''Sé que tengo muchas cosas que explicarte. Como porque me desaparecí todo este tiempo. El porqué de que no quise seguir más en contacto contigo y ya no pude verte más. Y es que no quería que te lo tomes a mal. Pero simplemente no podía hacerlo. Estuve confundida todo este tiempo. ¿Sabes? Nadie piensa en ser madre. Yo personalmente nunca lo pensé, y es más, tampoco lo deseé. Sé que tu tampoco. Y es por eso que me había ido. Quería que tuvieras al menos la explicación y sepas la verdad de porque no pudimos seguir. O porque no pude seguir.
No estaba segura si esto era lo que quería para mi vida, y tu bien lo sabes, que nada de esto lo habría planificado en otro momento. Supongo que me aterró la idea. Pensé que no podríamos lograrlo, alguien con un pasado homosexual y una puta, inexperta en todos los sentidos como mujer, no funcionaría, o al menos eso pensé. Ahora mismo estoy segura de lo que quiero, y de lo que tengo. Emma me ha dado esa seguridad que tanto busqué. Y no es que esté segura al cien por cien de lo que será el resto de mi vida. Pero quiero que estés en ella. Y no pido una respuesta inmediata. Tómate tu tiempo si quieres. Sé que no te será fácil. Al final de la hoja te dejo anotado el número donde podrás marcarme. Solo quería que sepas que no te odié nunca, y nunca quise estar alejada de ti. Solo lo hice, porque me costaba aceptarlo. Han pasado once meses desde entonces. Lo siento. Enserio lo siento. Espero no parecerte una extraña. No nos olvides. Emma y yo te necesitamos.''
Hubiera querido tener esa carta. Fue una carta clave en mi vida. ¿Y sabes? Nunca llegó. Se perdió. Nunca la tuve. Nunca la leí. Hubieran pasado tantas cosas si tan solo la hubiera leído. En eso concluyó básicamente una gran parte de mi vida.
Esta no es la historia de un cuento, de esos que a menudo se ve en los libros, o novelas románticas que acostumbraba leer con mi mejor amiga cuando era chico. Esta es mi historia, tan triste como puede leerse.
Si bien, mi vida son un montón de recuerdos. Todas las vidas son solo recuerdos. Después de todo eso es lo que somos. De eso se compone el ser humano; de recuerdos. Malos, buenos. En fin. Solo sé que se me vienen en flash back.
La última vez que hablé con mi psicólogo, Ernesto me dijo; ''No dejes de recordar, eso te recuerda que estás vivo''. Él se equivoca. Por cada recuerdo me siento más muerto. Ni siquiera aquellos recuerdos felices o agradables, me hacen sentir bien. Por el contrario me hacen sentir peor. Me dejan ver como lo tuve todo y como ahora no tengo nada. Ese es el problema con la mente humana, siempre tendrá un enemigo, y ese enemigo es la memoria.
'' ¿Mami soy diferente? Mamá...¿Porqué papá dice que se avergüenza? ¿De qué? ¿De mi? ¿Es malo juntarme con las niñas? Mamá, en el colegio dicen que soy raro... ¡Mamá!''
Y esto se repetía una y otra vez de niño.
1977.
-En el colegio dicen que me parezco a una nena. –decía entre sollozos mientras mi madre me miraba fijo.
Ella me mira con compasión, como si se apiadara de mí. Como si se apiadara de una pequeña criatura indefensa.
Desde siempre había sido así. Nunca fui con exactitud el chico popular. Tenía todo para serlo, y es que en Buenos Aires tendían a idolatrar a todo ser que tuviera el cabello y los ojos claros, como un tipo de fetichismo con los gringos o un rasgo superficial y racista. Pero evidentemente nunca lo fui. Parecía que desde pequeño la gente acostumbraba tomarme el pelo.
-No le hagas caso. Sos diferente. Eso es todo. ¿Queres ir a comprar ropa conmigo? –dijo haciendo un cambio repentino del tema.
''Sos diferente'' a eso se resumía todo. Cuando uno es chico, los adultos nos respaldan diciéndonos eso. ''Te molestan en el colegio porque sos diferente'' ''no gustan de vos porque sos diferente'' ''no sos bueno en deportes porque sos diferente'' todo, absolutamente todo, era escusado con el ''ser diferente''. Una escusa de mierda, pero cuando uno es chico se conforma como se conforma con cualquier estupidez. Pero eso al crecer ya no basta, y comienzas a odiar la palabra ''diferente''. Pero en ese entonces un ''eres diferente'' lo solucionaba todo. Mis problemas de autoestima, que fuera antisocial, que me molestaran y me marginaran, mis problemas con el mundo, todo se debía a que era diferente, y eso parecía ser consuelo para mí cuando tenía menos de seis años.
Asentí con la cabeza. No hizo falta más.
Ella era mi madre, siempre tan al tanto de mi. Ella solía pasar todo el tiempo conmigo. Aquello había sido un poco del comienzo. El comienzo de todo aquello. Desde que comencé a ser lo que para el resto era un ''diferente''.
