¿Mi vida sería peor si hago lo que quieres?
-¿Cuál es tu definición de peor?
-¿Sentiré más dolor?
El aligerado ambiente, aún preso de la incertidumbre terminó en ese momento. No escuchó ni previó la rapidez con la que Conrad saltó frente a él con la atmósfera más pesada que pudiera describir, sin la necesidad de tocarlo y aún así pisotear todo su aire, teniéndolo tan cerca como para ver sus pupilas dilatadas con detalle. Parecía enfadado, salvaje. Le recordaba a las tijeras que había empuñado hacía dos días, pero Conrad sí tenía el poder de asesinarlo.
-He sentido dolor algunas veces en mi vida. ¿Sabes? Dos muy particulares. Tampoco es que seas especial por ser una víctima. ¿Y sabes qué? Odio el dolor y odio a las personas que lo sienten.
Damián contenía el aliento, esperando que ningún músculo se moviera, como si un espasmo arruinara su futura y corta suerte, si es que la tenía.
«Odia a los que sienten dolor. No a los que lo provocan» tragó en seco.
Conrad cerró los ojos, dándose cuenta tal vez que había perdido el control, su postura fresca. No temía haberlo asustado, temía haberse vuelto menos que un animal. El gesto de ira cambió por el de una sonrisa, esa traviesa y segura que siempre tenía. Se separó, enseñándole las manos, como para asegurar que no tenía ni haría nada con ellas.
-¿No te dije que no me gustaba la violencia?
Damián apenas respiró. No podía confiar en su palabra, ni en él. No había ninguna garantía ni algo que lo respaldara. Y aún así, nada que no fuera lo que Conrad decía tenía sentido.
Y aunque nada lo tuviera, lo cierto es que era mejor ser el trapo de una sola persona que de todos.
-Sí.
-Entonces entenderás que–
-Lo haré. Acepto. Seré... lo que sea que se supone ser un juguete para ti.
Damián sintió miedo de la claridad y seguridad con la que habló. Tal vez nunca había estado tan seguro de nada como eso en mucho tiempo.
-Sólo haré lo que tú pidas, ¿verdad?
-Sí.
-¿Nadie más va a...?
-Ni siquiera van a mirarte. Bueno, a menos que te metas con la novia de alguien, o quieras pasarte de listo. Pero tú no eres así, ¿cierto? No harás ningún escándalo.
El acto más grande y violento que había cometido en su vida fue nacer. No necesitaba más consecuencias de actos posteriores.
-Está bien. Quiero esto -las piernas comenzaban a temblar aunque permanecía sentado. Creía que en cualquier momento caería y no volvería a levantarse.
Conrad lo miró en silencio como si no estuviera convencido, quizá sobreanalizando la rapidez con la que su plan fluía.
-¿Ahora tú no me crees...?
Él rió.
-Oh, no. Sí lo creo. Sólo, hum. Esperaba... olvídalo. Me alegra que hayas aceptado, Damián. Dudo que te arrepientas.
Y eso esperaba Damián, no arrepentirse.
La idea de que no había un documento o al menos un estrecho de manos como cierre del trato le hacían creer que, sí quería echarse atrás, no sería tan fácil como Conrad aseguraba.
-¿Quieres que haga tu tarea...?
Conrad mantuvo la sonrisa, pero ladeando la cabeza.
-No eres muy observador, ¿verdad? ¿Por qué le pediría hacer mi tarea a alguien con peor promedio que yo?
Si él era presidente de la clase, debía tener uno de los mejores promedios. Se le escapó eso sin intención, pero lo agradeció después.
-¿Lavar tu ropa?
Volvió a escuchar otra carcajada.
-No, no. Dios. Si te pidiera las mismas cosas que los demás, ¿no sería igual que ellos? -«¿y no lo eres?»-. ¿No lo obtendría de la misma manera que ellos?
-¿Qué quieres que haga ahora?
