Años antes:
Su boca comenzó a recorrer mi mandíbula con premura. Deseoso, anhelando tocar cada centímetro de mi cuerpo. Me susurraba cuanto me ansiaba, cuanto le haría falta. A pesar de ello, lo detuve.
Las caricias, que en un momento eran de calor, pronto pasaron a ser de hielo.
Sus dedos producían en mí solo escozor, uno demasiado doloroso; provocando que me distanciara. Su sola presencia ya me era nefasta.
-Solo será un tiempo, cariño -aseguró, intentando tranquilizarme-. Esta es una gran oportunidad.
Lo era, pero para él.
Pero ¿Quién era yo para interponerse en sus sueños, en esos que tanto él había luchado?
Pese a todo, yo también estaba luchando por los míos.
-Lo sé -asentí con desazón-. Debes aprovechar esa chance, aunque nos alejemos.
Por supuesto que mis palabras salieron estudiadas, rápidas, intentando evitar aún más mi congoja.
Las separaciones, sin importar las circunstancias , siempre terminaban por una u otra razón, y yo sabía, muy dentro de mi corazón, que por mucho que yo lo amase, y él a mí, alguna fuerza poderosa se encargaría de desvanecer y de separar lo que tanto nos había unido.
Cerré los ojos, aproximándolo hacia mí con vehemencia. Aún ardía su roce, pero necesitaba de un último beso; de una despedida digna, incluso.
Lo besé con lentitud, saboreando sus labios, esos que me serían arrancados.
-Esta posibilidad no es solo para mí, mi amor -dijo con seguridad, apartándose con cuidado-. Ahorraré, ya verás. Estaremos juntos en un corto tiempo.
Sonreí, solo para brindarle seguridad. No quería llenarlo de otra maleta pesada. Tal vez estaba siendo egoísta, quizá debía ceder, como buena chica...
Él miró su reloj, para luego contemplarme. Era la hora de la despedida.
Me abrazó largo y tendido, cogiendo sus valijas. Apenas le seguí, me detuvo.
-No... -declaró con cierta ansiedad-. O será más difícil...
-Sí -contesté con una sonrisa simulada
Besó mi frente, acariciando mis mejillas, para luego agacharse y mimar a Fede.
-Te portas bien, y cuida a mamá, ¿promesa?
Mi hija de cuatro patas movió con rapidez su cola, lamiendo el rostro de mi muchacho de cabellos largos.
Nos quedamos en la puerta hasta cerciorarnos que ya nada quedaba por parte de él; solo recuerdos y una mediana ilusión de un pronto reencuentro.
-Vamos, Fede, entremos.
El día estaba oscuro, frío y húmedo; casi ajustándose a un escenario de cualquier novela rosa, donde ambos amantes se brindaban el último adiós.
-Vamos, Fede, es mejor que entremos.
Mi fiel compañera de trasnoches, como de apapachos en momentos de acritud, se acomodó junto a mí en el sofá, acurrucada, mientras yo me disponía a abrir mi laptop para continuar mi novela a medio terminar.
No, no me iba a echar a llorar, no iba a lamentarme más de lo que ya había hecho, de manera que vestí de otro color, de uno llamado actitud. Aprovecharía el instante, pese a que ya lo añoraba. Pese a que lo extrañaría, sobre todo por las noches.
Mis padres, quienes se encontraban lejos de la región, me llamaban todos los días, rogándome que me fuera a vivir con ellos, o al menos con mi hermana menor, pero no que quedara sola. Para mí se daba el minuto preciso para reencontrarme, para vivir un amor a distancia, por más solidificado estuviera. Estaba Fede, así que, ¿cómo sentirme sola o abandonada a mi suerte?
Durante ese día, no supe de él. Me carcomía la idea de mensajearle, pero no quise invadir su espacio, menos cuando necesitaba establecerse y descansar del viaje. Ya habría tiempo para ello.
Y así el tiempo transcurrió, y uno de forma veloz y bastante grata, aunque lo extrañaba a mil. Amistades, familia y trabajo me mantenían con la cabeza ocupada y el corazón equilibrado, hasta cuando recibí su llamada, y una que lo cambiaría todo.
Carlota se paseaba de un lado para otro. Con los brazos cruzados. En momentos, se detenía y me miraba fijo, punzante, intentando buscar las palabras precisas para decirme. Yo permanecía inmóvil. Estaba tan sorprendida como ella.