-Honey, ¿Por qué lloras? -dijo entrando un día de lluvia a mi habitación.
A veces olvido que no me conocen, que no saben quién soy ni como me llamo. Soy Honey, por si se preguntaban. ''Honey'' es ''miel'' en inglés, o eso al menos me decían de chico, que yo era dulce para, probablemente, todas las señoras cincuentonas amigas de mamá, entonces inevitablemente debía llamarme así, además de que como era ''especial'' tenía que tener un nombre especial, y como mamá se consideraba americana, su hijo no podía llevar nada menos que un nombre americano. Mi madre vivió muchos años en Estados Unidos, cuando conoció a mi papá que también era residente de allá pero que trabajaba acá, se vino a vivir a Argentina, no les costó mucho llevar una buena vida, el peso argentino siempre fue menos que el dólar, supongo que mis abuelos le habrán ayudado un poco a reinstalarse. No conozco mucho de cómo hicieron para instalarse a vivir acá, porque siendo yanqui y sin conocer el idioma, siendo sincero, en Buenos Aires te boludean. Supongo que mamá me habrá contado más de una anécdota alguna vez cuando era chico, pero ya no las recuerdo. Y papá, bueno, papá nunca contó anécdotas.
-En el colegio dijeron que soy raro. -le dije entre sollozos.
Poco de aquello puedo recordar, pero lo que más recuerdo es su mirada entristecedora. Aquella mirada con la que me veía. Supongo que a ninguna madre le gusta saber que su hijo es molestado en el colegio y saber que no puede hacer nada. Porque en el momento que estás solo todo se derrumba.
La imagen era un tanto patética pero enternecedora, típica de esas mariconadas que acostumbramos echar de pequeños.
- ¿Y por qué te lo dicen esta vez? -musitó.
-Por todo. El pelo, mi forma de vestir, que me junto con las niñas...
-El cabello, Honey. –corrigió ella.
- ¡Maaamá! –refunfuñé.
-Ya ya. No eres raro, solo tienes gustos diferentes. -dice en consuelo y acto seguido me da una palmada.
Aquello era un poco más que gustos de ropa, o un corte diferente. Era mucho más que esas estupideces por las cuales suelen hacerte bullying de pequeño. No era como si me gustara vestirme de mujer, o ese tipo de cosas. Solo...simplemente, lo noté. Noté lo diferente que era al resto. Para mi desgracia, mamá tenía cáncer. Se lo habían detectado un poco después de haber cumplido mis 7 años. ¡Feliz cumpleaños! Me digo a mi mismo actualmente en un tono irónico, con un nudo en la garganta y un sentimiento de rencor a esta insensible vida. Nadie sabe cuando cosas malas como éstas pasan. Nadie se lo planea. Yo era un niño en ese entonces. ¿Qué iba a saber que se iba a ir para siempre? Que carajos iba a saber, que me quedaría solo.
-Lorenzo, prométeme que lo cuidarás. –le decía siempre en cama mi madre. En eso de los ''últimos días''.
-Deja de hablar de preocuparte tanto, no estás bien. –le dijo.
Sus palabras golpean el sensible y casi poco fuerte corazón de mi madre, y el mío también cuando solía escucharlo a través de la puerta. Lo que sucedía muy a menudo, porque nunca me habían dicho que mamá tenía cáncer. Solo lo supe.
Que poco tacto. Tan clásico de mi padre.
-Eres su padre. Serás lo único que le quede. –insiste.
No pasó mucho tiempo, y mamá murió. Así nada más. Solo regresé del colegio, y ya no estaba. Ese es el problema con el cáncer. ¿Saben cuantas personas mueren al año por un cáncer que no sabían que tenían hasta poco antes de morir? Supongo que mamá no fue uno de los casos, mamá lo supo un tiempo antes. Pero no alcanzó. Nunca alcanza.
Papá me veía fríamente, pero a la vez algo en su mirada se encontraba lastimado, como la mirada de un perro retobado cuando muere su dueño. Jamás lo olvidaría. Grité un par de veces ¡Mamá, mamá! Y después de buscarla por la casa, y callando las voces de mi interior que me decían que algo malo había pasado, me di cuenta.
Papá siempre me hizo cargo de lo que había pasado, inconscientemente lo hacía. De ese modo crecí la mayor parte de mi vida culpándome por la muerte de ella. Sé que no tenía la culpa. Que la culpa tenía el cáncer. Pero... ¿Qué podía saber yo? Era pequeño. Es ése tipo de cosas que te marcan de chico, y aunque después sabes la verdad, el daño ya está hecho. Es ése tipo de cosas, que te marcan. Simplemente eso.
Enero de 1989.
Veamos, años después. Mi papá ya estaba casado, con Marta. Se habían casado tres años después de lo de mamá. Era como si él esperara a que mi madre muriera, para conseguirse otra. Pero nunca pensé con profundidad en el tema.
Me caía bien Marta. Era buena persona. Nunca fue del tipo de madrastras que pasan en las novelas que tratan mal a los hijos de su marido. Pero por muy bien que me cayera, ella no era mi madre.
-Buenos días, Marta. –le dije en aquel entonces.