Se acercó a él otra vez, un paso lento con un crujido que disfrutó. Conrad lo miraba de reojo, escaneándolo. Damián era devorado sin piedad por esos ojos. Finalmente puso ambas manos en sus hombros, no como la mayoría lo hacía para empujarlo o apretarlo. Conrad los acarició, y sólo un breve estrecho para indicar que se levantara. Un imán poderoso levantando un delgado alfiler.
Conrad no era el más alto de todos, pero dejaba por mucho aún a Damián. Tenía que levantar la mirada aunque no resultaba incómodo. Parecía íntimo y eso lo inquietó. Conrad estaba cerca, mucho. No tenía el aire de hace un momento donde se veía furioso. Estaba calmado y concentrado. Ni siquiera estaba sonriendo, como si lo juzgara. Cuando terminó de sus ideas, volvió a dibujar una curva en los labios.
-Es que toda tu cara se ve muy mal -dijo con un tono condescendiente. Damián apretó los labios, mordiéndolos por dentro mientras desviaba la mirada.
Claro. Era una cara molida frente al muchacho más guapo que había visto.
De su hombro una mano se deslizó a su rostro y Damián se congeló. La mano era gentil, pero firme. Percibió un olor a almendra y la piel tersa. Seguro cuidaba mucho sus manos, largas como un pianista, y pálidas. Descansaba la mayoría de ella en su mentón, pero el pulgar se presionó en sus labios cerrados.
Los ojos de Damián intentaron seguir esa mano, como si no pudiera creer que estuviera ahí a menos que hubiera evidencia. Si su boca se abría, ese dedo entraría en ella por la presión que hacía. Estaba atado a quedarse inmóvil.
Conrad seguía mirándolo, ahora enfocado en sus labios. ¿Cuándo se acercó tanto? Su frente estaba a nada de la suya y cuando se dio cuenta de eso, terminó de juntarlas. Damián gimoteó, como si el ruido de una puerta azotando lo hubiera tomado desprevenido, pero era en cambio el contacto del rostro tibio de Conrad en su frente helada.
El corazón le latía con fuerza, podía sentirlo en sus oídos. El calor en sus mejillas aumentaba, mientras aquel pulgar se movía en su propio eje. No era brusco, no era torpe. Le hacía cosquillas mientras se imponía. Quería gritar pero era imposible.
Escuchó a Conrad afirmar con un ademán desde el pecho. Estaba tan cerca que sintió las vibraciones que lo hicieron temblar.
La otra mano se deslizó por lo largo de su brazo hasta abajo, hasta que lo abandonó. Cada parte que tocó en él dejó una marca de calor que Damián no podía saber cuándo desaparecería. Quizá lo había marcado para siempre. No miró a dónde se fue esa mano. No podía. No podía ignorar los ojos que lo tenían atrapado. Escucho la chaqueta de Conrad revolverse, una tapa desprenderse con un "pop" para luego admirar como apenas se separaba de él unos centímetros. Conrad se partió los labios, aplicándose un bálsamo en ellos, sin dejar el contacto visual con Damián. Su pulsó se desenfrenaba, abriendo sus ojos más de lo que podía.
No había color en el bálsamo, pero sus labios definitivamente se veían más encerados, brillantes. Podría adivinar qué resbalarían dónde fuera a falta de grietas.
Recordó que Conrad estaba besando a una chica y ella gimió suficientemente fuerte para que Damián lo escuchara. Debió besarla muy bien, o debió haber hecho algo más.
-Abre.
Se quedó sin aire, rojo y sintiendo los ojos mojados. Tenía miedo, pero sentía más confusión. Una cosa era sentir dolor siempre, al cual podía acostumbrarse, pero el constante acelerador de emociones iba a sacarle el corazón.
Y aún así, su boca se abrió, lento pero diligente. Su cuerpo parecía saber lo que era mejor para él. «¿Vas a besarme?»
-De verdad... todo en ti se ve tan mal. Ni siquiera tengo ganas de hacerte nada.