-Por supuesto que no te vas a ir, ¿verdad?
-Loti...
Al pronunciar su nombre, fue como si le hubiera lanzado un proyectil en pleno rostro, logrando que achicara sus ojos, acercándose con molestia.
-No lograré nada...
Exhaló profundo, esquivando esta vez la mirada. Mi amiga no soportaba la idea de que yo siguiera a un hombre, solo para apoyarlo, dejando de lado mi propia existencia, mi familia, amigos... Mi entorno y ciudad.
Y así fue...
Mi novio, quien en tan solo un par de meses había logrado establecerse en el centro sur del país, me enviaba los pasajes para que lo acompañara en esa aventura en la cual él ya estaba inmerso.
Que no me preocupase, que todo estaba bajo control, que yo solo debía ocuparme en arreglar mis valijas y disfrutar el momento.
Sabía perfectamente a lo que me dedicaba, no obstante, ya había conseguido un puesto de trabajo para mí. No le dije nada.
Lo amaba, y el regresar junto a su lado, eran razones suficientes para emprender vuelo, por más que mi mejor amiga estuviera en contra.
Y así llegué al centro sur del país, donde el paisaje era de ensueño y su gente cándida. Un cuento de fantasía y sin retoques.
Sin duda, me adapté y disfruté cada momento junto a él, nuevas amistades, y un trabajo a medio tiempo en una imprenta. Mi vida marchaba bien.
Pero no todo parecía serlo. Algo en nosotros había cambiado.
Nos estábamos alejando.
Pese al amor, la sensación de bienestar había mutado. No para mal, pero ya no era lo mismo. No supe si se debió a la madurez laboral de mi novio, de mi acostumbramiento de estar sin él, o qué sé yo, de manera que nos llevó a tomar una decisión. Sin saber que loa vida nos traería situaciones impensadas, descubrimientos, contradicciones, y el conocer el verdadero sentido de la vida y, por si no fuera poco; personas que calarían en nuestros corazones.
Y así comienza mi historia, y una que parecía estar sacada de una serie de cualquier plataforma stream.
-¿Nina? ¿Te encuentras bien? -preguntó Nati, haciendo señas-. ¡Te hablo desde hace un rato!
-Disculpa, creo que me perdí en mis pensamientos. -Me levanté de improviso, ocultando una serie de papeles dispersos sobre mi cama-. Pensaba en una novela que debía terminar. ¿Qué me decías?
-¡Ay, hermana! -exclamó divertida-. Con Gastón iremos al centro de la ciudad, ¿necesitas algo?
-No, gracias -respondí pensativa-. No demoren mucho, que la comida estará pronto.
Nati me observó con sorpresa.
-Tenemos todo resuelto con Gastón -Su voz era pausada-. Llegamos pronto. Otra cosa, ¡despierta!, porque desde que llegaste, andas arriba de la luna.
Solo atiné a sonreír y a asentir.
Como siempre, mi hermana respetaba mis silencios y mis miradas. Nunca preguntaba, menos cuestionaba, de no ser necesario. Teníamos un lenguaje propio. Ella sabía cuándo entrar y cuándo debía mantenerse al margen, y aunque la confianza era única entre nosotras, sentía que todo lo que estaba viviendo, era algo que necesitaba conservarlo solo para mí.
Me dediqué a organizar mi maleta. Aquella que sería mi compañera durante un poco más de un mes. Viajaría hacia mi paraíso, hacia ese lugar que me ayudaría a despejar, como a la vez confirmar qué tan importante estaba siendo Andy para mi vida.
Hacía una semana que no nos habíamos visto. Una que me había entregado esa carta, esa que tenía guardada como una especie de clave secreta. La que me había pedido que la leyera solo cuando estuviera a bordo, en la comodidad de mi asiento, como una bienvenida y despedida, lo que me era difícil de comprender hasta ese momento.
¿Era posible imaginar la ansiedad que me carcomía los días previos a mi viaje? Sentía que los dedos se me iban directo hacia el interior de ese sobre. Era como si me estuviera sacando la lengua y probando hasta dónde yo sería capaz de aguantar.