-Honey. Hoy tu padre vendrá a cenar con nosotros. –comenta ella entusiasmada con la idea.
Papá por el trabajo casi no cenaba con nosotros. Con suerte almorzaba, y si lo hacía, lo hacía con Marta. Yo sin embargo, siempre me mantuve más alejado de papá. A él no le interesaba. Y supongo que Marta le actualizaba un poco de mi vida cada vez que hablaban. Gracioso ¿no? Que tu papá se actualice sobre ti hablando con el reemplazo de tu mamá.
-Vale. Pero yo cocino. –dije con voz cantarina.
En aquella época todavía guardaba un poco de amor por él. Todavía quería a mi papá y todavía me alegraba cuando él podía quedarse con nosotros en vez de trabajar. Lo cual sucedía muy pocas veces.
Me encantaba cocinar, que puedo decir. Pensé que a papá le alegraría cosas como éstas.
-Tu hijo ayudó a cocinar. –indicó Marta una vez en la mesa. Papá se acomodaba, no había echado ni siquiera un vistazo a lo que había preparado. Me miró de reojo mientras inspeccionaba la comida en modo crítico.
- ¿Cocinar? Esas cosas son para las mujeres. –dice mientras le dirigía una pobre mueca de disconformidad a la mesa.
Él siempre le veía lo malo a todo.
Él era ése tipo de hombres ermitaños, e iba más allá de solo tener la mente cerrada, él tenía un pensamiento de una época en dónde no estábamos. Algo antiguo. Y siempre tuvimos que adaptarnos a él, en vez de él adaptarse a nosotros.
-En fin. Hice ensalada de papas. Y hasta postre. –comenté señalando a un lado, el plato con ensalada de arroz, mayonesa y tomate, como a él le gustaba.
-No la voy a comer. –agrega en seco.
- ¿Qué? ¿Por qué? –digo un poco exaltado.
Ni siquiera la había probado. ¿Cuál era la necesidad de subestimar todo lo que yo hacía?
-No quiero comer algo que venga cocinado por vos. Aprende a hacer otras cosas. Más masculinas. Más para vos. –repuso.
Me sorprendía su poco tacto para las cosas en esos momentos. ¿Qué se suponía que era para mí?
-Creí que te gustaría.
-Pues creíste mal. –riñó.
Sus palabras eran como puñales, a veces me pregunto cómo alguien puede ser tan seco. Era mi padre, no era lo mejor, pero es familia. ¿Por qué me hace sentir tan mal con todo lo que haga?
-Está bien. Siempre haces lo mismo. –digo levantándome de la mesa de un sopetón.
-Pareces mujercita quejándote por todo. –dijo. Me limité a responderle y me fui de la cocina tan pronto pude.
Como si no fuera suficiente, en el colegio no me iba como esperaba.
- ¿Seguís sin dar tu primer beso? –dice llegando José, uno de mis compañeros de clase, en medio del patio del instituto.
Me lo veía venir.
José era del tipo de chicos que siempre se la pasan molestando a todo ser viviente que perturbe su paz. O al menos eso creía hasta que me tomó de punto de joda. Nunca supe porque. Pareciera que no molestara a nadie, solo a mí. Eso me irritaba. No le había hecho nada malo. ¿Por qué justo a mí?
- ¿Y a vos que te importa? –respondí en seco.
-En nada ¿Por qué me va a importar? Pero no puede ser que nunca hayas besado a nadie, ¿sos puto?
-No me jodas. -advertí.
- ¡No jodas! ¡Sos puto! ¡Es puto! –empezó a gritar en medio del patio del colegio, tal cual idiota que merece ser golpeado. Tiene el tabique bastante grueso, pero apuesto que de un solo golpe le sangraría tanto como para mandarlo a un hospital.
La verdad, que no le faltaba uno. Pero, no sabría decirte que es exactamente lo que me faltaba para dárselo. Quería que se callara. Quería que no me molestase.
-Callate que vos no sos muy hombrecito que digamos –se escuchó a lo lejos.
Era Luna, mi mejor amiga, que venía llegando. Ella por alguna razón sabía cómo callar a tipos como él.
-Te tiene que ayudar una mujer. Qué asco. –dice José antes de largarse del patio dándole una pitada a su cigarro Malboro.
Luna le saca el cigarrillo de la mano mientras ríe simpáticamente.
-Te lo voy a cobrar algún día. –le dice. Ella asiente con la cabeza simpáticamente.
-No sabía que fumabas. –le digo.
-Ni yo que no servías para defenderte vos mismo. –agrega ella. –Tipos como José, no hacen más que fumar y joderse la vida ellos solos. ¿Por qué dejas que te la jodan a vos?
-Quizás, porque no puede joderse más de lo que está. –contesto mientras desvío la mirada a algún punto vacío del patio del instituto.
Tenía ganas de llorar, me sentía un marica otra vez. Luna me había defendido de nuevo.
-Estela... ¿No te parece linda? –dice ella mientras fumaba el resto que quedaba del cigarrillo de José y le dirigía una mirada de inspección a Estela, una de sus amigas del típico grupo élite del instituto.