Damián quedó en blanco, sobre todo cuando todo contacto con el cuerpo ajeno se desvaneció. Conrad levantó y extendió la mano del bálsamo, y las manos de Damián se acuñaron conscientes de recibirlo.
-Nada de lo que quiero de ti puedo tomarlo contigo así. Arregla tu cara.
Damián apretó el bálsamo contra el pecho.
-Carajo. Te lo di, úsalo.
El tubo delgado con etiqueta tan neutra y letras doradas seguía apretado en su pecho que latía con fuerza. Damián se había desconectado, aunque los pensamientos que divagaban lo llevaban a unas horas antes. Su cuerpo tenía frío mientras estaba acostado en cama, con todas las luces apagadas, pero sus mejillas y hombros estaban calientes, rojos, y podía jurar que brillarían intenso a pesar de la oscuridad. Sus manos apretaban el bálsamo igual o más fuerte que aquellas tijeras que algunas veces empuñaba.
»-Úsalo. Todos los días. Cada dos horas mientras estás despierto. Y no es una sugerencia. Es lo primero que voy a pedirte como mi juguete. Estoy seguro que ahora sabes cómo se usa.
El Damián de ese momento, y el recostado en su cama, cerró los ojos avergonzado, como si eso pudiera hacerlo desaparecer. Sí, una muestra muy gráfica de cómo aplicarlo. Frotarlo en los labios, de en medio a una esquina, y luego a la otra, y en medio. Vaivén. Listo, luego labio superior. Después apretarlos, separarlos con un sonido ligeramente húmedo... Conrad haciéndolo viviría tal vez en su memoria más de lo que quisiera. Tuvo que hacer una demostración, torpe y nerviosa, porque Conrad no es que lo creyera inútil, pero quería verlo frotarse en los labios aquello que estuvo hace nada en los propios.
«Ese fue mi primer beso» apretó los ojos fuertemente. Indirecto, por supuesto. Pero también era el caso.
»-Hay algunas reglas que quiero que cumplas por mí. ¿Está bien? De no seguirlas, me temo que esto no funcionará -Damián asintió-. Odiaría que nos vieran juntos, Damián. Que nos relacionaran o piensen que somos amigos. Lo que tendremos, lo que tenemos ahora-se corrigió- es sólo nuestro. Tuyo y mío. -«tampoco quiero que mi padre lo sepa. Madre me mataría». Damián volvió a asentir repetidas veces.
»-Sé que no hay nadie a quien puedas decirle, pero no se te vaya a ocurrir querer hacerlo. ¿Sabes que todo saldría mal, verdad?
»-No lo haré. -Conrad sonrió.
»-Bien. Entonces entenderás que no quiero que me hables, te acerques y tampoco que me mires. No me tengas confianza. No me busques si tienes un problema y tampoco si quieres algo. Quédate tan callado como siempre has sido.
Hasta ahora, tal petición era mucho más fácil y agradable que usar el bálsamo cada dos horas.
Damián le dio su teléfono. Conrad descargó unas aplicaciones que después aprendería a usar y su utilidad. Grabó el número de Damián en el suyo y lo devolvió. Un autobús ya había pasado, pero tuvo que perderlo para su mala suerte.
»-Hablaremos aquí cuando esperes tu camión.
»-Sí yo, en cambio, te hablo, te llamo o mando un mensaje, debes hacer todo en tu poder para contestarme y hacer lo que te pida. Si no te queda claro, puedes preguntarme.
»-Usa el labello. No bromeo con las horas. Sabré si no lo has usado, y si no lo haces asumiré que no quieres este trato y terminará. No falles si quieres esto.
Tampoco era lo más difícil que le hayan pedido.
Damián destapó el bálsamo y lo aplicó. Al principio como parte de su memoria, disociado. Cuando apretó los labios y los frotó, acariciándose con la cera la parte interna y más lastimada, recordó que parte de Conrad ahora estaría, lo que durará el producto, en su boca, en él.