Esa dura semana, al menos sin contar de su compañía y que, si bien era cierto, era solo una amistad, me perdí entre la playa, el campo, salidas al cine y el abrir y cerrar de supuestas lecturas y escritos que quedaron inconclusos, de manera que en cada hoja aparecía su rostro. La inquietud me impulsaba a la tentación de buscar en mi cartera esa mini cajetilla de cigarrillos mentolados que me relajaban haciendo malabares con el humo.
Y así lo hice, pero fue peor; era recordar el movimiento de sus labios, cuando estos hacían ondas simulando a un Gandalf en pequeña dimensión. Era rememorar cómo aspiraba, sigilosa y complacida, cada fumarada como si intentara edificar una estatua.
Y, aun así, mi mente no se lograba desconectar, ni siquiera con la ansiedad propia del viaje, cuando antes contaba los días, dejando el calendario lleno de pequeñas anotaciones en rojo, descartando números, además que Andy me alentaba a que plasmara cada recuerdo y vivencia en esta aventura, por más que a la vez sus ojos solo me dijeran: «no quiero que te vayas».
Tenía que animarme. Necesitaba dejar atrás ciertas situaciones que no eran de pesar, sino de desprenderme de emociones fuertes que ya estaban superadas, igualmente necesitaba sacudirme como un perro y botar todo lo que alguna vez se había vuelto demasiado intenso, aunque no de placer.
Y unas merecidas vacaciones. No solo de mi trabajo que, más que eso, era un divertimento, ya que lo disfrutaba y me brindaba grandes satisfacciones, pero que también tenía sus consecuencias, pues el estrés típico, ciertos dolores a la espalda por pasar largas horas frente al computador me tenían algo compungida. Asimismo, me daba autoridad para olvidarme un poco de la cotidianeidad del laburo y hasta incluso de la escritura, mas no así de quien se me estaba calando con tanta firmeza en el corazón.
☘☘☘☘☘☘
Cada vez que viajaba no existía tiempo perdido, pues entre las invitaciones de mis padres a comer, a viajar y a pequeñas, sin embargo, maravillosas localidades dentro de la región, estaban las parrilladas y las visitas de mis amistades, que apenas se enteraron de mi ida, ya estaban organizando festejos y una que otra expedición a las catedrales de mármol que habíamos planeado junto a uno de mis mejores amigos: Lucas.
Para ese entonces, Lucas tenía veintinueve. Era mi único amigo en el sur y con el cual podía hablar desde farándula hasta el último invento realizado por la ciencia. Lo había querido desde que lo vi cruzar la puerta de la biblioteca de la ciudad.
Al parecer, fue atracción textual a primera vista, ya que yo estaba intentando leer un libro de Irving Wallace, pero me quedé mirándole como si hubiera visto al mismo protagonista de la novela, lo que Lucas al darse cuenta se acercó y comentó: Deberían hacer una película de ese libro.
La primera semana, al saber que ya tenía mi pasaje, lo había llamado y confirmado. Sin pensar todo lo que pasaría después. Pero era mejor, pues creí que él sería el más apropiado para aconsejarme, pues entre las mujeres solíamos ser más pasionales, y al menos Lucas, siendo chico, siempre era más objetivo como práctico, y precisamente era eso lo que yo necesitaba.
Y dentro de mis recuerdos de lo vivido, y de lo que me había callado, intentando de equilibrar mis emociones, mi celular comenzó a sonar, logrando sacarme de mi turbación.
Era Andy, de manera que me hizo nuevamente tambalear.
-¿Aló?
-¿Nina?
-¡Andy! -contesté con sorpresa-. ¿Cómo estás?
-Hola, corazón. Bien, ¿y tú?
«Cuando me decía corazón me salía una risa tonta».
-Bien, bien - reí, payasa-, aquí, tratando de ordenar un poco.
-Hace un buen rato que trataba de llamarte, pero me daba ocupado.
-Ya sabes que este aparato funciona cada vez peor -comenté con cierta vergüenza-. Pero, lo importante es que ya estamos hablando.
-Espero no interrumpirte...
-¡No! -recalqué con firmeza-. Al contrario, necesitaba despejarme.
-Ah, ¡qué, bueno! -respondió con parsimonia-. Queda poquito para tu viaje.
-Mañana... -declaré con un dejo de tristeza-. Temprano.
-¿Y por qué tan desanimada? -consultó con preocupación.
«¿Le iba a decir que era porque ya la estaba echando de menos?»
-No, solo es un poco de cansancio...