- ¿Qué la hace linda para vos? Es común. –gesticulé.
-No lo sé. Todos se la quieren cojer. Sos el primero que no quiere hacerlo. Sos raro. –se ríe.
De todos modos, Estela no me parecía linda. Era de ése tipo de chicas que todos los hombres se la quieren cojer por el cuerpo, pero personalmente, me parecía muy hueca. Tan vacía, y hueca. ¿Porqué las chicas lindas siempre son huecas? Me gustaría saber cuál es su secreto para carecer de tanta materia gris y ser tan lindas aún así. Estela era el mismísimo intento de que la miremos. Pero fuera de eso era un vacío. Tanto en su cabeza como en todos los sentidos. Lo bueno que tienen las chicas bonitas es que así se largaran gases por la boca todo el mundo las seguiría atendiendo.
-Igual tiene novio. –comenta Luna interrumpiendo mis pensamientos de porqué la mente tan hueca de Estela.
-Igual no me importa. –digo y vuelvo a inspeccionar el patio.
-Tenes que buscarte una chica. –me dice. -O un chico. –dice en tono burlón. A ella se le escapan unas carcajadas.
-Claro. Eso es lo que tengo que hacer.
-Así que así es como sos Van De Wood! Pícaro. ¿Desde cuándo te gustan los hombres?
- ¿Y vos desde cuando fumas?
-Así que seguís con eso. –se detiene la risa de inmediato, lo que antes era una sonrisa se transformó en una sonrisa ausente. –Quiero que lo mantengas en secreto. Ya sabes, es problemático. No lo hago por moda si es que eso pensas. Lo hago porque...no se en realidad. –vuelve a reír, pero esta vez una risa un poco forzada y falsa, como quien esconde algo. Pero no un secreto. Si no, un dolor.
Era en esos tiempos donde fumar era como una moda, si no fumabas no eras del tipo de personas ''copadas'', por ende no entrabas dentro de los parámetros de adolescentes bien vistos con los que todos se quieren juntar. Luna no era ése tipo tampoco. Ella nunca quiso ser parte de cosas así solo para integrarse. Pero quien sabe. Quizás sí. Realmente nunca pude entender muy bien esa parte de ella, no sé si realmente nunca la pude conocer bien. Pero allí estaba ella, fumando a escondidas en los recreos, y robándoles cigarros a personas como José. También había escuchado rumores como de que Luna había perdido la virginidad con un chico que se llamaba Santiago, que era el deportista más codiciado por las mujeres. Todas las chicas estaban muertas por él. Habían dicho que Luna se había encontrado con él al término de un partido. Pero, ¿Sabes? Es una de las cosas que puedo estar seguro que Luna no hizo. Y no porque confiara en ella exactamente, si no, porque a Santiago no era de caerle muy bien ''las chicas. ''
16 de febrero de 1989.
-Ya veo que en el fútbol este año voy pésimo. –comentó mi compañero Ale. De hecho, no éramos compañeros. Simplemente, éramos conocidos.
Nos habíamos comenzado a dar después de darnos cuenta que éramos los únicos idiotas que jugábamos pésimo al fútbol, que por obligación y por ser el único deporte que le asignaban a los hombres en el instituto, teníamos que hacerlo bien. Recuerdo que día por medio, Papá hablaba con el entrenador diciéndole que yo tenía problemas de salud y que a eso se debía mi poca agilidad en el deporte. Pero no. Simplemente no me gustaba y no era bueno en eso.
-Yo también. Digamos que estamos iguales. –le digo mientras hago un nudo en los cordones de mi último botín, estábamos a punto de irnos, el partido había terminado. En eso, Santiago, el mejor jugador de futbol se nos acercó.
-Sin duda son los peores jugadores que he visto en mi vida. –dice Santiago en lo que llegaba.
-Nos hemos partido el culo ahí afuera. –le contesta Alex.
-Pues siguen siendo malísimos. –dice. Santiago se da media vuelta y dirige la mirada hacía mi. -¿Y tú? ¿Por qué nunca hablas? No he escuchado nunca tu voz. –no le contesté. Miré hacia el suelo tímidamente.
-Para ti es fácil decirlo. Tienes todo un público femenino ahí afuera. –comenta Alex cambiando de tema.
-¿Y de que sirve ese público si ni siquiera le saco provecho? –dice Santiago.
- ¿Cómo que no?
-Soy gay, ¿No sabían? –en ese momento, sus palabras salieron tan naturalmente, que hizo que levantara mi cabeza para poder verlo curiosamente a la cara, a los ojos, al rostro que ponía mientras emitía esas dos palabras tan letales, con tanta confianza en sí mismo.
Santiago nos dirige una última mirada a Alex y a mí, que nos habíamos quedado boquiabiertos con lo que había dicho, termina de recoger su bolso y se va. Fue la primera vez en mi vida que había conocido a un gay, y que éste tan orgulloso de lo que era.
Recuerdo que se lo conté a Luna al día siguiente cuando regresábamos del colegio.
-No es que suela meterme en las cosas personales de las personas. Pero...he escuchado algo que me he quedado flipando por así decirse.
- ¿Qué? ¿Qué escuchaste? –me pregunta con la curiosidad en los ojos.
-Santiago Times, es gay. ¿Puedes creerlo? –le dije aún sorprendido de aquello. Trataba de procesar la idea, no importa cuántas veces lo repetía, seguía sin caerme las fichas. Seguía sin relacionarlo todo.
-Pues vaya que desperdicio. Es muy lindo para ser gay. –dice Luna sin aún estar tan sorprendida como yo.
- ¿No te sorprende?
-¿Por qué habría de hacerlo? No es el único que debe serlo en el colegio. Hay más de uno que aún no sale del closet. –ríe ella.
-Aún así, pienso... ¿Cómo no le avergüenza admitirlo?
-Honey, hay un punto en la vida que después de tantas veces que te etiquetaron, te maltrataron y te juzgaron, ya no importa cuántas veces más lo hagan. Ése tipo de cosas no cambian. Supongo que les es más fácil ahora admitirlo ya que hay leyes que los respaldan.
-Ya veo.
No sé exactamente por qué Santiago nos contó a mí y a Alex eso. Al parecer no todo el colegio sabía de esa parte de él. Aunque a Luna no le sorprendiera, sin duda era algo novedoso, o mejor dicho un chisme de primera. Si hubiese una revista sobre todos los chismes del colegio, este quedaría en primer lugar, seguido de lo de Estela con el profesor Resmer.
Me producía curiosidad ver que una persona se plantara en algo así tan seguro y se sintiese tan libre. De repente, un recuerdo habitó mi mente.
Frío. Sequedad. Millones de nudos en la garganta.
Miedo.
¿Por qué?
¿Por qué yo?
Vergüenza.
Pensé; qué diría papá... ¿Es realmente malo?
No llores.
No temas.
Todo estará bien.
Mira el oso. Eso es...solo mira el puto oso.
Un tiempo después de habernos enterado de eso, se había escuchado el rumor de que Luna había perdido la virginidad, y luego, agregaron que la había perdido con alguien del equipo de futbol. Y ya sabes cómo son los chismes falsos, se retuercen como teléfono descompuesto. No sé cómo ni cuándo, pero se terminó escuchando por los pasillos del instituto que Luna había perdido la virginidad con Santiago. Luna sabía muy bien lo mal que la dejaba ese rumor, y pese a que ella pudo haberlo desmentido contando la verdad de Santiago, ella no lo hizo, porque no quería que algo tan ''personal'' de Santiago salga a la luz por un propósito tan egoísta como el de cuidarse a ella misma o su reputación. Ése tipo de cosas que siempre admiré de Luna.
En el instituto no tenía amigos, en clase me la pasaba sentándome solo. Las únicas personas a las que me acercaba en los recreos a lo sumo era a Luna y a Alex, y a éste último lo hacía por unos segundos solo para decirle algo como un ''Hola, ¿A qué hora tenemos educación física hoy?'' Después de todo, Alex era más alejado, se concentraba en su entorno, y era del tipo que persigue el sueño de alcanzar la popularidad en el colegio.
Y respecto a Luna...nos conocíamos desde pequeños, vivíamos en el mismo vecindario. Ella se había mudado a la casa de en frente. Recuerdo que la primera vez que la vi, yo estaba jugando con tierra, que desagradable para ser la primera impresión.
Junio de 1979
-Mirá ese nene, ¿Por qué no juegas con él? Haz amigos. –le dice la señora que la acompañaba. Era su madre.
Le da un empujoncito. Luna asintió con la cabeza y comenzó a acercarse.
-¿Puedo jugar contigo? –dice tímida.
Le asentí con la cabeza en respuesta y ella dejó a la vista sus dientes. Fue la primera vez que la vi sonreír, entonces ella tenía la famosa sonrisa torcida, que se nos da a la mayoría antes de usar ortodoncia. Era tan hermosa. Sus bucles, su cabello, todo.
Recuerdo cosas puntuales como que me escapaba de las clases de deportes y me iba a su casa a jugar. Nos habíamos hecho muy amigos con el tiempo. Se hizo mi mejor amiga. Solo ella, y nadie más que ella, supo las cosas que pasé. Mamá la quería mucho, decía que algún día me terminaría casando con ella. Para ése entonces no la veía a Luna de esa forma.
-Qué lindo dibujo. ¿Lo hiciste tú? –le pregunté a Luna una vez de chico mientras acercaba la vista a su hoja de papel.
--Sí. Cuando sea grande voy a ser diseñadora. –me contesta convencida.
-Serías muy buena en eso. –le digo dándole más confianza. Y de hecho, estaba seguro de que ella sería muy buena en eso.
- ¿Y tu Honey? ¿Qué quieres ser? -me pregunta ella. No sabía con exactitud qué responderle. Pero algo que siempre me había gustado de pequeño era ayudar a mi mamá con la cocina.
-Pastelero. Igual que mi madre. –le dije.