-Vas a estar con tus padres -aseveró con ternura-. Y tus amigos van a estar contentos.
-Sí, sí, estoy feliz -aclaré-, solo con la ansiedad propia, ya sabes.
-Entiendo -suspiró-, no has abierto la carta, ¿verdad?
«Si hubiese sabido que había estado a un pelo de hacerlo».
-No, Andy, claro que no -repliqué firme-. Lo haré cuando tenga que ser.
-Muy bien, tesoro.
Mi corazón latía mil por hora.
-Confía en mí... ¿Ya?
-Eso está de más... -refutó-. Confío en ti, Nina.
-También yo, Andy...
-Ya, mi niña, te llamaba para despedirme y desearte un buen viaje. Que llegues sin novedad.
«Sentí una presión en el pecho».
-Gracias, en serio -agregué algo nerviosa-. Te aviso cuando llegue, ¿sí?
-¡Linda! -exclamó contenta-. ¡Gracias! Pero solo si puedes.
-Lo haré. Es una promesa.
-Cuídate mucho, corazón, y ¡disfruta!
-También te cuidas, ¿ok?
-Claro que sí -afirmó-. Te quiero, muchachita.
-También te quiero.
-Hasta pronto...
-Chau, Andy...
No pude contener las lágrimas, pues no sabía en exactitud qué me ocurría con ella. Le tenía un cariño inmenso, y era verdadero, y más aún, me tenía en una encrucijada, ya que a pesar de ser alguien que compartía lo normal y se me daba la charla de manera fácil, era muy diferente desarrollar un afecto, así de rápido por alguien, pero con ella era todo distinto. De hecho, todo era más sencillo. Y no estaba bien que mi ánimo decayera, cuando había soñado con este viaje desde hacía tanto, pues cuadrando trabajos como trabajando en otros, hubiera estado saltando en una pata de felicidad y, por sobre todo: era fin de año y yo necesitaba que este terminara lo más rápido posible porque sentía que era volver a nacer y cambiar de piel ante todo lo malo, lo no tan bueno, y por fin sentirme renovada y sin nada que quedara pendiente como me lo había impuesto de meta; comenzar todo de nuevo.
Y me tuve que seguir aguantando el sentimiento, ya que mi hermana y su novio llegarían más temprano de lo que suponía.
-¡Llegamos! -gritaron al unísono-. Nina, anda a lavarte las manos, que trajimos pizza.
Me sequé las lágrimas rápidas y me fui a lavar las manos, pero me encontré en la entrada del baño con mi hermana.
-¿Estás bien, hermana?
-Sí, súper, ¡con hambre!
-Ah... -dijo desconfiada-. ¿Estuviste llorando?
-Algo, es que estaba leyendo una novela media tristona -contesté a la ligera-. Pero todo bien.
-No tiene que ver Pali, ¿cierto?
-No, para nada.
-Es que igual se me hace raro que ustedes ya no estén juntos...
-Nati... -La miré con tranquilidad-. Eso ya es pasado...
-Ya... -contestó sin ganas-. Mira, cualquier cosa me dices. Somos hermanas, y si tengo que hablar con él...
-No -respondí tajante-. Con Pali todo está bien. Cada uno por su lado y tan amigos como siempre.
-Sí, sí, sé -Me abrazó-. Solo quiero que estés bien y, ¡oye! ¡Hagamos alguna cosita poca! ¡Que mañana viajas!
-¡Eso! -afirmé con una sonrisa- . Algo rico para comer y una película de terror.
-¡Ya! ¡Una peli de terror! -gritó, desde el comedor Gastón.
-¡Ya vamos, Gas! -contestó Nati-. Ya, vamos a comer, y una sonrisita, ¿de acuerdo?
Asentí besándola en la mejilla.
Mi congoja era sentir que el mundo que me conocía, me viera como una víctima de las circunstancias y del amor, cuando no era así. Creían que todavía tenía sentimientos hacia Pali, o que no había superado la ruptura, cuando no era ni lo uno ni lo otro, aparte, ¿por qué tenía que dar mayores explicaciones?
Lo importante es que tanto Pali y yo teníamos las cosas claras, por más historia hubiéramos tenido.
El completo es una variación chilena del perrito caliente. Consiste en un pan alargado con una salchicha en el medio, acompañada de distintos ingredientes (tomate, palta, pebre, kétchup, mostaza, mayonesa, etc.)