Realmente quería serlo. Siempre que me quedaba en casa estaba haciendo pasteles con mamá. Esos tiempos que extraño, fueron los más felices de mi vida.
-Te iría muy bien. ¡Y yo te ayudaría a venderlos!
Esos tiempos...que me gustaría que vuelvan.
Lo bueno de esta historia, es que pude cumplir con aquello dicho. Trabajé de lo que me gustaba. Puedo decir que al menos disfruté de mi trabajo. Trabajé de pastelero, repostero y cocinero. Seguí el rubro de mi madre. Al principio fue difícil, como todo.
Terminé de repostero para un hotel, después de antes haber lavado un par de trastos para hacerlo. Ya sabes, la escalera de la vida. Ése trayecto de mi vida fue uno de los mejores.
Digamos, no estaba feliz del todo. Solo estaba. Eso era todo. No era feliz, pero tampoco infeliz. Llevaba los días de mi vida esperando, algo. No sabría qué exactamente. Supongo que esperaba que llegue una razón por la cual seguir, por la cual seguir viviendo, ya sabes. Pero no llegó nunca. Y el tiempo se acababa.
Trabajando en el hotel, conocí a Ludmila, o ''Lumi'' como la llamaba. Era mucho más joven que yo, y era bastante linda para ser sincero. Tenía los ojos pardos, y la piel clara, y cabello corte algo carré de color negro, la hacía ver más adulta de lo que era. Tenía veinte años, y yo pasaba de los veinte y picos, no era tanto, pero hacía que me vea a mi mismo como pedófilo si intentaba relacionarme con ella, de todos modos eso era un cliché. Algunos rumores hasta se habían inventado que andábamos, pero puro cotilleo. De todos modos, no era de mi tipo, raramente alguna mujer lo era. Y no porque fuera gay o algo así, si no porque nunca me había sentido atraído por una mujer. A excepción de una.
Ludmila trabajaba como ayudante en el hotel. Hacía un poco de todo, lavar trastos, llevar los pedidos de aquí para allá, y algunas que otras cosas. Siempre se le acercaban los muchachos de su edad. Eso me recordaba a que tuve muy pocas relaciones en comparación con lo que tuvo Ludmila con un poco más de la mitad de mi edad. Quién sabe, a las mujeres siempre se les hizo más fácil todo. Yo con suerte había estado a lo sumo con tres personas, que creía que eran los amores de mi vida. Aún así en mi vida habría conocido otras personas que estuvieron con mas personas con las que estuvo Ludmila. Un claro ejemplo; Luna.
...
La idea de que Santiago era gay, me había quedado rondando por la cabeza el mismo día de que me había enterado. Pero solo eso. No es que les haya cogido el gusto a los hombres en ese momento. No me mal interpretes.
Fueron seis meses después de eso; Alex se había distanciado más de mí en las clases de educación física, se había vuelto popular porque se había hecho un cambio de ''look'', para ser breve, el cambio de look radicó en sacarse los barritos con vaya a saber qué productos raros puesto a que su madre era cosmetóloga, y cortarse la maraña de pelo que llevaba. No lo culpo por eso, algunos no podemos encajar desde un principio, y cuando lo hacemos, gozamos de ello. Y es que llega un momento en la vida que la sociedad te lleva excluyendo tanto, que el día que entras en ella, lo cambia todo. Entrar en la sociedad de hecho... Cambia a las personas, su personalidad, y fuera de sí sea para bien o mal, lo cambia. Y en el momento, que echas un vistazo atrás, y ves todo lo que has hecho para llegar a la sima, te das cuenta de lo que dejaste atrás para ser lo que eres hoy y ahora, y es allí, cuando te arrepientes. Pero felicidades, estás dentro de la sociedad, y eres aceptado. Y nunca más volverás a ser excluido. Pero... ¿Y lo demás? ¿Sigues siendo tú? Me pregunto si Alex se preguntó eso en algún momento de su vida. O si simplemente lo disfrutó. Que va. Siempre termino yéndome del tema.
-¡Alex! ¿Sabes por si acaso si hay gimnasia hoy? –le pregunté en el pasillo, él se dio media vuelta y me dirigió una mirada, analizándome de arriba abajo.
En aquel tiempo Alex ya había cambiado, ya no era el mismísimo Alex, si no Alex McQueen, el ''popular''.
-No lo sé. ¿Acaso no lees las pizarras del gimnasio? –responde petulante. Le dirijo una mueca y me preparo para largarme, pude visualizar que se acercaban los nuevos amigos de Alex; Luis y Miguel. Y eso definitivamente no significaba nada bueno.
-¿Qué haces con el fenómeno? –dice Miguel llegando.
-¿Fenómeno? –espeté. ¿Así es como me llamaban? Le dirijo a Alex una mirada para ver si reaccionaría o al menos me defendería. Después de todo, solíamos llevarnos bien en gimnasia.
-Será mejor que te vayas, Honey. –musitó Alex. Le dirijo una última mirada a él y a sus descerebrados compañeros y me voy. Pude escuchar unas risas a mis espaldas, pero hice caso omiso.
Cuando le había contado a Luna lo sucedido, ella casi no lo podía creer.
-Así que Alex se ha vendido al diablo.
-Solía caerme bien ese tipo. Ahora mismo no sé que le sucede. –repuse.
-Ya sabes cómo las personas cambian, Honey. De todos modos ese Alex McQueen siempre me ha parecido un idiota de primera categoría. ¿Y qué sucede con su apellido? ¿Es enserio? Parece una marca de automóviles.
-Oh, no titubéis mucho. Que ''Ledesma'', no es precisamente el mejor de los apellidos.
-Claro que Van De Wood es de lo más gringo. –contraatacó ella. Ambos reímos. Le quedé mirando la mueca que hacia cuando reía, y pude notar que se le formaba un hoyuelo en su mejilla izquierda. Me reí al notarlo. - ¿Qué? -pregunta desentendida. - ¿De qué te ríes?
-Que mi mejor amiga es una deforme en todo uso de la palabra. Acabo de notar que tienes un hoyuelo de un solo lado. –digo y me echo a reír.
-Así que estás de broma. Que te den. –protestó ella. Volví a reír.
-Tranquila. Se te ve aún más bonito. Es raro, pero bonito. –digo mirándola. Ella se sonroja.
- ¿Es acaso esto una declaración de amor? Porque si lo es, desde ya te advierto que Van De Wood no eres de mi tipo. –dicho esto, echó una carcajada.
-Me amas de todos modos. –me vuelvo confiado. Ella asiente con la cabeza.
-Tanto como al cigarro.
- ¿Me comparas con un filtro emanador de cáncer? Que insensible.
-¡Oye! Acabas de llamar filtro emanador de cáncer a mi preciado cigarrillo y luego la insensible soy yo. Que cerdo. –se vuelve a reír.
Y por un momento había pasado la bronca que me había dejado Alex y sus amigos en el pasillo. Desde entonces no volví a acercarme a Alex McQueen fuera del gimnasio. Me apetecía no volver a hablarle. Pero mis círculos sociales en gimnasia iban desde Alex McQueen y Alex McQueen. Punto final. El resto de mis compañeros, dudo que supieran como se pronunciaba mi apellido.
Santiago se me acercó en aquella época, y cuando lo hacía, no tenía miedo o asco, lejos de hacerlo, me caía bien. Pero entonces siempre me dejaba una mala sensación estar cerca de él. Me producía una enorme tristeza, y una angustia terrible. Me incomodaba, y no sabía por qué. Aunque admiraba cierta parte de él, de tener tanta confianza en sí mismo, y poder expresar libremente su sexualidad, y que no le destroce la opinión de la sociedad. De todos modos, no le decían nada. Él era bastante reservado. Y todos tenían un cierto ''respeto'' por él. Y no sé cómo es que se ganó ese tan preciado respeto, pero lo hizo. Y nadie nunca pasó por encima de él, fuera de la sexualidad que sea. A veces, cuando había que formar equipo, y nadie quería formar equipo conmigo, Santiago siempre me llamaba y decía que forme equipo con él. No es que eso haya significado mucho para él, pero para mí sí. Hasta Alex que aparentemente era buena persona, me había dejado cuando subió a la sima de popularidad. Mientras que Santiago, quien ya estaba en la sima, me ayudaba en cosas tan estúpidas como éstas, a mí, a un don nadie como yo.
-Tu amiga Luna ha estado preguntando por ti. –comenta Santiago mientras entraba al baño de hombres.
Un escalofrío recorría dentro de mí. ¿Nunca se sintieron tan opacados con la presencia de alguien a tal punto de sentirse intimidado? Pero no de mala forma, claro. A mí me pasaba eso con Santiago. Me sentía menos. Me sentía intimidado, y quizás, eclipsado.
-Sí, es que la clase de educación física se ha retrasado más de lo que esperaba. –le dije mientras acomodaba lo último de mis cosas para poder irme con Luna que me esperaba afuera del colegio, como siempre.
- ¿Y tú y Luna que son? Siempre me ha dado curiosidad su relación.
-Amigos. ¿Parecemos otra cosa? –le dije.
-Depende de que quieres que parezca. –recoge sus últimas cosas. –Honey...¿Eres gay?
¿Qué? ¿A qué venía esa pregunta? ¿Por qué deduciría que era gay? Pensé por un momento que lo decía en broma.
-¿Acaso parezco? –le dije un poco preocupado y con una voz muy seca. Intentaba imponer algo, aún no se que realmente, quizás quería demostrar mi masculinidad. Juro que fue algo tan idiota.
-No realmente. Solo preguntaba. Llamémosle curiosidad.
-Pues no lo soy. –le dije inmediato.
-Tranquilo, no voy a acosarte. Que yo sea gay no quiere decir que te obligue a ser así a ti. No soy violador. –me dirige una sonrisa, y se va.
Deduzco que le habrá hecho risa mi estúpida actitud, parecía hasta temeroso. Pensé que desde ese momento, Santiago no me iba a volver a hablar. Después de todo, lo traté como si fuera un acosador, o un psicópata. Y es que todo se debía a mi padre. Habría crecido con esa forma de pensar, que sin darme cuenta me había convertido en alguien como él, asustado y temeroso, como si la comunidad gay estuviese esperando sigilosamente hasta que pudieran saltar sobre ti y convertirte en gay.