Para mí, Pali era el chico más guapo de todos. Siempre se había destacado por su altura y complexión física. Lo recordaba porque años atrás se había dedicado a jugar rugby, lo que al principio me pareció otro chico petulante y con aires de divo, como el resto de sus compañeros de equipo. Un bello ejemplar, sin duda, y que por obviedad las muchachas le llovían, así pues, el ego debía haberlo hinchado y con las neuronas algo discordantes.
Nuestro primer acercamiento fue en un asado para festejar a los ex alumnos, lo que a los terceros y cuartos medios nos tocaba ese año la organización y toda la faena, y a mí eso no me hacía gracia, debido a que el fin de semana era sagrado para ir al cine junto a Carlota, mi mejor amiga, que celebrarle a un montón de universitarios con pinta desaliñada y de cabellos largos, me parecía una verdadera pérdida de tiempo, aunque sí me alegraba la posibilidad de ver a mi primo y a su grupo de amigos, que al menos las bromas y las anécdotas de estudiantes nos sacarían una que otra sonrisa sin saber que dentro de este, Pali aparecería para alegrar esa fría noche junio.
En contraste al común de mis compañeras y demás alumnas, fui la única que me mantuve al margen de ir a tocarle y a admirar su larga y brillante cabellera castaña. Ya que, pese su porte, se veía pequeñito entre medio de las muchachas que lo tenían acorralado, invadiéndolo de preguntas, y este, tratando de zafarse de sus manos. Lo que tampoco significaba que me fuera indiferente.
Luego de un par de copas de vino, se acercó asustadizo, tratando de entablar charla, ya que Rodrigo, mi primo, tuvo la radiante idea de gritarme a todo pulmón, apenas hizo su entrada: ¡Nina! ¡Prima! ¡Qué bueno verte!, provocando que los ojos azules de Pali se dirigieran como telescopio hacia mi persona.
-Hola, Nina, ¿verdad? -preguntó tímido, aunque con una curva contenta en sus labios.
-La misma -respondí con una sonrisa algo fingida mientras acomodaba una bandeja con sanguches.
-No sabía que eres prima de Rodrigo -añadió con sorpresa.
-Sí, somos primos -arremetí un poco nerviosa-. Disculpa, tengo que ir a dejar esta ban...
Pali me detuvo sosteniendo la fuente.
-Yo te ayudo -declaró riendo-. Te veo algo complicada.
-No, estoy bien, gracias.
-Por favor, yo te ayudo -insistió.
A partir de ese momento me flechó. No había nada romántico entremedio, pues una bandeja de sándwiches y vino distendía mucho a una cita. Pero su galantería genuina y esa mirada de niño bueno me había cautivado.
A medida que fuimos hablando nos dimos cuenta de que formábamos parte del mismo grupo de amigos de la escuela y luego de la universidad, de forma que nuestras charlas se convirtieron en habituales: desde libros, música y películas, como los chismes recurrentes de nuestros cercanos. De a poco comenzó a surgir la atracción y el cariño, los cuales a corto plazo nos uniría como pareja.
Nunca fui de hacer preguntas, menos de cuestionar, aunque siempre me pregunté qué le había atraído de mí, y no era una duda existencial o de problemas de baja autoestima, pero un chico popular, que había sido buen alumno, querido por todo el liceo y glorificado por las chicas de la escuela, entonces, ¿qué pudo conquistarle de mi persona?
-¿Qué fue lo que me enamoró de ti, mi chica? -interrogó, entretanto acomodaba su almohada para luego abrazarme.
-Sí, Pali... -asentí dudosa-. No es poner en duda, pero...
-Muchas cosas, Nina -contestó pasando sus dedos sobre mi mejilla, que estaba enrojecida a causa de mi ansiedad al escuchar lo que me iba a decir-. Que no me tocaste el cabello. Al menos, fue lo primero.
Me enderecé mirándolo aturdida.
-¡¿Cómo?!
-Eso... -Cruzó sus brazos envolviendo nuevamente la almohada-. Ustedes, las mujeres, tienen una devoción, un encantamiento, una fascinación con el pelo largo, y si lo lleva un hombre, algo les pasa, y eso asusta y a larga molesta.