...
Ludmila había mencionado algo como que comenzaríamos a hacer pasteles de bodas, y daríamos servicios de catering para casamientos y demás eventos importantes como fiestas de quince o recepciones. Es estupendo. Nunca habíamos hecho algo así hasta entonces. Mientras tanto, teníamos a nuestro cliente habitué, Juno, el gordo Juno (soy consciente de que ése no era realmente su nombre, pero siempre le dijimos así). Es un tanto cómico, porque era un chico muy especial. Me recuerda una cierta parte de mí, es un tanto retraído en el colegio. Pero el corazón de Juno es tan grande como la historia que he de contarles.
En un tiempo atrás, la madre de Juno compraba pasteles de seguido. Fue una de las primeras clientas que tuve cuando comencé a trabajar en el hotel. Bueno, eso era antes de que su hija menor muriera. Tenía Leucemia. Dice que desde entonces no suelen comer tantos pasteles, y Juno compra uno cada tanto para su madre, dice que quiere verla feliz. Nunca nos cuenta de la cara que pone su madre, o si se come su pastel al menos. Pero nunca falta la compra de la semana de Juno. El chico se gasta todos sus ahorros para comprar el pastel de cada semana.
Nunca conocí realmente a Juno, solo sabíamos muy por arriba su historia, o su vida. Me hubiera gustado poder haberle conocido más. Me pregunto cuánto habrá sufrido. Quizás tuve que haberle preguntado más cuando venía a comprar, quizás no hubiera cambiado mucho, pero sería mucho mejor que lo poco que sé de él. Habrá sido un chico maravilloso. Y hablo en tiempo pasado, pero él no es el muerto en esta historia.
Un día. Todo se resume a eso. Un día. Un día como cualquier otro Ludmila llegó y me dijo ''Se va a casar, Honey, se va a casar'' y en eso me vi a mi mismo corriendo a una iglesia y no para repartir un pastel exactamente. Fue como en ráfagas. La noticia. Y luego salir corriendo por la puerta que entré, yendo a impedir un casamiento. Quien lo iba a decir. ¿Yo corriendo por algo? Estaba muriéndome. Más que eso. Pero era la primera vez en toda mi vida, en toda mi maldita vida, que estaba negado a perder a alguien más.
...
-Tardaste demasiado. La próxima no te esperaré después de los deportes. -repuso Luna mientras me esperaba en la puerta del colegio.
- ¿Me esperaste mucho? –dije llegando a la puerta.
Estaba avergonzado, y exactamente no sabía de qué.
-Algo así. Unos quince minutos. Venga, vámonos ya. –me dice apurando el paso.
-Luna, creo que la he jodido con Santiago. –le dije después de haber caminado una cuadra, lo suficientemente lejos del colegio.
-¿No eran amigos? –Se voltea a preguntar.
-Sí. Bueno no realmente. Él solo ha sido bueno conmigo. –digo inseguro.
-Entonces es tu amigo. –me dice.
-No creo que él lo considere así. –tomé un poco de aire. –Creo que él me ve con ''otros ojos''–mascullé mientras hago comillas con los dedos.
- ¡No jodas!
No demoró mucho para que Luna estalle en una carcajada.
-No te rías, de por sí ya es vergonzoso. –rezongué.
-No me rio del hecho de que guste de ti, si no, de la imagen mental que me hago de Santiago declarándote su amor y tu meándote en los pantalones con miedo a que te coma. –Luna seguía riéndose.
-No fue exactamente así. Realmente, no se para que te cuento estas cosas. –protesté.
-Ya ya, ¿Te ha dicho que gusta de ti? Poniéndonos serios por favor.
-No. Solo me preguntó si era gay. Me chocó un poco su pregunta. –digo y comienzo a caminar más rápido. Luna empezó a caminar junto a mí.
-No te dijo que gustaba de ti. Solo te preguntó si eras gay.
- ¿Y por qué? ¿Acaso lo parezco? –me siento molesto. No sé realmente si me molestaba parecerlo.
Supongo que estaba luchando, luchando contra mí mismo, contra mi curiosidad que se encontraba muy en el fondo, resguardada de opiniones ajenas, pero no de la mía. Siempre había tenido curiosidad por saber lo que se sentiría besar a alguien del mismo sexo. Pero al mismo tiempo estaba traumatizado. Le temía a todo aquello.
-No te lo tomes tan a pecho. Solo fue una pregunta.
Realmente solo fue una pregunta, pero me había asustado mucho en ese entonces que alguien que está tan plantado en una postura y que tenga tan determinada su sexualidad me lo pregunte así como así. Fue algo, chocante. Pero debí saber en aquel entonces, que no fue tanto lo que me preguntó, si no como me sentía al dudar de la respuesta.
Para descubrir tu sexualidad hay un largo trecho, y creo, que todos tenemos algunos gustos tapados, algunos no lo queremos notar.