-Sucede -agregué con sorpresa-, que los hombres de pelo largo como el tuyo -le tomé un mechón y me lo puse imitando un bigote- lo tienen más bonito que muchas mujeres y más aún: lo cuidan y lo mantienen mejor.
Afirmó con una sonrisa.
-Sí, mi Nina ―dijo ahora riendo.
-Aún no me respondes...
-¡Lo acabo de hacer! -rio acariciando mi cabeza-. No es que tenga mi persona elevada, pero me acostumbré a que siempre me pasara lo mismo, y tú, ni siquiera me miraste.
-Es que a mí me da lo mismo los divos -dije con sorna.
Se abalanzó sobre mí haciéndome cosquillas.
-¡Igual te gusté!
-Algo, poquísimo -repliqué con burla, cerrándole un ojo.
Pali siempre fue intenso. Entregándose en cuerpo y alma en todo lo que se propusiera, y eso me hacía admirarle como respetarle, sin embargo, me costaba seguirle al mismo paso. No era falta de confianza, no era falta de amor, pues a diferencia de él, yo solía ser mucho más introvertida, mucho más temerosa, por lo que cualquier locura o salida de madre por parte de él me alteraba y me producía muchas veces incomodidad, lo que nos generó conflictos a lo largo de los años: yo, sin querer, cortándole sus locuras de niño, como él a la vez tratando de que me soltara y aventurara más a vivir la vida.
A diferencia de muchas chicas de mi edad, me dediqué a estudiar y a trabajar mientras estuvimos distanciados. Muchas veces en demasía para evitar extrañar a Pali, que se había mudado fuera de la región a causa de un trabajo en arquitectura que era imposible de negar. La paga era excelente y la oportunidad única para un joven recién titulado.
Habíamos quedado en cumplir nuestras expectativas y responsabilidades, entretanto yo seguía viviendo en su apartamento esperándole cada fin de semana. Me había propuesto que, al finalizar mis estudios, me fuera definitivamente con él, pero todo se había adelantado, ya que en su nueva ciudad las oportunidades estaban a la orden del día y de seguro se me daría fácil convalidar mis estudios y poder hacer mi práctica laboral en esa tierra de las posibilidades. Por supuesto, recibí el apoyo de mi gente, pues mi muchacho era un chico responsable, que se había ganado el cariño y el respeto de mis familiares y mis amigos, no así de mi mejor amiga.
-Nina, Nina... -Loti se paseaba incesantemente mirando el techo y de paso a mi persona-. No es nada en contra de Pali, pero ¿no eres muy joven para adquirir esa clase de compromiso?
-Puede ser -contesté con pesadumbre-. Pero lo quiero, amiga. Además, la relación es seria. Y la separación no es algo que nos esté haciendo bien.
-No digo lo contrario, aunque dudo que las oportunidades estén allí, pues, ¡¿desde una ciudad a un pueblucho?!
-No es tan así, Carlota -manifesté ya algo molesta-. No será una selva de cemento, pero sí es una gran plaza, y sea como sea, ¡Pali está allí!
-¿Y yo? ¿Acaso soy una pintura? -chilló mi amiga.
-¡No digas eso! -exclamé exaltada-. No porque me vaya a un par de horas de aquí significa que te olvide.
-La distancia siempre es una brecha, niña.
-Eso depende -respondí malhumorada-. Me conoces, amiga, además, ¡no me estoy yendo al otro lado del mundo!
-Lo sé, pero eres mi mejor amiga, Nina, y sé que a la larga...
La interrumpí.
-Escucha bien. -La sujeté de los hombros-. Estoy haciendo mi vida y es algo que lo he consultado con la almohada una y otra vez. No soy alguien que toma decisiones a la ligera, y siento que las cosas serán para mejor, aparte, tienes a Mónica contigo.
-No es lo mismo.
-Lo es, ya con el correr del tiempo, te vas a dar cuenta de lo que te hablo.
Carlota era mi mejor amiga. Éramos tan unidas como si hubiéramos sido hermanas consanguíneas, y eso se daba más allá de que nuestras familias tuvieran amistad, si no porque compartíamos la misma rareza como locura, esa que difícilmente se encontraba. Con Loti era tener un idioma exclusivo, fuese con la mirada o con gestos que solo ella y yo entendíamos.
Y, sin pensar, cuando se creía que se tenía todo bajo control y con una seguridad irrompible por los años de relación, pasó lo que tenía que pasar.